¿Una Misa sin Consagración? (Parte segunda, final)

El complejo tema de la aprobación de la Anáfora del Rito Caldeo en las Instrucciones básicas para la admisión a la Eucaristía entre la Iglesia Caldea y la Asiria Oriental del 20 de julio de 2001, tiene matices que sin duda habrá que profundizar. Si realmente se admite la validez de un "canon" que carece de fórmula consecratoria, es decir, que invalida la Misa, la aprobación no resiste análisis alguno. Pero eruditos en el tema, que explican la ausencia de los textos consecratorios en otros manuscritos litúrgicos primitivos en virtud de la Ley del Arcano, (es decir, no se escribía para evitar profanaciones, pero se pronuciaba en la misa) aseguran que no se justifica aquí, puesto que entre los caldeos nestorianos realmente no se pronuncia. Si hubo un error por parte de las autoridades romanas, debe aclararse públicamente.

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LA SUBSTANCIA DE LOS SACRAMENTOS

La presunción, previa a cualquier investigación litúrgica, es que siempre se usaron las palabras de Cristo en la Ultima Cena como fórmula para la consagración siguiendo su mandato ("haced"). Pero esto, que es de sentido común, está además implícito en la Sesión XXI, Capítulo 2 (Denz. 931) del Concilio de Trento, donde se dice que es enseñanza de la Iglesia que la Iglesia no tiene poder para cambiar nada que pertenezca a la substancia de los Sacramentos. También Pio XII en "Sacramentum Ordinis" dice que:

"la Iglesia no tiene poder sobre 'la substancia de los sacramentos', esto es, sobre aquellas cosas que, teniendo como testigos las fuentes de la divina revelación, Cristo, el Señor mismo, decretó que se preservaran como signo sacramental..."

Pero las palabras de Cristo en la Ultima Cena pertenecen a la substancia del Sacramento de la Eucaristía. En efecto, el Concilio de Florencia declara (Decreto para los Armenios. Denz. 698):

"La forma de este sacramento son las palabras con que el Salvador consagró este sacramento, pues el sacerdote consagra este sacramento hablando en persona de Cristo. Porque en virtud de las mismas palabras, se convierten la substancia del pan en el cuerpo y la substancia del vino en la sangre de Cristo; de modo, sin embargo, que todo Cristo se contiene bajo la especie de pan y todo bajo la especie de vino."

En el Capítulo I de la sesión XIII del Concilio de Trento, dedicado a "la presencia real de Jesucristo nuestro Señor en el santísimo sacramento de la Eucaristía," leemos lo que sigue, donde he destacado en negritas los puntos que refuerzan la doctrina sobre la forma del sacramento:

"(...) enseña el santo Concilio (...) que después de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles (...) Así pues han profesado clarísimamente todos nuestros antepasados, cuantos han vivido en la verdadera Iglesia de Cristo, y han tratado de este santísimo y admirable Sacramento; es a saber, que nuestro Redentor lo instituyó en la última cena, cuando después de haber bendecido el pan y el vino; testificó a sus Apóstoles con claras y enérgicas palabras, que les daba su propio cuerpo y su propia sangre. Y siendo constante que dichas palabras, mencionadas por los santos Evangelistas, y repetidas después por el Apóstol san Pablo, incluyen en sí mismas aquella propia y patentísima significación, según las han entendido los santos Padres."

El Catecismo del Concilio de Trento, promulgado por San Pío V, dice:

"Somos pues instruidos por los santos Evangelistas, Mateo y Lucas, y también por el Apóstol, que la forma consiste en las palabras: "Este es mi cuerpo"; pues está escrito: Mientras cenaban, Jesús tomó pan, y lo bendijo, y lo partió, y lo dió a sus discípulos, y dijo: Tomad y comed, Este es mi cuerpo.

Esta forma de consagración, habiendo sido observada por Cristo Señor, ha sido siempre usada por la Iglesia Católica. Los testimonios de los Padres, cuya enumeración no terminaría, y también el decreto del Concilio de Florencia, que es bien conocido y accesible a todos, deben aquí omitirse, especialmente porque la enseñanza que ofrecen puede obtenerse de estas palabras del Salvador: Haced esto en conmemoración mía." [las negritas son mías; no así la bastardilla.]

CONSECUENCIAS TEOLÓGICAS

Para ilustrar las consecuencias desastrosas que se pueden derivar de este documento, nada mejor que escuchar las opiniones de algunos eclesiásticos. Se verá así que la metáfora del inminente terremoto no es una exageración.

Según aparece en el National Catholic Reporter, en un artículo de John L. Allen Jr., el Padre jesuita Robert Taft, liturgista del Instituto Oriental en Roma, que según el Catholic Times es uno de los expertos consultado por el Vaticano para la redacción del Documento, dijo que las nuevas reglas que rigen la intercomunión entre las Iglesias Asiria y Caldea son, tal vez, la decisión más significativa que ha salido de la Santa Sede en medio siglo. Literalmente: "This is the most remarkable magisterial document since Vatican II." Muy fuerte es la afirmación. Pero desgraciadamente tiene razón, ya que conduce directamente a la demolición de toda confianza en la Iglesia Católica como garante y transmisora infalible de la enseñanza de nuestro Señor.

Como menciona John L. Allen Jr., este precedente vaticano recuerda el establecido por Juan XXIII del 13 de Noviembre de 1962, cuando decretó que el nombre de San José se añadiera al Canon Romano, colocándolo tras el de la Virgen María y antes de la lista de Apóstoles, Papas y Mártires. Aunque algunos eclesiásticos recibieron la noticia con entusiasmo, otros se lamentaron de que ya habían comenzado a cambiar el Canon. Y estos últimos fueron proféticos. A la vista de este precedente hay que entender así el sentido de la advertencia de Allen: es de temer que esto no sea más que el comienzo de un cambio mucho más vasto.

Porque el precedente puede perfectamente emplearse para introducir, en alguna futura revisión del Novus Ordo Missae, una Anáfora sin palabras de la consagración. No es esto tan imposible como parece. En efecto, desde unos años acá, en los Colegios Pontificios de Roma vienen algunos enseñando que las pocas líneas de la Consagración en el Canon de la Misa no son tan esenciales como habíamos creído. Añaden que, por el contrario, es la entera oración eucarística (canon) la que es consecratoria y no las pocas palabras que Jesús dijo. Así que tan pronto hay una tal oración con intención eucarística, hay consagración.

Esta novedad arroja por tierra toda la Teología Sacramentaria de la Iglesia Católica. Puede consultarse a este efecto el excelente manual de Teología Dogmática de Ludwig Ott. En él se califica de sentencia cierta la sentencia que dice que la transubstanciación se realiza mediante las palabras "Esto es mi Cuerpo... éste es el Cáliz..." Por ello, las citadas innovaciones propuestas en esos Colegios Pontificios –o en otros lugares– han de calificarse de sentencias falsas, o si se quiere contrarias a toda la enseñanza y saber pacífico de la Iglesia durante siglos y siglos.

Y en completo acuerdo con lo que va dicho, añade el Padre Taft lo siguiente: "Cualquiera que haya leído un libro de Liturgia en los últimos 50 años sabrá que es generalmente aceptado que la oración de consagración de la Eucaristía es la entera oración sobre las ofrendas, y no simplemente una fórmula verbal sacada de contexto."

Dejemos aparte si es tan general esa aceptación como afirma Taft, o usa un tono de superioridad calculado para silenciar oponentes con la presunta existencia de un formidable cuerpo de doctrina que les prestaría apoyo. ¿Sacada de contexto? ¿No es la Santa Misa el contexto creado para rodear del máximo honor las Palabras de Cristo en su Ultima Cena? ¿Y no es ese contexto la creación de la Iglesia en torno a las palabras de Cristo? ¿Y no basta con que un sacerdote diga esas palabras in Persona Christi para consagrar, como ha sucedido en todos los tiempos de persecuciones contra la Iglesia? ¿Y no tenemos las recientes revelaciones de prelados confinados por los comunistas en campos de concentración, que exponían sus vidas en el interior de un retrete, para consagrar el pan y el vino, confeccionados con infinitos peligros y amor? Sí: un infecto retrete. ¡El contexto era un retrete! Y aunque parezca fuerte, el Cielo estaba allí complacido ante el inefable Sacrificio.

El Benedictino Padre Efrén Carr del Instituto Pontificio de Liturgia dice lo mismo que el Padre Taft: "Esto ciertamente nos lleva lejos [sic] de la clásica teología escolástica de la Plegaria Eucarística, la insistencia en que las palabras exactas de la consagración tengan que estar presentes." Añadió que la decisión tomada era especialmente impactante teniendo en cuenta que cuando los Católicos Caldeos y Siro-Malabares pidieron usar el rito Asirio, Roma les forzó a añadir la Narración de la Institución (las palabras de la Consagración. Nótese que con esto él mismo contradice una afirmación del Documento).

Y añade el Padre Taft, algo que –no me queda más remedio que decirlo– suena a blasfemia: "Esto nos lleva más allá de una teología medieval de palabras mágicas," ha dicho. ¿Palabras mágicas las de Cristo? ¿Qué hay de mágico en decir "Esto es mi Cuerpo" y "Esta es mi sangre" cuando Él (el sacerdote actúa in persona Christi, recuerde el lector) dice que son su Cuerpo y su Sangre? ¿O querrá decir el Padre Taft que no son realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo? ¿No dice que "la oración de consagración de la Eucaristía es la entera oración sobre las ofrendas"? ¡Pero esta vez ya no son palabras mágicas! Es difícil entender esta irracionalidad en un así llamado "experto en Liturgia Oriental." Seguramente esto es un fruto de la confusión diabólica que anunciaba la Santísima Virgen en Fátima.

Y, haciéndose eco del Padre Taft, publicó Richard P. McBrien en el National Catholic Reporter (NCR) un artículo titulado "No magic words, but Christ still present" en el que se pueden leer algunas penosas y tristes consideraciones de con qué reverencia eran escuchadas las palabras de la Consagración por el pueblo, en la antigua Misa, como algo de un remoto pasado, casi medieval. ¿Y son más reverentes las Misas de ahora?

En el Catholic Times pueden leerse otras afirmaciones del Padre Taft. Según él, la decisión vaticana "dice que la Iglesia Católica reconoce la validez de una Plegaria Eucarística que no tiene las palabras de la Institución, abandonando una ritualista insistencia que comenzó en la Edad Media [sic] y mostrando una enorme apertura a las antiguas tradiciones de otra iglesia."

Leí en NCR una faceta inesperada que va completando el cuadro. Se dice que "una razón de que el documento haya sido publicado como lo ha sido, puede ser que la Congregación para el Culto Divino, presidida [entonces] por el Cardenal chileno Jorge Medina Estévez, no haya sido consultada." Es sabido, añade, que el Cardenal Jorge Medina Estévez exige al lenguaje litúrgico un enfoque literal preciso, en contraste con el énfasis en el "significado," que es el empleado en la decisión Asiria." Así que, para evitar el rechazo del documento, parece que no fue consultada justamente la Congregación que debía haber sido consultada.

EPíLOGO

Hay en la calle en que vivo un arbusto aromático. Todas las primaveras estalla en miles de flores cuya fragancia se aprecia a centenares de metros, dándome la bienvenida a mi casa. Y todos los años corto un ramito florecido para adornar una imagen de la Virgen en el despacho de mi casa.

Pero el pasado invierno, por las terribles heladas, se secó: las hojas comenzaron a amarillear y para enero no quedaba ninguna. Confieso mi pena al pasar todos los días junto a ella y ver su ruina. Este año no hubo flores frescas para la Virgen.

Pero cuál no sería mi sorpresa y mi alegría cuando inesperadamente y en pleno verano un día la planta comenzó a soltar renuevos desde su base y poco a poco se ha venido llenando de hojitas nuevas y más bonitas.

Fue como una resurrección y no pocas veces he ponderado al pasar, el misterio y la fortaleza de la planta. Lástima que las ramas altas parecen irremisiblemente perdidas. Pero, quién sabe...

Y hoy, al escribir estas líneas, comprendí que Dios me había concedido ¡una parábola! La Iglesia: un árbol. La helada: la apostasía. El árbol seco que, por un año más, no se corta. Las ramas altas muertas: altas jerarquías de la Iglesia. Y el árbol que revive, anunciando tiempos mejores, con nuevas hojas y nuevas flores.

Y pensé en la ironía en que se han convertido las palabras que el Vaticano II utilizó para sustituir una afirmación simple y verdadera por otra, ambigua, pero abierta al ecumenismo: "La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica."

¡Y tenían razón! Pero de qué modo tan diferente al que ellos pensaban. Por mucha "primavera" que, negando la evidencia de sus propios ojos, quieran ver en la realidad actual de la Iglesia, es evidente que la Iglesia subsiste: más bien, pugna por subsistir. ¿Agazapada en las raíces de una planta muerta, semiviva relicta (cfr. Lucas 10, 30)? ¿Como un oso invernando? Algún día resurgirá, como su Esposo. Así lo espero: así lo pido. Y volveré a ofrecer a Nuestra Madre la Santísima Virgen muchas flores del árbol renovado por su Corazón Inmaculado.

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