Materialismo, Orgullo y Rencor contra la Familia

Eficaces destructores de la familia y de la vida social, el único remedio contra ellos es la humildad. El mundo la considera una debilidad, un apocamiento de los que carecen de valor. Sin embargo para poder reconocer que he cometido un error grave, o una falta, es necesario tener una gran honestidad y gran entereza de espíritu: eso no es debilidad, eso no es apocamiento sino todo lo contrario, fortaleza y virtud. Una de las razones de que haya una fuerte intolerancia en algunas personas es un gran grado de orgullo. Así oiremos a menudo afirmaciones extremistas como: "Yo no tengo por que soportar a nadie", "No soporto que me digan lo que tengo que hacer", "No tolero que me contradigan," etc. Nunca se había hablado tanto de tolerancia como en estos dos últimos siglos. Sin embargo constatamos que es cuando menos se la practica.

Escribe el R.P. Ricardo Ruiz V.

En estos dos ultimos siglos aunque no lo apercibamos los responsables de la mentalidad de nuestra sociedad actual han actuado con gran inteligencia para que las doctrinas más dominantes en nosotros sean el materialismo y el orgullo. Aunque la necesidad de lo material hace parte de nuestras vidas eso no justifica perder la dignidad, la conciencia, el honor e incluso a nuestra familia misma por un "buen puesto", "una buena cantidad" o por alcanzar una fama puramente humana. Pero Calvino, protestante del siglo XVI dejará como legado para nuestra sociedad actual la falsa doctrina de la predestinación: si no te va bien en lo material signo es de que no eres un predestinado de Dios, dirá en sus aberraciones y errores que ahora tantos practicamos hasta de manera incosciente. A cuantas personas he oido decir, "Que habré hecho para que Dios permita este fracaso material", "le pedimos a Dios nos dé dinero para nosotros y para hacer el bien y sin embargo no parece escuchar nuestras plegarias." Job fue inocente y su desgracia material no fue castigo sino para probarlo, para comprobar si amaba más a sus riquezas o a AQUEL que se las dió, fue para fortalecer su virtud.

Muchas veces pedimos algo con apariencia de ser para hacer el bien, pero en el fondo es para nosotros mismos, no somos honestos y una oración hecha así no será escuchada. Según los griegos Demócrito (460-370 ac) y Epicuro, todo absolutamente tiene una explicación material, este materialismo no deja niguna posiblidad para la existencia del orden moral y espiritual. Posteriormente tendremos en el s. XVIII a Denis Diderot con un materialismo antirreligioso al cual le seguirán más tarde Karl Marx, Federico Engels y Vladimir Lenin. Estos materialismos son los más dominantes en la sociedad actual, por ello el Papa León XIII en su encíclica Rerum Novarum condenó enérgicamente al materialismo socialista, que hemos visto enseñar en las escuelas estatales laicas, en las universidades y en la prensa internacional. Pero ante todo vemos este materialismo en los medios de comunicación, especialmente en la televisión, donde el desprecio y el ridículo de lo religioso ha ya contagiado a millones de personas que sienten vergíenza de practicar la religión, sobre todo si es la católica. Y ante todo la televisión nos transmite continuamente el 'dogma' de la adoración del dinero, de la comodidad, la diversión; ya no hay ideales, todo está en el 'triunfo material'.

Es pués un hecho innegable que hemos nacido en una sociedad materialista, que hemos sido influenciados desde la infancia por esa mentaliad, incluso las familias que se dicen católicas, ninguna se ha librado de ella en grado mayor o menor. El materialismo práctico y el ideológico son un elemento de división en la familia. Si una familia tiene como un bien supremo el dinero, el placer y la diversión; lo moral es secundario e incluso será un estorbo, lo espiritual es entonces algo puramente imaginario o ridículo y todos los valores o ideales solo serán reales y 'prácticos' si están al servicio de lo material. Aquí comienza la división y destrucción de la familia. Cuando nuestros hijos comienzan a darse cuenta de que lo que han aprendido en algunas escuelas, universidades o en los medios de comunicación, no es lo mismo que les han enseñado sus padres y abuelos, que es algo muy diferente e incluso contradictorio, nuestros hijos se ven en el este dilema: "O lo que he apren- dido es falso o mis padres están en el error." Es necesario tomar una opción, normalmente ellos tomarán aquella que les dicta su conciencia, si han tenido una formación moralmente sólida, cristiana o sencillamente honesta.

Si el materialismo domina sus vidas, si el dinero ha sido para ellos un dios desde su infancia o en cierto momento decidieron cambiar su conciencia, entonces la opción más 'conveniente' o 'práctica' será la que beneficie los intereses puramente materiales, la que me dé fama, dinero y placer, aunque esto signifique la ruptura con mis seres quieridos, con mi conciencia y si algo queda de Dios en mí, también romper con Él. Una persona que no sabe respetar su propia conciencia no sabrá respetar tampoco a sus padres, a su familia ni a sus amistades. He aquí porqué una persona materialista, en ocasiones llega a tener unos niveles de egoísmo y crueldad tales, que ya no le importa su propia familia, seres queridos ni amigos, está dispuesta a romper con todo y con todos aquellos que representen un 'peligro' para sus ambiciones y a sus placeres egoístas.

¿A cuantos hijos no hemos visto alejarse de sus padres porque estos no pudieron en ciertos momentos de la vida darles todos los caprichos y lujos que exijían? ¿Cuantos matrimonios hemos visto destruirse por la ambición materialista de él o de ella, que no supieron soportar algunos momentos difíciles de sus vidas por difi- cultades materiales o porque el marido no podía darle a la esposa todos los caprichos y lujos que ella exijía? Sin embargo, el día de su matrimonio prometieron ante Dios y ante todos los presentes: "Te seré fiel en la riqueza y en la probreza". También he escuchado algunos buenos ejemplos en las reacciones de algunas personas y familias que, después de haber pasado tiempos muy difíciles en sus vidas, han reconocido honestamente que si no hubiese sido por ese sufrimiento de dias o años, no se habrían dado cuenta del gran orgullo y egoísmo que ocultaba su corazón.

El testimonio de una mujer fue: "Doy gracias a Dios por tanto sufrimento que tuve durante años, solo eso me abrió los ojos para que viese lo materialista que era, ahora ya soy más compasiva con las personas, más humana y mi soberbia ha desaparecido." ¿A cuantas familias hemos visto destruidas por pleitos de herencias y repartos de bienes materiales? Personalmente, he conocido el caso de una familia de grandes posesiones, entre quienes han habido intentos de asesinato para poder heredar lo de los difuntos. En los Estados Unidos he visto el caso de un amigo asesinado por su propio sobrino que le administraba sus bienes, quien para quedarse con sus posesiones se autodeclara él mismo 'herdero universal'. Hemos visto a la Juez Judy en acto público, juzgando a una madre llevada al tribunal por su propia hija que le acusaba de no haberle pagado 100 dolares por una vieja nevera que ella misma le había vendido. ¿Y es posible la destrucción de una familia por un materialismo que pisotea los derechos de Dios, sus leyes y que va incluso contra la misma naturaleza?

En Francia, conocí un caso de una familia con grandes posesiones materiales, con una buena posición. El padre de familia, un buen amigo personal, me hace saber un día en una conversación, como si fuese lo más natural del mundo, que él y su mujer estaban evitando los hijos de una manera artificial. Me dijo que el motivo era la cuestión económica, que ya eran 4 hijos y no podían tener más gastos. Para esto, tenían una gran casa con jardín interno, más de 4 coches de buena marca, varias propiedades de las que vivían, más algo de herencias de sus familias. Ante tal situación económica le dí mi parecer. Le dije que si tenían esa posición sin problemas materiales mucho menos justificativo tenía el estar obrando de esa manera, incluso contra la misma naturaleza. Le advertí que ese egoismo podría poner en peligro su familia y los bienes materiales que Dios le había dado. No estuvo de acuerdo con mi posición, así que entendí que continuarían con ese mismo proceder. Esto sucedió en el año 1994 y yo volví a España. Posteriormente debí regresar en el año 1996, pregunté por esta familia y me dijeron algunos de sus conocidos: "¿Es que no sabe usted lo que les ha sucedido?, No sabemos donde se encuentran, tuvieron graves problemas, perdieron todas sus propiedades y la misma casa en que vivían. La fa- milia con todo esto está separada, padres e hijos en diferentes ciudades, ha sido terrible". Tuve la oportunidad de poder hablar con ellos y me confirmaron todo lo anterior. El padre, al verme, intentó en un principio de nuestro encuentro evitarme, su dolor era evidente. Me limité a alentarles y tranquilizarles sin hacer más comentarios, que no hacían falta, pues el hecho era evidente. Hasta estos momentos no han podido recuperar sus posesiones. Yo relato un hecho objetivo, fuerte y triste que me ha sucedido cada quién haga sus conclusiones.

En Austria estuve asistiendo durante mucho tiempo a un matrimonio mayor, propietarios de una empresa internacional. Tenían una casa en Nueva York, otra en París, en Ginebra y en Viena. En una ocasión él me decía muy entristecido: "Durante toda nuestra juventud hemos evitado egoistamente los hijos, cuando quisimos tenerlos ya nos habiamos quedado estériles los dos. Ahora no tenemos a quién dejar nuestra herencia; es nuestro castigo." Ya no es posible recordar la cantidad de jóvenes matrimonios que me pidieron ayuda para poder adoptar un niño ya que se quedaron estériles el resto de sus vidas por haber estado evitando los hijos artificialmente por "motivos económicos." Esto, sin considerar otros malos efectos que causa en su salud: aparencen manchas en la cara, depresiones nerviosas te- rribles que 'no saben' de donde vienen, infecciones, obesidad...

En cuanto a lo de que, "Nos os preocupéis por lo que habéis de comer o vestir el día de mañana, porque así se comportan los paganos; mirad a las aves del cielo que no hilan ni almacenan alimento, sin embargo vuestro padre celestial las alimenta cada día." ¿Es que estas palabras de Jesucristo no se han hecho realidad en nuestras vidas, son solo poesía simbólica? La realidad es algo más complicada. Depende de la circunstancias y mentalidad de cada persona y eso significa que dependerá de la formación y ejemplos en que se ha vivido, tanto personal como el de aquellos que nos rodean. Dios ciertamente quiere proveérnos de todo lo necesario, pero Él no dará nunca prioridad a lo material para que no olvidemos que nuestra felicidad no está en esta vida, al menos la definitiva la eterna. Por lo tanto, el mayor obstáculo para no ser escuchados cuando pedimos algo material somos nosotros mismos, la disposición de nuestro corazón al pedirlo, el por qué y el para qué pedimos. Cuando el corazón del ser humano está muy apegado a los bienes materiales, encanto, fascinación desmedida por el dinero, la comodidad, el lujo, preocupación de mantener la apariencia de alto nivel social delante de los demás y todo ello por 'el qué dirán'; es evidente que una oración hecha con esta mentalidad no será escuchada.

En ocasiones pedimos ser más espirituales y menos interesados, y aunque muchas veces en nuestro interior hay ciertamente razones honestas y lícitas, están mezcladas con otras poco limpias, incorrectas y desordenadas; una oración hecha en esta disposición será imperfecta y tomará su tiempo par que sea oída. He aquí el por qué no se nos dá, a menudo, lo que pedimos. Si aquello que estamos pidiendo nos haría más mal que bien, porque no sabríamos usarlo bien, porque no estamos preparados para ello, porque nuestro corazón no está en buena disposición: eso que pedimos nunca nos será concedido. Si lo que pedimos es con una disposición no perfecta pero que corregiremos con el tiempo, lo que pedimos nos será concedido cuando estemos preparados, pero no antes. Si aquello que pedimos lo hacemos sin egoismo, sin un interés puramente material innecesario, entonces esa oración podrá ser escuchada inmediatamente.

No culpemos, por lo tanto, a Dios de la miseria humana, material o moral querida y causada por el hombre en su rebelión de orgullo contra todo el orden que Él había previsto, rebelión que continúa desde su creación hasta hoy. Ciertamente hay gente pobre en situación difícil, pero en muchas ocaciones sucede que no se les da lo que piden quizá porque a pesar de esa pobreza su corazón está lleno de resentimiento y envidia, todo esto unido a una idea del dinero "todo poderoso". Una persona que obtuviese arreglo total de su situación económica, con esta mala disposición en su corazón, recibiría más mal que bien. ¿Por qué? Muy sencillo, porque estando su corazón lleno de envidia y resentimiento, que son dos cosas que vienen de la soberbia: no lo agradecería. Segundo, teniendo en su mente una idea 'divina' del dinero adoraría a éste y no Dios mismo.

Nuestra actitud y la de nuestros hijos con respecto a la utilización de los bienes materiales dependerá pués de nuestra disposición espiritual y la formación familiar que tengamos. Que no te asombre que tu hijo algun día ya de mayor te lleve a juicio ante un tribunal por una miserable cantidad de dinero; si desde pequeño siempre le dejaste creer que el dinero era lo más importante en la vida, que no existen bienes más nobles que él, que el dinero está por encima de la familia, la caridad y de la misericordia. ¿Tendrá compasión de ti tu hijo algún día que se te enfrente por cosas materiales, si nunca le enseñaste a practicar la generosidad y la piedad hacía el necesitado? Si desde pequeño tu hijo al mostrar gran inclinación hacía el egoismo, ambición material y envidia, nunca lo corregiste seriamente por su propio bien, hiciste la vista gorda prefiriendo solo ver sus otras buenas cualidades ¿Te asombrarás que un día por 'la herencia' u otro pleito de caracter material te pierda el respeto, el amor de hijo, destruya la familia y deje a sus propios hermanos en la miseria?

Es evidente, visto lo anterior, que si no queremos que un día nuestra familia se hunda en las tristezas de la envidia, la desconfianza, la división y hasta la destrucción en los más violentos pleitos materiales de la ambición que solo una formación profunda y seria en la práctica de las virtudes como la generosidad, caridad, abnegación y espíritu de sacrificio pueden garantizar en alto grado la unidad y concordia en el futuro de la misma. El orgullo, un problema ancestral en la humanidad. No olvidemos que el más grande y primer pecado de Adán y Eva fue de soberbia. "El fruto del bien y del mal" consiste en el acto de soberbia del hombre de querer decidir él solo, sin más, qué está bien y qué está mal, juicio que solo puede emitir el Supremo Creador de todas las cosas y creaturas: Dios. El libro de La Sabiduría nos lo confirma: "El origen de todo pecado, es la soberbia."

El acto que realiza un niño pequeño contra su hermano en un arranque de enfado, romper el juguete: "así no será ni tuyo ni mío", muestra la innegable inclinación hacia el mal con que nace todo ser humano y que proviene del pecado original de nuestros primeros padres. Los mismos filósofos griegos y chinos de la antigíedad reconocieron que el hombre, desde su concepción, nacía con una misteriosa inclinación hacia el mal, que había que corregir durante la niñez y la juventud. Aunque pocos dan importancia a la diferencia que hay entre orgullo y soberbia, es importante saberlo, ya que hay consecuencias graves que se siguen de la práctica de una o de otra. Evidentemente en todo acto de soberbia hay orgullo, pero no necesariamente hay soberbia en todo acto de orgullo. El orgullo se define como "arrogancia, vanidad, exceso de estima propia, que a veces es disimulable por aducir causas nobles y virtuosas." La soberbia es "Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros." o "Satisfacción y envanecimiento por las propias cualidades con desprecio de los demás." Es un hecho evidente en la vida diaria, que a todo el mundo tiene dificultad para reconocer sus errores, cuando se ha equivocado y sobre todo si se trata de algo que exige reparación. Esto es algo muy común y que a nadie asombra ver ya que es más bien una debilidad en el ser humano, esto es el orgullo común que todos tenemos en mayor o menor grado. Pero ver a una persona hacer todo un discurso para alabarse a sí misma plantear toda una serie de argumentos y razones cuya conconclusión será: "que bueno soy, que inteligente soy, que estupenda preparación tengo, es que no hay nadie que me supere...", es algo que ya no es muy normal ni mucho menos común, sobre todo si a esa actitud va unido un gran sentimiento de desprecio hacia los demás: eso es soberbia. Así pués, el orgullo es más que nada un acto de debilidad, falta de fortaleza para reconocer los propios errores, debilidades, lugar y dignidad que realmente merecemos. Mientras que la soberbia es un obrar premeditado, consciente y con un claro objetivo "alabarme a mí mismo." Esto nos dice San Bernardo cocomentando la encarnación de Jesucristo: "Avergíénzate hombre soberbio, tú, tierra y cenizas, Dios se humilla ¿ y tu te exaltas?". Es por lo tanto, que dependiendo de las circunstancias y la formación famliar, es posible que el orgullo aparezca en las personas ya desde la niñez; en algunos, la inclinación hacia él es más fuerte y marcada que en otros. Muchos padres de familia reconocen que hay una disposición en algunos de sus hijos que no existe en los otros, que consiste en una gran dificultad para reconocer sus faltas, errores y todo ello unido a una marcada falta de docilidad. Es muy conocido y reconocido por la mayoría, que en las familias donde el orgullo reina es donde más problemas hay, rencillas, gran falta de unidad ya que el orgullo es de por sí mismo egoismo y no cuidará ni se preocupará por los demás, nadie reconocerá sus faltas o errores lo que complicará más las cosas y multiplicará los problemas. El orgullo provoca más orgullo por lo que a una ofensa se responderá con otra ofensa. Y si por desgracia hay alguien en la familia que ha llegado al triste nivel de la soberbia ¿que esperanzas de reconciliación, paz y entendimiento podrá haber?

El hecho de que algunas personas no reconozcan la posibilidad de equivocarse en nada es un indicio de que ya se ha llegado a ese grado. Los remedios más eficaces contra estos dos grandes males son la honestidad y la humildad. Ser persona honesta significa ser recto, probo, honrado. Todo esto no se puede tener de la noche a la mañana si desde la niñez o la juventud no se ha enseñado a practicar, pero se puede llegar a adquirir en edad adulta por la repetición de actos honestos. Es evidente que costará más pero sin embargo es posible. ¿Cuantas discusiones interminables e inútiles, rencillas que duran dias y semanas o meses, rencores y venganzas se habrían evitado si desde el principio por honestidad se hubiese reconocido el olvido o el error cometido?

La humildad es la solución a muchos problemas, pero por gran ingnorancia y mala información hay un concepto muy pobre, vago y hasta erróneo de lo que esta virtud es en realidad. Se creé que ser humilde es ser débil, apocado, persona que no tiene valor para defenderse a sí misma o que tiene un bajo concepto de sí. Sin embargo, para poder reconocer que se ha cometido un error grave, o una falta, es necesario tener una gran honestidad y gran entereza de espíritu: eso no es debilidad, eso no es apocamiento sino todo lo contrario, fortaleza y virtud. La humildad se define como la virtud de reconocer nuestras limitaciones, debilidades y de obrar de acuerdo a este conocimiento. Una de las razones de que haya una fuerte intolerancia en algunas personas es un alto grado de orgullo: así, oiremos a menudo afirmaciones extremistas como "Yo no tengo por que soportar a nadie", "No soporto que me digan lo que tengo que hacer", "No tolero que me contradigan," etc. Nunca se había hablado tanto de tolerancia como en estos dos últimos siglos. Sin embargo constatamos que es cuando menos se la practica. ¿Cuántas familias vemos destruirse por intolerancia? Porque el marido no tolera 'la inmadurez psicológica de su mujer', o porque la mujer no tolera que su marido haga algo sin su permiso y consentimiento. Lo peor de todo es que hay familias destruidas por causas más leves como el no estar dispuestos a tolerarse el uno al otro las debilidades personales, errores, equivocaciones, limitaciones que nos ha dejado la naturaleza y que se descubren mutuamente solo hasta cuando se empezó a llevar una vida compartida bajo un mismo techo.

Es en estas circunstancias en la vida común cuando, ambos demuestran verdaderamente el grado de civilización, de educación, de caridad, comprensión y misericordia que cada uno tiene. He visto matrimonios, aunque pocos, que al descubrir entre ellos algún problema, han tenido la valentía, la honestidad de hablar, decirse las cosas, aclarar los malentendidos, darse sus sugerencias y quejas; todo esto sin ofenderse, sin herirse ni mucho menos insultarse. ¡Que gran diferencia decirse!: "¿No te parece que podríamos mejorar esto o lo otro. No te parece que en esto me haces daño, que estas obrando con orgullo y egoismo? Hay una solución a todo esto si queremos." Claro para esto es necesario una actitud de honestidad, una humildad seria y madura: la solución más eficaz contra el orgullo, el gran causante de malentendidos y heridas.

Algo que nace del orgullo es el rencor, se define como, "Un resentimiento arraigado y tenaz", es obstáculo y un problema real para perdonar. La historia de la humanidad se teje alrrededor de amores, odios, rencores y perdón. Dios crea al hombre por amor, Satán tienta al hombre por odio, Caín matará a Abel por envidia y Dios finalmente ofrece perdón a los hombres que quieran salvarse. Desde la antigíedad los romanos decían 'Errare humanum est'. Errar es humano. En toda persona, familia o sociedad nunca han faltado los errores humanos, es por ello que incluso en los tribunales hay atenuantes para ciertos casos en los cuales se mezcla la ignorancia, la debilidad o la miseria a un acto indebido que parecía tener más malicia de la que había en realidad.

En nuestras familias los errores, debilidades o la miseria también pueden tener lugar, es algo que no podemos evitar. El perdón es por lo tanto algo necesario para el ser humano ya que si nadie está libre de culpa, defectos o debilidades de una clase o de otra ¿quien puede arrogarse el privilegio de decir que no tiene o tendrá algún día la necesidad de misericordia y perdón? El caso histórico de la famosa Madame Piaff en la Francia de la post-guerra confirma lo dicho entre otros miles de jemplos que podríamos dar. Esta mujer tan conocida en Europa por su vida disoluta, pero más conocida aún por su famosa canción que decía: "Yo no me arrepiento de nada, absolutamente de nada." Sin embargo actualmente en la fachada de una iglesia de Cahors se puede leér una placa puesta por el párroco de la época que dice que las vidrieras de la iglesia han sido restauradas por la ayuda de Madam Piaff, obra que realizó, entre otras, como penitencia por la vida que llevó. Con gran discreción pidió al sacerdote que solo se supiese lo que había hecho hasta después de su muerte.

Mientras que en la humanidad exista la miseria, la debilidad y la ignorancia habrá necesidad de perdón, ningún hombre sensato lo puede negar. En las familias en las que ha hecho falta el perdón, ha habido solo rencor, odios y división. En algunas mentes que no conocen el cristianismo, el hecho de perdonar tiene un cierto sentido de debilidad, de no saber reclamar lo que en su concepción de justicia creen que no deben renunciar: como su dinero, su repu- tación o la misma venganza. En una ocasión oí decir a una joven algo que pocas veces se ve en la vida: su hermano desde hacía varios años no le había pagado una cantidad considerable de dinero. Mi asombro fue su actitud al respecto: "He decidido olvidarlo, perdonarlo, no quiero reñir con mi hermano, prefiero perder el dinero pero no a mi hermano." Esto suena a absurdo e incomprensible para una mente materialista y egoísta, aunque en justicia lo podía reclamar, hace falta más virtud, fortaleza y generosidad para renunciar a lo que le pertenecía que para llevarle ante un tribunal.

También hay derecho a que respeten nuestra reputación, pero también es evidente que cuando hay alto grado de orgullo en nosotros, la reacción es desproporcionada, exagerada y virulenta. La venganza traerá en respuesta siempre más venganza. "El ojo por ojo y diente por diente" solo ha traido a la humanidad más guerras, catástrofes y destrucción. Algo que es incomprensible en las personas que se dicen cristianas, católicas o que simplemente se ufanan de ser tolerantes, es el que entre sus propios familiares incluso haya rencores y riñas que durarán años y años, y en muchas ocasiones por nimiedades infantiles que han sido exageradas por un inmenso orgullo o una personalidad demasiado sensible y susceptible.

Pero si el problema ha sido objetivamente grave, ¿donde están los principios cristianos o tolerantes que decimos practicar? En casos excepcionales la separación es algo necesario. Pero ¿cuantos ho- gares hemos visto destruirse en en casos en los cuales era posible una solución y todo se perdió solo porque él o ella en un acto de orgullo no quiso perdonar?

Y finalmente el egoísmo ciega y no deja ver que los que pagarán to- das las consecuencias serán los hijos, aunque sean inocentes. Si reconocemos que existe en todo ser humano el pecado original necesariamente reconocemos que en todo hombre nace con debilidades, ciertas inclinaciones que habrá que corregir. Si nuestros hijos desde temprana edad son educados e informados de estas realidades tendrán razones y argumentos sólidos para ejercitar el perdón como una necesidad más de la vida. Y para ello no es suficente 'decírselos' con poéticas palabras, si ellos ven que no practicamos el perdón, la comprensión hacia el que lo necesita, tampoco ellos lo practicarán.

Nuestros hijos pueden olvidar lo que les hayamos enseñado, lo que les hayamos dicho; pero ellos nunca olvidarán el ejemplo de vida que les demos. En cuanto a aquellos que se proclaman cristianos y no creén que deben perdonar, han hecho ya mal cálculo de vida, porque, a menos que fuesen inmaculados, un día necesitarán de perdón. Tan seguro es esto como que el sol saldrá mañana. ¿Puedes recitar el Padrenuestro sin que te reproche el corazón cuando llegas a la frase "y perdónanos... como también nosotros perdonamos"? ¿Cómo puede un hijo que no ha perdonado a sus padres por algún motivo, dirigirse al Padre Creador con sincero respeto, a Él que es la paternidad divina?

Cuando llevas años sin hablarle a tus padres, a un hermano u otro ¿creés que puedes comulgar en ese estado? Le estás recibiendo a Él que te visita para PERDONARTE, ¿y al mismo tiempo tu corazón está lleno de rencor y amargura hacia ellos? ¿Cómo puedes acercarte a recibirle con el corazón hecho una piedra y destilando gotas de amarga hiel? ¡Se puede ver el triste espectáculo; una forma blanca, inmaculada cayendo sobre una dura piedra bañada de ese fétido líquido verdoso que es la amargura de la hiel! ¡Dí a tus hijos desde pequeños que existe algo grande que se llama honor, algo duradero que se llama virtud, algo que llena su vida de alegría aunténtica y verdadera, que se llama conciencia limpia!; si así haces con ellos, te evitarás el humillante espectáculo de verlos un día, postrados adorando el ídolo del dinero, de la ambición y toda la triste degradación que ese abjecto diosecillo lleva inevitablemente consigo.

Si tus hijos ven en ti inteligencia, voluntad, y cualidades que la naturaleza te dio pero al mismo tiempo te ven conservarte sencillo, discreto y con una modestia noble y sincera que viene del corazón; te evitarás crear pequeños seres llenos de orgullo que de mayores serían grandes monstruos llenos de soberbia y desprecio hacia los demás. Si a ellos, desde pequeños les dijiste la verdad, que todos los dones y cualidades no nos las dimos nosotros mismos, comprenderán con gran juicio y sensatez que el ensoberbecerse sería su propia destrucción. Entonces optarán por una seria y noble humildad que procede de la fortaleza e inteligencia y no de pusilanimidad. ¡Que tus hijos vean en tu obrar, y hablar verdadera humildad, que procede de la fortaleza del que reconoce y rectifica su error o mal proceder a tiempo y no de una actitud de debilidad!. ¡Que admiren en ti la fortaleza y valentía que se ejerce a la hora de pedir perdón, cuando la verdad y la justicia lo piden, y verás que la sangre de tus hijos al ver tal ejemplo se volverá tan noble que en ellos será fácil y connatural el saber pedir perdón también con esa misma nobleza y fortaleza! Así les habrás evitado la desgracia de que algún día alguien les niege el perdón que podrían necesitar por no haber sabido perdonar. En los hogares en que reina la generosidad y el valor inestimable de la virtud, no habrá lugar para el materialismo egoista y destructor. En las personas en que haya una clara y noble concepción de la fortaleza e inteligencia de la humildad, el orgullo y la soberbia no existirán. En las familias en las que la comprensión y el perdón nunca haya faltado, no sabrán lo que es rencor.

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