La Desintegracion del Imperio Habsbúrgico

Por Ricardo Fraga

El imperio, unidad en la diversidad, es la cristalización de una sociedad universalmente cristiana.

El imperio históricamente contemplado no ha sido más que la proyección del Evangelio en las estructuras temporales. Un Evangelio que no solo llega al corazón del hombre, sino que, desde el corazón humano transforma todas las cosas que el hombre integra.

El imperio, por lo tanto, supone la cristianización también del ámbito político, no una dimensión puramente subjetiva de la vida evangélica… sino una dimensión que afecta el orden temporal en su totalidad, en su plexo social, económico, cultural y político.

La expresión histórica de esa proyección evangélica en lo temporal ha sido la Cristiandad.

La Cristiandad como estructura histórico - política no ha sido otra cosa que el reconocimiento oficial y público de la soberanía sobreeminente de Dios y no la del hombre. Y de manera particular ha sido el reconocimiento explícito del reinado social de nuestro Señor Jesucristo, tal como en 1925 ha sido tratado con profundidad magistral por el Papa Pío XI en su Encíclica "Quas primas".

El imperio supone y exige la unidad en la diversidad. Esto significa la afirmación de los principios y respeto de las singularidades sociales, étnicas, lingüísticas y culturales y, en el marco de la respectiva tolerancia, también de las singularidades religiosas. Históricamente contemplado el imperio en la Cristiandad europea supuso la primacía de la Corona y la convivencia relativamente pacífica de los pueblos en ella integrados. La unión personal encarnada por el monarca cuyos ejemplos típicos son: las Españas plurales y clásicas, tema que ya hemos abordado en otra ocasión, y el Austria supranacional tal como se conoció hasta 1918.

El imperio supuso la catolicidad como misión asumida convencidamente desde el siglo XV por la casa de Habsburgo. Anton Rothbauer señala en su conferencia (escrita en 1954) "Austria símbolo de la tragedia europea", la doble dimensión católica y supranacional de Austria. Misión supranacional católica análoga y semejante a aquella que hacia el Atlántico encarnaron las Españas europeas y las Españas americanas.

Austria fue durante cinco siglos, aunque de modo imperfecto como todas las cosas propias del hombre, la más alta unidad nacional de una pluralidad de pueblos y culturas sobre un fundamento católico. Hasta que el delirio de los vencedores de 1918 despedazó esta configuración política entregando luego sus pueblos a las más espantosas revoluciones. De manera particular me refiero a la aparición del nacional-socialismo en el centro de Europa y posteriormente durante medio siglo de guerra fría a la presencia de la Unión Soviética.

La decadencia del Austria liberal es análoga a la que ofrece la España liberal y afrancesada del S.XIX. Ambas decadencias concluyen trágicamente. La decadencia española en la guerra civil del año 36, la decadencia del imperio austríaco en el mundo traumático de la guerra civil del año 14.

El liberalismo en Austria apuntó de manera particular a desligar al pueblo del catolicismo, es decir, a quitarle la dimensión universalista que Austria como componente político había ofrecido hasta ese momento. Por ende este liberalismo engendró en la fuente, en su cuna, al patrioterismo y al nacionalismo pro-germánico que logró, a fines del siglo XIX, falsear el concepto de "estado universal del Danubio".

Rothbauer en la conferencia citada señala: "cuando los pueblos de la vieja Austria renunciaron a la esperanza de una vida pacífica unitaria, cuando se refugiaron en el paneslavismo, lo hicieron principalmente como respuesta a la postura patriotera de las minorías alemanas dirigentes en Austria. Aún durante la guerra de 1914 que Austria no había sabido impedir por seguir la política de Berlín y olvidar la propia misión, el sentimiento monárquico y universalista de los pueblos eslavos de Austria, se mostró tan fuerte que permanecieron durante la guerra fieles a la dinastía". "En 1918, continúa Rothbauer, desapareció el último imperio que tenía por fundamento los principios católicos. El Austria del Danubio fue el último baluarte de la idea imperial centro-europea y universal vigente durante toda la edad media".

¿Cómo se configuró lo que llamamos la monarquía danubiana como espacio geopolítico?. Esa monarquía es una respuesta política a la necesidad de configurar en un todo plural un espacio geopolítico recorrido por el río Danubio cuyo centro geopolítico natural, desde el imperio romano, es la ciudad de Viena.

Austria aparece en Europa como la lejana marca oriental del imperio carolingio. La marca llamada "Osterreich" con la dinastía original de los Babenberg. Es recién en el siglo XIII cuando adviene en el escenario de los acontecimientos históricos la casa de Habsburgo, con Rodolfo de Habsburgo, casa de origen lejanamente suizo y lorenés.

El nacimiento de la monarquía danubiana, su constitución, se puede ubicar hacia el año 1364, cuando se lleva a cabo la alianza matrimonial entre la casa de Habsburgo y los reinos de Hungría y Bohemia que generará una interdependencia geográfica de los espacios alpinos, de los Sudetes y de la región Carpática. Espacio que, de algún modo, desde lo geográfico invita a la unión política y por eso es una cuestión geopolítica. Esta estrategia de la casa de Habsburgo de avanzar por medio de las alianzas matrimoniales dio origen al popular apotegma latino: "tu felix Austria, nube".

Durante los siglos XIV y XV se produce la progresiva incorporación de los restantes espacios geográficos de Centro-Europa, hasta llegar a la posesión de las costas adriáticas, fundamentalmente con el puerto de Trieste: salida natural de este espacio geopolítico danubiano.

La alianza matrimonial de Maximiliano de Austria y Margarita de Borgoña en 1467 constituirá el origen de la posterior rivalidad de la Casa de Habsburgo y la Casa de Valois reinante en Francia… así como regirá también el sistema de alianza de la Casa de Habsburgo con España y originalmente con Gran Bretaña. De este enlace matrimonial entre Felipe el Hermoso y Doña Juana, la infanta Juana reina de Castilla, hija de Isabel y de Fernando de la Casa de Trastámara, advendrá el futuro emperador Carlos V, Carlos I de Castilla. Y con él se afianzará la doble misión de la Casa de Habsburgo llevada a cabo a lo largo de cinco centurias.

En primer lugar, la contención de los infieles, los turcos, función geopolítica fundamental para el desarrollo cultural de la Europa de los siglos XVII, XVIII y XIX. Función que se acentúa con la caída del Imperio Bizantino en 1453 y con la ocupación de la península Balcánica por el Imperio Otomano hasta llegar a ocupar en el siglo XVI toda la Hungría Oriental.

El segundo de los puntos, la segunda misión asumida por la Casa de Habsburgo a lo largo de 500 años, fue la contención de la reforma protestante en lo que conocemos como Reforma católica o Contrarreforma, situada fundamentalmente a lo largo de los siglos XVI y XVII.

En ambos casos se destaca la función de baluarte cumplida por la Casa de Austria, de contención para el progreso y la edificación de la Cristiandad europea. La conciencia profunda que los pueblos de la cuenca danubiana y de la Casa de Austria tuvieron de esta doble función y del triunfo relativo que ella significó a lo largo de los siglos XVI y XVII, se manifestará en un estilo literario, artístico, arquitectónico: el Barroco, donde se muestra un cierto aire de triunfalismo, atacado hoy incluso desde el seno de la Iglesia Católica porque recuerda la existencia misma de una Cristiandad temporal, sacrificada ahora en el altar del sincretismo… triunfalismo que tuvo que ver con esa proyección del Evangelio en las estructuras temporales de que hablábamos al principio.

La Casa de Habsburgo manifestará esta doble misión en un doble plano geográfico. Por un lado, el imperio como tal, el Sacro Imperio Romano, en el corazón de Europa (o más bien de la Cristiandad). Y por el otro, se manifestará a través de las Españas clásicas y plurales.

La función de Cristiandad temporal de España, de las Españas plurales clásicas, alcanzará su apogeo con el reinado de Felipe II hijo primogénito de Carlos V.

En 1556 el hermano de Carlos V, el emperador Fernando, obtendrá la corona apostólica de Hungría y afianzará, por ende, el establecimiento de la monarquía danubiana. Con la intolerancia religiosa que se desata a partir de la reforma luterana y que da origen a la llamada guerra de los Treinta años, se produce la desaparición del antiguo reino de Bohemia. Esto sucede en la desgraciada batalla de la Montaña Blanca (Bilá Hora) en 1620, aunque, con todo, se debe notar que el antiguo reino de Bohemia conservó su título real: "Corona de Bohemia". La Corona de Bohemia no es sino la actual República Checa, integrada por Bohemia y Moravia. Bohemia y particularmente su capital, Praga, fue de algún modo la niña de los ojos de la casa de Austria. En ella residieron dos grandes emperadores como lo fueron Maximiliano II y Rodolfo II, que convirtieron a Praga en una de las más espléndidas ciudades de Europa.

La paz de Westfalia que pone fin a la guerra de Treinta años en el año 1648, supone en el continente europeo el inicio de la consolidación de la nueva idea de Estado absoluto o centralizado, opuesto al concepto tradicional y plural de Cristiandad temporal.

Nace la idea de Estado-Nación. Este fenómeno se desarrolla diversamente. En España, por ejemplo, aparece como consecuencia del absolutismo real de los Austrias menores. Felipe III, fundamentalmente, Felipe IV, y el decadente reinado de Carlos II. Pero pese al absolutismo personal del monarca y a la existencia de favoritos, queda garantizada la pluralidad de las Coronas y de sus respectivas instituciones y autonomías locales durante todo el régimen de estos Austrias Menores.

La centralización burocrática y administrativa en España que consolida la idea de Estado?Nación, lo que nos hace hablar hoy de España a secas y no de las Españas clásicas, opera y actúa a través de la llegada de una dinastía francesa: los Borbones, después de la Guerra de Sucesión en el siglo XVIII.

En Francia el concepto de Estado?Nación aparece también con el absolutismo regio-borbónico. Esta proyección de la Casa de Borbón francesa a ocupar y alcanzar a favor de Francia las denominadas fronteras naturales, lo que los franceses llamaban "el pré carré", el prado cuadrado, haciendo alusión a las características del mapa de Francia. Esta política que supuso una contención a la hegemonía de la Casa de Habsburgo, llevó a los Borbones franceses a políticas y a alianzas con los infieles y con la Suecia protestante, que en la Cristiandad medieval europea hubieran sido impensables.

Aquí comienza, con esta actitud, el debilitamiento del concepto de Cristiandad y de paz cristiana (comunidad fraternal de pueblos cristianos).

En el Reino Unido esta idea de Estado?Nación trata de conjugarse con el concepto de "brillante aislamiento" en el que Gran Bretaña ha intentado vivir prácticamente hasta nuestros días. Un aparente aislamiento toda vez que Gran Bretaña en el siglo XVIII está presente en todas las grandes cuestiones geopolíticas de corte marítimo en todo el planeta. La configuración del Estado centralizado nace en Gran Bretaña con el cisma de Enrique VIII respecto a la Iglesia de Roma, afianzándose con la doble revolución oligárquica que tiene lugar en el siglo XVII. En 1648 llevará a la ejecución de Carlos I Estuardo, y en 1688, previo a la república tiránica de Cronwell, advendrá una nueva dinastía en al persona de Guillermo de Orange. Es el momento clave en que Gran Bretaña hace su aparición en el escenario político europeo con ocasión de la Guerra de sucesión española, generada por el agotamiento de la Casa de Habsburgo en España y las pretensiones borbónicas sobre ésta.

Gran Bretaña ocupa desde ese momento el dominio de los mares del mundo. Es la época también en que se produce la sujeción de los antiguos reinos de Gales, Escocia e Irlanda. Y en la persona de Jorge I llega a reinar en Gran Bretaña una dinastía de origen alemán, la Casa de Hannover, donde se van formando las modernas instituciones políticas inglesas y donde se va determinando ese concepto fundamental que hace a la proyección posterior de la monarquía británica hasta el día de hoy conforme al cual: "el rey reina, pero no gobierna".

En Prusia, lo que constituirá después la Alemania unificada del siglo XIX, el proceso es un poco más confuso. El antiguo Ducado de Prusia, vasallo de Polonia en el siglo XVI, configuró durante toda la edad media el territorio de una orden monástico-militar, la Orden Teutónica. En 1701, sin la unción de la Iglesia, se convierte este Estado, de origen militar, luterano, centralizado y expansionista, en un reino. Es importante el carácter simbólico de que por primera vez no sea la Iglesia Católica quien determine la unción del monarca, como índice elocuente de que el poder y la legitimidad viene dada desde Dios. Desde 1740 Prusia se convertirá en un Estado militarizado expandido hacia el sur, por ende, rival de Austria que ocupa la cuenca danubiana.

Austria en este proceso de la aparición del Estado-Nación, fiel al principio de unidad en la diversidad, que es la característica fundamental de un imperio, no alcanza firmemente esa centralización estatal.

En su época más delicada, en el año 1918, esta falta de centralización constituirá una de sus debilidades vitales. Paradójicamente, dicha supranacionalidad constituyó el criterio de convivencia relativamente pacífica entre sus diversos pueblos, variadísimos. Esto es lo que denominamos equilibrio inestable ligado a la legitimidad dinástica. Con todo, la centralización fue intentada por los monarcas de la Casa de Habsburgo de manera particular por el emperador José II en el siglo XVIII, el hijo de la emperatriz María Teresa. Pero esta centralización sólo alcanzó los niveles de la Corona. Tuvo un marcado tono revolucionario y también estuvo afectada por una doctrina que lleva el nombre del emperador, el "josefinismo". Doctrina que intentó un cisma con la Iglesia de Roma, dado el carácter antieclesiástico de sus reformas.

Dicho tono revolucionario provocó un efecto inverso a la centralización buscada, a mérito de que los diversos pueblos integrantes de la monarquía, -católicos unos y ortodoxos otros, pero todos conservadores y legitimistas (lo fueron hasta el año `18)-, se opusieron frontalmente al racionalismo implícito del "josefinismo" y a su manía por interferir en los usos piadosos del pueblo sencillo (Rivadavia será, entre nosotros, un insoportable y trasnochado josefinista).

Dicho legitimismo se trasuntó hasta el año `18, en un, llamado por Josehp Roth "patriotismo dinástico", opuesto a los patriotismos particularistas.

Mas, pese a las defecciones personales de algún monarca, se mantiene el concepto oficial público de Cristiandad temporal.

Esto se manifiesta en los puntos claves de la Cristiandad temporal que son, por un lado, el reconocimiento de la Realeza social de Jesucristo y el carácter sacro de la autoridad, la idea de que la autoridad no viene desde abajo sino que viene de Dios según ese diálogo de Jesús con Poncio Pilato: "No tendrías autoridad alguna sobre Mi sino te hubiese sido dada desde lo Alto".

Y, por el otro, un punto fundamental que hace a la causa principal de toda legitimidad que es la promoción y primacía del bien común.

Estos elementos constitutivos de la Cristiandad temporal sobreviven en el Sacro Imperio Romano hasta el año 1806, una fecha verdaderamente clave en que la expansión imperial de un imperio que ya no nace del seno del Evangelio, sino de la Revolución, esto es el imperio de Napoleón I Bonaparte, le pone fin.

En esa fecha se disuelve el Sagrado Imperio. Se acentúa, por ende, el carácter germánico de todos estos pueblos y la primacia de los intereses nacionales sobre los intereses supranacionales.

El principio imperial no desaparece, se refugia en el imperio de Austria. El emperador Francisco II se transforma en Francisco I.

Debemos destacar que los ejércitos de Napoleón I son los ejércitos de la Revolución. Revolución entendida como rebelión del hombre contra la soberanía sobreeminente de Dios. Con Napoleón se produce lo que en filosofía política se llama la "bonapartización" de la Revolución, esto es, la consolidación de sus principios e instituciones fundadas, como se acaba de decir, en la rebelión del hombre contra Dios.

Con la "bonapartización", que llega hasta nuestros días, se instala la anarquía esencial. Y esta "bonapartización" monopoliza progresivamente a las instituciones políticas y sociales en un espectro opuesto y contradictorio al de la Cristiandad temporal.

Se bonopartiza el Estado y las Coronas. Los ejemplos más elocuentes son : el de la casa de Saboya que a expensas de los Estados Pontificios alcanzará la unificación italiana en el siglo XIX, y el Segundo Imperio Francés encarnado en Napoleón III.

Se bonapartizan los ejércitos que dejan de ser cuerpos voluntarios como los había en el Antiguo Régimen y aparecerá entonces la figura del ejército permanente, producto de la primera gleba de 1791 impuesta por la revolución francesa (y gloriosamente resistida por los aldeanos de La Vendée).

Se bonapartiza la economía que deja de estar al servicio del hombre y aparece en toda la crueldad con que la conocemos actualmente: el predominio de los mercados y de los financistas. Se consolida la burguesía, fundada exclusivamente en el afán de lucro, en el egoísmo (que hoy se llama consumismo), y en el aplebeyamiento de la cultura.

En el aspecto filosófico la bonapartización se manifestará en la doble cara de Hegel. Lo que suelo llamar el "Hegel-Jano": el Hegel que mira hacia el siglo XVIII y consolida el Iluminismo, y el Hegel que mira hacia el siglo XX y es la fuente común de todas las ideologías que llenan esta trágica centuria que finaliza.

Con la "Bonapartización" de la revolución la tradición política clásica, cristiana, se torna clandestina. Y resiste a lo largo del siglo XIX y gran parte del siglo XX, en primer lugar en el Pontificado Romano. Es la época de los pontífices que enfrentan decididamente a la Revolución, desde Gregorio XVI hasta, fundamentalmente, Pío XII. Resiste con su "Syllabus" y su "Quanta Cura" (Pío IX) la Iglesia de Roma, cuyas murallas solo serán audazmente horadadas en la segunda mitad de esta centuria, "bonapartizándose" también en ella los objetivos de la Revolución.

Resisten también las dinastías legítimas como la Casa de Austria, y, en España, la dinastía legítima configurada por el Carlismo.

Y resiste también a la "bonapartización" la masa popular. Esta resistirá hasta que se produzcan a lo largo del siglo XX los efectos destructores de los llamados "mass-media", que aniquilan y anulan las singularidades culturales de todos los pueblos que integran la humanidad.

Martín Fierro es en este sentido el símbolo más elocuente de la resistencia popular a los avances de la revolución en el Río de La Plata.

En el plano concreto que estamos analizando la expansión territorial de Prusia es efecto inmediato de una política suicida asumida por la Francia revolucionaria en su enfrentamiento con Austria, que deja de ser como había sido en los siglos cristianos, un enfrentamiento puramente político y dinástico, para convertirse en uno ideológico.

En 1848, la revolución renacida del vendaval revolucionario, sacude a la Europa organizada por el Congreso de Viena en 1815.

En París se produce la caída de la casa de Orleáns, representada por Luis Felipe, y que rigiera los destinos de Francia desde 1830 (como consecuencia del fracaso de la Restauración), prolegómeno de la irrupción del Segundo Imperio napoleónico, en la persona de Napoleón III. Y que se caracterizará por su traición a la Roma papal encarnada en la figura de un pontífice heroico, el último pontífice rey de sus Estados, Pío IX. Napoleón III en su política de alianzas tejió lazos veleidosos con Italia apoyándola en su proceso de unificación. Pero no advirtió que con esa política antiaustríaca estaba favoreciendo la expansión territorial de Prusia, con las posteriores trágicas consecuencias para su propia patria.

En Viena accede al trono imperial, como secuela de este movimiento, el emperador Francisco José que reinará hasta 1916.

En la cuenca danubiana en este año trágico de 1848 se produce la rebelión del pueblo húngaro que es aplastada merced al auxilio brindado por el ejercito ruso, extremo en el cual se puede ver todavía uno de los efectos últimos y colaterales del tratado de la Santa Alianza tejido por el Canciller austríaco Metternich.

En 1866 una Prusia poderosa, alentada por una política francesa suicida, derrota a Austria en la Batalla de Sadowa, y con esta batalla, decisiva para entender la guerra europea del `14, se produce la satelización de los reinos y principados alemanes. De manera particular sus tres grandes reinos del sur: Baviera, Sajonia y Wuttemberg. Cristaliza, entonces, la progresiva germanización de Austria, punto capital para entender la disolución del año 18, en desmedro de los pueblos eslavos, fidelísimos de la dinastía, y de otras minorías nacionales.

Por último se advierte la aparición política del paneslavismo fomentado por Rusia… paneslavismo que aparece sólo en función exterior o antigermánica.

Como consecuencia del debilitamiento de Austria, Hungría alcanza en el año 1867, un año después de Sadowa el compromiso de la llamada "unión personal", esto es, su independencia. Nace el Imperio Austro-húngaro.

Es bueno destacar que el reino húngaro incluía importantes minorías nacionales, en primer lugar, los eslovacos, destacándose que la capital eslovaca, Bratislava o Presburgo en alemán, no es otra que la capital, durante siglos en la Edad Media, del reino húngaro. La otra minoría nacional importantísima del reino húngaro son los croatas.

El reino de Croacia constituía con la Corona apostólica húngara desde el siglo XI una unión personal.

Notemos una de las tantas paradojas que han tenido las políticas internacionales en estos últimos dos siglos: la Hungría rebelde de 1848 obligada a mantenerse unida a la monarquía austríaca por las potencias europeas, en tanto que en 1918 esa noción de equilibrio europeo será considerada por los aliados como una cuestión superada y la reemplazarán por la noción de la "Europa de las naciones".

¿De qué naciones?. Me voy a permitir leer un breve texto de un conocedor como pocos de estas cuestiones, el escritor F. Fejtá¶, quien señala con toda autoridad: "Las naciones, en el sentido que actualmente le damos a ese término que engloba a pueblos enteros, no existían antes de la invasión del universalismo racionalista y antitradicionalista adquirido por la cultura europea hacia fines del siglo XVIII, básicamente con el iluminismo (Voltaire, Rousseau, etc.), y continuado con el proselitismo jacobino y la hegemonía napoleónica. Son los historiadores románticos del siglo XIX los que han creado, por referencia al pasado de sus pueblos, la `conciencia nacional? como fuerza política subversiva y reivindicativa (destructora del orden clásico). Por supuesto que los pueblos rumanos, checos, húngaros, etc., existían mucho antes del siglo XIX, en tanto que comunidades y lenguas, costumbres y tradiciones familiares, y patriotismos locales fragmentados, pero su constitución estaba basada en términos religiosos o sociales, a veces entrelazados. El término "nación" quedaba reservado a la nobleza prevalente y no estaba ligado necesariamente al origen étnico o a la comunidad de la lengua. Así, por ejemplo, los aristócratas húngaros hablaban en la Dieta en latín, y entre ellos, generalmente en alemán..." (todavía hoy los irlandeses hablan en inglés). (Los paréntesis son míos).

Durante el siglo XIX, y bien entrando el XX, se produce el larguísimo reinado de Francisco José. Adviene al trono, como ya se notó, en pleno vendaval revolucionario que traerá como consecuencia, entre otras, la cuestión italiana y la progresiva expansión de la casa de Saboya. También se dijo que en 1867, debilitada Austria por la prepotencia nacional prusiana, se establece una doble monarquía o unión personal entre Austria y Hungría que lleva a la coronación apostólica en Budapest del emperador, a título de rey apostólico de Hungría (ceremonia que no se celebraba desde hacía varios siglos).

Durante el reinado de Francisco José se aprecia con claridad la expansión territorial de Prusia, produciéndose la desaparición del influjo de Austria en el antiguo y ya desaparecido Imperio Romano (en 1806).

Hace su aparición la llamada confederación Germánica del Rhin y se manifiesta la inferioridad de la Baviera católica. De esa Baviera católica que, ya abandonadas sus intenciones políticas, se refugiará en el mundo del arte.

Es la época del (tan difícil de calificar) magnífico reinado de rey Ludwig II, llamado el rey loco de Baviera, que no fue loco… toda vez que fue, nada más y nada menos, que el mecenas de Richard Wagner.

En Prusia se consolida la figura política de su canciller, Bismarck. Y con él una doble actitud política. Por un lado: anti-habsbúrgica que lleva a la derrota de Sadowa en 1866 y, por el otro, a una actitud expansionista y hegemónica que tiene por víctima principal a Francia a la cual humillará en la guerra franco-prusiana de 1870. Francia es derrotada amargamente en 1870 en la batalla de Sedán. Se constituye el segundo Reich alemán: la unificación nacional alemana.

Como consecuencia de esta unificación aparece o se acentúa el fenómeno de la satelización pro-germánica de un sector importante de la clase dirigente austríaca, de efectos fatales en los años posteriores.

Consecuentemente con el predominio o auge de una Prusia en el esplendor de su proyección territorial, se produce también la expansión colonial marítima alemana que tiene por función disputar los mercados internacionales al otro imperio hegemónico que es Gran Bretaña.- Cuando uno habla del largo reinado de Francisco José no puede omitir las diversas tragedias familiares padecidas por el emperador. Haré notar sólo las más destacadas por sus influencias políticas. Una es el fusilamiento en el año trágico de 1867 de su hermano Maximiliano en Méjico. La presencia de un archiduque austríaco en Méjico obedeció a la política de agresión colonial europea, centralizada en ese momento en Napoleón III, en los asuntos "hispano-americanos". Que a partir de ese momento comienzan a llamarse asuntos "latinoamericanos". La expresión "latinoamericano" tiene sabor imperialista y colonialista y nace precisamente de la intervención militar francesa en Méjico.

Maximiliano de Habsburgo es fusilado en Querétaro en 1867. Fue una causa perdida, pero debe destacarse el gesto de grandeza que tuvo la presencia de Maximiliano tratando de conciliar las diversas divisiones de la clase dirigente mejicana (que llevarán después a una anarquía muy profunda), tratando de evitar la final disolución de lo que había sido el antiguo virreinato de Méjico y la política de expansión norteamericana, que con el presidente mejicano Santana en 1848 supuso el arrebatamiento de más del 70 por ciento del territorio mejicano, (California, Colorado, Nuevo Méjico, Arizona, etc.). Esa América rubia, terrible y puritana que nos ha convertido en despojos de su propia "civilización" hedonista.

En segundo lugar la llamada tragedia de Mayerling, ocurrida en 1889. La versión oficial llegada hasta nuestros días habla de un suicidio del príncipe imperial, heredero del Imperio y la corona Apostólica de Hungría, Rodolfo de Habsburgo, con su amante María Vetsera. Rodolfo de Habsburgo era una figura muy especial. Había entrado en contacto con la masonería de su tiempo y con los ambientes liberales de Viena. Esto hacía que un sector conservador de la clase dirigente tuviese reparos ante la futura política del heredero imperial. Pero lo que más debe destacarse es el carácter esencialmente antialemán de Rodolfo. La tesis oficial del suicidio, según el eminente historiador francés Michel Dugost Rouillé, no admite ser ya mantenida. La idea de un suicidio, fue gestada por los servicios secretos alemanes movidos por la mano de la masonería francesa, a través del después presidente de Francia, personaje siniestro, que aparecerá, con ocasión de la guerra del `14: George Clemenceau. Este tenía fluidos contactos familiares y amistosos en Viena, principalmente a nivel periodístico, con el periodista Maurice Szeps, director del "Neues Wiener Tageblatt".

Es importante destacar que la tesis del suicidio nunca fue totalmente sostenida a niveles oficiales. De hecho este autor aporta una prueba acabada: el Papa León XIII conoció la verdad de los sucesos de Mayerling y por eso autorizó los funerales eclesiásticos en una época en que el derecho canónico vedaba sepultura cristiana a los suicidas.

Debemos destacar también como parte de las tragedias personales, el asesinato de la esposa del emperador, la emperatriz Elizabeth, la popular "Sissi" de las películas, asesinada por un anarquista en Ginebra en 1898.

Muerto el príncipe imperial Rodolfo, por aplicación de la Pragmática Sanción (que viene de la época de Carlos VI con ocasión de una guerra de sucesión austríaca que determinó el advenimiento de la emperatriz María Teresa), el heredero resultó ser un sobrino de Francisco José, el archiduque Francisco Fernando, hijo de su hermano el archiduque Carlos Luis.

El heredero estaba unido en matrimonio morganático con una morava, Sofía Chotek. Este matrimonio, por ser entre personas de diferentes niveles sociales, impidió la sucesión política de la progenie del matrimonio.

Francisco Fernando y su esposa son asesinados el 28 de Junio de 1914 en su visita oficial a Sarajevo, capital del territorio imperial, anexado en 1908, de Bosnia Herzegovina. Este asesinato constituye precisamente el "casus belli" de la guerra de 1914. El mosaico étnico, lingüístico, cultural, religioso y económico a la vez que se sostiene en la figura de Francisco José, va generando problemas propios que la monarquía busca encauzar, problemas difíciles y complejos que los vencedores de la guerra del `14 no supieron o no quisieron interpretar. Política que se va orientando a través de la actitud pro-eslava de Francisco Fernando, que llega a proponer la conformación de una triple monarquía, con la inclusión de la antigua Corona de Bohemia. Y, ya llegado, en pleno desarrollo de la guerra del `14, el último emperador Carlos I o Carlos IV de Hungría, se buscará afianzar una federación de pueblos de Centro Europa (Mitteleuropa).

Los principales conflictos nacionales se fueron localizando, en primer lugar en Transilvania, habitada conjuntamente por húngaros, alemanes, rumanos y serbios. Acabada la guerra del `14 el Reino de Rumania, nacido en el siglo XIX de la liberación del poder otomano, por aplicación de la teoría del "fait accompli" (hecho consumado) ocupa hasta el día de hoy la Transilvania húngara.

En segundo lugar el problema de Bohemia habitada por checos, con su anexo de Moravia, independientes en el antiguo reino de Bohemia, con su brillante capital en Praga.

Eslovaquia, integrante del Reino húngaro (nunca hubo en los siglos medios un estado o reino eslovaco). La lengua literaria se constituye a partir del siglo XIX. Hasta esta época la clase dirigente estaba profundamente magyarizada.

En el sur de la monarquía aparecen los eslovenos con capital en Liubliana. Fidelísimos de la fe católica hasta el día de hoy y de la dinastía habsbúrgica en su época, y cuya presencia permitía el control del puerto de Trieste, fundamental para la proyección marítima adriática de esta cuenca geopolítica danubiana.

Croacia, habitada por croatas eslavos de religión católica y alfabeto cirílico, en tensión permanente desde varios siglos atrás con los serbios, que son ortodoxos y de alfabeto cirílico. La capital de Croacia todavía es Zagrev.

Los serbios extendidos en los siglos XVIII y XIX a lo largo de la Península balcánica con capital en Belgrado. Es un pueblo de tendencia expansionista. Con todo, los serbios durante el siglo XVIII son fieles a la monarquía danubiana. En el siglo XIX se constituye el Reino independiente de Serbia, liberada como otros, de la tutela turca, con la dinastía de los Obrenovich, que es una dinastía pro-alemana, sustituída posteriormente por el influjo de Rusia por la dinastía de los Karageorgevitch pro-rusos. Nace aquí precisamente la proyección que intenta el imperio de los Zares de instalarse en la Península balcánica y alcanzar su antiguo objetivo geopolítico: la posesión de la ciudad de Constantinopla, sede del patriarcado, cuna de la fe ortodoxa del pueblo ruso.

Por último, también presenta un aspecto digno de consideración la asimilación de los judíos que habitan en el marco de la monarquía centro europea que estamos analizando. La política habsbúrgica es una política benéfica en favor del pueblo judío, cuyos resultados pueden ser (sólo por ejemplificar): en primer lugar, el psiquiatra vienés Sigmund Freud. Y voy a nombrar personajes de variada tendencia política para hacer hincapié en la magnitud que alcanzó este proceso de asimilación.

En segundo lugar citaré al notable compositor Gustav Mahler autor de sinfonías como "El Titán".

Asimismo, el gran filósofo de este siglo: Ludwig Wigensttein, aquél que, desde la filosofía del lenguaje, llega más allá de la metafísica con su expresión: "lo no decible", lo que no se puede expresar o formular pero que está ahí, presente con su proyección mistérica profunda.

Y, por último, al notable novelista Joseph Roth puesto ahora de moda por una película ("La leyenda del Santo bebedor") que es de origen judío, convertido al catolicismo y convertido, como le llamo yo, en el último legitimista, que murió de pesar cuando vio a su patria, Austria, aplastada por las botas prusianas en 1938. Autor de una novela extraordinaria titulada "La marcha de Radetsky", símbolo doloroso y elocuente de la posible continuidad futura del Austria plural en las personas de sus monarcas y autor también de la continuación de aquélla, "La cripta de capuchinos".

Todo este abanico cultural se veía reflejado en su policromía, en el cosmopolitismo que todavía guarda, en alguna medida, la ciudad de Viena.

Durante el reinado de Francisco José el imperio se organiza constitucionalmente, crece la burguesía, se desarrolla el capitalismo y se entrelazan económicamente las regiones imperiales, intercomunicándose todas ellas con el ferrocarril. Se forma entonces un verdadero espacio geopolítico y económico, que si se hubiera conservado y acrecentado hubiera impedido la presión alemana hacia el sur y la expansión soviética posterior hacia Occidente (dato éste de verdadera trascendencia a la hora de determinar quiénes son los verdaderos estadistas).

Al decretar la disolución del imperio austríaco en 1918 los vencedores de la guerra generaron las causas que permitieron después la constitución del tercer Reich de Hitler y la aparición de la guerra fría y de la cortina de hierro establecida duramente por la Rusia soviética en 1945, que congeló durante medio siglo los irresueltos y verdaderos problemas de la Europa central o Mitteleuropa, como lo vemos hoy en la tremenda crisis yugoslava.

Gabriel Hanotaux, un literato y político francés, poco sospechoso de parcialidad pro-austríaca, decía por 1918: "Los franceses se han equivocado pensando que las hostilidades de los alemanes estaban dirigidas contra ellos, en tanto que en la realidad su principal objetivo era voltear la hegemonía inglesa".

La Alemania, unida en torno a la Prusia militarizada, con sus fuerzas jóvenes, intentaba relevar a Gran Bretaña en el esfuerzo de llevar "la carga del hombre blanco" en la colonización del planeta (racismo implícito), uno de los motivos profundos de la guerra.

Rusconi señala, entre otras causas de la rapidez en el desencadenamiento de las hostilidades las siguientes: la rigidez del sistema europeo que generaba desconfianza y temores recíprocos, las definiciones anacrónicas de los diversos intereses nacionales, no sólo en la órbita danubiana, el desarrollo febril del paneslavismo como protesta al pangermanismo, consideraciones de prestigio y honor siempre presentes en todas estas cuestiones que después desatan guerras crudelísimas, la ductilidad de las diversas opiniones públicas conjugadas para impedir una adaptación racional a los cambios en las relaciones de fuerza.

La principal debilidad de la monarquía austríaca para este tiempo residía en su incapacidad para resolver los problemas nacionales.

El compromiso de 1867 que duró cincuenta años y consolidó la paz con Hungría, no fue capaz de solucionar los problemas de las minorías nacionales que habitaban a su vez el Reino de Hungría.

Europa, en los inicios de la guerra civil del `14, conservaba todavía el antiguo estilo que después desaparecerá en este trágico siglo que concluye. Una Europa que emprendía el camino, quizás sin retorno, de la balcanización y de la barbarie de las guerras ideológicas.

Pese a la antigua "austrofilia" (simpatía por Austria) que es más bien "hungarofilia", de la opinión pública inglesa, a principios de 1913, un año antes del desencadenamiento de la guerra, se juzga a Austria como un satélite de Alemania, y se propone por primera vez el proyecto de desmembrar a Austria. Objetivo que en la literatura y en la prensa de los otros países beligerantes aparece solamente recién en 1917.

Italia, tentada por los Estados occidentales, fundamentalmente Inglaterra y Francia, abandonará en 1915 a sus antiguos aliados, Alemania y Austria, en nombre del llamado "principio de las nacionalidades", que jugará un rol importantísimo en los tratados de paz de posguerra. Este principio de las nacionalidades en el seno mismo de Italia resultará desmentido, toda vez que Italia adquirirá problemas de minorías nacionales, después de la confrontación, con la incorporación del Trentino, fundamentalmente austríaco, y de Trieste, fundamentalmente esloveno, y con las pretensiones que intentará llevar a cabo el fascismo sobre las costas dalmáticas que dan sobre el mar Adriático.

Los intervencionistas italianos encontrarán apoyo en el embajador francés, Camille Barrére, un anticlerical y antiaustríaco ferviente, que movilizó todo el arsenal de la Francmasonería y de la República contra la tentativa de paz del Papa Benedicto XV. Tratativas de paz que, de haber sido escuchadas, hubiesen puesto fin al conflicto en 1916, dos años antes, salvándose millones de vidas humanas.

Pero los beligerantes occidentales no buscaban (este es el punto clave) lo que se llama en filosofía política una "paz de compromiso", sino el exterminio literal de sus enemigos, que luego se transformará en una "guerra ideológica".

El carácter civil que atribuyo a la Guerra del `14 se observará con sólo ver los lazos familiares que unían a las casas reinantes. Por ejemplo los ingleses con los alemanes, con los rusos, con los rumanos y con los griegos. Signo elocuente de la antigua hermandad cristiana de los diversos pueblos europeos.

La falsedad de la propaganda ideológica antialemana, que en rigor encubre el odio final contra el Austria católica e imperial, se notará con solo recordar que la Casa de Windsor, todavía reinante hoy, no es otra que la Casa de Hannover, reinante en Alemania, cambiando su nombre, por causas propagandísticas, durante la guerra del `14 y que oculta su condición de dinastía usurpadora ya que por el Acta de Constitución de 1701 se desplazó a los herederos católicos de la Corona, el último de los cuales fue Jacobo III, con cuyo hijo (el Cardenal Enrique, +1819) se extingue la rama real legítima.

Es la hegemonía o primacía, ese racismo implícito, del supuesto hombre blanco, que no existió en el Austria supranacional, cuyo símbolo sociológico fulgurante es el mestizo austríaco, como es en las Españas plurales el mestizo americano.

La dimensión económica de la guerra se percibirá en el conflicto financiero por el dominio de los mercados, disputa típica entre alemanes e ingleses a lo largo del siglo XX (y que abre hoy pavorosos e insospechados horizontes a nivel planetario). Disputa a la que era ajena la Casa de Habsburgo.

El rígido sistema de alianzas desencadenará en pocas semanas una guerra generalizada, que tiene dos grandes etapas muy bien delimitadas: la que va del año `14 al `16, y la que va del `16 hasta su finalización en el año `18.

En pleno desarrollo de la guerra en 1916 muere el emperador Francisco José y adviene al trono imperial en Austria, real en Hungría, su sobrino nieto Carlos, hijo del archiduque Otto, hijo a su vez del archiduque Carlos Luis, hermano de Francisco José.

Carlos I de Austria, IV de Hungría, estaba casado con la princesa Zita de Borbón Parma, fallecida en 1989. Es el último emperador coronado apostólicamente en Budapest. Carlos IV inicia inmediatamente tratativas de paz, auxiliado en esta materia por su cuñado, que pelea en las trincheras contrarias a las de Austria, el príncipe Sixto de Borbón Parma que, rechazado por el ejercito francés, había encontrado refugio en el ejército belga.

Bélgica es también una de las naciones mártires del expansionismo territorial prusiano o alemán. Carlos IV propone la inmediata federalización de la monarquía y accede (dato clave) al reclamo francés de devolución de los territorios imperiales de Alsacia-Lorena, ocupados por Alemania en 1870 después de la derrota de Sedan, y motivo oficial que la tercera república francesa daba para no cesar la guerra en el 16, en atención a las tratativas de paz del Papa Benedicto XV.

El último emperador manifiesta su objetivo de acceder a los reclamos franceses y, en compensación de las desventajas que obtendría el Imperio alemán, ofrece ceder la Silesia austríaca.

Carlos IV impulsa una paz de compromiso, tradicional en el derecho político cristiano, y el mantenimiento del "statu quo" europeo. A su vez advierte con nitidez el doble peligro de la expansión alemana y rusa. Con todo, no logra modificar la alianza con Alemania en razón principalmente de dos motivos: el primero, la presión militar progermánica de la clase dirigente militar austríaca. Segundo, en razón del rígido sistema de alianzas que lleva a que las tratativas de paz del príncipe Sixto no alcancen objetivos exitosos.

Carlos IV se da cuenta del peligro revolucionario. Tengamos presente que en octubre de 1917 en San Petersburgo se desata la revolución. Aquella revolución proféticamente anunciada en la primera mitad del siglo XIX por el gran tradicionalista español Juan Donoso Cortés.

Carlos IV de Hungría, I de Austria, es apoyado inmediatamente en sus tratativas de paz por Benedicto XV. Advirtamos que la acción del Pontífice no era la que puede tener un Pontífice hoy. Era una acción limitada. En 1916 el Romano Pontífice estaba prisionero en el Vaticano. No se habían celebrado todavía los Tratados de Letrán (1929) por los cuales el Estado italiano reconoce la soberanía pontificia sobre la ciudad del Vaticano. Por ende, el Papa se encontraba literalmente prisionero del Estado liberal italiano.

Sus buenos oficios de paz son sistemáticamente saboteados por Francia, Italia y Gran Bretaña. En Francia durante la presidencia de Briand, con quien empiezan las hostilidades en el `14, los contactos diplomáticos alcanzan algún progreso. Pero en 1917 llega al poder G. Clemenceau, anticlerical furibundo, masón, nacionalista jacobino y antiaustríaco declarado, que querrá poner en práctica el antiguo lema del conde de Cavour, autor de la unidad italiana: "Es preciso aniquilar a Austria" ("Austria, delenda est"). Su propósito no se verá impedido, ni por la carnicería de vidas humanas, que significó la prolongación de la guerra por dos años, ni por las condiciones políticas que el emperador ofrecía. Un popular literato francés haciendo alusión a esta crueldad de Clemenceau decía: "Cualquier rey de Francia hubiera tenido piedad de sus pobres hijos". Y la tercera república no la tuvo.

Con Clemenceau la guerra se ideologiza, adquiere un carácter "libertario" de las nacionalidades oprimidas y la propaganda de guerra alcanza su mayor dimensión. Surge entonces el fantasma maniqueo que dará tinte a todas las guerras contemporáneas. En síntesis de Fejtá¶: diabolizar al enemigo, hacer del enemigo un Satanás. Tenemos la fuente del moderno fundamentalismo, fundamentalismo paradójicamente de origen democrático.

En este orden es esencial para la política de Clemenceau el auxilio propagandístico, principalmente en París, Londres y Washington de dos exiliados austrohúngaros. Un esloveno, Másaryk y un checo Benáªs, masones ambos, quienes mueven a la clase política y la oposición pública occidental a odiar al Imperio "opresor" y, solidarizarse con los pueblos "oprimidos". Masaryk y Benáªs serán gestores de un Estado tapón entre Alemania y la Europa suralpina, la República de Checoslovaquia, que guarda una marcada analogía con su función de Estado tapón, e incluso en su característica de laicización, con la República Oriental del Uruguay, que obedece a la geopolítica británica de división del estuario del Plata.

República artificial, la de Checoslovaquia, que no soportará el acuerdo de Munich de 1938 y que se disolvió pacíficamente en enero de 1992. Perduró durante la guerra fría, como perduraron todos los problemas nacionales durante la guerra fría: congelados.

A esta altura es bueno decir dos palabras del papel jugado por los Estados Unidos. Algunos han juzgado que la acción sobre todo del presidente Wilson en la disolución del imperio fue decisiva. Otros suponen que la acción norteamericana desempeñó sólo la función de auxilio exterior de los intereses franceses y británicos. Wilson es conocido por la enunciación de sus catorce puntos de paz. El décimo aseguraba a los pueblos de Austría-Hungría la garantía de sus autonomías, no hablando para nada de disolución.

Pero, supuestas las buenas intenciones de Wilson, que no podemos conocer, se debe destacar en él su filantropía laica, que implica su pacifismo protestante favorable a los manejos propagandísticos de Marsaryk y Benáªs.

Como pasa hoy con la opinión pública norteamericana que se sensibiliza con esos embajadores llegados de países exóticos cuyos verdaderos problemas se desconocen. Justamente, este es el segundo punto, el desconocimiento real de Wilson tenía de los asuntos europeos y, principalmente, de la complejidad de los asuntos danubianos. Ignorancia que todavía hoy se nota en la presencia militar norteamericana en la ex-Yugoslavia, que no le quita la buena voluntad pacificadora. Pero hay una ignorancia diplomática de antigua data: el desdén del "caw-boy" ante la complejidad de lo real. (Con todo, los EE.UU. han tenido siempre una clase dirigente a la medida de los problemas internacionales y no la "tilingería" mimetista propia de nuestras playas).

Por último, el utopismo de Wilson que lo llevará a suponer que la Sociedad de las Naciones generará la paz perpetua soñada por Kant en el siglo XVIII, y que no será sino la antesala directa de la más endemoniada de las guerras del siglo XX.

De todo lo expuesto, y documentadamente, se sigue el innegable rol jugado por la Francmasonería, francesa principalmente, que sintetizaré en una frase tremenda de David Bereznak, que se aplica de manera acabada a toda esta centuria que concluye: "En nuestro siglo XX nos hemos mutuamente masacrado para servir a mitos".

Por supuesto que la disolución imperial, en definitiva, no hubiese sido posible sólo por la acción de factores exógenos. Evidentemente las estructuras imperiales estaban infiltradas, corruptas y, cuando el edificio de derrumbe, de algún modo caerá como consecuencia de muchas traiciones de la clase dirigente.

A esta altura de la disertación conviene efectuar las siguientes reflexiones: El "estado-nación" es el ideal revolucionario de los vencedores del 1918, y yo pregunto: ¿fue Checoslovaquia o Yugoslavia un estado nación? Fueron estados multinacionales, opresores a su vez de sus propias minorías nacionales. El Reino Unido de la Gran Bretaña y la Irlanda del Norte, ¿no era en 1818 un estado multinacional que incluía galeses, escoceses e irlandeses? Todavía hoy, ¿no es, nos la proponen como ejemplo y modelo, la Confederación Helvética un estado multiétnico y multinacional? Más grave todavía, ¿podía Inglaterra en 1916 invocar la opresión de las minorías nacionales cuando en la Pascua de ese mismo año reprimía violentamente la rebelión de Dublín, capital de Irlanda?.

Supuesta la magiarización de los eslovacos, ¿podían los británicos espantarse de ella, cuando en su propio seno el pueblo irlandés se había anglicanizado al punto de hacer de la lengua inglesa una lengua propia dándole literatos de la talla de B. Shaw u Oscar Wilde?.

La política revolucionaria fundada en las ideologías y las utopías llevó a la clase dirigente francesa a promover la expansión de Prusia por Napoleón I, Napoleón III y la tercera república, en perjuicio del Imperio habsbúrgico (Austria), al cual odió sólo por la dimensión católica que encarnaba, y que la llevará a la humillación. A tres terribles humillaciones trágicas en espacio de 70 años… la de 1870, la de 1914 y la de 1940.

La intención de la Francia laicista y revolucionaria consistió en establecer un equilibrio imposible en el centro de Europa mediante el establecimiento de un estado artificial, sin ninguna raigambre histórica, Checoslovaquia, que no se sostendrá en los pactos de Munich en 1938 y que sólo la fuerza militar mantuvo durante este último medio siglo. Constituye esta idea de estados artificiales (ó de ciudades autónomas) el ensueño permanente de los intelectualoides de gabinete, a quienes jamás disuade el ímpetu dinámico de las cosas, de la realidad, de la "veritas rerum", que resurgen siempre cesadas las ideologías.

La integración en el imperio, unidad en la diversidad, no debe confundirse con la idea de la globalización. Se trata de una mancomunidad de intereses reales y concretos donde conviven en forma relativamente pacífica las más diversas manifestaciones étnicas, lingüísticas, culturales y religiosas en el marco supranacional de la legitimidad dinástica.

De "La Cripta de Capuchinos", una novela extraordinaria, continuación de "La marcha de Radetzky" de Joseph Roth, destaco este texto muy breve para tener una idea de lo que era ese marco de patriotismo dinástico": "En nuestra monarquía no hay en el fondo nada de extravagante. Sin los tontos que nos gobiernan, incluso en su aspecto exterior, nada tampoco podía parecer extraño. Con todo esto quiero decir que aquello que los demás ven como extraño, es para nosotros, austro-húngaros, una cosa totalmente natural. Debo decir con todo que en esta Europa insensata de los Estados nacionales y de los nacionalismos las cosas más naturales aparecen como extravagantes. Por ejemplo: el hecho de que los polacos, eslovacos y los rutenos de Galicia, los judíos con sus caftanes de Baryslaw, y los chalanes de la Bacska, los musulmanes de Sarajevo, los vendedores de castañas asadas del Mostá¤r, todos se pongan juntos a cantar el "Gott Erhalte" ("Dios salve al emperador") el 18 de agosto, aniversario de Francisco José. Y que esto no tenga para nosotros nada de singular".

István Bibó, autorizada voz, señaló en 1978, que la guerra mundial del `39 al `45 no hubiera probablemente estallado de haber existido una vigorosa federación centro-este europea que incluyese a los pueblos tributarios de la cuenca del río Danubio.

La tesis clave de la obra de F. Fejtá¶ "Requiem pour un empire défunt" consiste en señalar que en 1918 Austria-Hungría no estalló sino que se la hizo estallar, destacando la importancia definitiva que en dicho estallido, provocado desde el exterior, jugó el factor ideológico de las potencias vencedoras del año 14.

Los tratados de paz, finalizada la guerra, celebrados en el 18 y 19 en Saint Germain-de-Prés y en Trianón decretaron la disolución de la monarquía habsbúrgica. En su reemplazo aparecieron pseudos "estados-naciones", artificiales e incapaces de sobrevida propia. En rigor, nuevos y verdaderos estados multinacionales opresivos de sus respectivas minorías.

En el caso de Austria, ésta se redujo a la pequeña Austria alemana que fácilmente deglutirá Hitler en 1938 con la anexión ("Anschluss"), privada de su salida al mar a través de Trieste.

Hungría, mutilada de Eslovaquia, Transilvania y Croacia, privada también de su salida al mar. Rumania, complicada con minorías nacionales que se desconocían, como alemanes y húngaros, que se le adjudican en la Transilvania. Checoslovaquia, estado antinatural de carácter multinacional, englobaba checos, moravos, eslovacos, húngaros, rutenos y alemanes de los Sudetes, ocasión o "casus bellis" precisamente, unos de los "casus bellis" de la guerra de 1939. Y por último Yugoslavia, unión contra natura de eslovenos, croatas y serbios, éstos más bien expansionistas y dominadores, con minoría de bosnios, islámicos que habitan todavía hoy en Sarajevo, macedonios, albaneses, etc.

Así como en 1955 el Austria ocupada por ingleses, franceses, americanos y soviéticos fue el símbolo de la tragedia europea, hoy lo es la desangrada ex-Yugoslavia, con sus muertos en Sarajevo ante la escalofriante indiferencia de los mercados consumistas de la Comunidad europea, que deja el problema militar en manos de los yanquis.

Es la hora de recordar que todas las construcciones políticas que se funden en las ideologías y no en la realidad histórica viva de la Tradición perecerán miserablemente.

Pereció el tercer Reich, pereció, al menos transitoriamente, la Unión Soviética, pereció Checoslovaquia y perece ante nuestra vista Yugoslavia.

Somos los testigos azorados de un siglo consagrado a las abstracciones y utopías más crueles de la historia. Nos hemos masacrado para servir a los mitos. Perecerá también algún día, no muy lejano, el liberalismo neoiluminista revolucionario, humanistoide y filantrópico, cuya víctima más notoria ha sido la Cristiandad temporal, la cual de un modo que desconocemos resurgirá y cuyos eslabones ocultos somos nosotros. Lo importante, como decía el rey carlista Carlos VII, es resistir. No se nos pide la victoria sino la continuidad. Perecerá el iluminismo liberal, o por muerte natural de agotamiento, o por la aparición de un esquema ideológico de un signo opuesto como sucedió en el espacio entre guerra de 1920 y 1940 en que surge el nacional-socialismo y el fascismo. Notemos que ambos tienen su fuente común filosófica en Hegel.

O perecerá, porque Aquel que ha de venir vendrá y no tardará.

Una vez más, en el marco de San Agustín, la expectación de la Parusía del Señor.

En la disolución final del Imperio, Dios suscitó la figura de un emperador-rey de Austria, rey de Hungría, mártir de la paz y expiación de los pecados del mundo cristiano que sucumbía y de los horrendos pecados de su propia dinastía. Ella también, la Casa de Habsburgo, debía perecer humillada para que sólo en la historia toda brille la única y eterna soberanía: la soberanía de Dios.

En su lecho de agonizante en la isla portuguesa de Madera decía Carlos IV el 1 º de Abril de 1922: "Ofrezco mi vida en sacrificio por todos mis pueblos".

Es bueno destacar que está incoada en Roma la causa de su beatificación.

Su vida, la de Carlos IV, fue una oblata colocada en la patena del altar, o como dijo algún oscuro poeta de estos lares moronenses, de este Morón que es también baluarte y fortín: "Oh mi Señor, Señor de los dolores/ que guardas en el alma toda pena/ contigo se consuma la condena/ que dictó Clemenceau con sus rencores/ Apostólico rey cuyos amores/ son ofrecidos hoy en la patena/ oblata que libera la cadena/ de los vicios de todos tus mayores./ Gustaste los amargos sinsabores/ que la historia reserva a la serena/ majestad de sus mártires pastores/ Tu corona de espinas nos ordena/ no resistir trabajos ni temores/ y derramar la sangre de la vena".

* Exposición pronunciada en el marco de las "VII Jornadas de Filosofía de la Historia". Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Morón. Julio de 1996.