La Corrupción Latinoamericana

¿Cuál es el origen de la actual corrupción endémica de la dirigencia hispanoamericana? Los liberales lo atribuyen al origen católico de las instituciones políticas americanas, que contrastadas con las anglosajonas protestantes ponen -según ellos- en clara evidencia la superioridad es estas por sobre aquellas... La idea viene de lejos, y lo más curioso es que también la izquierda marxista sostiene que es la Fe católica el germen que corrompió desde el comienzo mismo nuestras sociedades hispanas. La historia dice exactamente lo contrario. El Dr. Ricardo Fraga sintetiza en la presente nota los rasgos esenciales de este proceso, mucho más complejo y sobre todo, inverso al que describen marxistas y liberales.

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Por Ricardo Fraga

La secesión de las provincias americanas del Imperio español respecto de la Corona de Castilla constituyó un proceso cuyo eje central estuvo dado por la crisis ideológica e institucional que afectó a la vasta geografía hispánica (peninsular y transoceánica) como consecuencia de la difusión del pensamiento ilustrado (en el s. XVIII) y de la fulgurante presencia napoleónica al principiar el s. XIX. Ambos acontecimientos trastocaron la personalidad tradicional de aquel inmenso y ordenado conglomerado de pueblos conocido en la terminología clásica como "las Españas".

No resulta fácil para nuestro pensamiento simplista y anacrónico visualizar la compleja organización constitucional de aquellos reinos (con su riquísima variedad de fueros, franquicias y autonomías) conjugadas todas por la unión personal de un mismo y único Monarca.

Nosotros tendemos, más bien, a conceptualizar una España unitaria y monocromática, perezosa y dominada por la superstición y entregada de día y de noche a los toros y el cante jondo. La perfecta caricatura elaborada por Próspero Merimée y recogida por la ópera "Carmen" de Bizet.

Jamás se nos ocurriría pensar en una Navarra de costumbres severas, en una Cataluña industriosa, en una Galicia de sólida cultura, en una Castilla ascética y conquistadora, en una nación –…en síntesis- de hábitos acotados y laboriosos, fundados en la modestia de la vida, la convicción de la ética, la grandeza del ideal y las arraigadas prácticas religiosas.

Y, sin embargo, tales fueron las Españas del antiguo régimen, incluido el reino de Indias o América, erigido en tal condición por Carlos V en 1519 y reconocido todavía como tal por la Novísima Recopilación de 1805.

Nuestra historia hispanoamericana es idéntica con el sucederse histórico de aquellos reinos españoles. En esos lejanos tiempos en que España gestó a América (y América es indeleblemente española por la única lengua común que habla y conoce) los episodios de corrupción existieron (como han sucedido siempre en todas las sociedades habitadas por los hijos de Adán) pero estuvieron focalizados en circunstancias específicas e institucionalmente controlados por la autoridad del rey, a través de Consejo de Castilla.

Por lo demás, una institución como el "juicio de residencia" verificaba, al concluir cada mandato, el estado patrimonial de los funcionarios, con la posibilidad efectiva de reparación y el subsiguiente compromiso de sus respectivos futuros políticos. (Con tanta reforma constitucional como la que padecemos, ¿por qué no se restaura dicha institución inscrita en la más genuina tradición hispanoamericana?)

Es menester esperar al mercantilismo de los Borbones para alcanzar una generalización de las prácticas de corrupción económica en el seno de los virreinatos y capitanías indianas. Facilitó tal descomposición la política centralizadora de la Corona que debilitó (principalmente en la península pero también en América) la variada actividad económica y jurisdiccional de los antiguos estamentos locales, dislocando el ancestral sentido de pertenencia, que es núcleo esencial para que exista un adecuado contralor de la inmoralidad institucional (tal como lo vemos –…y tanto se insiste ahora en ello- en el mundo anglosajón).

A ello se sumó (particularmente en las ciudades portuarias como Buenos Aires, Caracas o Veracruz) la inescrupulosa acción del contrabando (promovido por los ingleses) que tenía por finalidad burlar el denostado (por los manuales escolares) monopolio comercial que no era, en definitiva, más que un precario (y perfectible) mercado común y una unión aduanera que, entre otros beneficios incalculables, facilitó la industrialización del Altiplano y de todo el Noroeste argentino y cuya incipiente evolución fue brutalmente aniquilada por las políticas aperturistas de los gobiernos autónomos posteriores a 1810, para ser en 1835 reivindicada por el proceso semiproteccionista del Estatuto de la Confederación (instado por Juan Manuel de Rosas) y luego, finalmente, abandonada por el principio de libertad de comercio propalado sin contención alguna por Juan Bautista Alberdi en sus "Bases y puntos de partida" y por el consiguiente art. 14 del texto constitucional de 1853 cuyo único beneficiario indiscutido fue el Imperio británico.

Las alguna vez llamadas "guerras de independencia" (cuya etiología real excede esta nota) provocaron la más audaz e impensada de las dependencias coloniales: aquéllas que se camuflaban con bandera y escudo, selección de fútbol y batir de moneda.

Para alcanzar tales fines fue absolutamente imprescindible la conformación de una clase dirigente nativa francamente entregada a los propósitos del novedoso colonizador. Todos los intentos (que ciertamente los hubo) de sacudir el yugo de la sumisión fueron simultáneamente dificultados por aquella elite generosamente sobornada por el capitalismo inglés en expansión y que aceptaba sin chistar la injusta división de tareas que aquél implicaba: países esteparios exportadores de materias primas, naciones centrales expedidoras de productos fabricados.

Toda la historia de los estados latinoamericanos a lo largo de los siglos XIX y XX es un entramado de clases políticas horrorosamente corrompidas por los poderes financieros de cuño anglosajón, llámense Gran Bretaña en el río de la Plata o Estados Unidos en el resto de Latinoamérica.

Quien todavía no lo ha hecho (y está, por ende, bastante retrasado) debe leer (o releer) con urgencia a Ramón Doll, Julio Irazusta, Carlos Ibarguren, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Leonardo Castellani.

La apretada síntesis que acabo de efectuar es, en gran medida, el nervio de su pensamiento.

En la descomposición de la España liberal (acontecimiento que toca también a las Américas) debe colocarse la raíz de la endémica depravación de nuestros liderazgos dirigentes. El liberalismo político y económico es el gran y principal responsable de nuestros males institucionales. Ahora podrá decir que no y levantarse, incluso, como paladín de la moralidad. Pero el refrán lo establece sin atajos: "de aquellos polvos estos lodos".

Naturalmente que nuestros específicos males de hoy (esto es 2005) no se vinculan ya necesariamente con aquellos orígenes. Esta columna sólo quiere mostrar su génesis y posterior desenvolvimiento.

No se trata, por lo tanto, de verificar las incomprobables, y tan de moda, teorías "conspirativas" para asegurar los jugosos emolumentos de quienes vienen a colocarse tardíamente la camiseta de los grandes pensadores antes enunciados (degenerando, por lo demás, sus prístinas doctrinas).

Los latinoamericanos no somos, por necesidad apodíctica, víctimas de la arrogancia extrajera o de la avaricia de los poderes financieros multi o transnacionales. Esto puede ser cierto en la medida misma en que concretamente se lo acredite. Por el contrario, los vertiginosos desórdenes sociales que padecemos arrancan del desprestigio intelectual y moral de una seudo clase dirigerencial que, atacando presuntos privilegios del pasado, se ha encaramado parasitariamente en todos los niveles del Estado, repartiéndose prebendas y sinecuras en sus tres niveles funcionales (ejecutivo, legislativo y judicial), con total desentendimiento de los intereses populares sólo invocados de modo declamatorio y bajo el paraguas protector de algunos demagógicos actores de verdaderas décadas infames, patrocinados muchas veces, desde lo económico, por filantrópicas corporaciones (al estilo, vg., de la Fundación Ford) o congregados en los alrededores ideológicos de ciertos parricidas convertidos, por imperio de una dogmática penal suicida, en hijos pródigos de padres anónimos.

La gente cantó: " ¡que se vayan todos!". No se fue ninguno y llegaron otros: al conjuro de unas estructuras crematísticas sumamente atractivas, sustentadas por todos y cuya transparencia no logra ser contenida, como en otras sociedades planetarias, por el ejercicio ordinario de las magistraturas acaparadas como están, muchas veces, por auténticas "castas" biológicas.

Y si de "transparencia" se habla cómo no recordar que según el último estudio de esta ONG que lleva su nombre la clase política argentina ocupa el tercer lugar en punto a niveles de corrupción. En América latina sólo la supera Ecuador. ¡Vamos todavía!

Los males latinoamericanos de nuestro tiempo ya no encajan (a modo de eslogan) en los imperialismos de antaño (aunque, por lo menos, en la cuestión del Atlántico sur éste todavía sobreviva). Ya no se podrán justificar los escandalosos latrocinios por la mano generosa de la city londinense o del Wall Street neoyorkino.

Ahora bastan, sin ir más lejos, con las sustanciosas regalías petroleras o con descalabrados discursos de tinte dialéctico que encubren (para quienes se dejen engañar) el más atroz de los estragos ecológicos: el de la mentira constitucional.

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