Estaríamos mucho peor...
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"Mucho peor estaríamos bajo civilizaciones incaicas, aztecas, sioux, apaches o mapuches, que han sido idealizadas por algunos historiadores y antropólogos, cuando es bien conocido su división de castas y su carácter imperialista y sanguinario". Declaraciones de Pablo Sánchez Terán, Cónsul General de España en Córdoba, Argentina. A propósito de la tormenta desatada por la declaraciones del diplomático español, reproducimos un texto del P. Alfredo Sáenz, S.J. tomado de su último libro, "La Catedral y el Alcazar", que comentamos en esta misma edición en la sección "Libros". |
El Perú previo a la asunción de Santo Toribio de Mogrovejo como segundo Arzobispo de Lima y primado de América del Sur
Antes de que sigamos refiriendo la vida y el intenso accionar apostólico del nuevo obispo, será conveniente ambientamos en el mundo que le tocó vivir. Solo habían pasado cien años desde que las carabelas de Colón avistaron tierra americana. No exageró Francisco López de Gómara, capellán de Hernán Cortés y cronista de las Indias, al afirmar que el descubrimiento de América y su ulterior evangelización fueron "la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y la muerte del que lo crió". Dentro de esa epopeya, la conquista del Perú significó un hito de singular relevancia. Fue el capitán extremeño Francisco de Pizarro quien en 1531 llegó a aquellas tierras… en 1533 entró en Cuzco, y el 6 de enero de 1535 fundó la ciudad de Lima, que denominó, por el día de su erección, Ciudad de los Reyes. Los incas la Ilamaban "Rimae", que en quechua significa "valle que habla", por haber sido residencia de un oráculo indígena, de donde su ulterior nombre de "Lima". Allí llegó España, volcando sobre esas regiones su cultura y su civilización, es decir, un conjunto abigarrado de leyes, tradiciones, toreros y penitentes, y suscitando nuevos santos, como Rosa, Martín de Porres y nuestro Toribio, porque la España de aquella hora única, mientras descubría "las Indias de la tierra" ya estaba pensando en "las Indias del cielo".
Lima parecía una provincia andaluza, una especie de filial de Sevilla, con aureola imperial, ya que sería algo así como el centro político, cultural y religioso de América meridional y gran parte de la central. El Nuevo Mundo se compendiaba en dos grandes polos: el virreinato del Perú para el sur, y el de México para el norte. Si nos atenemos a los años que ahora nos interesan, el Perú se encontraba en su mejor momento, superados ya los tiempos de la conquista y los graves disturbios que le siguieron.
En lo político, Lima era la sede del Virreinato, lugar de residencia del Virrey, con plena jurisdicción sobre las tres Audiencias existentes: Lima, Quito y Charcas (Chuquisaca). La Audiencia de Lima, que presidía personalmente el Virrey, estaba compuesta de quince letrados. En caso de que la sede del Virrey estuviese vacante, el gobierno quedaba en manos de dicha Audiencia. En aquel alto tribunal, órgano del Patronato Regio Eclesiástico, se ventilaban las causas de competencia del poder temporal y la autoridad espiritual.
Por lo que se refiere a lo cultural, Lima no tenía que envidiar a nadie. Hacía poco que los dominicos, con el apoyo del obispo Jerónimo de Loaysa y del virrey Toledo, habían fundado la Universidad de San Marcos, abierta a españoles, indios y mestizos, en edificio propio e independiente, a imagen de la Universidad de Salamanca, gozando de sus mismos privilegios y exenciones, con facultades de Leyes, Teología y Artes, más una cátedra de lengua indígena. Luego Toribio, tan conocedor del mundo universitario, erigiría el Colegio Mayor de San Felipe, siguiendo el modelo de los Colegios Mayores salamantinos.
En el campo religioso, la diócesis de Lima era típicamente americana, formada por una población española cristiana y grandes contingentes de indios en camino de conversión, a los que había que añadir los mestizos y los negros, que eran numerosos. Tenía su Cabildo eclesiástico, integrado por hombres doctos, que cubrían cátedras en la Universidad, así como dos parroquias, cinco conventos de varones, con más de 400 religiosos entre escolares, sacerdotes y hermanos legos, y tres conventos de monjas, con cerca de 400 religiosas. Había, asimismo, seis hospitales de indios y españoles, a cargo de la Iglesia. Justamente por estar aquella diócesis tan bien atendida espiritualmente, Toribio estaría. en condiciones de dedicar largas temporadas a viajes pastorales.
Lima había sido erigida en obispado el año 1541, es decir, a los seis años de la fundación de la ciudad, a proposición de Carlos V y del Consejo de Indias, desmembrándose de la diócesis de Cuzco, la primera diócesis del Perú, erigida en 1537. Cuzco era la capital del Imperio Incaico y la ciudad santa de dicho Imperio. En quechua, Cuzco significa "ombligo", centro, del mundo inca. Lima fue declarada, como en el caso, de Cuzco, sufragánea de la arquidiócesis de Sevilla, siendo su primer obispo fray Jerónimo de Loaysa. En 1546, la nueva diócesis, vuelta metropolitana, dejó de depender de Sevilla, teniendo ahora como sufragáneas las numerosas diócesis que hemos mencionado más arriba. Fue así la Arquidiócesis primada de Perú y de toda Sudamérica, y su influencia religiosa y misionera se extendería a Brasil, Filipinas y parte del mismo México.
Si bien Santo Toribio no se contó entre los primeros españoles que pisaron tierra incaica, sí lo estuvo uno de sus parientes, el capitán Juan de Mogrovejo, primo carnal de su padre, quien acompañó a Pizarro en Cajamarca y en la fundación de Lima. Al itinerario de su tío se referiría luego Toribio en carta al Rey, donde le recomendaba a su cuñado Francisco de Quiñones: "Tuvo asimismo en este Reino un hermano de su madre y tío, que fue de los de Cajamarca y vecino de esta ciudad [Lima] y en la ocasión del levantamiento general de los indios, fue con la gente de esta ciudad al socorro del Cuzco, y Ilegado a la provincia de Jauja castigó a los indios que allí parecieron estar alzados y prosiguiendo su viaje en paso estrecho le tiraron los indios una galga y le mataron y comieron."
Detengámonos un tanto, por su interés contextual, en aquellos orígenes de la conquista española del Perú, que involucrarían al tío de Toribio. El capitán de Mogrovejo, luego de permanecer durante un tiempo en Nicaraguaa, se había dirigido al Perú, tomando parte en las correrías de Pizarro. Era un hábil y experimentado jinete, al tiempo que el hombre más letrado de los que acompañaban al caudillo extremeño, el intelectual de su contingente. En 1533 se encontraba en Jauja, que había sido fundada provisionalmente como ciudad española, ocupando en ella un cargo político. Mientras el cuerpo principal de conquistadores avanzó desde allí hacia el Cuzco, Mogrovejo permaneció en Jauja como capitán de caballería, protegiendo el tesoro del Rey. Cuando se fundó la ciudad de Lima, el Virrey lo nombró alcalde del nuevo poblado.
Nuestro capitán parecía estar destinado a ser uno de los grandes del Perú, con el apoyo de la familia Pizarro. Pero su carrera quedó frustrada abruptamente por un avatar histórico, al que se refería Toribio en su carta al Rey. En 1536 había estallado una rebelión indígena. Con ocasión de ello, el gobernador Pizarro le pidió que encabezara una expedición de treinta jinetes para acudir en refuerzo de quienes combatían en las alturas del Cuzco.
Enviar tan pocos hombres a una misión tan peligrosa parceía descabellado, pero no lo era tanto si se tenía en cuenta que en expediciones anteriores los jinetes españoles se habían mostrado invencibles frente a los indios. Claro que ello sucedía así cuando se trataba de combates en campo abierto. Los indios habían aprendido que lo mejor era atraer a los españoles a zonas montañosas, para atacarlos allá por sorpresa en los desfiladeros o pasos angostos. Tal fue lo que aconteció en la expedición de Mogrovejo. Si bien al comienzo lograron varias victorias, al pasar por un estrecho desfiladero, cayo sobre ellos una avalancha de piedras -una "galga", la Ilamaban-, lanzadas desde todas las alturas y direcciones, de la que se escaparon muy pocos. Fue allí donde murió nuestro capitán, que tenia sólo 29 años.
Sin duda que en su niñez, Toribio ha de haber oído hablar de estos sucesos en las conversaciones de familia. Quizás a partir de entonces empezó a interesarse en todo lo que se refería a las lejanas Indias Occidentales, cuyas noticias y hechos singulares se le hacían fascinantes.
Tras aquellos sucesos, comenzaron en el Perú una serie de enfrentamientos entre los propios españoles, lo que no dejaría de resultar insólito para aquellos indios, acostumbrados como estaban a la disciplina imperial del Inca, delante del cual nadie chistaba. Francisco Pizarro se enfrentó con Diego de Almagro (1537-1538)… luego el hijo de Almagro combatió a Vaca de Castro, nuevo gobernador del Perú (1541-1542)… Gonzalo Pizarro se rebeló contra las "Leyes Nuevas", que acababan de Ilegar de España, y fue muerto el virrey Nuñez de Vela (1544-1546)… el mismo Gonzalo Pizarro embistió luego contra el licenciado La Gasca, eclesiástico enviado por la Corona con plenos poderes, siendo aquél vencido y muerto (1547-1548)… Hernando Girón se opuso a la Audiencia de Lima (1553-1554), hasta que finalmente La Gasca logró imponer la autoridad de la Corona. Solo tras diecisiete años de conflictos civiles, el virreinato del Perú logró consolidarse y progresar. Entre 1570 y 1581 el virrey Toledo realizó una magnífica labor en el ámbito político, mientras que en el campo eclesiástico el primer obispo de Lima, fray Jerónimo de Loaysa, consolidaba las bases de la estructura eclesial.
La labor de fray Jerónimo de Loaysa fue digna de toda ponderación. además de haber convocado los dos primeros concilios limenses, en que se reglamentó el funcionamiento de las doctrinas de los indios, introdujo las Ilamadas "reducciones". ¿Cuál fue la causa de esta decisión? Los indígenas vivían dispersos en cuevas, chozas, o ranchos diseminados, lo que hacía prácticamente imposible su. evangelización. Primero debían vivir como hombres, como personas. Y así se "los redujo" a agregarse en poblaciones o, mejor dicho, resolvieron formar pueblos de indios, donde se pudiese proveer a su educación, humana y cristiana, respetándose siempre los elementos rescatables de su cultura. ancestral, como por ejemplo las costumbres autóctonas que no fueran contrarias a la ley natural o a la ley divina.
Así se fue creando una civilización mixta, indo-europea, una "nueva cristiandad". En cada doctrina no debía haber más de 400 indios casados, con sus familias, atendidos espiritualmente por uno o varios sacerdotes que, según las instrucciones de Felipe II, debían saber las dos lenguas indígenas fundamentales, el quechua y el aymará.
Ya anciano, fray Jerónimo de Loaysa, que siempre firmaba "Arzobispo de los Reyes", murió en 1575, después de haber gobernado la diócesis durante 32 años. A su muerte, la situación parecía definitivamente afianzada. Los errores y delitos cometidos por los españoles durante la Conquista habían quedado purgados por decisión de la Iglesia, que dispuso, cuando se trató de injusticias, restituciones masivas a los indios afectados, lo que éstos apreciaron justamente.
Todas las semillas de la. cultura intelectual y espiritual, escuelas, colegios, universidades, misiones y reducciones, estaban echadas. Se erigieron cruces en cerros y encrucijadas, capillas y templos ornaron el paisaje, en una especie de gran bautismo geográfico. La sociedad peruana se estaba convirtiendo en una auténtica cristiandad, como no sucedía en ninguna otra parte. El prestigio de la Iglesia, conducida por un obispo culto y virtuoso, era considerable. El poder político y la autoridad religiosa obraban en consuno. Tras tantos años de huracanes, parecía levantarse el arco iris. Sólo bastaba que apareciera una nueva figura, un nuevo conductor, para. que se lograra gestar un auténtico Siglo de Oro cristiano de ultramar.













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