The Passion Rescata la Iconografía del Barroco Español
Del clásico de espiritualidad del P. Luis de la Palma "La Pasión del Señor" rescatamos este texto, escrito en el siglo XVII, para lectura de piedad. Describe con extraordinaria similitud a la representación cinematografica de Mel Gibson muchas de las escenas que estamos viendo en nuestras pantallas cinematográficas en estos días. Un argumento más en favor de la fidelidad del film a la tradición iconográfica.
Jesus se encuentra con su madre
No es de extrañar que, puesto que las opiniones estaban divididas, los que estaban contra El gritaran insultándole desde las ventanas y en la misma calle. Los evangelistas no lo dicen, pero es de esperar que así sucediera entre tanta gente. Muchos estaban persuadidos, puesto que los sumos sacerdotes y el procurador le habían condenado, que sus delitos estaban bien probados. Se alegraban creyendo que había sido aclarada la verdad. Y otros, los que decían haber creído en El, se avergonzaban de haberlo dicho y de haber creído una mentira. Unos y otros se vengaban injuriándole y maldiciéndole, porque pensaban que lo merecía. Muchos años antes lo había dicho el profeta: "Hablaban contra Mí los que estaban sentados en la puerta de la ciudad, e inventaban coplas contra Mí los que bebían vino" (Sal 68, 13).
El peso de la cruz era muy grande, y su espalda estaba abierta de heridas y sangrante, y, como era tan larga, no era posible sino arrastrarla, y daba tumbos contra las piedras. Con esos golpes y tropezones, el palo se le clavaba en la carne y le abría las heridas. Los soldados tenían prisa, no sólo porque les importaba poco ser crueles con Jesús, sino porque temían que el pueblo que le amaba se lanzara contra ellos. Por eso, por los empujones que le daban tirándole de la cuerda atada al cuello, cayó el Señor al suelo bajo la cruz.
La santísima Virgen se había colocado en un sitio enque pudiera ver a su Hijo al pasar, y, a pesar del dolor que sufriría al verle, quiso verle. Cierto que Dios la ayudaba, pero Dios no le quitó el dolor de este apasionado encuentre. Casi muerta de angustia al verle, no pudo emitir ni una sola palabra ni el Señor a ella, porque los que le llevaban iban empujándole con prisa. La Virgen María fue siguiendo a Jesús desde que salió del patio del pretorio hasta la colina del Calvario. Veía las armas a través de la gente apretujada, oía los gritos que daban a su Hijo para que se levantara del suelo, tuvo que soportar en silencio las mentiras y las acusaciones injustas que hacían contra su Hijo. ¡Virgen bendita entre todas las mujeres, que sufriste más que ninguna madre sufre! ¿Por qué saliste a la calle y te mezclaste entre aquella gente cruel y enloquecida? El amor de tu Hijo, es verdad. Pero, ¿por qué quisiste añadir dolor a tu dolor buscando su encuentro? Quisiste consolarle, quisiste acompañarle, hasta el final. Hasta su muerte, Madre, hasta la tuya.
No le importó a la Madre arriesgarse a ser insultada también por aquella chusma. Quiso ver cómo en el comienzo de la salvación de los hombres, quiso ver la obra de Dios, que había de recordar toda su vida con amor y admiración. Todo el mundo abandonó a Dios, menos su Madre; en aquel momento todos le odiaban e insultaban sin creer en El, menos su Madre que sí le entendía y le amaba como nadie en la tierra lo ha hecho.
La Virgen María lloraba al ver todo aquello, dolía el pecho de tanto dolor en su corazón. Si a nosotros nos da un vuelco el corazón y nos da lástima ver cómo llevan a la muerte a un hombre que no conocemos, y nos faltan fuerzas incluso para mirarle, pensad qué esfuerzo tendría que hacer la Virgen María para mirar asu Hijo, deshecha su cara y sangrando. Pero lomiró, y Jesús la miró a ella. Las miradas se encontraron, y el corazón de cada uno quedó herido con el dolor del otro, y a la vez se alegraron y consolaron de que cada uno estaba siendo fiel al otro. No se hablaron, la Madre no pudo, y al Hijo no le dejaron empujándole con prisa. Y, quizá, aunque les hubieran dejado, el Señor no hubiera podido hablar porque un terrible dolor le anudaba la garganta. Pero los que se quieren bien se hablan sin palabras, y los corazones se entienden , y, además, los ojos de la Madre decían todo, y los del Hijo a ella, penetrantes y Henos de lágrimas.
La Madre quedó admirada de ver la majestad de Dios tratada así, tan indignamente, porque ella sí que creía con toda el alma que su Hijo era Dios. Su Hijo, merecedor de todas las alabanzas, era menospreciado e insultado. La Madre supo agradecer a su Hijo aquella redención tan costosa con la que salvaba a los hombres. Y El vio la parte tan grande de dolor que a ella le tocaba sufrir por el mismo motivo. Vio cómo aceptaba y quería su dolor, tan contrario a su naturaleza de madre. La vio llorando, quebrantada y deshecha, por lo que El sufría.
Iba el Señor rodeado de sus enemigos, que le rodeaban "como toros enormes" (Sal 21, 13), y se echaban sobre El "como el león que ruge y se echa sobre su presa". Y aunque mirase a un lado y a otro no había nadie "que dijera conocerle" (Sal 141, 5). Ni nadie le ayudaba ni salía en su defensa. Pero se consoló al ver a su Madre, que le conocía bien, y le quería, y sabía estimar y valorar lo que estaba haciendo, y agradecérselo con su amor.
La Madre reconocía en su Hijo el amor que ardía en su pecho hacia Dios y hacia los hombres, que su voluntad se sometía a la de su Padre, el esfuerzo que hacía por padecer por los hombres, y su alegría ya que iba a salvarles, se renovaría el mundo, se llenaría de su gracia, y les conquistaría la vida eterna, la felicidad del cielo. Vio la Virgen María con toda claridad la magnitud de la empresa de su Hijo y, sin poderse contener.corrió con El hacia el Calvario, para estar presente en el Sacrificio del Sumo Sacerdote que haría amigos a Dios y a los hombres.
Caminaba el Salvador, el cuerpo inclinado con el peso de la cruz, los ojos hinchados y como ciegos de lágrimas y sangre, el paso lento y dificultoso por su debilidad, le temblaban las rodillas, se arrastraba casi detrás de sus dos compañeros de suplicio. Y los judíos se reían, los verdugos le empujaban y los soldados.
Pero algunas mujeres lloraban por Él.












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