Síntesis de una Catolicidad Radical

"El célebre periodista y escritor italiano Vittorio Messori vio tres días antes del estreno en los Estados Unidos "The Passion of the Christ" y relata sus impresiones después de haber visto la versión definitiva del film.

Hace un interesante retrato de la personalidad de Mel Gibson, sus convicciones católicas y al repercución difícil de prever de esta ya famosa película.

Con su experiencia periodística y sus profundos conocimientos escritutísticos, nos porpone una visión a la vez católica, profesional y erudita.

ROMA.- En el saloncito insonorizado vuelve la luz después de dos horas y seis minutos. No somos más que una docena (yo, el único periodista), todos conscientes de un privilegio: por invitación de Mel Gibson y del productor Steve McEveety, de Icon Films, el Corriere es el primer diario en toda Europa que vio en pantalla la copia definitiva de "La Pasión de Cristo" recién llegada de Los Angeles. La misma que el miércoles próximo se verá en 4000 salas estadounidenses, en 500 inglesas, en otras tantas australianas… aquella cuya expectativa produjo un cortocircuito en todos los sitios de Internet y que en la primera semana recuperaría los 30 millones de dólares invertidos en su producción. Hasta el Papa no vio más que una versión en la que faltaba, entre otras cosas, parte de la música.

Cuando terminan de aparecer los créditos finales, donde los nombres norteamericanos se alternan con los italianos, y un técnico baja la palanca que nos devuelve la luz, en el pequeño salón perdura el silencio. Dos mujeres lloran silenciosamente, sin sollozos… el monseñor de clergymanque está a mi lado se ve palidísimo… un joven secretario atormenta nervioso un rosario… un tímido y solitario comienzo de aplauso se apaga pronto, como de compromiso. Durante muchos, larguísimos minutos, nadie se levanta, nadie se mueve, nadie habla.

Por lo tanto, lo que se nos anunciaba era cierto: "La Pasión de Cristo" nos ha impresionado, el efecto que Gibson buscaba se ha realizado en nosotros, primeros cobayos. Si vale, yo mismo estoy desconcertado y mudo: por años, examiné atentamente, una por una, las palabras del griego con las que los evangelistas narran aquellos hechos. Ningún detalle histórico de aquellas 12 horas en Jerusalén me es desconocido. He manejado, hojeado, un libro de 400 páginas que Gibson mismo no ha ignorado. Sé todo. O, mejor, descubro ahora que creía saberlo. Todo cambia si aquellas palabras se traducen en imágenes de tal poder como para transformarlas en carne y en sangre, en signos lacerantes de amor y de odio.

La apuesta

Mel Gibson lo ha dicho con el orgullo unido a la humildad, con el pragmatismo amasado junto al misticismo que forma en él una mezcla singular: "Si esta obra llegara a fallar, por cincuenta años no habrá futuro para el film religioso. Aquí hemos puesto lo mejor: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia. Nos hemos entregado, sobre todo, a la certeza de que esto valía la pena, que lo que sucedió en aquellas horas pertenece a cada ser humano. Con este hebreo deberemos vérnosla por siempre, todos, después de la muerte. Y si no la vencemos nosotros, ¿quién podrá contra ella? Pero la venceremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha sido acompañado por demasiados signos que me lo confirman".

En efecto, durante el rodaje ha sucedido más de cuanto se sabe y mucho quedará en el secreto de las conciencias: conversiones, liberaciones de la droga, reconciliaciones entre enemigos, abandono de relaciones adúlteras, apariciones de personajes misteriosos, explosiones de energías extraordinarias, figurantes que se arrodillaban ante el paso del extraordinario Jim Caviezel-Jesús. Hasta dos rayos, uno de los cuales cayó sobre la cruz, y que no hirieron a nadie. Y coincidencias como signos: la Virgen con el rostro de la actriz hebrea de apellido Morgnstern, que (se supo después) equivale, en alemán, a la Estrella de la Mañana de las letanías del Rosario.

Gibson recordó aquella admonición del Beato Angelico que decía que "para pintar al Cristo es necesario vivir con el Cristo". Por eso, el clima de las imágenes rodadas entre las rocas de Matera y los estudios Cinecittá parece que hubiera sido aquél de las sagradas representaciones medievales, de los cortejos de flagelantes ante las reliquias de los mártires. Un Carro de Tespis (suerte de compañía ambulante) de la Edad Media para el cual, cada tarde, un sacerdote de sotana negra, aquélla con la larga fila de botones, celebraba la misa de campo, en latín, según el ritual de San Pío V.

Precisamente aquí, en efecto, está la explicación verdadera de hacer hablar en el film a los hebreos en su lengua popular, el arameo, y a los romanos en el latín bajo de los militares, que hiere nuestros oídos de viejos estudiantes habituados a los refinamientos ciceronianos.

Gibson, católico amante de la tradición, es un coriáceo defensor de la doctrina repetida por el Concilio de Trento: la misa es un convite fraterno, pero es ante todo sacrificio de Jesús y la renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que importa, no ese "entender las palabras" de los nuevos liturgistas, de quienes Mel Gibson escarnece una superficialidad que le parece blasfema. El valor redentor de los actos y de los gestos que culminan en el Calvario no tiene necesidad de expresiones que cualquiera pueda comprender.

Este film, para su autor, es una misa. Que, por lo tanto, utiliza un lenguaje oscuro como ocurrió durante tantos siglos. Si la mente no comprende, tanto mejor… lo que cuenta aquí es que el corazón comprenda que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación, tal como lo recuerda la profecía de Isaías sobre el "Siervo de Yahvé" que, en la pantalla entera, se reproduce como prólogo de toda la película. De cualquier manera, me pareció que el prodigio logra corporizarse: después de un rato se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones en las escenas (terribles y maravillosas) que se bastan a sí mismas.

La calidad

En el plano técnico, la obra parece de una calidad altísima, al punto que los films precedentes sobre Jesús podrían quedar reducidos a parientes pobres y arcaicos. Hay en el film de Gibson un sabio uso de la luz, fotografía magistral, vestuario extraordinario, escenografías difíciles y, cuando son necesarias, suntuosas, trucos de increíble eficacia e interpretaciones de grandes profesionales conducidos por un director que es también un ilustre colega de aquéllos. Y, sobre todo, efectos especiales tan sorprendentes que, como decía el productor ejecutivo Enzo Sisti, permanecerán en secreto como confirmación del enigma de una obra en donde la técnica quiere estar al servicio de la fe. Una fe en la versión más católica (no es casual la complacencia del Papa y de tantos cardenales, incluido Josep Ratzinger) de la que "La Pasión de Cristo" es una muestra que derrama símbolos que sólo un ojo ejercitado logra discernir plenamente. Haría falta un libro (hay dos en preparación) para ayudar al espectador a comprender.

En una síntesis extrema, la "catolicidad" radical del film está por encima de todo en negarse a cualquier desmitificación y en tomar los Evangelios como crónicas precisas: las cosas, se nos dice, sucedieron así tal cual lo indican las Escrituras. A la vez, el catolicismo se apoya en el reconocimiento del carácter divino de Jesús que convive con su plena humanidad. Una divinidad que irrumpe, dramáticamente, en la sobrehumana capacidad de ese cuerpo de sufrir tal abundancia de dolor como jamás padeció nadie en este mundo, ni antes ni después, para expiación de todos los pecados del mundo.

Pero esta "catolicidad" radical también está en el aspecto eucarístico, refirmado en su materialidad: la sangre de la Pasión es continuamente entrelazada con el vino de la misa y la carne martirizada del Corpus Christi, con el pan consagrado. Y está, además, en el tono fuertemente mariano del film: la Madre y el Diablo (éste es mujer o, quizás, andrógino) son omnipresentes: la primera, con su dolor silencioso… el segundo (o la segunda) con su maligna satisfacción. De Ana Catalina Emmerich, la vidente estigmatizada, Gibson tomó intuiciones extraordinarias: la escena en la que Claudia Procula, la mujer de Pilatos, ofrece entre lágrimas a María los paños para recoger la sangre del hijo es una de las más delicadas dentro de un film que, más que violento, es brutal. Como brutal fue la Pasión.

Creo, por otra parte, que la importancia (también teológica) atribuida aquí a la Virgen y a la Eucaristía vista de la manera más material posible dentro del catolicismo (la transubstanciación) creará algún desencuentro en las iglesias protestantes norteamericanas que, aún sin haber visto el film, ya se han organizado para favorecer su difusión.

Si al martirio le fueron dedicadas dos horas, dos minutos bastan para recordar que no fue aquélla la última palabra. Es el lapso que va desde el Viernes Santo hasta el domingo de Pascua de Resurrección, que Gibson resolvió con una particular lectura del evangelio de Juan: el "vuelo" de la sábana funeraria, dejando un signo suficiente para "ver y creer" que el sacrificio triunfó sobre la muerte.

¿Antisemita?

¿Hay antisemitismo o, por lo menos, antijudaísmo? No se bromea con palabras demasiado serias. Vista la obra, pienso que tienen razón los no pocos y autorizados hebreos norteamericanos que advirtieron a sus correligionarios acerca de los riesgos de condenar antes de ver. Lo que está clarísimo en el film es el hecho de que lo que oprime a Cristo y lo reduce a semejante estado no es culpa de éste o de aquél, sino más bien de los pecados cometidos por todos los hombres sin excepción.

Frente a la obstinación en pedir la crucifixión por parte de Caifás (ese saduceo colaboracionista que no representaba al pueblo hebreo, por el que era más bien detestado… acerca de él y de su suegro Anás, el Talmud tiene palabras terribles) funciona como un abundante contrapeso el sadismo inaudito de los sayones romanos. Y a las viles políticas de Pilatos, que lo llevaron a violentar su propia conciencia, se opone el coraje del sanedrita (episodio añadido por Gibson) que se enfrenta al Sumo Sacerdote gritándole que todo el proceso era ilegal. ¿Y no es acaso hebreo el Juan que sostiene a la Madre, no es hebrea la piadosa Verónica, no es hebreo el impetuoso Simeón de Cirene, no son hebreas las mujeres de Jerusalén que gritan su desesperación, no es hebreo también Pedro, que, perdonado, mirará por el Maestro?

En el inicio del film, antes de que el drama se desencadene, María Magdalena pregunta, angustiada, a la Virgen: " ¿Por qué esta noche es tan distinta a cualquier otra?". Responde María: "Porque todos los hombres eran esclavos y a partir de ahora no lo serán más". Todos, verdaderamente todos, sean "judíos o gentiles". Esta obra (afirma Gibson, amargado por las agresiones preventivas) quiere reponer el mensaje de un Dios que es Amor. ¿Y qué clase de Amor sería si excluyera a cualquiera de los seres humanos?

Por Vittorio Messori

© Diario La Nación - Corriere della Sera

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