¡Quítalo! ¡Quítalo!
La furia desatada en quienes han hecho todo lo posible para que no podamos ver una película que según el Santo Padre relata lo que verdaderamente pasó. Sin hesitar ante el escarnio, la burla y hasta la amenaza, nos muestra lo terriblemente actual que se vuelve el grito "Quítalo, quítalo" el que la muchedumbre azuzada por sus jefes querían impedir que el pueblo viera la versión original de lo que los azotes y las espinas habían hecho con Nuestro Señor. Y hoy también volvemos a escuchar el mismo grito.
escribe Carlos Benigni
A pocos días de su estreno la película ?lejos de acallar el debate generado? más bien parece haberlo disparado con un alcance y una profundidad que tal vez escape a sus mismos productores.
Pero ¿es de extrañarse que esto pase?
Cuando uno lee y medita el Evangelio con un texto mínimamente fiable, son muchas las ideas y sensaciones que deja. Lo seguro es que difícilmente puede alguien quedar indiferente. No es un mero relato de una historia como otras que pasó allá lejos y hace tiempo.
Tómese la parábola del Buen Samaritano, la del Publicano y la Pecadora, o la del Hijo Pródigo, tienen una fuerza interpelante a la que no es posible escapar sin negar algo muy profundo de cada uno.
La historia de la Pasión tiene en particular la capacidad de mostrar en toda su profundidad el drama del pecado. A los hombres nos cuesta entender su maldad y su gravedad con una simple clase de teología moral. Pero la contemplación del "Ecce Homo" dice más que el mejor de los manuales.
Son hechos frente a los cuales es necesario tomar partido, frente a los que no es posible mostrarse indiferente, neutro, pluralista, aséptico.
Podría decirse que en cada alma se repite día a día el drama del juicio y la crucifixión de Nuestro Señor. Cada uno de nosotros se comportará, en distintos momentos de nuestra vida, como Caifás, como Pilatos, como Herodes, como Judas, como San Pedro, como el Cireneo, como la soldadesca o la chusma.
En la filigrana de la narración aparecen los tipos de comportamiento humano de todos los tiempos y el drama terrible de "O con Cristo o contra El". Mal que le pese a nuestro descreído mundo posmoderno, las alternativas siguen siendo esas dos y no hay otra posibilidad.
La furia desatada en quienes han hecho todo lo posible para que no podamos ver una película que según el Santo Padre relata lo que verdaderamente pasó. Sin hesitar ante el escarnio, la burla y hasta la amenaza, nos muestra lo terriblemente actual que se vuelve el grito "Quítalo, quítalo" el que la muchedumbre azuzada por sus jefes querían impedir que el pueblo viera la versión original de lo que los azotes y las espinas habían hecho con Nuestro Señor. Y hoy también volvemos a escuchar el mismo grito.
No se trata entonces de un trabajo de historiografía y arqueología complicado para dilucidar quienes fueron los culpables de la muerte de Cristo, basta con mirar a nuestro alrededor. Quienes hoy repiten el grito, repiten el gesto, son del mismo espíritu. Quienes como el juez Pilatos sabiendo la verdad de la inocencia se lavan las manos, repiten el gesto y repiten el espíritu. Los personajes de la verdadera Pasión de Nuestro Señor no son sólo un grupo de judíos y romanos de hace casi dos mil años. SOMOS NOSTROS.
El único efecto de la película es el de reponer ante nuestros ojos el cuadro. Y el mismo cuadro produce los mismos efectos que entonces.
Quien pueda entender que entienda












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