Quieren una Pasión Insípida

Los católicos progresistas que tienen acceso abierto a los medios de comunicación han mostrado estos días su irritación con la película de Mel Gibson. Su mayor reproche es que se recrea en el sufrimiento y la sangre… algunos han llegado a calificarla de cine gore o han insinuado que Gibson es sadomasoquista. Cualquier insulto vale en la campaña mundial contra La Pasión.

Escribe Pedro Barbadillo

El éxito de La Pasión en España es inmenso, igual que en otros países donde se ha estrenado, lo que demuestra que pese al materialismo y la abyección que inundan la vida moderna la gente se sigue conmoviendo. Como escribió San Agustín, Dios hizo al hombre para Él y mientras que no lleguemos a Dios, nuestra almas estarán inquietas.

La película se estrenó el viernes 2 de abril y en su primer fin de semana superó los 2,6 millones de euros de recaudación. En menos de una semana de exhibición en 298 cines, la habían visto 700.000 españoles. La desagradable y violentísima Kill Bill, del director Quentin Tarantino, tan querido por el sistema, ingresó en el primer fin de semana de su estreno 1,6 millones de euros y se pudo ver en 355 cines… es decir, más salas y menos dinero.

Cuando Mel Gibson anunció su propósito de rodar a sus expensas una versión de la crucifixión de Cristo, hubo risas de suficiencia en Hollywood y entre los miembros del establishment del espectáculo: perderá su dinero, está loco, si los diálogos son en arameo y latín no irá verla nadie, oye misa con el cura de espaldas. Después, a medida que crecía el interés del público, vino la acusación de antisemitismo. Y ahora, una vez que es un triunfo de taquilla, se sueltan a los perros… por un lado a críticos que digan que abusa del morbo y de la sangre (uno de ellos tituló su crítica Ketchup Christi) y por otro a teólogos para que afirmen que lo ahí contado es mentira.

El joven novelista Juan Manuel de Prada, uno de los escasos intelectuales españoles que se atreven a declararse católico y antiabortista escribió al respecto lo siguiente: "Por lo que se ve, el uso iconográfico de la violencia resulta admisible si se emplea para ilustrar un alegato antifascista o antibélico… en cambio, produce escándalo en un alegato cristiano. Durante los últimos años, se han estrenado -con los parabienes de la crítica que ahora se rasga las vestiduras- películas que se regodean perversa y gratuitamente en las más bestiales sevicias: La pianista de Michael Haneke, Irreversible de Gaspar Noé o Audition de Takashi Miike contienen fotogramas mil veces más escabrosos -por ásperos y por depravados- que La Pasión de Cristo. En la película de Gibson, sin embargo, el espectador se enfrenta a una violencia de clara intención catártica" (ABC, 9-4-2004).

No me asombra que a gentes que se refocilan en historias insustanciales, o de cama o perversiones les desagrade La Pasión… más sorprendente lo es que muchos cristianos, católicos incluidos, tuerzan el gesto y participen de la campaña contra Gibson y su obra. Desde que la película se ha estrenado en España, lo podemos comprobar en los medios de comunicación.

La Pasión muestra el enfrentamiento entre dos corrientes en el catolicismo, las mismas que se suelen enfrentar todas las Semanas Santas. Por un lado, quienes asisten a las procesiones con fe (poca o mucha, yo no puedo juzgar) o con la intención siquiera de que un soplo de la Divinidad les acaricie estos días al paso de los nazarenos. Por otro lado, quienes se burlan de esta manifestación de la religiosidad popular y que con gusto la suprimirían, aunque a la vez pontifican sobre los derechos del pueblo de Dios.

En nuestro mundo, Dios molesta poco… tanto Hugo Chávez como los asesinos islamistas que mataron a casi 200 personas mediante bombas pueden invocarlo y pensar que está de su lado… otros se inventan un Ser Supremo a su gusto, que bien puede ser mujer o varón… negro o amarillo, carnal o espiritual. Alguien que da derechos y no exige deberes. El insoportable es Cristo: el Hijo de Dios encarnado en el hombre para redimirlo. Y eso es lo que pasa dentro del catolicismo.

Hay una corriente, poco numerosa pero con acceso a los medios de comunicación y las editoriales, cuyos miembros están empeñados en reducir a Cristo a Jesús de Nazaret (como si se tratase de su amigo Pepe el de Santander), a un hombre bueno y revolucionario, que el poder de su época mató para evitar que su mensaje de rebelión se difundiese entre los marginados. Estos intelectuales (uno de ellos rector de universidad) comparan a Jesús con Martin Luther King, o con Buda, o con Gandhi. Consideran que la religión es una experiencia cultural, que no obliga a rituales y a limosnas, sino a simples declaraciones en conferencias y artículos. Les horroriza un Dios hecho carne y por eso se las dan de espirituales. En su opinión, los Evangelios son una pésima novela que ellos habrían escrito mejor y los actualizarían con una soflama anticapitalista y antieclesiástica.

En frente, se hallan cientos de millones de personas a las que les sostiene en su vida (no de funcionarios, ni de profesores, ni de periodistas bien colocados y retribuidos) la creencia de que todo un Dios ha muerto por ellos porque les ama. Son quienes se conmueven en Navidad ante un niño de arcilla o ante las lagrimas de cristal de una estatua de madera en Viernes Santo. A ellos (a mí) se les puede aplicar las palabras que escribió el colombiano Nicolás Gómez Dávila en sus maravillosos Sucesivos escolios a un texto implícito (Altera): "El hombre sólo es importante si es verdad que un Dios ha muerto por él".

¿Que hay sangre en un azotamiento y en una crucifixión? ¡Menuda sorpresa! ¿Es que no hubo sangre, y entrañas, y dolor, y miedo el 11-M en Madrid?