Líbrete Dios, Mel Gibson, de algunos Hermanos en la Fe

Después de demasiadas Semanas Santas dedicadas al turismo, con los medios volcados a una programación entre indiferente y adversa a las mayores solemnidades de la Iglesia, The Passion ha conseguido un milagro más: que se hable de Cristo, de su muerte redentora, de la Salvación durante el triduo pascual. Al menos por oposición. Sin embargo las taquillas, (esta vez los números juegan en contra de la democracia) pueden más que los "críticos especializados". Más de 1.500.000 espectadores en la Argentina, entre el 25 de marzo y el 10 de abril. 700.000 en España en 7 días. Solo por mencionar dos países.

Traductor, editor y columnista del Semanal Digital, el autor de este artículo nos da otra visión española del film que ha cambiado el rostro de las pascuas.

Escribe Carmelo López-Arias Montenegro

Una de las conversiones producidas por La Pasión que han recogido los medios de comunicación es la de un neonazi noruego.

En vez de salir del cine exaltado en sus convicciones antisemitas e irse a quemar sinagogas, se fue directo a comisaría a confesar ser el autor de dos bombas colocadas hace algún tiempo. Por lo visto es un viejo conocido de la policía por su participación en atentados contra la extrema izquierda y actos racistas. La justicia tenía la certeza de su responsabilidad en esas dos explosiones, pero no había conseguido reunir pruebas... ¡hasta que la película "antisemita" volcó el corazón del neonazi, y confesó!

En fin, empleemos el tiempo en cosas más serias que refutar lo absurdo.

Y serias son, éstas sí, las reacciones de ciertos sectores católicos contra Mel Gibson. Dentro del general aplauso y apoyo de la Iglesia (Papa incluido) que ha recibido su película, y él personalmente por arriesgar sus bienes y su nombre en dar a conocer el mensaje de Cristo, ha habido significativas reacciones en su contra.

La pregunta es: ¿Por qué se han producido?

La respuesta es simple: la película de Gibson presupone la absoluta historicidad de los Evangelios, e insiste en el valor expiatorio del sacrificio de Cristo. Y ambos principios encuentran la notable resistencia de los círculos eclesiales empeñados en borrar tales ideas del alma de los fieles.

Lustiger y la historicidad de los Evangelios

El cardenal arzobispo de París, Jean Marie Lustiger, tras criticar con ironía aspectos secundarios de La Pasión ("mucha hemoglobina", "sadismo gore ", etc.), acude enseguida al punto que le duele: "El Evangelio no es la Guerra de las Galias de Julio César, ni las Memorias de Napoleón", afirmó el pasado 24 de marzo a la cadena de televisión KTO para desmontar la pretensión de Gibson de haber mostrado la "verdadera" Pasión.

Claro que no, señor cardenal. Claro que los Evangelios no son las obras de Julio César o de Napoleón. Hay una pequeña diferencia, y es que están divinamente inspirados. Hay otra: que no mienten para salvar su responsabilidad en los acontecimientos que protagonizan, como los personajes citados.

Lo que usted quiere decir es que Julio César o Napoleón hacen historia, y los evangelistas no: sólo recogen lo que los primeros cristianos creían, unos acontecimientos cuya veracidad nos resulta imposible conocer como datos históricos y reales. Es el "Se non ᨠvero, ᨠben trovato" convertido en principio hermenéutico.

¡He ahí la idea que intentan imponer algunos desde seminarios, facultades y púlpitos! Que todo lo que digan los Santos Evangelios, antes considerados Palabra de Dios, ha de pasar por el tamiz de un teólogo que decida lo que vale y lo que no... siempre que ese teólogo se llame Lustiger o similar. Llamarse San Agustín o San Juan Crisóstomo nada aporta al conocimiento de las Sagradas Escrituras.

Los obispos franceses y el valor redentor del Calvario

Los obispos franceses han ido todavía más lejos. No les ha importado convertirse en pelagianos con tal de criticar a Mel Gibson. El padre Philippe Vallin, secretario de la comisión doctrinal de la Conferencia Episcopal Francesa, en una nota doctrinal sobre La Pasión , acusa a la película de un "equívoco teológico de gran importancia". De su visión se desprendería que "la injusticia [el pecado] de los hombres no podría ser compensado, corregido, curado más que por la justicia de Dios Padre, pero al precio del sufrimiento y muerte de su Hijo".

En La Pasión de Gibson, según Vallin, "la necesidad de la sangre reparadora corre el peligro de enmascarar la decisión filial del amor". Y luego el religioso se pierde para su crítica en ese género de circunloquios teológicos que han acabado por vaciar los seminarios galos.

Todo, para echar en cara a Gibson... ¿el qué? ¿Que haya puesto de relieve un dogma de Fe, como es que el hombre por sus propias fuerzas no podía alcanzar la salvación, y era necesario un acto de amor redentor de Dios para lograrlo, y que Él, en su Providencia, escogió desde toda la eternidad que ese acto fuese su Pasión y Muerte? ¿Tan grave es el delito de este católico de a pie por recordar ese hecho, como para que toda una Conferencia Episcopal resbale hacia el pelagianismo sólo para tener algo de que acusarle?

Está visto que, en los Evangelios, Jesucristo desenmascaró a los fariseos, pero no acabó con ellos. Si lo que nos cuentan es auténtico, claro, y no batallitas de Napoleón o Julio César.

El Semanal Digital, 9 de abril