“LA PASIÓN“ y los Judíos

Cuando algunos dirigentes de la comunidad judían se sienten agraviados por La Pasión, vienen a la memoria (pero sin el menor rencor) otras afrentas -ya muy recientes- que parecen olvidadas. Las cuales han sido pasadas por alto por esas instituciones judías internacionales, sin dar explicaciones al mundo cristiano: El ataque del ejército israelí al convento de la Natividad de Belén, con padecimientos inhumanos de los sitiados. Esta violencia contra un lugar sagrado es alucinante, aseguró el portavoz de la Custodia de Tierra Santa, padre David Jaeger, calificando la acción militar de "un hecho horrible y bárbaro". "No se detiene ni frente a la estatua de la madre de Jesús"

Escribe Juan Olmedo Alba Posse

Como obra de arte, ya sólo cabría comentar sobre el film "La Pasión", que cumplió con creces las expectativas suscitadas desde los comienzos de su rodaje. Es en verdad una estupenda representación de las últimas horas del Señor, recordadas con gran dignidad y realismo conmovedor. Y en lo específicamente religioso, puede considerarse inspirado para reanimar la Fe en esta cuaresma, por sobre el fuerte acaparamiento de los asuntos temporales y la moderna tentación de igualar todas las religiones.

Todo lo ocurrido alrededor de la película, desde la implacable crítica judía -por anticipado- hasta las sorprendentes peripecias de su filmación, recordadas por Vittorio Messori, así como la piadosa acogida del público, la ha rodeado de un halo de misterio que obliga a detenerse y pensar. Pero sin duda el protagonismo más preocupante y acaso menos comentado, siempre activo en el drama estremecedor, sigue jugándolo el Pecado, cuya ofensa devastadora pudo requerir tal expiación del propio Hijo de Dios, y semejante precio el Rescate de la humanidad. Esto del Pecado -tan olvidado por los púlpitos- es seguramente la clave del silencio compungido que cae sobre las salas cinematográficas al concluir la conmovedora proyección. Nadie lo ha pintado más elocuentemente, que cierto crítico alemán: "Habría que colocar una fila de confesionarios a la salida del cine", dicen que expresó. Como bien se ha dicho, "muchas cosas quedarán en el secreto de las conciencias: conversiones, liberación de las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono de lazos adúlteros". Alguien dijo una cosa formidable al salir de la sala: "Desde ahora la Misa no será lo mismo para mí".

Significativo. El rabino jefe de la sinagoga de Roma, Riccardo Di Segni, se ha dirigido al Santo Padre para pedirle que condene el film "La Pasión". Es una actitud que culmina y agrava los esfuerzos en el mismo sentido de varios sectores judíos, como aquí lo acaba de hacer la DAIA. La cuestión resulta más que delicada, porque se trata ahora de una autoridad religiosa judía -la de la Sinagoga más antigua del mundo- que apela nada menos que al Papa, contra esta rememoración de la Pasión de Cristo. Lo cual parece coronar un antiguo drama histórico y recuerda el paralelismo subrayado por un cronista internacional. La coincidencia de aquel siglo XXI de la Era Judía (cuando la primera venida del Redentor) con este siglo XXI de la Era Crsitiana (cuando se implora la Segunda Venida). Conforme era de esperar, se le ha contestado al rabino que la obra no es antisemita, como por cierto no lo es el Evangelio en el cual se funda. Ya se conoce perfectamente que el film consiste en la narración de las últimas horas del Señor. Pensar en un alegato antisemita, requiere un excesivo esfuerzo de la fantasía. El mote por desgracia se utiliza frecuentemente con una ligereza asombrosa para fustigar a quien osare criticar el menor defecto de un judío, del presente o del pasado. Pero en el caso actual es tan inusitado, que obliga a escarbar las raíces de la motivación. Todo el relato de la Pasión demuestra la conspiración y la condena a Jesucristo por los judíos que no lo reconocieron como enviado del Padre, especialmente las autoridades religiosas que desoyeron las Escrituras. No por los demás judíos, esto es obvio. Parecen inútiles entonces las argumentaciones melindrosas en disculpa de una calumnia aparentemente inamovible; o el intento de suavizar las cosas remachando sobre el papel de los romanos en la ejecución de la horrible sentencia. Ya que está claro que el Salvador padeció y murió por las culpas de toda la humanidad, quizás representada también por los romanos (vaya a saber incluso, de cuántas nacionalidades estaba compuesta la soldadesca). Jamás la Cristiandad ha desconocido esa culpa general y todos los cristianos nos sentimos incluídos permanentemente. ¿Entonces en dónde reside el agravio de los judíos por la rememoración de la Pasión? En ninguna parte. Sólo es posible que el rabino de Roma y sus cofrades adviertan en el dramático relato y en el Evangelio, un REPROCHE. "Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron": el gran dolor de Nuestro Señor. Un reproche acentuado por el conocimiento que ellos poseen de las Escrituras y la misteriosa obstinación en negar a Cristo, a pesar de las pruebas palpables a la vista. Reproche y no condena, como que la palabra reproche acerca etimológicamente a "poner a la vista" y "pedir con instancia". Es lo que la Cristiandad pide constantemente para que se cumpla la predicción de su futura conversión. ¿Qué podría haber de racismo en eso? ¿qué odio o qué desprecio, si se está ansiando formar un solo pueblo? Esto es lo que hay que repetirles a algunos judíos sin buscar efugios timoratos. Debe recordarse lo que les dijo el primer Pontífice San Pedro, cuando les enrostra a los judíos culpables (él era también judío, desde luego): "Por lo cual sepa toda la casa de Israel con certeza que Dios ha constituido Señor y Cristo a ese mismo Jesús que vosotros clavasteis en la cruz".

Leyenda. La acusación de antisemitismo proferida a raíz del film por la Liga Antidifamación B'nai B'rith, se apoya principalmente en que se funda de un modo estricto en los cuatro Evangelios.

"Esta es una historia por la que millones de personas pagaron con sus propias vidas", ya había sentenciado el rabino Marvin Hier, decano y fundador del Centro Simón Wiesenthal; rematando que: "Los quemaron (a los judíos) en la hoguera, los asesinaron en progroms... y esas ideas fueron las que sirvieron como cimiento del Holocausto. Tenemos motivos para estar preocupados". Toda la leyenda negra contra la Iglesia condensada en dos renglones y medio. Comentaba el diario La Nación (19.8.03) que el citado Centro instó a Gibson a modificar su "controvertida" película, diciendo que "los judíos no pueden ser una vez más las víctimas de la afirmación falsa de que crucificaron a Jesucristo". Por su parte, la insospechable agencia Reuters, resumía el 23 de octubre de 2003 que la "polémica película de Mel Gibson sobre la crucifixión de Jesucristo, ha sido criticada con dureza por algunos grupos judíos, que se quejan de que su historia podría fomentar el antisemitismo por vincular la muerte de Cristo con las autoridades judías".

Racismos. Cómo se explica esto del racismo atribuido a los demás, cuando no se admite ni la suposición de que algunos antecesores de la propia raza -personajes detestables universalmente conocidos- hayan cometido una infamia. ¿No es ello, acaso, un claro racismo -lleno de soberbia y contumacia- que erige a la raza como una impecable, intocable, irreprochable deidad?

De tal manera todo este revuelo que engaña y salpica injustamente a la generalidad de los judíos -intensificado sugestivamente por el periodismo- da pie, por sobre las consideraciones acerca del film, a una primera observación. Comprueba lo que en realidad implica el término "antisemitismo", más allá de su significado literal, demasiado serio para tomarlo en broma como diría Vittorio Messori. Hace poco, aquí en la Argentina, un diplomático destacaba la contradicción de adjudicarles antisemitismo a los palestinos, que precisamente son semitas... El término, pues, se ha transformado en un arma dirigida a apabullar.

Infundios. En relación con los comentarios de la película, cabe repetir algunas consideraciones. En primer lugar, que la conexión del relato de La Pasión, "con las peores tradiciones que contribuyeron a los ataques mortales que sufrieron los judíos a lo largo de los siglos", es una patraña lanzada a los vientos con toda malicia, a sabiendas del poder corrosivo de los infundios superlativos, aunque sean por definición indemostrables. La Sagrada Escritura (Hechos de los Apóstoles) demuestra en cambio las concretas e implacables persecuciones judías a Pedro, Juan y Pablo, la inmolación a pedradas de San Esteban y la muerte de Santiago. Mucho más adelante, y solamente como ejemplos bien claros para el caso, hay que recordar los martirios del Niño de la Guardia (31 de Marzo de 1491), de San Simeón de Trento y San Guillermo de Nordwich. Sacrificados estos últimos por fanáticos judíos en la Semana Santa. Simeón, a los tres años, en 1475, y Guillermo en 1144, a los doce (cfr. La Nación, 24 de Marzo de 1996).

No menos inicua resulta la afirmación de que esta "es una historia por la que millones de personas pagaron con sus propias vidas". Vienen a la memoria (pero sin el menor rencor) otras afrentas -ya muy recientes- que parecen olvidadas. Las cuales han sido pasadas por alto por esas instituciones judías internacionales, sin dar explicaciones al mundo cristiano: El ataque del ejército israelí al convento de la Natividad de Belén, con padecimientos inhumanos de los sitiados. Esta violencia contra un lugar sagrado es alucinante, aseguró el portavoz de la Custodia de Tierra Santa, padre David Jaeger, calificando la acción militar de "un hecho horrible y bárbaro". "No se detiene ni frente a la estatua de la madre de Jesús", dijo "L'Osservatore Romano", al informar sobre los daños sufridos por la imagen de la Virgen María en la iglesia de Belén. "Los tanques hicieron irrupción en el convento y sin motivos aparentes abrieron fuego y alcanzaron (don numerosos impactos) a la estatua que estaba iluminada y bien visible" (cfr. El Popular, 18.3.02).

Ecce Homo. Es demasiado grave que se vincule el relato de la Pasión con supuestos ataques a los judíos durante siglos y que se haya acusado a esa historia sagrada de ocasionar la muerte de millones de personas.

La manera airada de jaquear una obra de arte religiosa, cubriendo de improperios expresos o tácitos a los dos mil años de cristianismo y desacreditando los textos venerables del Nuevo Testamento, podría impulsar a réplicas enérgicas. Pero se imponen primero otras consideraciones expresadas con la mayor calma. Todos saben -cristianos o no- el sufrimiento padecido por Jesucristo en aquellas doce horas previas a su inmolación voluntariamente aceptada. Desde la espantosa agonía en el Huerto de los Olivos hasta el sangriento suplicio y el abandono. Todos conocen también, que a la postre, después de Su Resurrección, los sumos sacerdotes y los ancianos sobornaron a los soldados para que calumniaran a los discípulos diciendo que habían robado el cuerpo de Jesús. "Ellos, tomando el dinero, hicieron como les habían enseñado. Y se difundió este dicho entre todos los judíos, hasta el día de hoy" (Mat. XXVII. 11,15).

Frente a tanta congoja, frente a esta realidad histórica conmovedora ¿Lo único que les nace a los críticos de la Liga Antidifamación y del Centro Wiessenthal, es mascullar un resentimiento implacable contra la Cristiandad? ¿La única conclusión de la Tragedia, es el invento de una persecución con millones de muertos causados por ella?

Aversiones. A esta altura de los acontecimientos, cobra actualidad lo expresado en contra de la Cruz por el gran rabino de Israel, Meir Lau, en vísperas de la visita papal. A fines de 1999, una noticia difundida por las agencias Reuter, AP y AFP, expresaba que aquel dignatario judío había afirmado que los crucifijos "son ofensivos a los judíos", que "la cruz es contraria a la religión judía" y que la vista de una cruz "está prohibida para un judío". Son palabras que verdaderamente congelan las venas; porque no se puede explicar que provoque irritación tan violenta el instrumento de la Inmolación más desgarradora. Este es el tema -curiosa coincidencia- de la producción cinematográfica comentada ahora.

Conclusión. En lugar de callar con timidez casi acomplejada, parece oportuno salir al paso y desbaratar insistentemente el aserto malicioso, que confunde una honda diferencia religiosa -conforme a la cual los cristianos consideran que los judíos no han recibido al Mesías y están por ello errados- con una confrontación racial, en absoluto inexistente. Algo tan falso como lo demuestra la alegría por las conversiones al catolicismo en el siglo XX, de santa Teresa Benedicta (Edith Stein) y del gran rabino de Roma, Israel Zoller (Eugenio Zolli). Y toda la devoción por la infinidad de santos de origen judío, del Antiguo Testamento lo mismo que del Nuevo.

Felizmente, ni La liga Antidifamatoria, ni el Centro Wiessenthal, ni el mismo gran rabino Meir Lau, representan a los judíos de buena fe y rectitud de todo el mundo.