La Pasión según Mel Gibson
Por Monseñor Héctor Aguer
Arzobispo de La Plata
El cuádruple relato evangélico de la Pasión de Jesucristo ha sido una fuente inagotable de inspiración para los artistas de todos los tiempos. Desde el siglo IV la proclamación del Evangelio en la conmemoración anual de la muerte del Señor fue vertida en términos musicales, iniciando una tradición que alcanzó cumbres memorables en las pasiones de Bach y que se prolonga hasta nuestros días. Las representaciones escénicas de este misterio se hallan en los orígenes del teatro medieval. La pintura y la escultura han reproducido incansablemente una visión dramática de los pasos principales del camino hacia el Calvario y del rostro doliente del Salvador. Más recientemente se ha sumado el cine, con sus inmensas y penetrantes posibilidades expresivas. No hubiera sido posible la dramatización musical, escénica, pictórica o cinematográfica de la Pasión si el relato evangélico no fuera la presentación de un drama verdadero y trascendente que implica al cielo y a la tierra, a Dios y a los hombres, en el cual se decide el destino de la humanidad y se resuelve el enigma de la historia.
La Pasión de Cristo, la discutida obra de Mel Gibson, descuella sobre las películas dedicadas a reflejar la vida de Jesús. Para describir la inspiración y el carácter de la mayoría de éstas me atrevería a decir que se expresan en términos románticos… una excepción, y bien singular, es la despojada versión de Pasolini. Gibson, en cambio, concentra su atención en las últimas horas de la vida del Señor y ofrece de ellas una visión de realismo barroco, en la cual la acción dramática es realzada por la movilidad y agitación de las escenas, el carácter coral, operístico, de los conjuntos, y el contrapunto que a los raptos de violencia oponen las fugaces y oportunas retrospecciones, que introducen pausas de serenidad y ternura, y establecen ilaciones teológicamente significativas. Se le puede perdonar el recurso a algunos efectos especiales, al gusto de la época, que, en mi opinión, menoscaban la calidad artística.
Lo que distingue netamente a esta obra es la profundidad sugerida por las imágenes, la elaboración teológica fiel a los textos bíblicos y a la tradición espiritual del catolicismo. Señalo algunos temas principales: 1) La relación íntima, continua, de Jesús con el Padre, expresada en sus silencios y con aquella invocación nueva y única, "Abbá", pronunciada en el arameo original, manifestación de confianza, respeto y obediencia que brota del amor y del dolor. 2) El amor cristiano, vínculo de unión entre los discípulos… su extensión a los enemigos es la forma extrema y costosa que han de asumir los mismos discípulos inspirándose en el perdón que el Señor implora para sus verdugos y valiéndose de la gracia de su sacrificio. 3) El carácter eucarístico del sacrificio de la cruz, donación generosa, gratuita, de la vida, y la identidad sacrificial de la eucaristía, del rito instituido en la Cena y celebrado perpetuamente en Misa como actualización del único sacrificio redentor. 4) El papel protagónico de la Virgen María, asociada a su Hijo en la obra redentora… la escena en la que ella recoge la sangre derramada en la flagelación evoca con acierto imágenes medievales enriquecidas por alusiones eucarísticas y eclesiales. 5) La presencia del demonio subraya que todo el desarrollo de la Pasión es, en realidad, una gran tentación, la prueba o turbación escatológica, que tortura el alma de Jesús y es más dolorosa que los sufrimientos físicos. La representación del Enemigo constituye un hallazgo sugestivo… la figura parece, por momentos, una inversión monstruosa de la presencia mariana.
La campaña desarrollada contra el film de Gibson ha insistido en criticar la violencia y los rasgos sangrientos de su interpretación de la Pasión. Este aspecto es, en verdad, impresionante. Sin embargo, semejante realismo no puede producir desagrado o escándalo a quien tenga noticia de la iconografía medieval, o la del barroco español, y de los aportes del arte hispanoamericano. Pienso en las crucifixiones de Mathias Grünewald, especialmente la del políptico de Isenheim, en la reiterada figura del Señor de la Paciencia y en tantas imágenes de Cristo ultrajado y cubierto de sangre. Además, una razón teológica preside, en este caso, el rigor y la aspereza de las escenas… al comienzo de la película, antes que imagen alguna, aparece sobre la pantalla la cita de Isaías 53, 5: "Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades, por sus heridas fuimos sanados." Gibson habrá tenido en cuenta, seguramente, otros versículos de esta conmovedora profecía de la Pasión de Jesús y de su sufrimiento redentor, por ejemplo: "Muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano" (Isaías 52, 14).
El tema de la sangre recorre la Biblia entera, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. El énfasis con el que los escritos del Nuevo Testamento se refieren a la sangre de Cristo indica que, más allá de una consideración material, ella es expresión plástica de la vida violentamente arrebatada al Cordero de Dios, del amor con que se ofrece en sustitución de los pecadores, de su muerte que es fuente de salvación.
A propósito de la impresión que puede causar en los espectadores la visión de la sangre, es oportuno evocar otra referencia iconográfica. Santa Teresa de Jesús narra cómo se conmovió al contemplar una imagen de Cristo "muy llagado", que representaba bien lo que pasó por nosotros… comprendió entonces "lo mal que había agradecido aquellas llagas", y deshecha en lágrimas se decidió a abandonar la tibieza espiritual en la que hasta entonces había vivido.
Para terminar este comentario, valga una aclaración sobre la censura de antisemitismo lanzada contra el film, o la sospecha de que podría fomentar esa actitud tantas veces reprobada por la Iglesia. Es preciso reconocer la fidelidad de esta producción cinematográfica a los relatos evangélicos de la Pasión, a la predicación misionera de los apóstoles y a los datos teológicos del Nuevo Testamento… los acusadores, a fuer de sinceros, deberían proyectar su anatema contra las Escrituras cristianas. Resulta evidente, en la presentación que hace Gibson del proceso religioso al que Jesús fue sometido por el sanedrín, que algunos de los miembros del mismo no consintieron con la inicua condena y protestaron contra la ilegalidad del procedimiento. Además, aparecen identificándose con el condenado muchos habitantes de Jerusalén, entre ellos figuras conocidas del "Vía Crucis" como las mujeres que lloraban a su paso, la Verónica y el Cireneo. Por otra parte, ¿quién puede ignorar que la Iglesia está formada inicialmente por judíos, por el "resto" de Israel? No se debe confundir el antisemitismo con aquella diferencia religiosa honda, insoslayable, que se abre a partir del rechazo del Mesías, que "vino a los suyos y los suyos no lo recibieron". Este desenlace trágico, pero provisorio aunque dure siglos, se inscribe en la lógica de la historia de la salvación según la Biblia y constituye un riguroso misterio.
El Día. La Plata, 8-4-04












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