Cuando los Grandes Teólogos no Están en el Vaticano
"The Passion" es una brillante iconografía clásica de la auténtica Pasión de Jesucristo Ntro. Señor, centrada plenamente en la correlación entre el sacrificio cruento de la Cruz y el sacrificio incruento de la Santa Misa. En este sentido el hallazgo del director es no solamente digno de todo encomio sino sencillamente magnífico y sublimemente trágico y demuestra hasta el hartazgo que en los crudos inviernos que corren los grandes teólogos no están necesariamente en el Vaticano.
Escribe Ricardo Fraga
Son múltiples las lecturas e interpretaciones que de esta obra artística (no siempre necesariamente histórica) se pueden efectuar. De todos modos me parece que el común denominador de todo el film es éste: es una brillante (aunque a veces un poco hollywoodense) iconografía clásica de la auténtica Pasión de Jesucristo Ntro. Señor, centrada plenamente en la correlación entre el sacrificio cruento de la Cruz y el sacrificio incruento de la Santa Misa. En este sentido el hallazgo del director es no solamente digno de todo encomio sino sencillamente magnífico y sublimemente trágico y demuestra hasta el hartazgo que en los crudos inviernos que corren los grandes teólogos no están necesariamente en el Vaticano.
En relación a la reiterada violencia de la película diré que: a) mucho más violentos son los pecados que han engendrado los horrores del Calvario. Claro que el hombre moderno no está dispuesto a asumir que es un pecador y este punto es crucial para entender la totalidad del drama que se desarrolla ante sus ojos azorados que, valga decirlo, no son los de un espectador pasivo… b) para quienes alguna vez meditamos con las obras del jesuita barroco Padre La Puente las escenas violentas del Mel Gibson son cine para niños. Dígase lo mismo de cualquier meditación seria en ejercicios espirituales… c) de todas maneras es absolutamente preciso resaltar que la violencia de la Pasión real no es describible cinematográficamente… d) las crudas escenas que se aprecian no alcanzan con todo la significación sacramental de los iconos orientales y están más próximas al realismo vital de la imaginería española de la contrarreforma.
En punto a los desgarradores dolores de la Pasión histórica no estará de más evocar el relato que de ella efectúa el profeta Isaías en su capítulo 53 (denominado el quinto Evangelio): "no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni aspecto para que nos agrade.
Es un hombre despreciado, deshecho de los hombres, varón de dolores y que sabe lo que es padecer, como alguien de quien uno aparta su rostro, lo deshonramos y lo desestimamos... Ha tomado sobre sí nuestras dolencias y nosotros lo refutamos como castigado, como herido por Dios y humillado. Fue traspasado por nuestros pecados, quebrantado por nuestras culpas… el castigo, causa de nuestra paz, cayó sobre él y a través de sus llagas hemos sido curados (V. 5)... Fue maltratado, y se humilló, sin decir palabra… como cordero que es llevado al matadero… como oveja que calla ante sus esquiladores, así él no abre la boca..." o bien las pavorosas palabras del rey David, en su salmo 22 (Vg. 21) que Jesucristo recitó colgado ya del árbol de la cruz: "Pero es que yo soy gusano, y no hombre, oprobio de los hombres y deshecho de la plebe... soy como agua derramada, todos mis huesos se han descoyuntado… mi corazón, como cera, se diluye en mis entrañas... me has reducido al polvo de la muerte" (versión de Straubinger).
Maravillosa aparece la participación esencial de la Virgen María presentada en todo momento con el aspecto tan conocido para los hispanoamericanos de Ntra. Sra. de la Compasión y de cuya intensa colaboración en el sacrificio expiatorio retratado por Gibson podría desprenderse que éste se propuso mostrar a las claras la doctrina teológica de la Corredención mariana (tan resistida por el modernismo).
Asimismo es notoria la semejanza intencional en la escena del Descenso con la Piedad de nuestros retablos eclesiásticos y, particularmente, con la "pietá" vaticana de Michelangelo y aún, si bien se mira, con el gesto del Inmaculado Corazón de María en la visión de Sor Lucía.
Es innegable, asimismo, que el director ha centrado su atención en los textos de los cuatro Evangelios canónicos, con más algunos datos provenientes de María de Agreda (S.XVII) y Ana Catalina Emmerich (S. XIX) y, naturalmente la visión subjetiva del autor que, no puede olvidar (ni tiene por qué hacerlo) sus orígenes cinematográficos. Así, por ejemplo, el tentador afeminado (verdadero flagelo contemporáneo captado por Gibson) y su horroroso bebé, absolutamente deforme, que no es otra cosa que la manifestación gráfica del pecado.
También en este orden es ciertamente feliz el paralelo de la agonía en el huerto con la caída de Adán en el paraíso terrenal, así como la presencia del tentador vencido y la serpiente masacrada.
Pese al imputado antisemitismo del film es de notar que el director se escapa del esquema tradicional de un Judas "judaico" y unos apóstoles "no judaicos". En esta película por el contrario el más judaico es Pedro y en este sentido digno de notarse es que el apóstol encuentre el perdón por la mediación de María. Por lo demás la dolorosa María que la cinta presenta es el paradigma de la "mujer fuerte" (libro de los Proverbios) inscrito en la más pura tradición hebrea.
San Juan apóstol y la Magdalena parecen simplemente (y esto dicho en tono elogioso) sacados de una "estampita", tanto como la conmovedora escena de la Verónica recogida por nuestro tradicional vía crucis. Se nota también que Gibson en el tema de la Magdalena se ha solidarizado con la exegesis más antigua y popular (que sigue entre nosotros Castellani) identificando a la arrepentida de la Cruz con la mujer sorprendida en flagrante crimen de adulterio.
En síntesis: que Gibson brinda un hermoso cuadro catequístico que, por supuesto, no todos podrán entender. Se necesita un mínimo de formación bíblica y religiosa.
Sin perjuicio de ello debe notarse que es falso lo que algunos críticos han manifestado respecto a que la película está fuera de un contexto salvífico y que solo muestra los dolores físicos del Salvador. Desde la cita inicial del profeta Isaías, pasando por la proclamación de la palabra del Buen Pastor "que da la vida por sus ovejas", hasta los gestos oblativos de la última cena es innegable que el hombre que en la pantalla entrega voluntariamente su vida es un Redentor.
La "pornografía del dolor físico" (mencionada por algunos críticos del "New York Time" y repetida como bobalicones por ciertos clérigos locales) carece de todo sustento toda vez que tales dolores físicos son sólo expresión visible (y más obviamente retratable) de los tormentos espirituales que padeció "tan excelso Salvador" (Pregón pascual).
Tales escenas pavorosas se siguen repitiendo a lo largo de la historia (hoy también) en el Jesucristo histórico, su Cuerpo místico, sin que podamos ante ellas darnos el lujo de hacer un "zapping del dolor".
(Quizás corresponda notar en este paréntesis las limitaciones naturales que la proyección cinematográfica implica de por sí, dada la fugacidad y precariedad contemplativa de las imágenes que presenta, tal como hace ya varias décadas lo notó el destacado filósofo Romano Guardini. Pero esta limitación no impide una proximidad con el misterio si dichos límites son conocidos y asumidos por el director y los espectadores).
Mención aparte merece la elección del ofertorio de la Misa romana como ofrecimiento del Pan en dicha última cena así como las reconocibles connotaciones gregorianas de toda la banda musical, particularmente de la escena que acabo de comentar.
Por supuesto que la película no es antisemita en ninguno de los sentidos que se quiera dar a la palabra y a la historia del antisemitismo. Simplemente se limita a plasmar en coloridas e, insisto no siempre rigurosas imágenes históricas, el relato ya nombrado de los textos canónicos, extremo éste, es innegable, que cierta tilinguería clerical no está dispuesta a soportar.
Impresionante la elección de las lenguas originales, aunque quizás corresponda notar que la lengua común de ocupantes y ocupados (en la Palestina romana) no era el latín sino el griego "koiné" o griego común. De todas formas Gibson ha preferido la pronunciación no del latín tenido por clásico sino la litúrgica, destacando aún de este modo la ya notada proximidad de su interpretación de la Pasión con la Misa católica.
Excelente la interpretación de los personajes de Jesús y de María. Cuidadosa también la recreación de época (aunque sin modificar los estereotipos esperados por el creyente: v.g. los ladrones que portan sólo el patíbulo, en tanto Cristo toda la cruz al estilo de nuestros venerables Nazarenos). Debe además resaltarse la calidad de la fotografía y de la ya notada banda musical, bien que con buscados toques efectistas que acompañan la dramaticidad de las imágenes en un contrapunto bastante "hollywood").
En fin, que se trata de una obra que todos los cristianos con fe debieran ver, e incluso tener un video en sus hogares.
El reparo apuntado por el musicólogo francés Roland Manuel es también aplicable a nuestro tema: "no hay por qué separar al artista cristiano de pintar o evocar las cosas de Cristo, sino ponerle en guardia contra los arrebatos de su celo… contra la tentación de mezclar voluntariamente su emoción de creyente a su industria de artista"… pero incluso en este aspecto la fe arraigada supera los escrúpulos de la gazmoñería. Gibson ha actuado con "la santa libertad de los hijos de Dios" (san Pablo) y ante el emotivo "despojo total" de la Madre en favor del hijo pecador (María Santísima confiada al evangelista san Juan) caen todos los hipócritas ataques de quienes, ante una obra de sólido testimonio apostólico, tan solo se hacen eco de los ancestrales enemigos de la Fe.
Empero, no debe olvidarse que se trata, en primer lugar, de una bella producción cinematográfica: nuestra fe no descansa en el arte sino en la roca indestructible de la Palabra de Dios… aunque será bueno recordar (con Platón) que la belleza es uno de los insondables nombres de la Divinidad.
Por supuesto que es una obra especialmente para niños y en este orden el Estado argentino ha demostrado ser más sabio y poderoso que Dios al prohibírsela (ya que esta prohibida para menores de 16 años). Los niños argentinos sí pueden ser corrompidos impunemente en programas televisivos tales como el reciente escándalo de "Agrandadytos". Otro fue el criterio de la Virgen en Fátima al revelarle a tres pequeños inocentes los horrores certísimos del infierno de los cuales nos quieren librar los horrores salvíficos de la Pasión. Dos de esos pastorcitos han sido recientemente beatificados por el Papa Juan Pablo II. Su aterradora visión del S.XX (contenida en el tercer mensaje de Fátima) no es apta para los delicados ojos y oídos de los "delicados" promotores del aborto. Tampoco la película de Mel Gibson.












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