Calumnia Exitosa

Con ocasión de la exhibición de la enésima versión cinematográfica de la Vida de Cristo, se ha alzado nuevamente la voz del odio contra su persona. Llama la atención de que versiones anteriores no hayan tenido el mismo recibimiento. Pero ocurre que varias de ellas han sido hechas por enemigos de la Iglesia Católica y han deformado a placer la historia. En cambio la actual ha sido filmada por un tradicionalista… es decir, un católico que cree en lo que los Evangelios.

Juan Carlos Ossandón Valdés

Dicen que Voltaire decía: miente, miente ¡que algo queda!

En la historia ha habido mentiras que han tenido un éxito asombroso, muchas de las cuales tienen un carácter calumnioso porque atentan contra el buen nombre y la estima de personas, ya sea naturales o jurídicas. Tal vez sea natural que el odio dé siempre lugar a tal tipo de conductas, las que, a pesar de ello, siempre son condenables.

Con ocasión de la exhibición de la enésima versión cinematográfica de la Vida de Cristo, se ha alzado nuevamente la voz del odio contra su persona. Llama la atención de que versiones anteriores no hayan tenido el mismo recibimiento. Pero ocurre que varias de ellas han sido hechas por enemigos de la Iglesia Católica y han deformado a placer la historia. En cambio la actual ha sido filmada por un tradicionalista… es decir, un católico que cree en lo que los Evangelios dicen y no se atreve a faltar a la verdad histórica por ellos relatada. Todo puede aceptarse en el mundo liberal, menos un católico de verdad.

Esto ha permitido que se alcen nuevamente las voces calumniosas que resucitan una calumnia realmente exitosa: el crimen de deicidio que los católicos atribuyen a los judíos es la causa del antisemitismo que ha provocado continuas matanzas de israelitas y cuya culminación fue el Holocausto.

Esta calumnia contiene casi tantas falsedades como palabras la componen. Lo único verdadero radica en la comprobación de que la autoridad de Israel, en el siglo primero, condenó a muerte a Jesús cuando comprendió que su mesianismo era contrario a sus aspiraciones políticas y, sobretodo, cuando comprobó que se consideraba a sí mismo, Hijo de Dios. Esto está claramente expresado en los cuatro Evangelios, e, incluso en ellos aparece el castigo de que se hacen reos con su actitud: de Jerusalén no quedará piedra sobre piedra (Lc. 21,20-24), lo que se cumplió el año setenta de nuestra era.

Más es bueno saber que los pueblos son comprometidos por las actitudes de sus dirigentes y no por torpezas populares cometidas al calor de alguna pasión desatada por circunstancias difíciles para ese pueblo.

Se llama antisemitismo a un sentimiento contrario a los israelitas que lleva a las peores atrocidades. A él se atribuyen muchos hechos históricos. Tal sentimiento habría sido originado por dicha acusación. Pero los que continuamente hablan de él, parece que nunca se han preguntado si esos hechos pueden tener otro fundamento, por lo que es bueno echarle una ojeada a la historia conocida.

En el siglo primero de nuestra era ocurre la muerte tan injusta del Salvador, la que es seguida por una suerte de genocidio dirigido contra sus discípulos por las autoridades de Jerusalén, y no por las romanas sino por las judías. Serán asesinados Esteban, Santiago el Mayor, Santiago el Menor, san Simón. Serán salvados "in articulo mortis", san Pedro y san Pablo. Tras la muerte de Santiago el Mayor, los Apóstoles huyen de la Ciudad Santa y muchos fieles quienes buscan refugio en Damasco. Saulo de Tarso recibe la orden de irlos a buscar y llevarlos a Jerusalén para que corran la misma suerte. ¿Cuántos más murieron? Lo ignoramos, porque conocemos sólo los nombres de los jefes más connotados, no los de la gente menuda.

La primera persecución romana fue la dictaminada por Nerón. ¿Causa? Incendio de Roma. 10 de los 14 barrios de la ciudad quedaron reducidos a cenizas. Ante una catástrofe de esa envergadura, todo pueblo busca a los culpables. Y acusa a Nerón que habría sido castigado por los dioses debido a sus crímenes. Algunos historiadores recogen antiguos testimonios que señalan que los judíos dieron al tirano la solución: culpar a los cristianos. Su odio a los cristianos los hace estar presentes como agentes catalíticos en todas las que siguieron a esta primera. Los pueblos suelen tener buena memoria.

Hay constancia de feroces matanzas de cristianos ocurridas en Arabia a manos de tribus de árabes convertidos al judaísmo.

Hay, pues, muchísimos antecedentes históricos que nada tienen que ver con la acusación de deicidio que podrían explicar un odio persistente contra esa religión. Los primeros emperadores cristianos tuvieron, incluso, que tomar medidas severas contra los judíos que apaleaban y mataban a los hermanos que reconocían en Jesús al Mesías.

En la edad media se logra una convivencia sumamente curiosa: la ciudad se divide en barrios para que cada cual pueda vivir según su religión sin ser molestado por ello. De ahí la judería y la morería de que hablaban nuestros antepasados. Por desgracia, los judíos se dedican a una actividad odiada por todo el mundo. En cada época hay ciertos actos que la generalidad de la población rechaza de modo muy particular. En la edad media hay dos vicios que provocan un rechazo violento: la felonía y la usura. Y los judíos suelen dedicarse al segundo.

Para colmo de males, la peste negra desatará la búsqueda de los responsables, como lo hizo el incendio de Roma. En algunos lugares se culpó a los judíos. ¿Cuál fue la actitud de la autoridad eclesiástica? Desde antiguo la Santa Sede protegía a los judíos del odio popular provocado por su afición al dinero. Así, por ejemplo, Calixto II (1119-24), y otros pontífices… de modo que, hasta el siglo XIII, pueden decirse que nunca estuvieron mejor protegidos que en aquellos siglos. La que más los protegió fue España, que los acogió cuando fueron perseguidos por los almorávides y los almohades de Andalucía. Alfonso VI, rey de castilla, llegó a contar con unos 40.000 judíos en su ejército.

Lo que no impidió que hubiera, con ocasión de las cruzadas, algunos abusos francamente deplorables. Siempre se trató de desbordes populares, rechazados por la autoridad política tanto como por la religiosa. Mas ahora se acusó a israelitas de envenenar las aguas, lo que motivó algunos linchamientos. Para comprender su desesperación en hallar culpables, recordemos que se calcula que dicha peste mató cerca de la mitad de la población de Europa en dos años. Clemente VI, a la sazón en Aviñón, los tomó bajo su protección y lanzó la pena de excomunión al que matase a uno de estos inocentes. A pesar de lo cual, las extorsiones y otros crímenes cometidos por judíos, soliviantaron los ánimos y produjeron crueles matanzas. Pero la causa de tales desmanes eran hechos actuales y no la acusación de deicidio. Finalmente, muchos países los desterraron para terminar con los desmanes. El último de los cuales fue España, que por mucho tiempo, retrasó la medida.

A Dios gracias, la Iglesia logró, finalmente, que desaparecieran tan ominosos acontecimientos. Pero Hitler sobrepasó todo lo anterior. Quiso, literalmente, exterminar la raza semita, a la que aplicó la dialéctica hegeliana. ¿Dónde formó este tirano su pensamiento político? En el "partido de los obreros", desgajado del socialista a fines del siglo XIX. Allí se empapó en la doctrina de Carlos Marx, pero la modernizó. Para él, Marx tenía razón a mediados del siglo XIX… mas, en el XX, la dialéctica se aplica a nuevos actores: semita vs. arios… en el XXI, volverán a cambiar los actores, pero la dialéctica será la misma. Es decir, el pensamiento del semita Marx inspira el antisemitismo del tirano. El partido Nazi era un partido socialista que nada debía al cristianismo, sino que, muy por el contrario, estaba convencido de que iba a acabar con él. Según Hitler, tal como el cristianismo dominó Europa por mil años, ahora sería el socialismo quien la reemplazaría por un lapso similar. Si algo no pasó nunca por la mente de este curioso marxista, fue la acusación de deicidio dirigida contra los semitas, por la sencilla razón de que nunca creyó que Jesús fuera Dios. Por lo mismo, llamar "Holocausto" a lo que fue un horroroso intento de genocidio, es de una incongruencia absoluta. Un holocausto es un sacrificio que un sacerdote ofrece a Dios para aplacarlo por un crimen de singular relevancia. Hitler no era sacerdote y, muy posiblemente, era ateo. El solo quería dar cumplimiento al estado dialéctico propio del siglo XX.

Queda claro que los ataques que renuevan el mito del antisemitismo no tienen más origen que el tradicional odio a Cristo tan bien expresado en algunos libros antiguos que expresan esa actitud de las autoridades de Jerusalén en el siglo primero.