La Deriva Totalitaria de la Democracia Liberal (I)
Pero la democracia liberal partitocrática únicamente es una forma de gobierno donde el factor cuantitativo prima siempre sobre lo cualitativo, la masa sobre lo egregio, la mediocridad por encima de lo superior y excelso. Así, la absolutización global de la democracia, conduce a la deriva natural en la dictadura de la mayoría, y a la eliminación de la libertad personal y social. Y todo ello por propia dinámica degenerativa de la democracia liberal encamina a la crisis del sistema. Las naturales consecuencias del sistema liberal, siempre disolvente, parecen sucederse en los últimos decenios a un ritmo cada vez más rápido: decadencia moral sin precedentes[1], quiebra del Estado de Derecho y la disgregación social
Escribe José Martín Brocos Fernández
Prof. Univ. San Pablo-CEU. España
1. La absolutización de la democracia.
En política, la absolutización de la democracia liberal partitocrática como forma de gobierno, y como su consecuencia lógica lo que en época presente se ha dado en llamar la república procedimental, en la que los valores se generan en esferas que escapan al control del pueblo, conlleva la pretensión de extensión a todos los estamentos sociales e instituciones del modelo, las reglas y la praxis democrática, siempre en su vertiente liberal. Las instituciones no regidas por reglas puramente democráticas, son consideradas caducas, propias de tiempos ya periclitados, y deben amoldarse a la democracia como forma de gobierno institucional e universalmente institucionalizada. Esta uniformidad democrática de la sociedad civil e instituciones sociales, culturales y económicas, no es buena para la libertad ya que cuando todo es democracia nos encontramos más cerca de la dictadura que de otra cosa.

De suerte que ampliando la intervención de los políticos o de las reglas de la democracia a la diversidad de instituciones, entendiendo institución como término genérico que agrupa todo el cuerpo asociativo de asociaciones, bien comunidades naturales o asociaciones libres, corporaciones, fundaciones, patronatos, etc., se consigue, por un lado, apropiarse de todo el espectro social, participar de todo el entramado que genera actividad y por otro sofocar la libertad de propia la sociedad civil, dirigiéndola, manipulándola, maniatándola e interviniéndola.
Se ha llegado hasta la identificación mimética de la democracia liberal con el progreso humano y social, y con el bien común integral, inmanente y trascendente, de la persona, la familia y la sociedad. Es más, la democracia liberal forma parte ya de la idiosincrasia del hombre ilustrado y moderno, ergo, es bueno.
Pero la democracia liberal partitocrática únicamente es una forma de gobierno donde el factor cuantitativo prima siempre sobre lo cualitativo, la masa sobre lo egregio, la mediocridad por encima de lo superior y excelso. Así, la absolutización global de la democracia, conduce a la deriva natural en la dictadura de la mayoría, y a la eliminación de la libertad personal y social. Y todo ello por propia dinámica degenerativa de la democracia liberal encamina a la crisis del sistema. Las naturales consecuencias del sistema liberal, siempre disolvente, parecen sucederse en los últimos decenios a un ritmo cada vez más rápido: decadencia moral sin precedentes[2], quiebra del Estado de Derecho y la disgregación social.
El resquebrajamiento del sistema deriva tanto de la crisis de los partidos, como de las ideologías germinadas tras la revolución francesa, que se diluyen. La partitocracia es el cáncer de la democracia. Asfixia la representatividad popular y se confunde mimetizándose en el propio Estado por la extensa y tupida red de intereses creados. Las crisis de los partidos en la actualidad derivan bien hacia el totalitarismo hegemónico camuflado jurídica, educativa, e informativamente de hiperdemocracia liberal, o bien hacia el indigenismo etnocéntrico populista, que trata de sustituir al mismo sistema, pero que se quedan en meras democracias formales que igualmente degeneran en totalitarismo, y que tiene como rasgos definitorios el chovinismo acrítico extremo, la desvinculación de la cultura occidental y el racismo en su genuina definición racial.
La fe religiosa, antaño forjadora de civilizaciones e Imperios, ha sido globalmente sustituida por una superstición ciega en las posibilidades de sistema democrático. La sacralización de la democracia, números más estadísticas asentadas en la probabilidad y que sirven para el control social, contribuye a desvirtuarla.
La democracia es la nueva religión cívica con visos de universalidad monopolizando lo políticamente correcto, tanto en enjuiciamiento de la realidad que debe pasar el tamiz democrático, siempre en su vertiente liberal, como la globalidad del proyecto y su extensión a todos los campos de la convivencia social, para toda clase de asuntos e instituciones, para todos los pueblos y naciones del mundo, y de manera permanente y definitiva.
2. El secuestro de la democracia por los mainstream.
La opinión pública no existe. Simplemente es creada, conformada y dirigida en cada momento por los medios de comunicación en base a intereses casi siempre inconfesados y no conformes con el bien común. Dentro de los medios de comunicación
la televisión es, sin duda, el instrumento más eficaz para llegar a inculcar reflejos condicionados en la mayoría de la gente (…). Y así se va formando una masa sometida al embrutecimiento cotidiano de los media, acostumbrada a reaccionar pasionalmente, sin el menor espíritu crítico, plenamente sumisa a todo tipo de manipulaciones. Se pretende expresar y seguir la opinión, cuando en realidad ella ha sido fabricada por los media.[3]
De ahí la sólida alianza, traducida en estrechas imbricaciones, que el poder político mantiene con los medios de comunicación por medio de un complejo entramado de influencias, dependencias, y mecanismos para asegurarse el apoyo mutuo: publicidad institucional, subvenciones a fondo perdido o concesión de licencias.
La democracia no existe. Ha sido secuestrada y sustituida por una partitocracia, que es la que nos rige y gobierna. El poder, desequilibrado y sin control, es ejercido por los partidos políticos, dos o tres a lo sumo, máquinas férreas de control al servicio del mantenimiento del establishment, y por los medios de que comunicación comprados o silenciados que ejercen un poder omnímodo en la modelación de la masa social; masa integrada por el hombre del siglo XXI, un hombre mayoritariamente débil, inconstante, voluble, superficial, volcado hacia lo exterior, pusilánime y presuntuoso de si mismo y de sus propias fuerzas, lo que le ofusca e impide ser consciente de la espiral hacia una profunda sima en la que se encuentra inmerso, donde no hay más que vacío, desesperación y soledad.
La libertad de elección en las urnas en democracia no existe. Hace años que asistimos a un monumental y generalizado engaño, nos venden que somos libres y que podemos decidir nuestro destino. El sistema ha engullido la libertad y convertido ésta en una quimera. La plutocracia empresarial-financiera y sus redes tejidas y superpuestas con el poder mediático y el poder político deciden, por lo menos en sus líneas generales y siempre en consonancia con poderosas organizaciones supranacionales[4], cómo se ha de vivir, qué tenemos que pensar, y cómo debemos actuar. El ciudadano-masa ha perdido su participación y el dominio del sistema. Se ha convertido en su rehén y paradójicamente en su principal defensor, explicable por el lavado de cerebro ideológico a que está siendo sometido a hora y deshora.
3. La educación en la democracia.
La propia democracia liberal es caldo de cultivo de la mediocridad, preteriendo un injusto igualitarismo social sobre la exaltación de lo virtuoso, lo noble y lo excelso. De tal modo que en nuestra sociedad se han ido paulatinamente perdiendo valores como el sentido trascendente de la vida, del honor, de la honra, del espíritu de servicio, del sacrificio y de la disciplina. Ideales como heroísmo, santidad, generosidad, renuncia, compromiso y militancia, antaño transmitidos de generación en generación, hoy yacen arrumbados y semejan como pura utopía.
Se educa sin sentido del límite, con una inicial tolerancia del mal, en su vertiente ética, que por su propia dinámica, inserta en la naturaleza humana inclinada al mal y siempre tendente a los honores y a los placeres, degenera en permisividad moral y de ahí pronto esa tendencia o comportamiento que constituye intrínsecamente un desorden antinatural es planteada como un derecho exigiéndose su ratificación legal; finalmente acaba viéndose como un derecho, un bien conseguido democráticamente, y objeto de protección jurídica, v.gr. aborto, homosexualidad, divorcio o eutanasia.
Esta educación permisiva, sin referentes en la defensa del orden natural y sobre la base del mecanicismo y pragmatismo filosófico, y del totalitarismo relativista axiológico, excepto los valores inherentes a la propia democracia liberal que sobre éstos no cabe disenso posible, conduce a una mentalidad hedonista que cifra el placer y bienestar como fin supremo, y a una cultura vital del consumo desaforado. La afectividad y el sentimiento fundamentan las relaciones familiares y matrimoniales por encima del amor sacrificado y gozoso, que se desvanece, al igual que el esfuerzo y la perseverancia de la lista de virtudes que procuramos cultivar.
La libertad se concibe, y defiende jurídicamente, como la pura autonomía sin ningún tipo de limitación a lo que agrada o se apetece[5]. La libertad propuesta es una libertad alienante, -puesto que la verdadera liberación del hombre es de su miseria moral,- vigilada y encauzada hacia modelos de vida presentados como exitosos por la máquina propagandística y publicitaria de las grandes empresas de la comunicación y del ocio, a la par que imbuidos educativamente desde una ética laica anclada en un pensamiento racionalista y en el naturalismo pedagógico, tendente al laicismo radical; y defendidos y propagados desde un derecho que rota su vinculación con el orden moral objetivo, niega el conocimiento jurídico como saber prestatario de los grandes principios axiológicos de validez universal e inmutable que debe ser el fin último de la ley, e informando socialmente comportamientos negativos moralmente dañinos y destructores de la persona y del bien común. Nos encontramos con la derivación totalitaria de la democracia liberal.
Configuramos así las sociedades light, donde descuella lo huero, lo fútil, imponiéndose el facilismo. El problema es que este hombre light, dócil, con actitud pasiva e indolente, hijo y engendro de la democracia liberal ilustrada, interesa al poder mundial[6], de ahí el dominio directo que se pretende ejercer sobre la educación de la persona, violando tanto la libertad de educación como la propia patria potestad, con el adoctrinamiento obligatorio de los menores en un modelo ético-moral enrejado en el relativismo axiológico, axioma éste absolutista, en la moral de situación, y en la permisividad sexual. La intervención estatalizadora de la educación, cada vez más en aumento, es uno de los métodos que los diversos totalitarismos, entre ellos el democrático, emplean para el control de la sociedad y para el desarrollo de sus futuras masas borreguiles y amodorradas, que no pueblo. Así
las escuelas trasmiten cultura y valores y pueden canalizar a los niños hacia diversos papeles sociales. Contribuyen a mantener el orden social [neutralizando las revoluciones]. Es difícil concebir la eliminación de la escuela en la distribución de papeles sin cambios en la misma estructura económica y social (p. 21) (…) Las escuelas tienen que ayudar a convencer a los niños o reforzar su creencia de que el sistema es básicamente sano y el papel que les ha asignado [de perpetuar la estructura social,] es el que deben desempeñar. Mediante esa “colonización”, la sociedad evita tener que redistribuir los aumentos del producto nacional y reduce la necesidad de reprimir directamente al populacho (p. 26) (…) reformar las escuelas para que se enseñara a los niños a interiorizar la autoridad externa y convertirse en individuos que seguirían las reglas (p. 230).[7]
El Estado fabrica la masa social entrando directamente en competencias, antes exclusivo de los padres, como la formación de la personalidad en planos como el sexual, emocional, moral, espiritual o religioso, cara a una uniformización del ciudadano, siempre manipulable y dócil al poder. Creación de las masas favorecido por la cosmovisión dominante ofrecida por los medios de comunicación, servidores, mantenedores y beneficiarios del sistema, a los cuales sólo importa los criterios empresariales de supervivencia en el tiempo y rentabilidad, y por una concepción laicista de la política, la única que tiene cabida real en una democracia liberal, según la cual tanto el orden social como el derecho son totalmente independientes del orden moral.
Para la creación de la masa y su embrutecimiento gradual debe destruirse las estructuras que vertebran la sociedad y para ello es necesario demoler los principios que garantizan su cohesión y armonía; debe, por tanto, conquerirse un adoctrinamiento del pensamiento único, una programación educativa radicalmente inmanentista, librepensadora, para borrar del entendimiento toda huella de Dios y minar la prosperidad espiritual y moral del hombre, e implantar en las conciencias ideas tan erróneas y dañinas que degradando al hombre lo alienen de su más profunda realidad, dedicándose tan sólo a satisfacer las primitivas necesidades del hombre animal.
En el fondo subyace una negativa al propio conocimiento y combate interior que deriva de la ausencia de valores espirituales y la falta de un sentido pleno de propia vida.
La libertad, el bienestar y la grandeza de un Estado están en razón directa al desarrollo del bien común trascendente, que tiene presente la moral de sus hombres y que “depende del cultivo y exquisitez de la vivencia axiológica”[8]. En este sentido el bien común no coincide con el interés general, público o político, dice referencia al bien integral de la persona, de la familia y de la sociedad; y éste exige una firme y sólida instrucción y educación religiosa.
4. La destrucción de la justicia y la prevaricación de los encargados de hacerla.
Empecemos por definir conceptos. Cuando hablamos de ley positiva, derecho positivo u ordenamiento jurídico positivo quiere decir que está plasmado en un código estatal vigente. Aquí positivo no se contrapone a negativo, sino que es factible, que se puede hacer; lisa y llanamente que es una ley emanada por los órganos competentes del Estado y como tal, es legal.
Por ley natural, según definición clásica tomista, entendemos “la concepción naturalmente ínsita en el hombre, por la cual se dirige éste a obrar de modo conveniente en sus acciones propias”[9] determinando lo bueno y lo malo. El derecho natural, que es la misma ley natural en cuanto regula las relaciones interhumanas, se funda en la misma naturaleza de la persona, en su doble dimensión cognoscitiva y volitiva. V. gr. el hombre, por su naturaleza, está connaturalmente propenso a conservar y prolongar su vida, y de ahí nace el derecho a la vida y a la legítima defensa de la misma, así como el derecho a proveerse de los medios de subsistencia; el hombre, también por su naturaleza, está esencialmente inclinado a la propagación y conservación de su especie, y de ahí nace el derecho al matrimonio, y a la crianza y educación de los hijos.
El ius humanum es lo que tradicionalmente, en la época medieval se denominó como derecho de gentes, y que constituye el antecedente de los modernos derechos del hombre, que no brotan de la nada. En un principio los derechos humanos surgen como aplicación de esa moral objetiva, de esa ley natural, al funcionamiento del ser humano, para ir progresivamente trasmutando tras la revolución francesa a una visión más antropocéntrica y racionalista de los mismos, a la par que se produce la ruptura del derecho y de la moral, del derecho positivo con la naturaleza de la persona.
La concepción moderna y contemporánea del derecho se fundamenta principalmente en el consenso de las mayorías o en el subjetivismo irracionalista del gobernante de turno. El ius naturale asentado filosóficamente en el realismo metafísico y ético deja de orientar al derecho positivo, y la justicia ya no es una categoría moral donde prima las ideas de verdad y de bien a la luz de las eternas verdades que subyacen en el modo del ser y del obrar, sino una categoría meramente jurídica.
El derecho pasa a convertirse así un poderoso instrumento de reingeniería social con la finalidad de favorecer, plasmar y asentar en la sociedad los comportamientos y actitudes que los poderes dominantes deciden arbitrariamente para constituir conceptualmente el orden jurídico[10]. De forma que nos encontramos en la práctica un Estado dictatorial, que figura una democracia, pero en realidad es una tiranía legal controlada directamente, y recíprocamente sometida, por los poderes ejecutivo y legislativo-parlamentario, y de forma indirecta por el poder judicial, el económico y el informativo.
El derecho se vuelve corruptor y disuelve la sociedad, tanto respecto a su fin, que es la perfección de la sociedad, como a sus elementos esenciales ya que el fundar el poder sobre la autoridad social, que consiste en la suma del número y fuerzas materiales, es carecer de fundamento, que ha de ser moral, o sea la ley natural, de la que todas las leyes han de ser su proclamación o determinación.
Surgen de esta guisa nuevos derechos humanos fundamentales consensuados, cuando no tiránicamente impuestos desde los núcleos de poder al vulgo, al que previamente se ha adoctrinado ideológicamente a través de los mass media y de la educación. Son derechos sin arraigo en la índole propia del hombre, exponente y exacerbación del positivismo jurídico, en el que sólo valen las normas emanadas del Parlamento y no existen principios universales de justicia; derechos como aborto, eutanasia, infanticidio, ideología de género, matrimonio homosexual, multiculturalismo, o a la libertad sexual, ergo, sexo animal sin compromiso. La democracia no sólo consagra estos nuevos derechos humanos laicos y democráticos, al servicio del poder y quien lo detenta, sino que los unilateralmente los publicita e impone coactivamente desde las Naciones Unidas. La realidad es que vivimos en una cada vez más férrea dictadura silenciosa, muy peligrosa, porque no se ve, y cuyas principales fuerzas que la dirigen se mueven entre bambalinas.
El problema se ve agravado por una doble perversión. Por un lado el mayor problema radica cuando a través de estos derechos inexistentes, denominados de tercera generación, se tamiza y reinterpreta perversamente los llamados derechos de primera generación, pilares de la convivencia civil, modificando así su sentido y extensión originaria, de tal forma que podemos aseverar que los derechos de primera generación han dejado de existir; y por otro lado, se disuelven conceptualmente los prístinos conceptos jurídicos a fuerza de definiciones legales e introduciendo anfibologías en los propios términos que se asientan en lo contrario que dice que garante.
Estos derechos de nueva generación transmutados y entronizados en leyes, leyes asumidas, sustentadas, defendidas, propagadas e impuestas por la agenda globalista de la ONU, y utilizadas para implantar estatalmente un sistema centralizador e intervencionista, haciendo pedagogía y difusión de la ideología de género, y para adoctrinar instrumentalizando el sistema educativo con una visión mecanicista y utilitarista del hombre propia del materialismo darwiniano. De tal manera que en nombre de los derechos humanos se está eliminando la persona y destruyendo la humanidad. La ONU se ha convertido en depredadora de aquello para lo que fue creado: los derechos humanos.
La crisis de libertades actual va pareja a la de los derechos humanos, que son previos al orden político. Hay una restricción de la libertad a nivel personal y a nivel social fruto de la concepción de libertad irrestricta desligada de la ley moral natural y de la verdad objetiva sobre la misma persona humana, lo que deriva en la imposibilidad de cimentar los derechos de la persona sobre un firme asiento racional, y la misma imposibilidad de gestación y cimentación de un ordenamiento jurídico intrínsecamente justo, porque es la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y en unidad de alma y cuerpo, el fundamento y el fin de la vida socio-política, a la que el derecho, desde los postulados dictados por la recta ratio, debe servir.
El respeto y acatamiento a la ley moral natural camina paralelo a la instauración de un orden social justo y a la plenitud de la libertad humana. Una noción puramente subjetiva del derecho separada de la referencia a la verdad de la naturaleza humana, cerrada a su dimensión trascendente, subvierte los principios morales básicos del orden social, deslegitima en la medida que lo haga al propio derecho positivo[11], y convierte la libertad en imposible al contravenir el orden natural. Así las democracias liberales actuales, ancladas en la dictadura partitocrática del Estado liberal de puro derecho positivo, corrompen moralmente por el inherente deterioro espiritual y la elevación del relativismo ético a punto de referencia de la propia democracia, acabando con la verdadera libertad y desembocando de facto en el totalitarismo y la tiranía de los partidos políticos en tanto pueden decidir sobre lo fundamental e intangible afirmando en funesta utopía naturalista que el hombre y la sociedad pueden prescindir de la Verdad revelada, del Derecho natural y de la Moral objetiva; preconizando, en definitiva, un antiteísmo frontal y formal.
[1] La espiral es conocida: en el plano moral se empieza con el divorcio, luego el aborto, la manipulación de embriones humanos, la eutanasia y el infanticidio; en el campo político se legalizan las sectas, la masonería, las drogas, la prostitución, el mariconomio y el lesbionomio, y la misma zoofilia; y en el plano cultural se promueve una educación naturalista anclada en el relativismo y el escepticismo generalizado, y por la televisión la pornografía, la pornomercadotecnia, y la erotización de las relaciones o pornocultura, publicitando hasta la zafiedad depravada más chabacana; en definitiva, la quiebra de los pilares religiosos y espirituales sobre los que se asienta la sociedad, y el progresivo deslizamiento hacia el nihilismo moral y la paralela elevación de éste a categoría ética y jurídica de primer rango. En este sentido de espiral de decadencia y liquidación de los principios morales de orden natural, v.gr. en Holanda se ha formado un partido político democrático de pedófilos que postula la reducción de la edad legal para mantener relaciones sexuales de 16 a 12 años y la legalización de la pornografía infantil y del sexo con animales. Cfr. official Web: Naastenliefde, Vrijheid & Diversiteit [En línea]. Disponible en <http://www.pnvd.nl/> [Fecha de consulta: 16 de noviembre de 2006].
[2] La espiral es conocida: en el plano moral se empieza con el divorcio, luego el aborto, la manipulación de embriones humanos, la eutanasia y el infanticidio; en el campo político se legalizan las sectas, la masonería, las drogas, la prostitución, el mariconomio y el lesbionomio, y la misma zoofilia; y en el plano cultural se promueve una educación naturalista anclada en el relativismo y el escepticismo generalizado, y por la televisión la pornografía, la pornomercadotecnia, y la erotización de las relaciones o pornocultura, publicitando hasta la zafiedad depravada más chabacana; en definitiva, la quiebra de los pilares religiosos y espirituales sobre los que se asienta la sociedad, y el progresivo deslizamiento hacia el nihilismo moral y la paralela elevación de éste a categoría ética y jurídica de primer rango. En este sentido de espiral de decadencia y liquidación de los principios morales de orden natural, v.gr. en Holanda se ha formado un partido político democrático de pedófilos que postula la reducción de la edad legal para mantener relaciones sexuales de 16 a 12 años y la legalización de la pornografía infantil y del sexo con animales. Cfr. official Web: Naastenliefde, Vrijheid & Diversiteit [En línea]. Disponible en <http://www.pnvd.nl/> [Fecha de consulta: 16 de noviembre de 2006].
[3] P. Alfredo Sáenz. El Nuevo Orden Mundial en el pensamiento de Fukuyama. Buenos Aires: Ediciones del Pórtico, 2000, p. 98.
[4] No podemos obviar la influencia de grupos de poder, unos visibles y otros más menos ocultos, que forman jerarquías paralelas de las organizaciones supranacionales, todos ellos de raigambre judía, y que son los que realmente dirigen la política mundial, orientan la economía, imponen la cultura, y deciden las ideas que deben regir a la humanidad. Este gobierno mundial, de momento underground, ya controla todos los poderes fácticos de las naciones autodenominadas democráticas, las riquezas mundiales, los medios de comunicación, dicta leyes y sentencias y marca las principales políticas, especialmente las asesinas. Así el Nuevo Orden Mundial tiene como canal político-económico-cultural supremo y visible a la ONU y sus agencias. Y entre bambalinas, la Trilateral, el club Bilderberg, el CFR, el Foro de Davos, la logia B`nai Brith y la propia Masonería, tanto la regular como irregular, visible o invisible.
[5] Frente a esta visión deformante, nosotros sostenemos que la libertad es la posibilidad capacitante y efectiva de autotrascenderse adquiriendo compromisos concretos en orden a un proceso indefinido de mejora personal, y con decisiones precisas, renovadas constantemente, de plena entrega de si mismo a Dios y de autoexigente y continuo servicio a los demás. Esta concepción de la libertad, -que es una propiedad de la voluntad, radicalmente heterónoma en cuanto se ajusta a unas normas morales que la persona no se da a si misma,- anclada efectiva y profundamente en cada realidad subsistente de la naturaleza humana, es la única actitud posibilitante del pleno sentido de la vida por abarcar y comprender un horizonte sobrenatural en correspondencia con la apertura transcendente de la persona, superando todo egoísmo, egotismo hedonista e irresponsabilidad.
[6] El homo liberalis, individualista por esencia, desarraigado de su religación metafísica, subordina todo en pro del espíritu economicista y consumista volviéndose a la materia. Cada vez más, se fomentan individuos indefensos dedicados cuán autómatas a satisfacer febrilmente sus placeres sin cortapisas de su voluntad de cada momento, capaces como animales de trabajo de consumir y producir, continuo objeto de estadística en orden a perpetuar su esclavitud, y que sólo tienen valor por su utilidad. Se impone en la praxis individual el `vale todo´. Cfr. P. Alfredo Sáenz, S.I. El hombre moderno. Descripción fenomenológica. Buenos Aires: Gladius, 2001.
[7] Martin Carnoy. La educación como imperialismo cultural. México: Siglo veintiuno editores, 1993, 9ª ed
[8] Otto Dürr. Educación en la libertad. Madrid: Rialp, 1971, p. 101.
[9] In IV Sent., d. 33, q. 1, a. 1.
[10] Esto es bien conocido por la sociología jurídica que estudia las consecuencias sociales de la regulación jurídica. Las normas jurídicas inevitablemente van a promover unos comportamientos y reprimir otros no queridos por el legislador. La consecuencia social es que el ciudadano va a percibir unos comportamientos como aceptables y otros como censurables. En este sentido “la concepción del hombre presupuesta por las leyes es como el aire que respiramos, formará la mentalidad de nuestros hijos, la realidad que reflejarán la literatura, el cine, la televisión, la mediación social a la que de algún modo quedará sujeta la formación de la conciencia personal y colectiva (…). Y esto nos afecta a todos”. Ángel Rodríguez Luño. Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. “Este proyecto de ley rompe con una tradición universal”. El teólogo critica la nueva normativa sobre bodas gays. La Gaceta fin de semana, 11 y 12 de junio de 2005. Año XVII. Nº 4904. p. 40. V.gr. la aprobación del “matrimonio homosexual” promueve la aceptación social de la homosexualidad.
[11] Cfr. Juan Pablo II. Enc. Evangelium vitae, 23.03.1995, n. 72.













Enviar un comentario nuevo