Sentir con la Iglesia: tradición y progreso
Sentir hoy con la Iglesia exige estar con ella, de
su parte, adherir al juicio de nuestra santa Madre la Iglesia
jerárquica cuando señala los errores que se vienen sucediendo en los
últimos cuarenta años y que implican un intento de autodemolición
emprendido por muchos de sus hijos. Recuerdo que esa expresión dura,
autodemolición, pertenece al Papa Pablo VI. Corresponde, por tanto,
confesar gozosamente con ella, con la Iglesia, las verdades
fundamentales de la fe y las conquistas de la gran tradición eclesial,
que son alteradas o negadas con mayor o menor artificio por autores que
cuentan con el favor de corporaciones de teólogos y teólogas, de una
ruidosa propaganda y el apoyo de una claque de periodistas
presuntamente expertos en cuestiones religiosas. Por ejemplo: la
divinidad de Cristo, único salvador universal y su presencia real en la
Eucaristía, el dogma trinitario, la recta interpretación de la Sagrada
Escritura, la naturaleza de la Iglesia y su comunión, la ordenación
sacerdotal reservada a los varones, el celibato del clero, la malicia
del aborto, el orden de la razón en el ámbito sexual, la
indisolubilidad del matrimonio y sus consecuencias. Sentir con la
Iglesia antes que con Küng, Schillebeeckx, Pohier, Curran, Boff,
Dupuis, Vidal, de Mello o Haight y tantos otros, dignos de respeto pero
equivocados, cuyos ntentos –sin juzgar sus intenciones– resultan
dañinos para el pueblo de Dios cuando esas doctrinas erradas llegan a
él a través de la predicación y la catequesis. Valoramos sus esfuerzos,
pero no podemos seguirlos. Ellos, en realidad, nos ayudan
indirectamente, si capitalizamos su experiencia fallida para buscar
otros y mejores caminos.
Por Mons. Héctor Aguer,
Arzobispo de la Plata
Durante mucho tiempo, el 7 de marzo fue la fecha elegida para dar comienzo al año académico en los seminarios. Se deseaba destacar, de esa manera, el patrocinio de Santo Tomás de Aquino sobre los estudios eclesiásticos. Esa costumbre quedó desbaratada cuando la memoria litúrgica del Doctor Angélico, para que no cayera en Cuaresma, pasó al 28 de enero, fecha del traslado de sus restos a Tolosa (habría que decir Toulouse, para que algún distraído no vaya a pensar que se trata del barrio platense). Nosotros, con la autorización de la Santa Sede, observamos la antigua datación del calendario, que la celebra el día de su muerte, es decir, su dies natalis. El 7 de marzo de 1274 es, por otra parte, la única indicación absolutamente segura de la biografía tomasiana.
Según la deposición de testigos en el proceso de canonización, dos días antes Tomás hizo confesión general y pidió que le administrasen el santo viático. A pesar de su extrema debilidad, se levantó de su lecho y postrado en tierra permaneció un rato en adoración del Santísimo Sacramento; en esa posición recitó el Confiteor. Luego se puso de rodillas y pronunció una conmovedora profesión de fe: Te recibo, precio de la redención de mi alma; te recibo, viático de mi peregrinación, por cuyo amor estudié, vigilé, trabajé, prediqué y enseñé; jamás dije nada contra ti, y si, ignorándolo, lo dije, no soy pertinaz en mi juicio; y si alguna cosa dije indebidamente, todo lo someto a la corrección de la Iglesia romana.
Este seguro anclaje en la fe de la Iglesia y la obediencia convencida y cordial a la autoridad pontificia es una de las vertientes de la obra intelectual de Santo Tomás; la otra es su rigurosa actitud científica, su poder de innovación, su acogedora capacidad de síntesis. En un manual protestante de Historia de los Dogmas, su autor, el profesor R. Seeberg estampa esta semblanza: Santo Tomás fue el gran adalid del progreso entre los teólogos del siglo XIII, el que sometió más que ningún otro la tradición a severa crítica, transformándola. Pero en él fue tan ardiente el amor a la ciencia como la adhesión a la doctrina de la Iglesia. Por eso creó un sistema en el cual están íntimamente unidos, de manera admirable, el más fuerte conservadorismo eclesiástico con las aspiraciones más audaces de las nuevas tendencias científicas. Este gran teólogo marchaba al frente del progreso filosófico y era a la vez el más recio defensor de la tradición de la Iglesia. Las dos vertientes confluyen en la búsqueda y en la pacífica posesión de la verdad y, en definitiva, de Dios; en un equilibrio por elevación, en una armonía superior.
En la postura epistemológica de Santo Tomás se destaca esta norma elemental de objetividad, que él enuncia siguiendo a Aristóteles: en la aceptación o el rechazo de opiniones el hombre no debe dejarse guiar por el amor o el odio que pueda experimentar por el que opina, sino más bien por la certeza de la verdad. En realidad, corresponde amar tanto a aquellos cuya opinión seguimos como a aquellos cuya opinión repudiamos; unos y otros se empeñaron en la búsqueda de la verdad y en eso unos y otros nos ayudaron. Pero corresponde seguir la opinión de aquellos que con mayor certeza llegaron a la verdad. Observa también el Doctor Angélico que la historia del pensamiento muestra que la conquista de la verdad se logra paso a paso, y que hace falta la contribución de muchos; incluso los que se equivocan ayudan a su manera, indirectamente, ya que su experiencia fallida invita a que los demás procedan con mayor atención y diligencia en la investigación. Y remata el argumento con esta recomendación bien ponderada: Es justo que demos gracias a quienes nos han ayudado en algo tan bueno como es el conocimiento de la verdad; no sólo a aquellos que según estimamos la han alcanzado y con cuyas opiniones coincidimos al seguirlas, sino también a quienes han procedido superficialmente en la indagación y cuyas opiniones no podemos seguir. Porque también éstos nos han dejado algo: un cierto ejercicio en la búsqueda de la verdad (In II Metaph., lect. 1, 287s. cf. In XII Metaph, lect. 9, 2566).
Tomás ha aplicado este criterio en su estudio de los autores que lo precedieron y en el diálogo con los pensadores contemporáneos suyos. Buscaba información, registraba todas las opiniones y las juzgaba por su valor intelectual, por su valor de verdad, sin tener en cuenta su origen. Procedía así no sólo dentro de su propia tradición de pensamiento, sino más allá de su cercano horizonte cultural. Fue ejemplar su revisión de Aristóteles, para lo cual solicitó nuevas traducciones y entabló una discusión memorable con Averroes. Estudió cuidadosamente a los autores árabes y judíos. Avicena influyó mucho en sus primeras posturas metafísicas y Maimónides le ofreció un ejemplo de posible síntesis entre la filosofía aristotélica y la fe bíblica. En aquel encuentro intercultural Tomás dispensó una atención benévola a la intuición que inspiraba las posiciones de sus interlocutores y cuando confrontaba con ellos lo hacía con el ánimo de progresar en el descubrimiento y la expresión de la verdad. Participó con dedicación protagónica y con gran humildad de la efervescencia intelectual que caracterizó a su siglo.
El otro aspecto de su personalidad y de su obra se vincula con el que acabo de comentar porque Santo Tomás no admitió oposición entre la auténtica tradición y el legítimo progreso. Para él, que se consagró a la Iglesia con amor filial, la autoridad doctrinal, la tradición litúrgica y las costumbres eclesiales no constituían un impedimento o desmedro de su libertad de invetigador; al contrario, veía en ese patrimonio un apoyo providencial para su trabajo intelectual y una guía en la búsqueda de la verdad. Poseía un genuino sentido de la Iglesia, en cuya esencia había penetrado con lucidez y devoción; la comprendía en su rica y unitaria complejidad, en su realidad dogmática, mística, ética y jurídica. Amaba a la Iglesia y tenía una idea elevada de su autoridad. Escribió al respecto: la enseñanza de los doctores católicos recibe de la Iglesia su autoridad; por lo tanto, hay que atenerse más a la autoridad de la Iglesia que a la autoridad de Agustín, Jerónimo o cualquier otro doctor (2-2, 10, 12c).
Sentir con la Iglesia. Ésta es la clave de un fecundo trabajo intelectual y la base de un diálogo genuinamente católico con el pensamiento contemporáneo; es un principio válido para todas las épocas, especialmente para aquellas marcadas por el signo babélico de la confusión, por la inquina contra la tradición y la apostasía de la fe.
San Ignacio de Loyola condensó esta actitud de discernimiento en las famosas reglas que coronan el libro de los Ejercicios Espirituales: para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener. La primera de ellas establece: depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor, que es nuestra santa Madre la Iglesia jerárquica. Es preciso seguirla para acertar en todo –confirma Ignacio en la regla número 13- porque ella es regida y gobernada por el Espíritu Santo. Por eso recomendaba alabar todo aquello que repudiaban los protestantes: la confesión y comunión anual, mensual o semanal; la asistencia frecuente a misa, el oficio divino, las largas oraciones y los cánticos litúrgicos; la vida religiosa, la virginidad y la búsqueda de la perfección evangélica; la veneración de las reliquias, las peregrinaciones, las diversas devociones y las indulgencias, los ayunos y demás prácticas penitenciales; el culto a las imágenes y la belleza de los templos; todos los preceptos de la Iglesia, las constituciones y costumbres de los mayores, la enseñanza de los Santos Padres y de los doctores escolásticos.
Sentir hoy con la Iglesia exige estar con ella, de su parte, adherir al juicio de nuestra santa Madre la Iglesia jerárquica cuando señala los errores que se vienen sucediendo en los últimos cuarenta años y que implican un intento de autodemolición emprendido por muchos de sus hijos. Recuerdo que esa expresión dura, autodemolición, pertenece al Papa Pablo VI. Corresponde, por tanto, confesar gozosamente con ella, con la Iglesia, las verdades fundamentales de la fe y las conquistas de la gran tradición eclesial, que son alteradas o negadas con mayor o menor artificio por autores que cuentan con el favor de corporaciones de teólogos y teólogas, de una ruidosa propaganda y el apoyo de una claque de periodistas presuntamente expertos en cuestiones religiosas. Por ejemplo: la divinidad de Cristo, único salvador universal y su presencia real en la Eucaristía, el dogma trinitario, la recta interpretación de la Sagrada Escritura, la naturaleza de la Iglesia y su comunión, la ordenación sacerdotal reservada a los varones, el celibato del clero, la malicia del aborto, el orden de la razón en el ámbito sexual, la indisolubilidad del matrimonio y sus consecuencias. Sentir con la Iglesia antes que con Küng, Schillebeeckx, Pohier, Curran, Boff, Dupuis, Vidal, de Mello o Haight y tantos otros, dignos de respeto pero equivocados, cuyos ntentos –sin juzgar sus intenciones– resultan dañinos para el pueblo de Dios cuando esas doctrinas erradas llegan a él a través de la predicación y la catequesis. Valoramos sus esfuerzos, pero no podemos seguirlos. Ellos, en realidad, nos ayudan indirectamente, si capitalizamos su experiencia fallida para buscar otros y mejores caminos.
Sentir con la Iglesia es adherir filialmente, usando nuestra cabeza y nuestro corazón, al magisterio de Benedicto XVI, como Santo Tomás adhería al de Urbano IV, Clemente IV y Gregorio X. Esta adhesión es un a priori espontáneo, no forzado, de la fe y del amor y sirve de estímulo para emprender un diálogo serio con el pensamiento contemporáneo, sin ingenuidad ni enfermizo afecto de rendición. El Santo Padre sugería hace algunas semanas, durante un encuentro cuaresmal con el clero romano, hablar de Dios con la cultura laica, que se halla alejada no sólo con distancia intelectual, sino sobre todo emotiva, de la fe. Y aludía al ejemplo de Santo Tomás: plantear la cuestión de los preambula fidei y de las virtudes naturales como el primer paso para abrir el corazón y la mente hacia Dios. Advirtiendo la magnitud del desafío y su trascendencia pastoral, decía Benedicto XVI: necesitamos que Dios nos ayude y purifique nuestra razón.
La lectura del libro de la Sabiduría, que hemos escuchado, nos ofrece una bella plegaria: Que Dios me conceda hablar con inteligencia, y que mis pensamientos sean dignos de los dones recibidos, porque él mismo es el guía de la Sabiduría y el que dirige a los sabios. En sus manos estamos nosotros y nuestras palabras, y también todo el saber y la destreza para obrar (Sap. 7, 15-16). Que Santo Tomás, por su parte, nos ayude con su intercesión.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la Misa de inauguración del año académico del Seminario Mayor “San José” (7 de marzo de 2008)
Fuente: AICA












Gracias a Dios por un Obispo
Gracias a Dios por un Obispo como Mons Aguer.
Viste, hay cosas buenas...
Debiera ser cardenal... (mmmm) pensándolo bien NO. A ver si se arruina.
sería bueno que sea
sería bueno que sea cardenal... si se queda en el vaticano, pero seríamos nosotros los que perderíamos un buen obispo... que dilema no?
Viste, hay cosas buenas...
Tiene razón el amigo: mejor que No llegue a cardenal... Seguro se arruina. - Catalina -
24 de Marzo
Quizá no sea este artículo el lugar más adecuado para mi comentario, pero desde hace algunos días persiste en mí un pensamiento que quería compartir: Sabemos que el próximo lunes de Pascua es feriado, no a causa de la Pascua (como en otros países) sino por ser 24 de marzo. Muchos quizá estén de viaje. Algunos no podremos. A todos les quería proponer que, como homenaje a tantos que dieron su vida, a tantos que hoy sufren la ingratitud, el desprecio y hasta la cárcel injustamente, colguemos banderas argentinas en nuestras ventanas y balcones, usemos la escarapela, coloquemos cintas con los colores patrios en automóviles, en las puertas, en todos lados. Sólo los que hubieran querido que en nuestros mástiles ondeara el trapo rojo en lugar de los colores de la purísima que luce nuestra bandera se sentirán incómodos. Los demás estaremos legitimamente honrando el feriado oficial ornamentando todo con los colores patrios. Ya que los delitos de lesa humanidad parecen que pueden ser de un solo lado, y que los medios ignoran a la inmensa mayoría que ya está harta de revanchismo, rencores y mentiras oficiales, tiene que haber una forma de mostrar que no estamos de acuerdo con la versión oficial de los hechos que nos quieren vender-imponer incluso en la educación de nuestros hijos.
solo una pregunta
Primero aclaro que veo en Monseñor Aguer un tipo recto y, poco común dentro de la jerarquía, apego a La Doctrina que profesamos.
Ahora, me pregunto: le pusieron una mordaza a Aguer cuando fué el aberrante acto de la bonafini o yo no registré lo que dijo?
No quiero empezar una discusión sobre si soy o no esto o aquello. Gracias a Dios creo en la fe que me enseñaron mis viejos y la Acción Católica cuando era lo que debía ser y no el grupo juvenil en el cual se convirtió. De hecho, me separé de ella al ser un satélite de ciertas ideologías las cuales no creo que sean las apropiadas... es decir, ahí adentro soy considerado un fasicsta retrógrado.
En fin, me fuí por las ramas. Reitero mi pregunta: la CEA le puso una mordaza a Aguer cuando fué el aberrante acto de la bonafini o yo no registré lo que dijo?
Mons. Aguer es arzobispo de
Mons. Aguer es arzobispo de La Plata, por lo tanto no tiene jurisdicción en Buenos Aires, la cual corresponde al Card. Bergoglio.
Ok, muchas gracias por la
Ok, muchas gracias por la correción.
en Salta nos gustaría tener
en Salta nos gustaría tener un arzobispo así. Una oveja del pueblo
Si... nunca un obispo así para la zona de Córdoba
es una pena, muchos lo quisiéramos tener... pero habrá que esperar otros tiempos. Bueno, a ver...estoy casi seguro de lo que piensa Mons. Aguer sobre los actos nefastos de la Sra. Bonafini. Ora cosa que es no lo haya hecho público. En parte porque no es su diócesis, pero por otra, porque ya el episcopado, no todo, pero en general,lo tienen fichado desde hace rato, y así como le cortan la trama para la púrpura, no creo que en su espíritu esté el crear más elementos para que lo terminen condenando.
si.. un obispo asi
que pague las fianzas de banqueros acusados de corrupción... CON LOS FONDOS DE LA IGLESA O CON LA FORTUNA PERSONAL???. Por favor, muevanse en la verdad y no en lo que uds les gusta. Aguer es la bonafini de la Iglesia.
Un asunto oscuro
Es evidente que el hecho que Ud. alude es sumamente oscuro. Seguramente tiene que ver con las maniobras político financieras del ex secretario de Estado de Juan Pablo II, el Card. Sodano. Mons. Aguer no tiene fortuna personal ni se pagó nada. Lo grave allí no es el origen del dinero, que nunca se pagó, sino el endoso de la fianza.¿Correspondía negarse? Tal vez, a simple vista uno tiende a creer que eso debió haber hecho y de ser necesario, renunciar. Ahora bien, ¿sabe cuántos obispos han participado por voluntad o forzados, en este tipo de asuntos? Sería injusto decir que Mons. Aguer es un "obispo empresario". Seguramente esto le cabe a otros más de su predilección, que dicho sea de paso, no guardan la integridad de la doctrina. Si lo ve por ese lado, no haga olas...
Enviar un comentario nuevo