Los Genios y la Democracia
Cada vez que se acerca
la temporada de elecciones, me acuerdo de Edgar Allan Poe. El lector
que alguna vez haya revisado las circunstancias de su trágica existencia,
sabrá porqué.
Escribe Flavio Mateos
Cada
vez que se acerca la temporada de elecciones, me acuerdo de Edgar Allan
Poe. El lector que alguna vez haya revisado las circunstancias de su
trágica existencia, sabrá porqué. Su discípulo, Baudelaire, escribió:
“¡Lamentable tragedia
fue la vida de Edgar Poe! ¡Horrible desenlace fue su muerte, cuyo horror
se acrecentó por la indiferencia! De todos los documentos que he leído
resulta para mí la convicción de que los Estados Unidos no fueron
para Poe sino una inmensa prisión, la cual recorría con el frenesí
de un hombre nacido para respirar en un mundo más anormal; y que su
vida interior, espiritual, de poeta, y aún de borracho, sólo era un
esfuerzo perpetuo para escapar de la influencia de aquella atmósfera
antipática. ¡Despiadada dictadura es la de la opinión en las sociedades
democráticas! No imploréis de ella caridad, ni indulgencia ni moderación
alguna en la aplicación de sus leyes en los múltiples y complicados
casos de la vida moral. Diríase que del amor impío de la libertad
ha nacido una nueva tiranía, la tiranía de los animales o zoocracia,
que por su insensibilidad feroz se asemeja al ídolo de Jaggernaut.”
(Edgar A. Poe, su vida y su obra por Charles Baudelaire).
Poe fue el hombre desterrado, irreductible para el pensamiento liberal burgués con que se amasó el país que se llama a sí mismo “América”, fue la primera y más significativa víctima inmolada en el holocausto que Mammón exige cada tanto para cumplir con aquello que explicaba Papini: “Todos los grandes hombres del mundo –las excepciones son tan raras que no cuentan- han sido también grandes infelices; perseguidos y torturados por la miseria, por la desdicha, por el odio, por la enfermedad, por los hombres, por la suerte. El genio se paga perdiendo todo lo demás, o, por lo menos, gran parte de los otros bienes. Poe detenta, entre estos desafortunados, una especie de primado en la desventura. Todo estuvo contra él, incluso antes de nacer y hasta después de la muerte” (Retratos, Edgar Poe, 1908).
Y
así había de ser puesto que estos hombres estaban en este mundo sin
pertenecerle, con la mirada inaprensible convocada por lo absoluto y
la belleza que no son obra del hombre pero que se reflejaban en el fulgor
de sus obras paridas en la mayor oscuridad. Si la sangre de los mártires
es semilla de cristianos, como afirmó Tertuliano, la sangre de poetas
es semilla de poetas y artistas que revivieron –en distintas disciplinas-
la constante histórica. Lo hemos visto de muy distintas formas. Pero
el ejemplo de Poe es muy significativo: a veces la historia se empeña
en suministrar la trama que esclarece el sentido categórico de las
cosas. La democracia liberal ayudó a Poe a dejar este mundo, poco a
poco lo fue hundiendo hasta acabar con él “democráticamente”.
Desde luego, si Poe –como, ahora lo creo, también Van Gogh- se hubiese encontrado con la Iglesia Católica, otro hubiese sido el cantar. Pero esa tierra de desolación, hollada por puritanos y progresistas intolerantes (“Poe consideraba el Progreso, la gran idea moderna, como un éxtasis de papamosca”, nos informa Baudelaire), esa tierra que es un valle de lágrimas que se niega a admitir que lo es, esa tierra que admirablemente suscitó el sentido de la extrañeza y el horror inconmensurable que plasmó en sus inolvidables relatos, esa tierra nunca lo aceptó. Y no lo hizo porque fue un signo de contradicción. Así relata Giovanni Papini, en la obra citada, su final:
“Volvemos a encontrarle, no se sabe cómo, en Baltimore, por la noche, en una taberna, Poe bebe con amigos. Era la víspera de unas elecciones: los licores corrían a cargo de los candidatos. Apenas Poe y sus amigos salieron de la taberna se vieron rodeados por un grupo de hombres misteriosos y encerrados en una habitación de Calvert Street. Poe pasó la noche allí, con fiebre, bebiendo de cuando en cuando de botellas en las que había mezclado opio. A la mañana siguiente, aquellos hombres misteriosos –que eran, simplemente, agentes electorales encargados de emborrachar a la gente y de llevarlos a votar varias veces- tomaron a Poe y a los demás y comenzaron a rodar por los colegios. Poe, idiotizado y enfermo, no se tenía en pie; después de haberle hecho votar dos o tres veces, viendo que estaba enfermo, lo metieron en un carruaje y lo mandaron al hospital Washington. Se encontraba en un estado horrible: zapatos rotos, vestidos desgarrados, cabellos despeinados, voz inarticulada, rostro hinchado. Permaneció casi inconsciente hasta las tres de la mañana. Se despertó con temblores y delirios; daba alaridos, ante seres fantásticos; durante toda la noche llamó a un tal Reynolds. A la mañana siguiente parecía que se había calmado; el domingo por la mañana, a las cinco, expiró. Era el 7 de octubre de 1849. Tenía cuarenta años”.
Poco tiempo antes, en febrero de 1849, Poe publicaba un cuento fantástico y satírico llamado “Mellonta tauta”, “En un futuro próximo”. Allí anticipa, entre otras cosas, los procedimientos electorales de los que iba a ser víctima él mismo. Este largo pasaje explica una realidad que causaba horror a nuestro desventurado genio, y me animo a sospechar que al lector no le costará tender un puente con esta realidad que se cierne ante nosotros y nuestra nauseabunda sociedad, “progresista y democrática”:
“5 de abril.- Me siento casi devorada por el ennui. Pundit es la única persona con quien se puede hablar a bordo; pero el pobrecito no sabe más que de arqueología...Se ha pasado todo el día tratando de convencerme de que los antiguos americanos se gobernaban a sí mismos. ¿Oyó usted alguna vez despropósito semejante? Sostiene que tenían una especie de confederación donde cada persona era un individuo...a la manera de los “perros de las praderas” de que se habla en las fábulas. Dice que partieron de la idea más rara imaginable, a saber, que todos los hombres nacen libres e iguales...y esto en las mismas narices de las leyes de gradación, tan visiblemente impresas en todas las cosas, tanto en el universo moral como en el físico. Todos los hombres “votaban” (así le llamaban), es decir, se mezclaban en los negocios públicos, hasta que se acabó por descubrir que el negocio de todos es el negocio de nadie, y que la “República” (como llamaban a esa cosa absurda) carecía completamente de gobierno.
Se dice, empero, que
la primera circunstancia que perturbó seriamente la autocomplacencia
de los filósofos que habían construido esta “República” fue el
sorprendente descubrimiento de que el sufragio universal se prestaba
a los planes más fraudulentos, por medio de los cuales se obtenía
la cantidad deseada de votos, sin posibilidad de descubrimiento o de
prevención, y que esto podía llevarlo a cabo cualquier partido político
lo bastante vil como para no sentir vergüenza del fraude. La menor
reflexión sobre este descubrimiento bastó para mostrar con toda claridad
que la bellaquería debía predominar; en una palabra, que un
gobierno republicano no podía ser otra cosa que un gobierno
de bellacos. Entonces, mientras los filósofos se ocupaban de ruborizarse
por su estupidez al no haber previsto tan inevitables males, y trataban
de inventar nuevas teorías, la cuestión fue bruscamente resuelta por
un individuo llamado Populacho, quien tomó las cosas por su
cuenta e inició un despotismo frente al cual las tiranías de los fabulosos
Cerones y Heliopávalos resultaban tan respetables como deliciosas.
Este Populacho (un extranjero, dicho sea de paso) parece haber sido el hombre más odioso que haya deshonrado la tierra. De gigantesca estatura, insolente, rapaz, sucio, tenía la hiel de un buey junto con el corazón de una hiena y el cerebro de un pavo real. De todos modos sirvió para algo, como ocurre con las cosas más viles, y enseñó a la humanidad una lección que ésta no habrá de olvidar: la de no correr jamás en sentido contrario a las analogías naturales. En cuanto al republicanismo, imposible encontrarle ninguna analogía en la faz de la tierra, salvo que tomemos como ejemplo a los “perros de las praderas”, excepción que sólo sirve para demostrar, si demuestra algo, que la democracia es una admirable forma de gobierno...para perros”.
(Edgar Allan Poe, Mellonta tauta, fragmento, Narraciones extraordinarias, Círculo de lectores).













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