Cristo reina por presencia o por ausencia
Fiesta de Cristo Rey
En Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos hermanos,
Respondió Jesús a Pilatos: ¡Yo soy Reyó. Rey no solamente de las almas, de las familias, sino también de las naciones. Su Reino no es de este mundo, lo que no significa que no debe existir en este mundo. Nuestro Señor quiere establecer en esta tierra, como preparación a su Reino celestial, su ¡Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, Reino de justicia de amor y de pazó. Este Reino, esta civilización, se llama la Cristiandad. Una nación merece el título de cristiana cuando se somete, en cuanto nación, con todas sus instituciones, a la Ley de Cristo.
Lamentablemente, nuestras naciones no son más cristianas; porque destronaron a Nuestro Señor Jesucristo. Sería la voluntad del pueblo, en realidad es la acción de los que lo pervierten, la que preside hoy en día a su destino. Las instituciones públicas conducen los individuos al infierno y las naciones a su propia destrucción.
Nuestro Señor es Rey de derecho de las naciones por ser Creador y Redentor del hombre (el cual vive en sociedad), y lo es de hecho incluso cuando los gobiernos Lo rechazan. Como dice el Cardenal Pie: ¡Cuando Jesucristo no reina por los efectos benéficos relacionados con su presencia, Jesucristo reina por las calamidades inseparables de su ausencia! Calamidades del materialismo, del liberalismo, del socialismo: niños sin educación, jóvenes sin energía para el bien, adultos irresponsables, profesionales sin conciencia, instituciones incompetentes e ineficaces, autoridades que no están al servicio del bien común, lío generalizado. El bien común de la sociedad es, en primer lugar, el Bien supremo: Dios, con los efectos benéficos relacionados con su presencia: el orden, la paz, la limpieza moral e incluso material, la justicia, la prosperidad económica. Un país cristiano no es un país donde se puede, por tolerancia del Estado, organizar una procesión de Corpus Christi; un país cristiano es un país cuyos gobernantes piden a la Iglesia el favor de acompañar a esta procesión en cuanto gobernantes. ¡Estamos muy lejos de eso!
Los políticos actuales son responsables de la situación de nuestros países y, en su inmensa mayoría, para no decir todos, no quieren que las patrias se sometan al suavísimo y justísimo imperio de Jesucristo y hacen todo para que eso no suceda. Entonces, Jesús reinará, no con su yugo suave, sino con su mano de hierro, por las calamidades inseparables de su ausencia.
En este día de elecciones, queridos hermanos, miles y miles de ovejas argentinas votarán a favor de lobos o lobas, destructores de la civilización cristiana, sean marxistas, sean socialdemócratas o liberales. Por supuesto, es pecado mortal votar por alguien que ni siquiera acepta las leyes naturales elementares y milita a favor del aborto o de las uniones homosexuales.
¡Pero, ¿que podemos hacer para que Nuestro Señor reine un día en nuestra nación?!
Podemos hacer algo, y más grande, de lo que parece. De hecho, ustedes forman parte de esta sociedad; entonces, en esta pequeña porción que ocupan, por muy pequeña que sea: escolar, estudiante, jefe de familia, ama de casa, profesional en tal o cual tarea, ejerciendo una cierta influencia a su alrededor, sean excelentes católicos, de convicción y de vida, de oración y de acción, tanto en privado como en público, sean católicos al ciento por ciento. Que, por lo menos, Nuestro Señor sea Rey en su alma, en su familia, y en el pequeño lugar que ocupen en la sociedad. Será poca cosa, humanamente, pero será muchísimo en el orden divino. ¿Cómo el cristianismo derrumbó al paganismo, sino por la perseverancia en la fe de los mártires, hasta que un emperador, Constantino, se convirtió y apoyó a la Iglesia? ¿Cómo nacieron las civilizaciones cristianas, sino por la tenacidad humilde de pocos sacerdotes y fieles, hasta que se convirtió Clodoveo?
No se trata de un sueño, sino del deber de estado hic et nunc!, ¡aquí y ahora! de cualquier católico y católica. La acción social, política, de un bautizado que tenga determinación es tremenda. La oración humilde, el cumplimiento fiel de la Ley de Nuestro Señor, la fe, la caridad, representan fuerzas muy superiores a las de este mundo que pasará.
Pero hay de usarlas. Si los católicos viven igual a los otros, o son católicos a cincuenta por ciento, ya no queda ninguna esperanza.
No fue por casualidad que Jesús proclamó su realeza tan claramente durante su Pasión. La corona de nuestro Rey es una corona de espinas, su cetro es una Cruz, sus súbditos son Simón el Cirineo, Verónica la valiente, el ladrón arrepentido, Magdalena la Penitente, San Juan el fiel, el centurión convertido, su corte son los ángeles invisibles, nuestra Reina es la humilde y purísima María.
Como dicen los Padres, ¡devictus, vicitó: cuando Jesús fue vencido en la Cruz, en ese mismo momento venció al demonio, al mundo y al pecado.
Es por la Cruz de Nuestro Señor, es por la Santa Misa, es por la fidelidad hasta el heroísmo de los cristianos, como se construye la cristiandad. No existen otros medios. Dice San Juan: ¡La victoria sobre este mundo es nuestra fe!
Ave María Purísima.
En Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.












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