Recuerdos de un Perito del Concilio Vaticano II, parte II

San Basilio, quien a través de sus estudios en Atenas estaba ciertamente familiarizado con la tradición occidental, dice a propósito de las fórmulas de todos los sacramentos, que no habían sido escritas en las bien conocidas sagradas escrituras de los apóstoles y sus sucesores y discípulos, con motivo de la disciplina de secreto que entonces imperaba, por lo cual los más sagrados misterios de la Iglesia no debían estar al alcance de los paganos. Dice expresamente, como todos los testigos del cristianismo que participan de la misma convicción, que además de las enseñanzas escritas que nos fueron entregadas, tenemos otras que in mysteria tradita sunt y que datan de la época de los apóstoles; dice que ambas tienen el mismo valor y que nadie debe contradecir ninguna de las dos.

Por el Cardenal Alfons Ma. Stickler

Santo Tomás dice que las palabras ¬mysterium fidei¬ vienen de tradición divina

La fórmula de consagración del vino y el mysterium fidei

Es pertinente señalar un cambio muy serio en la fórmula de la consagración del vino en la Sangre de Cristo: las palabras Mysterium fidei fueron eliminadas, e insertadas luego como una exclamación en conjunto con el pueblo, todo un golpe para la "actuosa participatio".

¿Qué dice expresamente la investigación histórica que el Concilio ordenó como previa a la realización de cualquier cambio? Que esas palabras datan de las primeras tradiciones de la Iglesia Romana que nos son conocidas, que nos fueron transmitidas por San Pedro. San Basilio, quien a través de sus estudios en Atenas estaba ciertamente familiarizado con la tradición occidental, dice a propósito de las fórmulas de todos los sacramentos, que no habían sido escritas en las bien conocidas sagradas escrituras de los apóstoles y sus sucesores y discípulos, con motivo de la disciplina de secreto que entonces imperaba, por lo cual los más sagrados misterios de la Iglesia no debían estar al alcance de los paganos. Dice expresamente, como todos los testigos del cristianismo que participan de la misma convicción, que además de las enseñanzas escritas que nos fueron entregadas, tenemos otras que in mysteria tradita sunt y que datan de la época de los apóstoles; dice que ambas tienen el mismo valor y que nadie debe contradecir ninguna de las dos. Como un ejemplo, cita expresamente las palabras por las cuales el pan Eucarístico y el Cáliz de Salvación son consagrados. ¿Cuáles de los santos nos las han entregado escritas?

Todos los subsiguientes períodos de la historia testimonian expresamente sobre esta herencia histórica en la fórmula de la Consagración Eucarística: el sacramentario gelasiano –el misal más antiguo de la Iglesia Romana– contiene en el códice vaticano en el texto original las palabras ¬mysterium fidei", y no como una adición posterior.

La gente siempre se ha preguntado sobre el origen de estas palabras. En 1202, Juan, arzobispo emérito de Lyons, preguntó al papa Inocencio III, cuyos conocimientos litúrgicos eran bien conocidos, si uno debía creer que las palabras del canon de la Misa que no provienen de los evangelios fueron transmitidas por Cristo y los apóstoles a sus sucesores. El Papa respondió en una larga carta de Diciembre de ese año que debemos creer que estas palabras que no están en los Evangelios fueron recibidas de Cristo por los apóstoles y de ellos pasaron a sus sucesores. El hecho de que esta decretal (incluida en la colección de cartas decretales de Inocencio III y que fueron compiladas por Raimundo de Peñafort por orden del Papa Gregorio IX) no fuera excluida como lo fueron otras, prueba el prolongado valor otorgado a esta afirmación del gran Papa.

Santo Tomás habla largamente sobre este tema en la Summa Theologiae III, q. 78,art. 3, que trata de las palabras de la consagración del vino. Explicando la arcana necesaria disciplina de la antigua Iglesia, dice que las palabras ¬mysterium fidei¬ vienen de tradición divina, que fue entregada a la Iglesia por los apóstoles, haciendo especial referencia a 1 Cor. 10(11) -23 y a 1 Tim. 3-9. Un comentarista se refiere a DD Gousset en la edición de 1939 de MARIETTI : ¬sarebbe un grandissimo errore sostituire un«altra forma eucharistica a quella del Missale Romano ... di sopprimere ad esempio la parola aeterni e quella mysterium fidei che abbiamo dalla tradizione¬. También el Concilio de Florencia, en la bula de unión con los Jacobitas, añade expresamente la fórmula de la consagración en la Santa Misa, que la iglesia Romana ha usado siempre fundándose en la enseñanza y autoridad de los apóstoles Pedro y Pablo.

Uno se extraña de la manera supremamente desdeñosa con la que el Cardenal Lercaro y el P. Bugnini prescindieron de la obligación de emprender una investigación histórica y teológica detallada en el caso de un cambio tan fundamental. Si semejante cosa tuvo lugar a este respecto, ¿cómo habrán cumplido esta obligación fundamental antes de hacer otros cambios?

La Eucaristía no es sólo el misterio único de nuestra fe, es también un misterio perdurable, del que siempre debemos permanecer conscientes. Nuestra vida eucarística de todos los días requiere un intermediario que abrace completamente este misterio – sobre todo en la edad moderna, en la cual la autonomía y autoglorificación del hombre moderno se resisten a todo concepto que vaya más allá del conocimiento humano, que le recuerde sus limitaciones. Cada concepto teológico se transforma para él en un problema, y la liturgia, especialmente como soporte de la fe, se vuelve permanentemente objeto de desmistificación, esto es, de humanizarla al punto de hacerla absolutamente comprensible. Por esta razón, la desaparición de mysterium fidei de la fórmula eucarística se convierte en un símbolo poderoso de desmitologización, un símbolo de la humanización de lo central del culto divino, la Santa Misa.

Actuosa participatio

Con esto, llegamos a varias falsas interpretaciones -e igualmente falsas implementaciones- de una demanda central de los reformadores: una ferviente, activa participación de los fieles en la celebración de la Misa. El principal propósito de su participación es lo que el Concilio dice expresamente: el culto a la majestad de Dios (esto no excluye la posibilidad de que la participación también sea activada dentro de la comunidad).

Sobre todo, esta actuosa participatio fue solicitada como resultado de la apatía frecuentemente lamentada de los que asistían a misa en el período preconciliar. Si de la misma resulta un hablar y hacer sin fin, que permite a todos volverse activos en forma del bullicio y animación que son propios de toda asamblea humana, hasta los momentos más sagrados del encuentro eucarístico con el Dios-Hombre se transforman en los más hablados y distraídos. El misticismo contemplativo del encuentro con Dios y su culto, sin decir nada de la reverencia que debería acompañarlo, muere instantáneamente: el elemento humano mata al divino, y llena el alma de vacío y desilusión.

El idioma del culto

Aquí se debe mencionar un punto más, un decreto del Concilio no solamente mal entendido sino también completamente negado: el idioma del culto. Estoy muy al tanto de la discusión. Como experto en la comisión para los seminarios, me fue confiada la cuestión de la lengua latina. Demostró ser breve y concisa, y luego de larga discusión se la llevó a una forma que satisfacía los deseos de todos los miembros y estaba lista para ser presentada en el aula Conciliar. Entonces, en una inesperada solemnidad, el Papa Juan XXIII firmó la Carta Apostólica Veterum sobre el altar de San Pedro. De acuerdo a la opinión de la comisión, eso hacía superflua la declaración del Concilio sobre el latín en la Iglesia (en ese documento se pronunció no sólo sobre la relación entre la lengua latina y la liturgia, sino sobre todas sus otras funciones en la vida de la Iglesia.)

Mientras el tema de la lengua de culto era discutida en el aula Conciliar durante varios días, seguí el proceso con gran atención, como también las varias redacciones de la Constitución para la Liturgia hasta la votación final. Aún recuerdo muy bien cómo luego de varias propuestas radicales un obispo siciliano se puso de pie e imploró a los padres que permitieran que la cautela y la razón reinaran en este punto, porque de otro modo habría el peligro de que toda la Misa se celebrara en la lengua del pueblo, lo provocó que toda el aula estallara en sonoras risas.

Por lo tanto, nunca pude comprender cómo el Arzobispo Bugnini pudo escribir, a propósito de la transición radical y completa del latín prescripto al uso exclusivo de la lengua vulgar en el culto, que el Concilio había dicho prácticamente que la lengua vernácula en toda la Misa era una necesidad pastoral (op. cit., pp 108-121; estoy citando del la edición original italiana).

Por el contrario, puedo atestiguar el hecho que, de acuerdo a la redacción de la Constitución Conciliar sobre esta cuestión, tanto en la parte general (art. 36) como en las reglamentaciones especiales para el Sacrificio de la Misa (art. 54) los padres conciliares mantuvieron una acuerdo prácticamente unánime, sobre todo en la votación final: 2152 votos a favor y sólo 4 en contra. En mi investigación para el decreto conciliar sobre el idioma latino, caí en cuenta de la opinión concurrente de la entera tradición: hasta el Papa Juan XXIII, todos los esfuerzos en contrario encontraron una actitud claramente contraria. Consideremos en particular la afirmación del Concilio de Trento, sancionada con anatema, contra Lutero y el Protestantismo, de Pío VI contra el Obispo Ricci y el Sínodo de Pistoya; y del Papa Pío XI, que juzgó el lenguaje de culto de la Iglesia como "non vulgaris ". Y aún esta tradición no es solamente una cuestión de ritual, a pesar de que ése sea el aspecto enfatizado siempre; más bien, es importante porque la lengua latina actúa como una cortina reverente contra la profanación (en lugar de la iconostasis de los orientales, detrás de la cual tiene lugar la anaphora) y por el peligro de que, a través de la lengua vulgar, todo el acto de la Misa pueda ser profanado, como de hecho ocurre hoy en día. La precisión de la lengua latina, además, hace justicia a los contenidos didácticos y doctrinales de la liturgia en forma única, protegiendo la verdad de la ofuscación y la adulteración. Finalmente, la universalidad del latín representa y sostiene la unidad de toda la Iglesia.

Pro multis

Por su importancia práctica, me gustaría adentrarme con ejemplos en las dos razones recién mencionadas. Un buen amigo me hace enviar el Deutsche Tagepost regularmente. Siempre leo la penúltima hoja, en la que el equipo editorial, muy laudablemente, da a los lectores la oportunidad de expresar puntos de vista opuestos en cartas al editor. Una serie continua de dichas cartas se refería en detalle al "pro multis" del texto latino de la consagración y con su traducción como "por todos". Una y otra vez se referían a la filología, la que muchas veces se transforma en el amo en lugar de ser meramente la ayudante de la teología. Monseñor Johannes Wagner dice en su "Liturgiereformerinnerugen" (1993) que los italianos fueron los primeros en introducir esta traducción, a pesar de que él hubiera preferido la traducción literal de "muchos". Desafortunadamente, nunca he visto recurrirse a un argumento de primer orden contenido en el Catecismo Romano Tridentino, que es a la vez teológicamente decisivo y pastoralmente de extrema importancia. Allí la distinción teológica está claramente enfatizada: el "pro omnibus" indica la fuerza que la Redención tiene "para todos". Si uno toma en consideración, de todos modos, el fruto que resulta de esa salvación a los hombres, la Sangre de Cristo no es efectiva para todos, sino más bien para "muchos", esto es, para aquellos que aprovechan sus beneficios. Es correcto entonces aquí no decir para "todos", puesto que en este pasaje se habla solamente de los frutos del sufrimiento de Cristo, que alcanzan sólo a los elegidos. Se puede aquí encontrar aplicación para lo que el apóstol dijo en Heb. 9 : 28, que Cristo se sacrificó una sola vez por los pecados de ¬muchos¬, y la distinción de Cristo mismo : "Oro por ellos; no oro por el mundo, sino por aquellos que Tú me diste, porque te pertenecen". Todas estas palabras de la consagración contienen muchos secretos que los pastores deben reconocer a través del estudio y con la ayuda de Dios.

No es difícil ver aquí verdades pastorales de extraordinaria importancia presentes en los contenidos dogmáticos de la lengua de culto latina, que inconscientemente (o también conscientemente) quedan cubiertos por una traducción impropia.

Una desgracia pastoral. El abandono del latín como lengua del culto.

Una segunda y más grande fuente de desgracia pastoral, nuevamente contra la voluntad explícita del Concilio, resulta de abandonar el latín como lengua de culto. El latín juega un rol de lenguaje universal que unifica el culto público de la Iglesia sin ofender ninguna lengua vernácula.

Reviste mayor importancia hoy, en un tiempo en que el desarrollo del concepto de Iglesia encandila a todo el Pueblo de Dios, del único cuerpo Místico de Cristo, resaltado en otro lugar de la reforma.

Al introducir el uso exclusivo de la lengua vernácula, la reforma deja fuera de la unidad de la Iglesia a varias pequeñas iglesias, separadas y aisladas. ¿Dónde está la posibilidad pastoral para los católicos, a través de todo el mundo, de encontrar su Misa, para vencer diferencias raciales a través de una lengua común de culto, o por lo menos, en un mundo cada vez más pequeño, poder simplemente rezar juntos, como lo pide explícitamente el Concilio ?¿Donde está ahora la factibilidad pastoral de que un sacerdote ejerza el acto más altamente sacerdotal –la Santa Misa–- en todas partes, sobre todo en un mundo donde faltan sacerdotes?

El leccionario de tres años, un crimen contra la naturaleza.

En la Constitución Conciliar no se habla en ninguna parte de la introducción de un leccionario de tres años. A través de esto la comisión de reforma se hizo culpable de un crimen contra la naturaleza. Un simple año calendario hubiera bastado para todos los deseos de cambio. El Concilium pudo haberse mantenido dentro de un ciclo anual, enriqueciendo las lecturas con tantas y tan variadas posibilidades de elección como quisieran sin alterar el curso normal del año. En cambio, fue destruido el viejo orden de lecturas, y fue introducido uno nuevo, con una gran carga y gasto en libros, en los que se podían instalar tantos textos como fuera posible, no solamente del mundo de la Iglesia sino –como se practicó ampliamente– del mundo profano. A parte de las dificultades pastorales por parte de los feligreses para comprender textos que necesitan exégesis especiales, resultó ser una oportunidad –que fue aprovechada– para manipular los textos retenidos con el fin de introducir nuevas verdades en lugar de las viejas. Pasajes pastoralmente impopulares –frecuentemente de significación teológica y moral fundamentales– fueron simplemente eliminados. Un clásico ejemplo es el texto de 1 Cor. 11 :27-29: aquí, en la narración de la institución de la Eucaristía, ha sido dejada fuera continuamente la seria exhortación final sobre las graves consecuencias de recibirla impropiamente, aún en la fiesta de Corpus Christi. La necesidad pastoral de ese texto vista la actual recepción de la comunión sin confesión y sin reverencia es obvia.

Uno no puede sorprenderse cuando descubre que en cada parroquia parece regir un Ordo diferente

Los desatinos que se pueden cometer con las nuevas lecturas, especialmente en sus palabras introductorias y conclusivas, son ejemplificados por la nota de Klaus Gamber al final de la lectura del primer domingo de Cuaresma del Ciclo A, que habla de las consecuencias del Pecado Original : ¬Entonces los ojos de ambos se abrieron y supieron que estaban desnudos¬. Luego de lo cual la gente, ejerciendo su vívida y activa participación debe contestar: ¬Demos gracias a Dios¬.

Yendo más allá, ¿por qué era necesaria la alteración de la secuencia de las fiestas sacras? Si algún cuidado era necesario era aquí, por interés pastoral y conciencia del apego del pueblo a las fiestas de sus Iglesias locales, cuyo desarreglo temporario tenía que tener una muy mala influencia en la piedad popular. Los que implementaron la reforma litúrgica parecen no haber sentido la menor conmiseración con estas consideraciones, a pesar de los artículos 9, 12, 13 y 37 de la Constitución para la liturgia.

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Sentencia de muerte para las melodías gregorianas.

Unas breves palabras deben ser dichas aún sobre las reglamentaciones conciliares sobre música litúrgica. Nuestros reformadores ciertamente no compartían los grandes elogios por el canto gregoriano que expresaban más y más los observadores seculares y los entusiastas. La abolición radical (sobre todo por la creación de nuevas partes corales para la Misa) del Introito, Gradual, Tracto, Alleluia, Ofertorio, Comunión (y esto especialmente como una oración especial de la comunidad), a favor de otras de duración considerablemente mayor, fue una sentencia de muerte silenciosa para las maravillosas y variables melodías gregorianas, con la excepción de las simples melodías del las partes fijas de la Misa, a saber el Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus/ Benedictus, y Agnus Dei, y esto sólo para unas pocas misas. Las instrucciones del Concilio sobre la protección y respaldo a este antiguo canto de la Iglesia se encontraron en la práctica con una epidemia fatal.

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El órgano

El tan apreciado instrumento de la Iglesia, el órgano, experimentó un destino similar con la abundante sustitución de instrumentos, cuya enumeración y caracterización dejaré a vuestra rica experiencia personal, con la única observación de que han preparado el camino para la entrada de elementos diabólicos en la música de la Iglesia.

La "creatividad", otra abierta violación del concilio.

La laxitud permitida para innovar representa un último tema importante en este listado de elementos prácticos de la reforma. Esa laxitud está presente en el Orden de la Misa en su original latino. Entre los varios órdenes nacionales, el Orden Alemán de la Misa sobresale por mostrar muchas más concesiones de este tipo. Prácticamente elimina el estricto, absoluto edicto de art. 22, &3, de la constitución Conciliar, que dice que nadie, ni siquiera un sacerdote, puede de su propia autoridad agregar, saltear o alterar nada. Las violaciones durante todo el proceso de la Misa que están levantándose más y más contra este edicto del Concilio, están siendo la causa de un desorden resonante, que el viejo Ordo Latino, con su tan lamentada rigidez, impidió tan exitosamente. El nuevo garante del orden contribuye así al desorden, y uno no puede, entonces, sorprenderse cuando una y otra vez descubre que en cada parroquia parece regir un Ordo diferente.

Críticas a la reforma

Con eso hemos llegado a las públicas, aunque limitadas, críticas sobre la reforma de la Misa. El propio Arzobispo Bugnini las expone con destacable honestidad en las páginas 108 - 121 de sus memorias de la reforma, sin poder refutarlas. En sus memorias y en las de Monseñor Wagner, la inseguridad del Concilium sobre las reformas que tan apresuradamente llevaron a cabo es obvia. También aparece allí poca sensibilidadhacia las previas investigaciones ¬teológicas, históricas y pastorales¬ ordenadas por el Concilio como necesarias antes de cualquier alteración. Por ejemplo, la experta capacidad de Monseñor Gamber, el historiador de liturgia alemán, fue completamente ignorada. El apuro incomprensible en que se dio forma a la reforma y en que fue hecha obligatoria causó que obispos influyentes que estaban todo menos apegados a la tradición, lo reconsideraran. Un monseñor que había acompañado al Cardenal Döpfner como secretario a Salzburgo para sancionar una resolución de los obispos de habla alemana para la activación del Nuevo Ordo de la misa en sus países me contó que el Cardenal estaba muy reticente en su viaje de retorno a Munich. En ese momento expresó brevemente su miedo de que un asunto pastoral tan delicado hubiera sido tratado con tanto apuro.

Continúa

Ver primera parte


Este ensayo apareció originalmente en Die heilige Liturgie (Steyr, Austria: Ennsthaler Verlag, 1997, Franz Breid ed). La presente es una traducción de la versión en inglés aparecida en diciembre de 1998 en la revista norteamericana "Latin Mass", llevada a cabo por Thomas E. Woods, Jr., a pedido del propio Cardenal Stickler.

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