Primer Domingo de Adviento

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos hermanos,

Las primeras palabras de esta Misa del 1º Domingo del Adviento, que nos hace empezar un nuevo año litúrgico, son una invitación enérgica a la oración: Ad te, Domine, levavi animam mea, a Ti, Señor, elevo mi alma. Pues la oración, como dice santo Tomás, es una elevación de nuestra alma a Dios; una elevación de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad, en la fe y la caridad, hacía nuestro Creador y Redentor. Los sentimientos, la imaginación pueden, a veces, ayudar, pero no son esenciales para rezar. A Ti, Señor, elevo mi alma, Te ofrezco todos mis pensamientos y todo mi amor, y quiero desapegarme de mí mismo y de las cosas de este mundo. Creo, adoro, espero y os amo.

El mundo actual fomenta una continua conspiración contra toda especie de vida interior, de oración, de contemplación, de unión interior con Dios. Hoy en día, las almas, en general, no rezan, no buscan a Dios, no conversan con Él; viven en un torpor espiritual y la disipación. ¡No nos dejemos contaminar!

Nos dice San Pablo en la epístola: “¡Hora es ya de despertar!”.

Hay gente que dice que la oración adormece. En verdad, es lo contrario: la oración verdadera despierta al hombre, lo hace pasar del sueño a la realidad, porque la oración acerca el hombre a Dios y Dios es el Ser supremo, fuente de toda realidad. El hombre sin Dios vive en el sueño, o mejor dicho en la pesadilla, siguiendo las fantasmas de su yo, de sus instintos, de las modas, de las mentiras del mundo. Basta saber lo que “Navidad” significa para la mayoría de nuestros contemporáneos: una fiesta meramente humana y comercial, sin ningún deseo eficaz de conversión.

Y nosotros mismos, queridos hermanos, ¿vivimos en contacto con Dios y entonces en la realidad? ¿El torpor espiritual, la tibieza, no habita más o menos en nuestras almas de fieles, de seminaristas, de religiosos, de sacerdotes?

¡Hora es ya de despertar!” para que aprovechemos realmente los frutos de la Encarnación que se acerca: “Ahora está más cerca nuestra salvación”, dice San Pablo.

Queridos hermanos, hora es ya de rezar, de rezar mejor, como se debe rezar en los tiempos de penitencia y de preparación a una gran Fiesta. El Adviento es un tiempo de oración y de penitencia, de preparación fervorosa a la venida de nuestro Salvador. Y ¿cómo los justos del Antiguo Testamento expresaban sus inmensos deseos de la venida del Mesías sino por una oración ardiente?: “¡Muéstranos, Señor, tu Misericordia y danos tu Salvador!”, “Veni, Domine, et noli tardare: ¡Ven, Señor y no tardes!”, “Domine, converte nos, ostende faciem tuam et salvi erimus, excita, Domine, potentiam tuam, et veni ut salvos facias nos: ¡Oh Señor, conviértenos, muéstranos tu rostro y seremos salvos; muestra, Señor tu poder y ven a salvarnos!”.

La Iglesia no cesará durante el Adviento de repetir esta palabra: ¡VENI, VEN! Y nos invita a que recemos así.

Todas nuestras oraciones, todos nuestros pedidos a Dios deben ser animados por este deseo: que Dios venga a nosotros y que Lo dejemos conducirnos, santificarnos, salvarnos; Venga a nosotros Tu Reino, hágase Tu voluntad.

Y si a menudo nuestras oraciones no son escuchadas es porque, dice santo Tomás: “Mali, mala, male”.

-Mali, somos malos: no tenemos una intención verdaderamente recta, la de seguir la Voluntad de Dios.

-Mala, pedimos cosas que Dios no nos quiere dar; y no pedimos lo que siempre nos dará: la paciencia, la humildad, la santidad.

-Male, eso es: pedimos mal, sin las disposiciones debidas: con perseverancia, confianza, con atención, con amor a Dios y desprecio de nosotros mismos, con humildad y contrición.

Seamos boni, pidiendo bona y bene, seamos verdaderamente buenos, simples, pidiendo bien cosas buenas, útiles para nuestra salvación, como las tres principales figuras del Adviento lo hacían: Isaías, la Santísima Virgen y San Juan Bautista.

En este santo Tiempo del Adviento, sea durante la Santa Misa, sea durante nuestro rosario cotidiano, sea durante la oración en familia o privada, conversemos con Dios con esta disposiciones; entonces, en el día de Navidad, Nuestro Señor llenará con su paz, su gracia y sus dones nuestras almas como el Niño Jesús lo hizo con María, José y los pastores.

Ave María Purísima.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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