Caso Von Wernich: una letal combinación de odio, miedo y estupidez

El temor (¿a sus superiores eclesiásticos?) y la insensatez con citas bíblicas, suscitaron la actuación del Padre von Wernich. No es delito ser insensato o tener miedo, pero a los agentes del odio y a sus sirvientes togados les bastaba eso para llevar adelante su parodia judicial. Debieron probar que mató y torturó o contribuyó a que otros mataran y torturaran, pero no lo probaron de ningún modo.

Por Cosme Beccar Varela
correo@labotellaalmar.com

Odio. Odio injusto, descarado, potente, asesino. Odio que sólo se sacia destruyendo todo lo que odia, y lo que odia no se identifica por culpas personales sino por la mera pertenencia a las clases y grupos odiados.

No interesa probar la autoría de un hecho odioso. Eso es secundario. Apenas cabe cumplir las formalidades que oculten detrás de sus falsos oropeles la hedionda realidad del odio. Odio frío, calculado, decidido, con voluntad de destruir hasta los cimientos y sobre el yermo de la destrucción esparcir sal para que no pueda jamás rebrotar ni siquiera un humilde retoño de la raza odiada.

Odio militante, organizado, apoyado sobre sofismas largamente elaborados que no pretenden convencer sino apenas imponerse por la amenaza y el soborno. Los que concretamente hubieran padecido los agravios con los que el odio se disfraza, son apenas una casualidad, una excusa descartable para disfrazar el odio con los ropajes de la justicia.

Odio que difícilmente refrena su deseo de matar, aniquilar, degradar hasta la nada pero que, por cálculo, intenta convertirse en una plañidera reivindicación de víctimas que en realidad desprecia. Al odio no le importan las víctimas que dice defender, sino las personas que quiere aniquilar. Si le dieran a elegir entre resucitar a las víctimas o aniquilar a quienes odia, elegiría aniquilar a estos y no resucitar a aquellas.

Odio espantoso, odio que mancha a toda la sociedad por su mera existencia, odio inextinguible, que no se satisface con nada más que con la carne y la sangre de quienes odia.


Ante semejante "tsunami" del odio adueñado hoy del poder, de todo el poder, aparece el miedo, el miedo cerval, paralizante, que inspira las sumisiones más abyectas, las cobardías más viles, las traiciones, los abandonos del amigo y del herido, las fugas desesperadas que dejan girones de hombría en las alambradas.

Miedo que inspira todas la felonías, todos los silencios, todas las delaciones, todas las concesiones indignas, todas las renuncias al honor, las degradaciones más despreciables, las pasividades más rendidas.

Miedo que inventa mil astucias para ocultar su repulsivo afeminamiento, miedo que sugiere olvidar todos los promesas, miedo que rompe todas las lealtades, aún las que se deben a Dios, a la Justicia y a la Patria. Miedo maloliente de heces furtivas, miedo que sugiere las agachadas más inesperadas, miedo que se somete al amo temido con un vínculo deleznable, miedo que provoca apostasías y abandonos aún de lo que nunca debería ser abandonado.

* * *

Esta es mi conclusión ante el repugnante espectáculo ofrecido por el linchamiento del Padre von Wernich. Miente quien diga que fue un juicio. Nada lo asemejaba a esa antigua formalidad de la Justicia. Presidían tres individuos llenos de odio al catolicismo y a la Argentina tradicional, paralizados por el miedo a sus instigadores que son los dueños del látigo y de la bolsa, supuestos jueces que nunca consiguieron disimular su odio y su miedo porque no pudieron siquiera acercarse a las apariencias de lo que es un juicio imparcial.

Aquello fue un aquelarre. Una plebe de marxistas llenos de odio los vigilaba desde las tribunas y un Fiscal prevaricador, como si fuera un burócrata que llenaba una planilla y consciente de que mentía, usaba testigos falsos, a sabiendas de que eran falsos, para acusar al sacerdote. Pero el Fiscal temía más de lo que odiaba. Su "sagrada" carrera estaba en juego, sabía que detrás suyo, el espionaje del odio vigilaba cada una de sus palabras y cada uno de sus movimientos.

* * *

Los instigadores del odio contaban también con el odio y el miedo de los periodistas, cronistas y comentadores de los grandes medios de difusión. Ellos son los encargados de pulsar la cuerda de la estupidez generalizada, parte indispensable de esta sinfonía infernal. Los idiotas a una, como un coro siniestro, repetían unánimemente el libreto que les daban los plumíferos y lenguaraces de los medios de difusión.

La prensa en general es un burdo panfleto que difunde a los cuatro vientos la versión del odio y la sugestión del miedo. La gente, incluyendo los "buenos" padres de familia y los "buenos" empleados de oficina y los "buenos" sacerdotes de parroquia y los "buenos" católicos de misa dominical y los "buenos" estudiantes enamorados de su carrera y los "buenos" miembros de las "clases cultas" y los "buenos" enriquecidos que gozan de sus placeres y los "buenos" militares y las "buenas" mujeres que gozan de una fama de virtuosas, todos los "buenos" del país, leían esos panfletos y por miedo a disentir de la opinión general, aunque sospecharan que aquello olía a falso, aceptaban la versión del odio y opinaban de conformidad.

Esa es la estupidez consentida que termina siendo tan malévola como la maldad del odio, porque es su instrumento necesario. Sin ella los fuegos del odio no incendiarían ni los hielos del miedo paralizarían.

La estupidez, sin el más mínimo análisis acepta lo que odio inventa y lo que el miedo sugiere. La estupidez no admite las objeciones del sentido común, no tolera disensiones frente a las consignas del odio, no oye las exhortaciones al coraje de los que comprenden que es necesario resistir a las sugestiones nefastas del odio y del miedo. Cerrada sobre sí misma, la estupidez no quiere pensar, se hace pertinaz, militantemente pertinaz.

Confortada por la unánime estupidez que la rodea se enorgullece de ser parte de la sagrada mayoría. ¡Distinguirse, jamás! La independencia es el vacío, el aislamiento, la muerte del mediocre, que es gregario por definición. La estupidez se abroquela en sí misma, se ensoberbece, exige el reconocimiento y la sumisión de los disidentes que pretendan mantener su lucidez y si no se someten, los rechaza como locos peligrosos. Descalifica a quienes la alertan y desprecia a quienes intentan advertirle las consecuencias de su ceguera. Exige que se la deje marchar a paso firme rumbo al suicidio.

El odio le dicta una consigna que la estupidez acepta: "¡Pide reconciliación!". El odio sabe que con eso desarma la poca combatividad que les quede a los "buenos" y ensancha el espacio del odio para desplegarse desde el poder que detenta. "¡Reconciliémosnos!", propone el cordero a instancias del lobo que sonríe mostrando sus afilados dientes... Y el cordero proclama la reconciliación, mientras el lobo estudia en qué lugar del cuello morderá a su pacífica presa.

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El temor (¿a sus superiores eclesiásticos?) y la insensatez con citas bíblicas, suscitaron la actuación del Padre von Wernich. No es delito ser insensato o tener miedo, pero a los agentes del odio y a sus sirvientes togados les bastaba eso para llevar adelante su parodia judicial. Debieron probar que mató y torturó o contribuyó a que otros mataran y torturaran, pero no lo probaron de ningún modo.

He leído las 113 páginas del pedido de elevación a juicio oral del Fiscal Sergio Franco -que fue el libreto de la parodia judicial- y puedo asegurar, como abogado con casi 50 años de experiencia, que el escrito no es más que un engendro del odio, de una parcialidad enceguecida y que no prueba nada contra el Padre.

No me he informado de la parodia escenificada durante estos meses en La Plata sino muy de vez en cuando. Me daba demasiado asco ver al odio en acción. Pero por los pantallazos de ella que he visto y por su resultado, puede verificarse que se trata de la misma basura jurídica.

Frente a ese despliegue de torpeza y de odio desatado, sólo cabía el rechazo indignado, la tacha de nulidad, la acusación ante Dios y ante la Historia de la iniquidad intentada. Poco de eso se hizo y los sicarios del odio lograron su objetivo frente a una platea nacional de malvados, de cobardes y de idiotas.

Según el viejo adagio jurídico que manda tener por inocente a quien no se le pruebe culpabilidad, estoy autorizado a suponer que el Padre es inocente y sobre todo, a afirmar que jamás violó el secreto de confesión, motivo por el cual sigue incólume el honor de la Iglesia pues jamás se oyó decir que uno de sus sacerdotes lo haya traicionado. Teníamos que llegar a esta Argentina prostituida para que se tratara de deshonrarla también en eso, aunque con las notas de falsedad difamatoria que tiñen el intento, no habrá jamás un solo historiador imparcial que lo tome en serio.

* * *

El temor y la insensatez dictaron la veloz declaración de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, integrada por Monseñores Bergoglio, Radrizzani, Villalba y Fenoy -tan veloz que ni siquiera pudieron esperar a que la inicua sentencia estuviera firme-, que dice así:

"En estos días la Iglesia en la Argentina está conmovida por el dolor que nos causa la participación de un sacerdote en delitos gravísimos, según la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata.

"Creemos que los pasos que la justicia da en el esclarecimiento de estos hechos deben servir para renovar los esfuerzos de todos los ciudadanos en el camino de la reconciliación y son un llamado a alejarnos, tanto de la impunidad como del odio o el rencor.

"Reiteramos, una vez más, lo que expresamos los Obispos argentinos: "Si algún miembro de la Iglesia, cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia" (1). Y también recordamos el pedido de perdón realizado por la Iglesia en el acto de apertura del Encuentro Eucarístico Nacional (Córdoba, 8 de septiembre de 2000).

"Pedimos a Jesús Misericordioso y a nuestra Señora de Luján que nos acompañen en este doloroso camino hacia la reconciliación de todos los argentinos".

La declaración comete las siguientes enormidades: 1) da por sentado que la sentencia es válida y que está firme, sin tomar en cuenta la notoria nulidad del "show" judicial que la precedió; 2) considera al Padre von Wernich como un criminal convicto cuando lo único que se sabe con certeza es que ha sido víctima de un lichamiento político y 3) acusa a la Iglesia de culpas de las que tuvo que pedir perdón, o sea, declara abolido su indeleble caracter de Santa.

De la Declaración en similares términos emitida por la Comisión de Justicia y Paz (podría llamarse mejor, de Injusticia y Odio) presidida por el "tercermundista" Monseñor Casaretto y del lastimoso "arrepentimiento" de Mons. de Elizalde, puede decirse lo mismo. De este último, que tenía comunicación frecuente con el Padre von Wernich, puede agregarse un reproche especial por su doblez. El terror a sus colegas del Episcopado y al gobierno no justifica semejante bajeza.

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Tomen nota los incautos, en especial, los oficiales del Foro de la Fuerza Aerea que recomendaron mediante un comunicado del 4/10/2007 votar por Sobisch, Rodriguez Saa, Lavagna o Carrió, que los tres últimos se sumaron al odio y al fraude judicial diciendo que se alegraban de la condena contra el Padre von Wernich: "Me alegro mucho, muchísimo..."(Carrió). "Uno siente alegría porque hubo una decisión clara..." (Lavagna). "Me parece bien que la Justicia actúe y que los crímenes terminen siendo sancionados" (Rodriguez Saa). ¿Es eso "respeto a la Iglesia, respeto y consideración a las Fuerzas Armadas, Fuerzas de Seguridad", como dice el comunicado de los aeronautas?

* * *

No sé ni puedo saber si en algo falló el Padre von Wernich. Sólo sé que la parodia de juicio y el linchamiento del que fue víctima no prueban nada en su contra y, por lo tanto, veo claramente que la actitud de los Obispos nombrados es escandalosa.

Se ha abierto un ancho cauce al odio contra la Iglesia, con la colaboración de esos prelados. Intentarán ahora suprimir los capellanes de las FFAA y de las FFSS, intentarán separar aún más la Iglesia del Estado e intentarán abolir la vigencia pública de la moral católica, como ya lo hacen con la criminal campaña pro-aborto. Y además -se lo recuerdo a los timoratos integrantes de las FFAA que violan todos los días su juramento de defender la Patria- convertirán a las FFAA en la fuerza pretoriana de la tiranía marxista en gestación.

Al mismo tiempo -y esto se lo advierto a los tontos de todo pelaje- irán suprimiendo las libertades y los derechos individuales, como ya lo hacen en Cuba y en Venezuela, de manera que si piensan salvarse ellos dejando caer a los que resisten, se equivocan de medio a medio: ellos también van a perder esas libertades y esos derechos. El odio que mueve a la secta que nos tiraniza es insaciable y no se detendrá ante ninguna ilegalidad ni ante ningún crimen y no perdonará ni siquiera a los tontos.

La Botella al Mar Nª 814

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Dijo León Ferrari: “Es una especie de favor que me hizo Bergoglio” Desde Venecia, el artista plástico no oculta su satisfacción por el reconocimiento a una obra que aquí despertó la ira de los sectores más reaccionarios: “La Iglesia en la Argentina está tratando de copar la política, dando signos de querer meterse en la política de lleno, lo cual me parece terrible”. Le tendría que dedicar este premio a Bergoglio”, dice por teléfono León Ferrari , desde su cómodo hotel veneciano, con las emociones aún frescas pero a punto de irse a dormir. Lo dice después de haber sido elegido como el mejor artista de la 52ª edición de la Bienal de Venecia. No es que le tenga un aprecio demasiado personal al cardenal porteño: con el placer de la ironía, el artista interpreta el premio que recibió ayer en esa ciudad italiana, nada menos que el León de Oro, como un coletazo más del revuelo que causó su última muestra en el Centro Cultural Recoleta, visitada por más de 30 mil personas y aprovechada por unos pocos para ejercer una forma conocida de patoterismo fundamentalista: la destrucción de lo diferente al propio pensamiento. Lo que suena a Medioevo ocurrió en diciembre de 2004: un grupo de fanáticos religiosos irrumpió en aquella muestra (una monumental retrospectiva que abarcaba 50 años de obra) al grito de ¡Viva Cristo Rey!, y destrozó –literalmente– algunas de las obras de Ferrari. Luego de una polémica con visos irreales, el artista plástico se vio obligado a cerrar su muestra antes de tiempo, considerando que creaba “un clima de tensión que perturba el normal funcionamiento de la institución”. Ahora, algunas de las mismas obras que se salvaron del destrozo son reconocidas a nivel internacional, con una de las distinciones más prestigiosas del mundo del arte. Y, con ellas, vuelve a cobrar voz el trabajo tantas veces silenciado de León Ferrari, responsable de obras como la versión ilustrada del Nunca Más editada por este diario.

“Desde hace dos años no paro de trabajar, estuve en siete bienales”, cuenta ahora Ferrari, emocionado por ganar uno –el más importante– de los cuatro Leones de Oro. El máximo premio de la Bienal fue decidido por un jurado internacional presidido por el español Manuel Borja Villel –director del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona– e integrado por Iwona Blazwick, directora de la Whitechapel Gallery de Londres; Ilaria Bonacossa, conservadora de la Fundación Sandreto Re Rebaudengo de Turín; Abdellah Karroum, comisario independiente afincado entre París y Rabat, y José Roca, director de arte del Banco de la República de Bogotá. Otros premiados fueron la jordana Emily Jacir, seleccionada como mejor artista menor de 40 años, y el estadounidense Benjamin Buchloh, ganador del premio al mejor historiador de arte (la novedad de este año). También se reconoció a la representación de Hungría como mejor pabellón nacional, por un trabajo de investigación fílmico sobre la relación entre cultura y ocio a través de los centros culturales de Budapest realizado por Andreas Fogarasi.

“Hace tiempo que la Argentina no recibe este premio”, rememora Ferrari, quien cuenta que recibió la noticia hace dos días en la ciudad de los canales. En la Bienal –que comenzó el 10 de junio pasado, finaliza el próximo 21 de noviembre, y ya fue visitada por más de 230 mil personas–, Ferrari está presentando una versión reducida de la muestra del escándalo en el Centro Cultural Recoleta. Entre otras obras, están en Italia el famoso Cristo crucificado sobre un caza norteamericano, de 1965 (La civilización occidental y cristiana), los collages trágico-irónicos de las torturas medievales utilizadas por la Inquisición sobre la cabecera de L’Osservatore Romano, una iconografía de los ’80, un trabajo sobre la guerra de Irak, y varias obras alrededor del Nunca Más.

Tres años atrás, la retrospectiva de Ferrari en el Recoleta desató una novela que define cierto estado de cosas en la Argentina. La muestra abarcaba dibujos, grafismos, heliografías, cuadros y esculturas de metal que daban cuenta de cincuenta años de la carrera de Ferrari. Pero toda la atención giró alrededor de sus intervenciones sobre la iconografía cristiana. Primero fueron las amenazas por carta. Luego, las concentraciones de fundamentalistas católicos rezando el rosario ante las exposiciones. Hasta allí, historia conocida para Ferrari. Pero la intolerancia dio un paso más: parte de las obras expuestas fueron destrozadas por un grupo de fanáticos religiosos que irrumpió en la muestra, entre los cuales habrían estado implicados los mellizos Gristelli, alguna vez custodios del ex comisario Miguel Etchecolatz. Ante la demanda interpuesta por una asociación ultracatólica, una jueza mandó a clausurar la muestra y, aunque finalmente la exposición pudo reabrir sus puertas, el propio artista decidió cerrarla días más tarde. En aquella oportunidad, el cardenal Bergoglio dio la voz oficial de la Iglesia: habló de “blasfemia” y de “vergüenza”.

“Es curioso, ¿no?”, reflexiona hoy Ferrari, sin perder el buen humor. “Yo trabajé durante años sin que nadie me diera bola. Por lo general nunca me invitaron a muestras oficiales. Y en los últimos dos años, después de lo que pasó en Buenos Aires, me invitaron a siete bienales, en Alemania, San Pablo, Valencia...”.

–¿Tiene algún agradecimiento en especial, entonces?

–Es una especie de favor que me hizo ese Bergoglio, a quien le tendría que dedicar el premio, que sin duda tiene una figuración política muy grande en este momento. Porque ahora la Iglesia en la Argentina está tratando de copar la política, con los crucifijos de Elisa Carrió, con la (Gabriela) Michetti, con los curas que se meten en las elecciones... Están dando signos fuertes de querer meterse en la política de lleno, lo cual me parece terrible. No me parece terrible la religión: sí me parece terrible que aquellos que ejercen el poder en la Iglesia crean que todos los demás deben obedecer las leyes que ellos imponen.

León Ferrari es un mito viviente en el mundo del arte. Nació en Buenos Aires en 1920. Su padre fue arquitecto y también artista plástico, pero él se formó como autodidacta. Exiliado en 1976, se radicó en San Pablo, Brasil, donde realizó experiencias con diversas técnicas: fotocopia, arte postal, heliografía, microficha, videotexto, libro de artista. En 1991 volvió a vivir en Buenos aires, donde continuó definiendo a la Iglesia Católica a través de su arte, o haciendo pasteles y dibujos sobre lo que Noé Jitrik llama “la arqueología del signo”. Fuera de su labor como plástico, publicó un libro de poemas y numerosos artículos en este diario. En el año 2000 realizó la muestra Infiernos e idolatrías en el Centro Cultural de España, contra las torturas humanas y divinas. En una sala expuso reproducciones de infiernos famosos (Miguel Angel, Giotto, Bosco, etc.) y en otra inventó o copió formas de torturas cristianas, pero aplicándolas a Vírgenes, Sagrados Corazones y santos de yeso. Aunque no llegaron a tanto como en la muestra del Recoleta, en aquella oportunidad también aparecieron grupos católicos que instalaron una suerte de altar en las puertas del centro cultural, y en medio de banderas y estandartes rezaron el rosario y arrojaron basura, pintura y una granada de gases lacrimógenos en el interior del local.

Este ha sido un año con alto contenido político para la Bienal de Venecia, cuya curadoría está a cargo de Robert Storr, catedrático de la Universidad de Yale y vinculado también al MOMA. “Hubo muchas obras con perfil polémico”, cuenta Ferrari. “Una vinculada a los atentados del 11 de septiembre, otra de una muchacha que hizo 3500 retratos de los americanos muertos en Irak, una crítica al capitalismo por parte de un grupo húngaro, y por primera vez Africa tiene una presencia importante en la Bienal”, enumera. De hecho, otras tres obras de fuerte carga política –y situadas en los márgenes del siempre elitista y autorreferencial mercado artístico occidental– fueron premiados en esta bienal.

La obra de la palestina Emily Jacir, ganadora del premio como artista menor de 40 años, hace foco en el poeta y miembro de Al Fatah Wael Zuaiter, abatido a tiros por un comando israelí en Roma el 16 de octubre de 1972, en el marco de las represalias indiscriminadas contra intelectuales palestinos tras los atentados de los Juegos Olímpicos de Munich. La instalación recoge postales, cartas, fotografías, libros, filmaciones y documentos sonoros que en conjunto ofrecen una visión caleidoscópica de la vida personal y la ideología del intelectual palestino exiliado. El búlgaro Nedko Solakov obtuvo una mención de honor por un trabajo que hace pie en la disputa entre Rusia y Bulgaria por la propiedad intelectual del fusil AK-47. Su instalación, que “ha sorprendido al jurado por su contenido”, utilizaba videos, textos, objetos y mapas para explicar, con una aparente objetividad cargada de ironía, la fascinante historia de cómo intentó, infructuosamente, conocer la versión de las dos partes enfrentadas. Y, en la apertura, se le otorgó el León de Oro a la trayectoria a Malick Sidibé, nacido en Mali en 1936, uno de los grandes fotógrafos documentalistas africanos. De allí que la prensa europea esté hablando en este momento, luego de la distinción de Ferrari, de “el triunfo del arte verité”.

Este reconocimiento internacional llega en un momento especial no sólo en la carrera de Ferrari, quien se ríe cuando comenta que hoy “le dan más bola que nunca”, también a pocos días de que la condena al ex capellán de la Policía Bonaerense

Christian Von Wernich, acusado por crímenes de lesa humanidad en el marco del genocidio, diera la vuelta al mundo. Reflexiona Ferrari: “No sé si fue premonitorio a la luz de lo que ahora pasa con Von Wernich, pero mire cómo funciona la Iglesia: la misma Iglesia que funcionaba durante la dictadura, que ni siquiera lo deja afuera a Von Wernich después de haber sido sentenciado a cadena perpetua por su participación en el genocidio. A lo mejor piden perdón dentro de 500 años...”.

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Tres leones (sobre el premio a Leon Ferrari

Primer león: Este primer León es de oro y se entrega en Venecia. Es un reconocimiento que esta ciudad otorga a los artistas más destacados, más talentosos. No cualquiera se gana este León. O hay que tener una gran trayectoria o ser un genio fulminante destinado desde los orígenes a la gloria terrena de las consagraciones tempranas. El que se ganó el León de la 52ª Bienal de Venecia es un viejito encantador, de pelo blanco y largo que le cae sobre las orejas, cubriéndoselas. Sonríe feliz. Dice que este León, el de la Bienal, se lo ganó gracias a un cardenal argentino que se mete en política con total desparpajo, Bergoglio. Sucede que el señor de ochenta y cuatro años que se ganó el León hizo –un par de años atrás– una exposición de sus obras en Buenos Aires, ciudad de la que es oriundo. El cardenal Bergoglio enfureció y habló de “blasfemia”, de “vergüenza”. Incluso una señora que suele usar una cruz insoslayable colgando de su cuello, y que es candidata a la presidencia del país durante los días que corren, abjuró –con tanta fuerza como Bergoglio– de la exposición del viejito de pelo blanco y rebelde. Dijo, patéticamente, que lamentaba que esa exposición se hiciera tan cerca de la capilla en que ella iba a rezar. Todo esto causó hilaridad y hasta arrancó carcajadas a nuestro talentoso, querible viejito. Todos esos cavernícolas le estaban haciendo un favor. Miles y más que miles de personas fueron a ver su exposición. Nuestro viejito (que tiene el alma de un potro indomeñable) se llama León Ferrari y es nuestro segundo León.

Segundo león: León Ferrari es un artista obstinado. No ha cedido nunca, no ha dado un solo paso atrás en sus convicciones. En 1965 –plena guerra de Vietnam– agarró un Cristo y lo incrustó en un caza norteamericano. El Crucificado –símbolo de la civilización occidental y cristiana que Estados Unidos decía defender del “marxismo ateo” en las selvas del Vietcong– estaba clavado a las bombas del caza. ¿Qué lectura tenía eso? ¿Era el caza “americano” la nueva Cruz en que se inmolaba el torturado Redentor? ¿O era una bomba más que caería sobre sus enemigos con las otras bombas? ¿O era la enseña, la bandera de Occidente? Ni Ferrari podría darnos la respuesta dado que una obra (una gran obra) va más allá de su creador, es una máquina de generar interpretaciones. León sonríe y dice que Bergoglio le hizo un favor. Los que prohíben tornan cautivante lo prohibido. Siempre les sale el tiro por la culata. Pero León señala peligros de hoy, denuncia a esta Iglesia de Bergoglio y a sus aliados: “La Iglesia en la Argentina está tratando de copar la política con los crucifijos de Carrió, con la Michetti, con los curas que se meten en las elecciones (...) No me parece terrible la religión: sí me parece terrible que aquellos que ejercen el poder en la Iglesia crean que todos los demás deben obedecer las leyes que ellos imponen”.

Esto no es nuevo: la Iglesia siempre ha ejercido poder sobre su grey. El poder de los pastores (el poder pastoral) se ejerció desde muy temprano. El cristiano iba al confesionario y –por medio de la confesión– le entregaba su “alma”, es decir, su subjetividad, al pastor, que, de este modo, lo sujetaba. Este poder pastoral tiene su cosificación estamental en la Iglesia. En el Estado Eclesiástico. Ese Estado habrá de llegar por fin a decretar quiénes son cristianos y quiénes herejes. Esta es la historia del Occidente cristiano que se expresa hoy en los cazas siglo XXI que amenazan arrojar bombas nucleares, que amenazan con el Apocalipsis.

Esa Iglesia que señala a los herejes tendrá para ellos castigos muy duros. ¿No murió torturado el Redentor? ¿Por qué no torturar entonces a quienes descreen de El, ofendiéndolo? ¿Por qué no torturar a quienes no obedecen a la Iglesia que expresa el cuerpo del Redentor y su alma? Los orígenes de la Inquisición se remontan al siglo XII “pero ésta no recibió su constitución sino a fines del siglo XIII” (María Clara Lucchetti

Bingemer, Violencia y religión, La Crujía Ediciones, Buenos Aires, 2007, p. 159). Así, en 1199, Inocencio III declara “criminal” al “pecado de herejía”. El IV Concilio de Letrán eleva toda la paranoia represiva a la categoría de Ley de la Iglesia. Acompañándola de la justificación, de la necesariedad de la investigación (Inquisición) que no deberá depender de ninguna denuncia, de ninguna voz acusatoria. Bastará con la acusación de la Iglesia. Se suceden los amos supremos del Poder, los reyes. Luis VIII (1226), Federico II (introduce el castigo de la hoguera), Gregorio IX (confirma la muerte en la hoguera), el Concilio de Tolosa (1229) consagra a los jueces sacerdotales a la misión de inquirir a los herejes y llevarlos ante el Tribunal de la Iglesia, Gregorio IX (en 1231) prohíbe (prohibir es una de las palabras que más expresan la función del poder pastoral: prohibir y castigar la violación de lo prohibido) la sepultura para los herejes. Con Inocencio IV se autoriza la tortura durante el interrogatorio (la cual, desde luego, llevaba largo tiempo ejecutándose, ¿por qué no torturar a un hereje, a un sin Dios, si el mismísimo Dios había sido torturado en la carnalidad del Hijo?) La obra que lleva a cabo la Inquisición expresa una tarea que comparte con el Estado. Iglesia y Estado imponen el régimen de sometimiento y tortura del poder pastoral. (Al estar ligado el orden social a la Fe era ésta la que daba cohesión práctica, religiosa e ideológica a la sociedad. “La herejía aparece, entonces, como amenazadora de este orden social. La Cristiandad se levanta contra esta amenaza” (Lucchetti Bingemer, ob. cit., p. 161). Además, la Cristiandad tiene cómo dominar a los no-herejes: los torna ovejas sometidas a los poderes de los pastores de la fe. ¿Qué daño puede causar una simple, estúpida oveja al Poder Terrenal del Dios inquisitorial? “Entre todas las civilizaciones, la del Occidente cristiano fue (...) una de las más sangrientas. Fue en todo caso una de las que desplegaron las mayores violencias. Pero al mismo tiempo (...) el hombre occidental aprendió durante milenios lo que ningún griego, a no dudar, jamás habría estado dispuesto a admitir: aprendió a considerarse una oveja entre las ovejas” (Michel Foucault, Seguridad, territorio, población, FCE, Buenos Aires, 2006, p. 159. Obviamente mis referencias al “poder pastoral” tienen su fuente en Foucault).

He aquí la historia que narra la obra implacable de León Ferrari: el Torturado de la Cruz es la excusa que tiene el caza norteamericano para arrojar sus bombas. Por otra parte, el cristianismo occidental sigue incurriendo en la tortura de modo cada vez más impúdico. Durante estos días el Ministerio de Defensa británico ha sido acusado de torturas. Testigos que han visto cadáveres de iraquíes “afirman haber visto heridas sospechosas en varios cadáveres, desde genitales mutilados a ojos fuera de las órbitas y síntomas de ahorcamiento” (Página/12, 19/12/2007).

Tercer león: “Hay que tener presente (escribe León Rozitchner) que la imagen del crucificado fue primero la aterrorizadora amenaza de la dominación romana en cada sujeto vivo. A esa imagen se le agrega ahora, en nosotros, la del desaparecido, encapuchado, torturado y asesinado por nuestros militares, héroes convocados otra vez por la figura de la madre Virgen, santa generala de las fuerzas armadas, apoyados por la Iglesia que, coherente, santificó la tortura nueva sobre el fondo de la tortura antigua” (León Rozitchner, La cosa y la cruz, cristianismo y capitalismo, Losada, 1996, Buenos Aires, ps. 21/22). Triste y peligrosamente coinciden aquí la figura del cardenal Jorge Bergoglio, que ve montoneros por todas partes y, sobre todo, en los estamentos del actual gobierno, y la del siniestro capellán de la Policía Bonaerense Christian von Wernich que, en el marco de un genocidio, participó de sus torturas y dio consuelo divino a los torturadores

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Aquella muestra de León Por Sandra Russo Lo vi hace poco, en el Teatro Alvear. Con Boy Olmi estábamos conduciendo la entrega de los premios Cultura Nación, que distinguió este primer año la trayectoria de veinte grandes nombres de la música y las artes plásticas. Antes de que se abriera el telón los premiados posaban para los fotógrafos. Era una fotografía fuerte. No voy a dar la lista porque es antinarrativo, pero diré: entre ellos estaba León Ferrari.

No lo conozco personalmente; hemos intercambiado un par de mails y escribí muchas notas sobre él y su obra cuando su muestra en el Recoleta fue censurada por presión de un grupo ultracatólico. Quiero recuperar, de aquella época, una anécdota que en su momento quedó sin escribir, y que a León probablemente va a interesarle. Creo que va a causarle gracia.

Mi ayudante en el taller de texto breve, Christian Rodríguez, es un pibe muy curioso intelectualmente, y avanza sin contradicciones sobre territorios que a mí me parecen muchas veces extraños, pero el impulso de la comunicación es misterioso y a veces provoca dislates como éste. Chris es gay y tiene un blog muy visitado que se llama putoyaparte. El tema del momento era la clausura de la muestra de León Ferrari en el Recoleta. En un bar, Chris se puso a leer el correo de lectores de La Nación. Era una carta que apoyaba la clausura, con el argumento de que se trataba de una ofensa a la Iglesia Católica, y esgrimía que la libertad artística no puede expenderse más allá de los límites del respeto a la Iglesia. Firmaba un hombre, y abajo estaba su dirección de mail. Chris tomó nota, y cuando llegó a su casa le escribió un correo a ese lector de La Nación, interpelándolo por las falacias de sus argumentos. Chris cuando escribe se entusiasma, y escribió largo y denso. Muy poco después recibió la respuesta, larga y densa, de parte del lector de La Nación.

Fue una chispa que se encendió de pronto. Un correo largo y denso se sumó a otro y a otro, y el día siguiente los entretuvo a los dos en un interminable ida y vuelta de posiciones aparentemente irreconciliables. Pero hay un detalle que todavía no conté y que es relevante para entender lo bizarro de la escena de estos dos tipos escribiéndose correos furiosos y a la vez invitándose a salir del presunto error respectivo.

El lector de La Nación resultó ser un cura (que no había firmado como cura), y no uno cualquiera: era miembro activo del grupo ultracatólico que había presentado la demanda ante la Justicia para que la muestra de León Ferrari fuera clausurada (eso la carta de lectores tampoco lo decía).

Así que lo que tenemos es a un gay y a un cura, después de haberse escrito sin parar algunos días, sentados en un bar de Palermo para tomar un café. No tengo dudas de qué hacía Chris allí: antropología. Quería ver cómo es la cara de alguien que, cultísimo y especializado en arte bizantino, era capaz de sostener que la Iglesia Católica debe seguir tutelando las conciencias de cristianos y no cristianos. Quería confrontar personalmente. No es peronista, pero es incorregible.

Por correo, el cura había insistido en que la muestra de Ferrari era un delito porque ofendía a la Virgen, y le decía que ya había abierto causas en lo civil y en lo penal. Chris le contestaba: “La denuncia penal y la civil son ridículas y van a terminar en la nada, porque te guste o no, la ‘blasfemia’ es una figura religiosa, no jurídica. Lo mismo ocurre con la ofensa. Y encima en este caso es la ofensa a una iconografía. Si yo mañana construyo una religión alrededor de un cacho de queso de rallar y te encuentro a vos un día rallando queso encima de tus spaghetti, ¿me tengo que sentir blasfemado? ¿Debería iniciarte una causa civil o penal?”.

El cura lector de La Nación no había ido al bar, en cambio, para ver cómo es la cara de un gay. Había ido a evangelizar. Comenzó piadoso: la Iglesia no expulsa a los homosexuales. Los recibe en su seno. Son personas que no pueden controlar ciertos aspectos de sus vidas y sienten una aberrante inclinación hacia personas de su mismo sexo. No pronunció la palabra “enfermedad” por delicadeza, pero sí expuso la condición: el celibato. Un homosexual célibe es perfectamente apto para integrar la grey.

Cuando finalmente la muestra fue levantada, se terminó el clima cordial de la relación, que había seguido unos días más por correo. Chris terminó tratándolo de energúmeno, y el cura decretándolo irrecuperable. Sin embargo, poco después, por lo jugoso y rabioso de esos correos, Chris le pidió permiso para editarlos y subirlos a su blog. El cura no se opuso. Y allí están, pero ahora con León Ferrari diciendo lo que quiere decir muy lejos, en el país en el que está enclavado el Vaticano.

A mí siempre me llamó la atención León Ferrari, pero más allá de su obra. Lo vi hace poco, decía, en el Alvear, y recuerdo que cuando lo veía recibir su premio y ser aplaudido de pie, pensaba “puta, qué lindo viejo”, porque Ferrari, a sus 84 años, es lo que tantos aspiramos a ser alguna vez. Viejos pero como él, con su sonrisa divertida por los escándalos que arma, con su energía disponible para seguir creando y creyendo en las cosas que creyó siempre. Un tipo con vida vivida, ideas pensadas, obra hecha, mente abierta, ganas. El premio de Venecia fue para León Ferrari. León Ferrari es el premio que nos sacamos nosotros

No entiende nada de la situación de la Iglesia

Mire, decirle esto es avivar giles, pero Ud.de la situación de la Iglesia no entiende nada. No pegó una en sus juicios. Además de que León Ferrari es un payaso que frie santitos en una cacerola y nos quiere convencer de que es un artista.

Peor para Ud. Si quiere se anticlerical, agnostico o anticatólico, por lo menos sea serio...

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