Sobre la verdadera devoción a la Santísima Virgen
Tal vez es lo más
difícil. Tener una devoción a María que venza las caídas y supere
las mudanzas de nuestra sensibilidad. ¡Cuántos cristianos y cristianas
se quitaron su escapulario, no llegaron a cumplir los cinco sábados,
no rezan el rosario todos los días, por cualquier pretexto.
Realmente es cosa muy edificante ver a un cristiano diciendo en una
determinada situación: “Discúlpeme, pero tengo que rezar mi rosario”.
No piensa: “lo rezaré después o mañana”, sino “hoy, ahora”.
Es como San Expedito que aplastó al cuervo que le decía acerca de
la fecha de su bautismo: “Cras, mañana”. Lo aplastó diciendo:
“Hodie, hoy”.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos hermanos,
Este Domingo está en medio de dos fiestas de Nuestra Señora: la de su Asunción y la de su Inmaculado Corazón. Por eso, hablaré hoy de la Santísima Virgen, más concretamente de las condiciones de la verdadera devoción a la María Santísima.
Según San Luís María, son cinco condiciones:
Estas cinco condiciones se aplican a la devoción mariana en general y a cada una en particular, sea el santo Rosario, el escapulario, la devoción al Corazón Inmaculado, la entera consagración a María, etc.
La verdadera devoción a la Madre de Jesús y Madre nuestra debe ser:
Interior, tierna, santa, constante y desinteresada.
INTERIOR: Es decir “parte del espíritu y del corazón, proviene de la estima que se hace de la Santísima Virgen, de la alta idea que se ha formado de sus grandezas, y del amor que se le tiene”. Y nuestro amor a la Virgen depende del conocimiento que tenemos sobre Ella. Cuanto más La conoceremos, más La amaremos verdadera, profunda y no superficialmente. Por eso, es importante que ahondemos este conocimiento con buenas lecturas (San Alfonso de Ligorio, San Bernardo, San L Mª Grignon de Montfort…) y también pidiéndolo a Nuestra Señora: “Santísima Virgen, haz que yo sepa mejor quién eres”. En verdad, María es un gran misterio, el de la Madre de Dios… “Quae est Ista?”, pregunta tres veces la Sagrada Escritura… Signum mágnum: la grande Señal en el cielo, coronada de estrellas, revestida con el sol y la luna bajo sus pies. Misterio también de su corredención, de su unión tan dolorosa con la Pasión de Nuestro Señor, por amor a nosotros…
TIERNA: Es decir “llena de confianza, como de un niño en su buena madre; sepamos recurrir a Ella con mucha simplicidad, confianza y ternura. Nunca La importunamos; está siempre dispuesta a ayudarnos, si nuestro corazón es recto y tiene buena voluntad. En todo tiempo, en todo lugar, en toda cosa, en nuestras dudas, extravíos, tentaciones, debilidades, caídas, desalientos, escrúpulos, cruces, trabajos y reveses de la vida. En todos nuestros males de cuerpo y de espíritu”, la Virgen María es nuestro recurso siempre listo, como la mejor de las madres, para consolarnos. “¡Pero, padre, no sé rezar!” – “Dile a Ella: Madre mía no soy capaz rezar… y acabarás haciendo una oración, muy simple, y esta oración, con toda certeza, no quedará sin respuesta”.
SANTA: Es decir que si nuestra devoción a Nuestra Señora es verdadera, “llevará nuestra alma a evitar el pecado y a imitar sus virtudes: su humildad, su fe, su pureza, su caridad, su dulzura, su sabiduría. No se trata de decir que sólo un santo puede tener devoción a María, sino que un verdadero progreso espiritual va necesariamente con la verdadera devoción a nuestra Madre. ¿Cómo a la vez seguir al demonio y venerar a Aquella que aplastó la cabeza del demonio? Es imposible. Quien se entrega con confianza, simplicidad y constancia a María se santificará y se salvará.
CONSTANTE: Tal vez es lo más difícil. Tener una devoción a María que venza las caídas y supere las mudanzas de nuestra sensibilidad. ¡Cuántos cristianos y cristianas se quitaron su escapulario, no llegaron a cumplir los cinco sábados, no rezan el rosario todos los días, por cualquier pretexto. Realmente es cosa muy edificante ver a un cristiano diciendo en una determinada situación: “Discúlpeme, pero tengo que rezar mi rosario”. No piensa: “lo rezaré después o mañana”, sino “hoy, ahora”. Es como San Expedito que aplastó al cuervo que le decía acerca de la fecha de su bautismo: “Cras, mañana”. Lo aplastó diciendo: “Hodie, hoy”. Queridos hermanos, un “después” siempre tiene un después que acaba por ser un nunca, mientras que “ahora” es siempre ahora. Nuestra Señora merece esta santa energía, porque nunca deja de querernos bien, cada día, cada hora y a cada momento.
DESINTERESADA: Tal vez es la característica más hermosa de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. Consiste en “servir a nuestra Madre y Reina únicamente porque merece ser servida y Dios solo en Ella; servir y amar a María porque ES MARÍA, porque es amable y muy amable”. Es amada por Jesús, Dios y hombre, que la llama: “Madre”; es venerada por los ángeles, es la tota pulchra, toda Bella (“tan Bella que se quiere morir para verla otra vez”, decía Santa Bernardita), es la Reina del Cielo y de la tierra y, yo, ¿no la serviré, no tendré devoción a la obra maestra de Dios, a María?
¡Si! Que nuestro amor a Nuestra Señora no sea falso o imperfecto o de pacotilla, sino verdadero esto es: interior, tierno, santo, constante y desinteresado.
Ave
María Purísima
En
el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.












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