No Habrá Restauración de la Ciudad Católica sin una Verdadera Restauración del Culto y de la Piedad

No habrá restauración de la ciudad católica sin una verdadera restauración del culto y de la piedad

Muchos lectores nos han manifestado su grave preocupación por la actual degradación de la piedad y del culto entre los fieles católicos. Hemos juzgado conveniente atender a estas peticiones, reemplazando durante los próximos meses la serie apologética "La razón de nuestra fe" por esta "Historia de la piedad cristiana". Nuestro propósito es el siguiente: buscar en la Revelación y en el pasado histórico de la Iglesia los elementos de una verdadera restauración del culto y de la piedad cristiana. Recibiremos con mucho gusto todas las sugestiones sobre el particular. El decaimiento de la piedad y del culto es sin duda uno de los aspectos más graves y más apremiantes de la crisis actual del mundo y de la Iglesia.

La piedad de nuestros primeros padres.

Cuando en el principio creó Dios el cielo y la tierra, hizo también al hombre a su imagen y semejanza. Y la Sagrada Escritura nos enseña que cada tarde paseaba el Señor en el paraíso, conversando cariñosamente con Adan y Eva : ¡Admirable amistad entre el Creador del Universo, eterno, infinito y todopoderoso, y sus diminutas creaturas tan frágiles como la flor del campo! Toda la piedad y todo el culto consistían entonces en este intercambio de amor y de amistad : Dios les colmaba de beneficios, y ellos le rendían el homenaje de su gratitud y fidelidad, con suma reverencia y adoración. Entonces no existía en el mundo ni dolor ni sufrimiento, ni pecado ni muerte, sino que todo era una impecable sinfonía de amor y de alabanzas de las creaturas a su Creador.

El pecado de nuestros primeros padres fue ante todo una horrible ingratitud, infidelidad y traición de la amistad. Fue también una grave desobediencia, una muestra de soberbia, e incluso una especie de idolatría. Porque abandonando a su Dios de quien todo lo habían recibido, Adán y su compañera empezaron a adorar sacrílegamente a su propio "yo" y al demonio mentiroso y cruel. El amor infinito de Dios se había puesto al servicio del hombre para colmarle de beneficios, no pidiéndole más a cambio que su amor y su piedad. Pero el hombre prefirió su propia independencia y traicionó la amistad divina.

Del pecado original a la impiedad moderna.

Esta historia sigue con plena actualidad. El pecado de Adán y Eva se ha transmitido de padres a hijos, corrompiendo todo el linaje humano en lo más profundo de su alma. ¡Cuán parecida es la situación actual con la de aquellos tiempos! La impiedad ha extendido su triste sombra entre los mismos cristianos. ¿Dónde está la reverencia de Dios, la obediencia a sus preceptos, la fidelidad a su amistad? En la mayoría de los hogares, la "ventanilla del diablo" ha reemplazado a la imagen sagrada del Salvador. Y ya no se reúnen cada día los miembros de la familia para manifestar su amor a Jesús y a María, sino para llenar sus ojos y sus corazones de imágenes corruptoras y de pésimos ejemplos de soberbia y de impiedad. Pequeños y grandes se acostumbran así a vivir todos los días de su vida sin pensar casi nunca en su Creador y Señor.

Y al olvidarse de su Creador, el hombre se olvida también de sus santas leyes. Así es como los mandamientos de Dios han sido sustituidos en gran parte por los masónicos derechos del hombre. ¡Y si al menos se tratara de los derechos verdaderos! Pero no, el derecho a llevar una vida digna está siendo pisoteado, el derecho de los padres a educar cristianamente a sus hijos no existe más, y los derechos más perversos son los que más se ensalzan : derecho a la inmoralidad sexual y a la corrupción de los pequeños, derecho a romper los lazos sagrados del matrimonio, derecho a la blasfemia y a todos los cultos más impíos, incluyendo al satanismo. Y es muy de temer que pronto pase a ser una realidad en nuestro país, como en otros países, el derecho al aborto y el derecho a la eutanasia.

Otra consecuencia del olvido de Dios es la inseguridad creciente, verdadera plaga de nuestra sociedad moderna. Porque en todas las épocas fue esta una ley constante : donde no hay temor de Dios, no existe la seguridad de poder conservar en paz sus bienes y su vida. (Cfr. Gen. 20,11).

La causa principal de estos males es la degradación del culto de Dios.

Dios es la fuente de todos los bienes, y por ese motivo el culto de Dios y la piedad que le manifestamos es la primera de nuestras obligaciones. Es también la condición imprescindible de nuestra felicidad, "así en el Cielo como en la tierra" como rezamos en el Pater. Esta verdad es muy poco comprendida en nuestros días, muchos haciendo el siguiente falso razonamiento : Dios no necesita de nosotros, y nuestro culto o nuestros sacrificios no le son de ninguna utilidad … en cambio muchos hombres necesitan de nuestra ayuda. Por lo tanto es mucho más importante dedicarse a las obras de caridad que preocuparse de la religión. El error es evidente : claro que Dios no necesita de nosotros, ¡pero nosotros sí que necesitamos de El! Y la finalidad del culto no es la utilidad de Dios sino su gloria y la utilidad del hombre. O sea : hacer que Dios sea conocido y amado por todos los hombres, que todos se acuerden de El y vivan en su presencia, y que todos lo glorifiquen en sus obras y observen sus santas leyes. ¿Hay acaso algo más necesario y más útil para el hombre? Por el culto y la oración conseguimos la gracia de Dios y sus beneficios para el tiempo y la eternidad : ¿Hay algo más grande y más importante para nosotros?

Organizar el culto y fomentar la piedad es el oficio propio de los sacerdotes, y es también su grave responsabilidad, como lo dice Dios, quejándose: "El hijo honra a su padre y el siervo a su señor. Si pues yo soy padre, ¿dónde está mi honor? y si yo soy Señor, dónde está mi temor? dice el Señor de los ejércitos. A vosotros, oh sacerdotes, que despreciáis mi nombre y decís : ¿en qué hemos despreciado tu nombre? Ofreceís sobre mi altar un pan manchado y decís : ¿en qué te hemos manchado?... Mi voluntad no está hacia vosotros, dice el Señor de los ejércitos, y no recibiré ningún presente de vuestra mano." (Mal. 1,6).

En busca del remedio

Gracias a Dios, existen todavía sacerdotes fieles que se esfuerzan en glorificar a Dios y hacer conocer su ley. Y muchos son los fieles católicos que sufren por la situación actual y anhelan con todas sus fuerzas una reconstrucción de la ciudad católica sobre sus bases verdaderas y eternas. Por eso nos hemos determinado a empezar esta serie de artículos sobre la piedad cristiana, buscando en la Historia Sagrada y en la historia de la Iglesia el remedio contra tantos males. Nosotros sabemos que el mundo no tiene y no tendrá jamás otro salvador que Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Hijo de Dios, quien se encarnó hace exactamente 2000 años y murió por nosotros en la Cruz. El es el restaurador de la amistad perdida con el Creador, y el iniciador del culto perfecto en espíritu y en verdad. Nuestra "Historia de la piedad" no será por lo tanto pura historia. A través de la historia pretendemos en efecto buscar los elementos de una verdadera restauración de nuestra vida personal, familiar y social sobre su eje y fundamento : la piedad personal y la liturgia pública por las cuales el alma recobra la amistad divina perdida, se une con su Dios y se dispone a recibir sus gracias en el tiempo y en la eternidad. Dios quiera que podamos contribuir así según nuestras posibilidades a la restauración de la santidad del culto, fuente necesaria de la más auténtica piedad. No habrá nunca otra base firme y estable para la prosperidad y felicidad de los pueblos.

"Al Rey de los siglos inmortal e invisible, el único Dios, sea honor y gloria por lo siglos de los siglos. Amén". (I Tim. 1,17).