El culto Divino y las Riquezas

Templos, ornamentos, vasos sagrados.

El culto Divino y las Riquezas

El templo de Salomón

El rey Salomón, hijo de David, emprendió la construcción del templo hacia el año 1015 antes de Cristo. Todo se hizo según lo que Dios había prescrito, y todo se hizo con increíble riqueza y munificencia. Se usaron los mejores cedros del Líbano, y todo el interior del templo fue tapizado con oro purísimo (III R 6,20). Imágenes de ángeles y palmeras esculpidas adornaban también el templo y el piso estaba igualmente cubierto de oro. Para la consagración del templo se sacrificaron 22.000 bueyes y 120.000 ovejas, en un derroche de holocaustos en honor del Dios de Israel, el cual bendijo a su pueblo con manifiestas señales de su presencia (III R 8, 10 y 63). El templo fue desde entonces el orgullo del pueblo judío y el lugar donde sus oraciones y sacrificios eran aceptados por Dios.

El "escándalo" de las riquezas de la Iglesia

Una de las críticas más comunes contra la Iglesia consiste en echarle en cara sus riquezas: edificios de culto suntuosos, ornamentos, cálices de oro, obras de arte de gran valor, etc. ¿Por qué no se vende todo aquello para ayudar a los pobres? Podríamos contestar que el fruto de esta venta una vez repartido sería de muy poco provecho para ellos, y en cambio se habría dilapidado para siempre el patrimonio más hermoso de la humanidad. Pero aquí no está la cuestión. Los que así hablan en contra de la Iglesia y de sus "riquezas" muestran su falta de fe y de sabiduría verdadera. Porque si sabemos que existe un Dios todopoderoso, creador, que tiene en sus manos la suerte de todos los pobres y ricos de la tierra, sabemos también que este Dios puede enriquecer a quien quiere y empobrecer a quien le gusta, para el tiempo y para la eternidad. Existe por lo tanto un tesoro que está infinitamente por encima de todos los tesoros de la tierra: Dios. Y este tesoro se posee por el conocimiento y el amor cuya manifestación exterior se llama: el culto.

Todo para Dios

Está claro que Dios no necesita de las cosas materiales ni del culto que le rendimos. Nuestros sacrificios no le son de ninguna utilidad y nuestras blasfemias no le traen ningún perjuicio. Dios no precisa de nada pero hay algo que desea y exige de nosotros sin perdón posible: nuestro amor, que es la condición necesaria de nuestra eterna felicidad.

El que ama a Dios lo posee, y el que lo ama con perseverancia hasta la muerte lo poseerá eternamente en este derroche de felicidad que se llama vida eterna. "Todo para Dios", tal es la divisa del cristiano y la razón verdadera del culto y de las famosas "riquezas de la Iglesia". Ahora bien, el hombre está hecho de tal manera que necesita manifestar exteriormente su amor, y si no lo hace, éste se marchita rápidamente y desaparece.

Tal manifestación debe ser además pública y oficial, porque el hombre es social por naturaleza, y reputa de poca importancia todo lo que no afecta la vida pública. La evolución actual de las cosas da, en esto como en lo demás, toda la razón a la doctrina tradicional de la Iglesia: la laicización de los Estados conduce irremediablemente al desprecio de la religión y al indiferentismo religioso, y de allí por supuesto a toda clase de corrupciones.

Nacimiento y beneficios de la liturgia católica

La Iglesia siempre tuvo clara conciencia de estas verdades, y apenas le fue posible, salió de las catacumbas a la conquista del mundo, dedicando hermosos templos al culto divino de Nuestro Señor Jesucristo. Los príncipes cristianos gustaban de asistir a las ceremonias de la Iglesia a la cabeza de sus pueblos, y querían enriquecer estos templos con magníficos presentes. ¡Cuántas obras de arte nacieron en estos siglos de fe, obras que son ahora la admiración de los hombres, incluso de los no creyentes! Inmensas catedrales, hermosas iglesias, esculturas, conventos, sin olvidar todos estos cantos y melodías sagrados inspirados por el divino amor, todo era fruto del amor a Nuestro Señor Jesucristo, y todo se hacía para solemnizar el culto alrededor de la celebración del santo Sacrificio. La liturgia romana fue durante 20 siglos la principal educadora de los pueblos de occidente, elevando sus almas por encima de las realidades terrestres, e introduciéndolas en el mundo de lo sobrenatural: escuela de oración, de silencio, de contemplación, pero también de respeto a las personas, de humildad, de caridad, y de todas las virtudes.

Deterioro y desacralización en nuestros días

Cada vez son más numerosos los fieles, sacerdotes, incluyendo algunos cardenales, que cuestionan la reforma litúrgica llevada a cabo en los últimos cuarenta años. Los frutos no han sido los esperados. La vulgaridad y la desacralización en los cantos, en los ritos, en los ornamentos, se ha generalizado, llegando en muchos lugares hasta el sacrilegio. Pero lo más grave es sin duda que la gloria de Dios, fin principal de la liturgia, ha sido desplazada por el culto del hombre y el cuidado de sus intereses temporales.

¡Lejos de nosotros desentendernos de la suerte material de los pobres! Nadie, ningún gobierno o asociación internacional hizo nunca jamás algo comparable en magnitud a lo que hizo la Iglesia católica durante 20 siglos en beneficio de los pobres: cubrió el mundo con sus escuelas, hospitales, hospicios, y otras innumerables obras de caridad. Y suscitó además numerosas congregaciones de religiosos y religiosas enteramente consagradas a dichas obras y muy en especial al servicio de los pobres. Pero eso sí: tenía sumo cuidado de que cada uno de estos hospitales, colegios, etc., se edificara alrededor de la capilla y del altar, y procuraba también que en el corazón de cada ciudad o pueblo dominara siempre la iglesia catedral o parroquial. Porque la obra principal de la Iglesia a favor de los pobres, la que supera infinitamente a todas las demás, es ésta: proporcionar a los pueblos hermosos templos, reunir allí a los cristianos, muy cerca del altar, y ofrecer para ellos en este altar el gran Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, fuente de todas las bendiciones. Allí es donde aprendieron ricos y pobres a cumplir con las obligaciones de la justicia y de la caridad, sin las cuales no habrá jamás paz y felicidad en esta pobre tierra.

Digamos por lo tanto como el sacerdote en la misa: ¡amé, Señor, la hermosura de tu casa, y el lugar donde habita tu gloria! (Salmo 25,6). Y trabajemos con todas nuestras fuerzas para que la casa de Dios sea cada vez más una casa de oración y de santidad.

La Piedad de la Magdalena

"María Magdalena tomó una libra de perfume de nardo auténtico, de gran precio, y derramólo sobre los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos … y se llenó la casa de la fragancia del perfume. Por lo cual Judas Iscariote, uno de sus discípulos, aquel que le había de entregar, dijo: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios, para limosna de los pobres? Esto dijo no porque él pasase algún cuidado por los pobres… sino porque era ladrón y, teniendo la bolsa, hurtaba el dinero que había en ella. Pero Jesús respondió: Déjala. Lo ha guardado para el día de mi sepultura." (Jn 12,3-7). Demasiados son los cristianos que imitan en nuestros días la mezquindad del traidor. Procuremos nosotros imitar más bien la generosidad y la piedad de la Magdalena.