El Celo por la Gloria de Dios
El Celo por la Gloria de Dios
Abraham, Moisés, David.
La piedad cristiana conoce en nuestros días una crisis tal vez sin precedentes en la historia: seminarios vacíos, iglesias abandonadas, ceremonias sin fervor, angustia de muchas almas que tienen el sentimiento de que algo debe de haberse roto en los lazos que unían el hombre a Dios. Este drama no es de una región o de un país, sino que afecta a todos los países católicos ( ¡o antiguamente católicos!). En esta serie Historia de la piedad cristiana buscaremos descubrir principalmente dos cosas: primera cuál es la causa de tan grande y tan universal desastre. Segunda, cuáles son los remedios.
La fe de Abraham
Entre todos los patriarcas destaca la figura admirable de Abraham, quien por su fe y su piedad mereció ser el padre del pueblo escogido. Abraham creyó en Dios y esto le fue reputado por justicia (Gen. 15,6). La grandeza de su fe aparecerá mejor si hacemos una doble consideración. Primero vivía en medio de un pueblo idólatra en el cual la noción del Dios verdadero y único, Creador de todo el universo había casi desaparecido. Por eso Dios lo mandó salir de su tierra y de su parentela para ser luego el restaurador del culto verdadero y de una religión pura, exenta de error y agradable al Señor. Segundo, debemos considerar cómo Abraham mantuvo su fe y obediencia a Dios durante toda su vida, a pesar de múltiples tribulaciones. Su mayor tristeza era el ver que pasaban los años y que él y su mujer Sara habían alcanzado ya una edad avanzada sin tener ninguna descendencia. ¿Cómo interpretar entonces la promesa divina de que sería padre de un pueblo inmenso? Y sin embargo Abraham no vaciló en su fe, sabiendo que para Dios no hay nada imposible. Y sabiendo que Aquel que hizo todas las estrellas del firmamento a partir de nada, bien podría sacar hijos de Abraham de las piedras del camino, si fuera necesario (Mt 3,9). ¡Ojalá tuviéramos nosotros la misma fe en Dios y en sus promesas para la Iglesia!
El sacrificio de Abraham
Modelo de nuestra piedad, Abraham lo es sobre todo por su sacrificio. Estaba este hombre justo acostumbrado a ofrecer a Dios sacrificios con lo más precioso de su ganado y de sus bienes. Pero cuál no fue su estupor cuando Dios le pidió el sacrificio de su propio hijo Isaac: Toma tu hijo unigénito, el que amas, Isaac, y vete a la tierra de la visión, y allí lo ofrecerás en holocausto sobre el monte que te enseñaré (Gen 22,2). A pesar de su espanto y de su dolor, se puso enseguida en camino para cumplir con lo ordenado, y sólo la voz del ángel pudo detener su mano cuando iba a sacrificar a Isaac. Abraham mereció así escuchar estas palabras que debieron ser para él de inmenso consuelo: Ahora sé que temes a Dios... te bendeciré y multiplicaré tu raza más que las estrellas del cielo, y como la arena que está en la orilla del mar… tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos, y en tu descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra (Gen 22, 12-18). La obediencia de Abraham fue muy agradable a Dios y es para nosotros el ejemplo más perfecto de lo que debe ser nuestra piedad: no la simple recitación más o menos distraída de algunas oraciones, sino un ofrecimiento perfecto de todo lo que somos y poseemos para no tener otro cuidado que el de cumplir siempre y en todas partes la voluntad de Dios.
La religión de Abraham es la religión cristiana
Debemos hacer aquí una aclaración muy importante. Por su fe Abraham mereció ser padre del pueblo de Israel, pero mucho más aún padre del pueblo cristiano. Es más: al rechazar el Mesías que Abraham esperaba con todas las fuerzas de su alma, los judíos no cristianos perdieron la fe de su padre y se separaron de él. No existe una religión de Abraham contrapuesta a la religión cristiana, sino que existe una sola religión: la religión divinamente revelada, comenzada en Abraham y en el pueblo de Israel, y luego llevada a su perfección por Nuestro Señor Jesucristo y la Iglesia. Esto es lo que San Pablo intentó vanamente hacer comprender a los judíos de su tiempo (Gal 3, 1 a 7). Si Abraham fue su padre según la carne, es padre de los cristianos según el espíritu. En efecto la piedad y obediencia que manifestó él en su toda su vida y singularmente en su sacrificio, es esta misma piedad que Jesús crucificado nos enseñó ofreciendo su vida a su Padre. Es también la piedad de todos los mártires cristianos y de millones de vírgenes y almas santas que despreciaron el mundo y las creaturas y hasta su propia vida por amor del Creador. Y es la piedad de todos los santos repitiendo después de su Maestro amado: mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre. De manera que los verdaderos hijos de Abraham son los cristianos que imitan su fe, estando como él siempre dispuestos a ofrecerse enteramente a su Dios y Señor.
El celo de Moisés
Estos mismos sentimientos ardían en el pecho de todos los grandes hombres de la Historia Sagrada, y los hacían invencibles contra sus enemigos. Moisés, puesto por Dios a la cabeza del pueblo de Israel, lo llevó con extraordinarios prodigios desde la esclavitud de Egipto hasta la tierra prometida. Pero ¡cuán grande era su celo por el culto de Dios y la observancia de todas las ceremonias prescritas! Se llenó de ira contra los israelitas al ver que adoraban a un miserable becerro de oro, y rompiendo las tablas de la ley hizo matar a 23.000 hombres (Ex 32, 19-29). Su piedad se encuentra muy bien expresada en el cántico que enseñó a los israelitas antes de morir (Deut 32). Toda su vida es el eco fiel y la observancia perfecta de la ley santa que recibió del Señor y que empezaba con estas palabras: Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud. No tendrás otro Dios delante de Mí... (Ex 20,1).
La bondad de David
El santo rey David brilló por su sabiduría, su bondad, su paciencia, su humildad y otras muchas virtudes que hacen de él un hombre verdaderamente evangélico, y una figura admirable del mismo Salvador. Pero por encima de todo ello, David era un hombre profundamente religioso, y nos dejó más de cien salmos que alimentan desde entonces la piedad de todos los fieles. David era un hombre sencillo y lleno de fe. El día de la entrada solemne del Arca de Dios, bailó con todas sus fuerzas y con toda su alma delante del Arca, vestido con la humilde vestidura sacerdotal. ¡Qué glorioso se mostró hoy el rey de Israel, vestido como un bufón! le dijo su mujer Michol, hija de Saul. La respuesta de David nos revela toda la grandeza de su alma y nos permitirá sacar luego la mejor conclusión de estas consideraciones sobre la fe de los patriarcas: Ante el Señor que me eligió, prefiriéndome a tu padre y a toda su casa, y que me mandó ser jefe del pueblo del Señor en Israel, bailé y bailaré y me haré despreciable y vil más de lo que hice, y seré siempre humilde a mis propios ojos (IR 6,21). David no pudo construir el templo de Dios como lo hubiera deseado, pero sí preparó con suma diligencia todos los materiales necesarios para que lo construyera su hijo Salomón.
¡Bienaventurado el hombre que teme al Señor!
De estas lecciones de la historia y de la Revelación podemos sacar una conclusión importante para nuestro propósito: El hombre no es nunca tan grande ni tan poderoso como cuando se humilla delante de su Dios, dándole el debido homenaje de su culto y sumisión. Entonces Dios lo hace vencedor de todos sus enemigos y le abre los tesoros de su misericordia:
Bienaventurado el varón que no tomó parte en el consejo de los impíos, ni siguió el camino de los pecadores, ni se sentó en la cátedra de pestilencia… antes pone su complacencia en la ley del Señor, y sobre ella medita día y noche.
Y es como el árbol plantado al lado de la corriente de las aguas, que da su fruto a su debido tiempo… su follaje no se marchita, y todo lo que emprende avanza prósperamente (Salmo 1, 1-3).
Pero hay otra conclusión que nos parece de mayor importancia aún: el Dios de Abraham, de Moisés y de David, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, se nos manifiesta como un Dios celoso de su gloria. Exige con todo rigor que se lo sirva a El solo, con exclusión de cualquier otro dios, religión o culto. Animados con este celo, Moisés y David lucharon toda su vida y con todas sus fuerzas contra el error religioso y contra el culto de los ídolos, cumpliendo así con el primer mandamiento de la ley y mereciendo las bendiciones divinas. Si es así, ¿dónde está en nuestros días el celo por la gloria de Dios? ¿Dónde está la lucha contra el error y la defensa del culto católico? Y si dicen que la ley antigua ha sido cambiada en este punto, ¿cuándo y por quién lo ha sido?












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