De San Juan Crisóstomo a un Católico Esclarecido

Atiende, te pido, a que estos conservan la fe infusa por el bautismo (es harto difícil perderla y requiere un acto voluntario de apostasía, formaliter, como dirá unos siglos después que yo Tomás, el de Aquino). Muchas veces estos que tildas de enemigos porque parecen impermeables a tus lances doctrinales, anhelan de ti una palabra de esclarecimiento dicha con dulzura, medida, de ser posible oportuna (a ti te encanta que sea inoportuna); muchas veces un paciente trabajo de acompañamiento y amistosa tutoría de los progresos en su comprensión, conforme a la ley suprema de la Iglesia que es salvar las almas.

Escribe M.A.G.

Mirad que os envío como corderos entre lobos. Sed pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas.
(Mt. 10,16ss)

Estimado hijo,

Espantado estuviera, si espantarme me fuese posible, al ver a cuantos pecados ha llegado el mundo en ese tu siglo XXI. El cual nunca pensé la historia humana conocería, dados los abismos de maldad en los que se ha venido sumiendo.

Más puesto que en ese tu siglo has de vivir y trabajar por la Gloria de Dios, porque en él Dios te quiere, he decidido enviarte la presente con algunas consideraciones sobre textos que Nuestro Señor nos dejó para los tiempos de tribulación en esa vida terrenal, a fin de que nos sirvan de faro para la razón y auxilio para la voluntad.

Una primera consideración que has de tener en cuenta será: no te dejes espantar por el poder de que gozan los malvados. Ni porque las fuerzas y potestades civiles y aún algunas eclesiásticas se muestren casi unánimemente adversas a nuestra santa religión. Desde siempre ha querido Nuestro Señor enviarnos como corderos entre lobos a dar testimonio de la Fe, así como El mismo lo hizo frente a fariseos y escribas Y si esta concisa expresión ?como corderos entre lobos? no fuese suficientemente temible como para espantarnos, nos advirtió luego con otras palabras tan tremendas que sorprende que los Apóstoles y discípulos allí presentes no huyeran despavoridos al recibir semejante mandato.

En segundo término debes recordar que al decirles tales palabras ha llegado el momento de decirles los males que a ellos mismos habían de venirles, no sólo los que poco después sucederían, sino también los de tiempos muy posteriores, por ejemplo el tuyo, con lo que muy de antemano los preparaba a ellos y al resto de la Iglesia para la guerra contra el diablo. En esa guerra estás tú ahora empeñado, de modo que no te dejes tentar por la inclinación a quejarte lloriconamente, o a vivir ilusionado en que otro hubiese sido el cantar de haberte tocado vivir en la plenitud de los tiempos cristianos... y otras fantasías a las que se aferran los que no quieren realmente dar el Buen Combate como hombres, sino más bien murmurar como comadres en el café de la vuelta respecto a lo mal están todas las cosas, medir escotes y largo de faldas y establecer rankings de ortodoxia.

Recuerda también, y es la tercera consideración, que si tales mandamientos como los que Nuestro Señor impuso a sus discípulos son bastantes a turbar aun a las almas grandes y elevadas, ¿cómo no habrían de espantar a la tuya, y aún a la mía en los tiempos en que vivía en ese valle de lágrimas? No debe este temor avergonzarte. No creas que te culpo por tus cautelas y aún por tu desánimo, en tanto estos efectos sean sensibles y pasajeros, y tribulaciones que templen tu espíritu, como el acero de la espada en el fuego se templa para resistir el embate en la batalla. Más me preocupa el comprobar estos estados de ánimo como fruto de una cierta presunción y altivez con la que pavoneas ante otros y ante ti mismo ?puesto que tienes la gracia de conservar la fe integra y estar esclarecido en ciertos puntos de la doctrina? actuando como si estuvieses confirmado en gracia y exento de caer, como tantos otros han caído.

Y me preocupa también cierto amargo fervor contra los enemigos de la fe, a los que no siempre sabes distinguir bien y muchas veces confundes con los que han caído en el marasmo de las pasiones o en las tinieblas de la ignorancia, o están atenazados por escrúpulos y confusiones. Atiende, te pido, a que estos conservan la fe infusa por el bautismo (es harto difícil perderla y requiere un acto voluntario de apostasía, formaliter, como dirá unos siglos después que yo Tomás, el de Aquino). Muchas veces estos que tildas de enemigos porque parecen impermeables a tus lances doctrinales, anhelan de ti una palabra de esclarecimiento dicha con dulzura, medida, de ser posible oportuna (a ti te encanta que sea inoportuna); muchas veces un paciente trabajo de acompañamiento y amistosa tutoría de los progresos en su comprensión, conforme a la ley suprema de la Iglesia que es salvar las almas.

Nada de esto te es extraño, pues conoces bien ?puedo presumir? las obras de misericordia materiales y espirituales, solo que las tienes un poco en el olvido. O temes demasiado enlodarte la mano que tiendieses a quien deberías auxiliar... De modo que más seguro te resulta decir, como solían hacer con los leprosos de los tiempos de Nuestro Señor, "mantenéos alejados, impuros, puesto que no quiero contaminarme yo". Muchos santos que median entre mi tiempo y el tuyo (algunos me espían sobre el hombro mientras escribo estas líneas) han llegado a la gloria en la que nos encontramos, curando y besando la llagas purulentas, materiales y espirituales y derramando el bálsamo de la caridad sobre los corazones de estos por cuya conversión ruegas sinceramente al rezar el Santo Rosario.

Mi cuarta consideración es esta: toda presunción conduce, si no se remedia a tiempo, a la desesperación. Fíjate que poco después de advertir a sus discípulos que los enviaba como corderos entre lobos, les manda ser ingenuos como palomas, y prudentes como serpientes.

Y ¿que querrá decir el Señor con esta frase enigmática, en apariencia contradictoria o impracticable? Nunca lo sabrás si no la ahondas en toda la profundidad de su sentido por la meditación, la oración y particularmente por la obra apostólica.

No sólo manda el Señor a sus discípulos que tengan mansedumbre de ovejas, sino también sencillez de palomas porque ?parece decirles? quiere señaladamente hacer muestra de su poder en que las ovejas venzan a los lobos; en que, estando ellas en medio de los lobos, y no obstante sus infinitas dentelladas, no sólo no acaben con ellas, sino que sean ellas más bien las que conviertan a los lobos. Más maravilloso, mayor hazaña que matarlos, es hacerles cambiar de sentir, transformar enteramente su alma. Y eso que los apóstoles no eran más de doce y los lobos llenaban la tierra entera.

De modo que, cuando sientas la tentación de lanzarte sobre los lobos con ansias de lobo, debes avergonzarte. Avergoncémonos los que hacemos esto, ?has de repetirte? los que atacamos como lobos a nuestros enemigos. Porque mientras somos ovejas, vencemos; aun cuando nos rodeen por todas partes manadas de lobos, los superamos y dominamos. Pero si nos hacemos lobos, quedamos derrotados, pues nos falta al punto mismo la ayuda del Pastor. Como quiera que Él apacienta ovejas y no lobos, te abandona y se aleja de ti, pues no le permites que muestre su poder. Si, cuando se te hace un daño, tú muestras mansedumbre, a Él se atribuye todo el triunfo; pero si tú también acometes y descargas puñetazos, echas una sombra sobre la victoria.

Mi consideración quinta es esta: De ahí que no nos mandó el Señor que seamos sólo sencillos e ingenuos, ni sólo prudentes. Para que haya virtud, quiso que una y otra cosa fueran a la par. Y para que no recibamos golpe en los puntos mortales tomó de la serpiente la prudencia. De allí que hagas muy bien en cultivar y profundizar en las verdades de la Fe y en las enseñanzas de la Iglesia, pues tu esclarecimiento doctrinal te protege de caer en errores y enredos en los que sutilmente tantos caen hoy en día. He ahí la esencia de la prudencia serpentil a la que Nuestro Señor nos llama. ¿Y la sencillez, de la paloma? Para que no nos venguemos de los que nos agravian, ni busquemos daño a quienes nos arman sus asechanzas. Si esta sencillez no se le añade, ¿para qué sirve la prudencia sino para ser uno más, batallando según las argucias del mundo y movidos por nuestro propio orgullo?

Yo no os permito ni siquiera que os irritéis, nos ordena el Señor, pues tal es la naturaleza de la paloma. Podrás decir que este mandato es como si uno mandara echar una caña seca en el fuego y mandara que no se quemara la caña, sino que apagara ella el fuego. Sin embargo, no te acongojes. Lo que el Señor predijo, sucedió; lo que mandó, fue cumplido y se mostró en las obras mismas. Nadie tenga, pues, por imposibles estos mandamientos. Mejor que nadie sabe el Señor mismo la naturaleza de las cosas, y sabe perfectamente que la insolencia es fuego que no se extingue con otra insolencia, sino con la mansedumbre.

Finalmente, y para no fatigar tu espíritu con más consejos de los necesarios te ruego consideres tu propia condición, tu flaqueza, tu ignorancia. (Pues me queda claro que consideras diariamente la condición, flaqueza e ignorancia del resto de los fieles de la Iglesia de Cristo, lo cual si haces por virtud o mala inclinación no me meto aquí a juzgar). Y sumando ambas consideraciones verás qué poco eres no ya solo ante Dios, sin frente a los poderosos del mundo, tanto tú como los otros que denuestas.

A tal extremo que no puedes, ni siquiera te atreves muchas veces, a emprender aun la más pequeña acción práctica en defensa de la Fe. Eres un fiel esclarecido, pero no obras de modo tal que cubras tu brecha, por modesta que sea, en el frente de batalla. Y cuanto más alta sea la voz de tu murmuración contra aquel que cayó herido o se enlodó en el combate por la mayor gloria de Dios, cuanto más te ensañes con las flaquezas y desaciertos de los que dan la pelea, o sus defectos (aquello que a ti te parece les falta para ser perfectos, y quizás sí les falte, porque tienes buen ojo para ver defectos ajenos); cuanto más hables en contra de los que pelean el Buen Combate, menos fuerzas y tiempo tendrás para pelearlo tú mismo y más amargo sabor tendrán tus palabras para ti y para los que te escuchan... Y más cerca estarás del abismo de la desesperación.

¿Cuál es, pues, el verdadero consuelo en medio de todos estos trabajos? El poder de quien nos envía. De ahí que el Señor mismo, eso puso delante de todo: He aquí que yo os envío (que en mi lengua natal, el griego, se dice apostello y de allí viene la palabra apóstol). Esto basta para tu consuelo, esto basta para que tengas confianza y no temas a los que atacan a los discípulos de Cristo. Y para que cumplas el mandato de ir y predicar, a Cristo en vez de quedarte sentado en el café de la esquina esperando que los descarriados vengan y admitan que tienes razón en las cosas que dices respecto de Cristo.

Con mi bendición paternal

Juan Crisóstomo
Al. Boca de Oro
Padre de la Iglesia