Respuesta a un amigo ¿sedevacantista?

Cada vez ando más preocupado con las opiniones que se emiten públicamente sobre B. XVI. Hay que tener mucho cuidado, mucho cuidado. Sólo opinar en público es ponerse "por encima", y eso no puede agradar al Señor. Creo que las posibilidades son claras: transmitir lo que enseña como Papa o callarse. Con permiso del autor de la carta publicamos una respuesta que consideramos puede tener interés para otros lectores.

 

Carta recibida:

Apreciado Marcelo:

Cada vez ando más preocupado con las opiniones que se emiten públicamente sobre B. XVI. Hay que tener mucho cuidado, mucho cuidado. Sólo opinar en público es ponerse "por encima", y eso no puede agradar al Señor. Creo que las posibilidades son claras: transmitir lo que enseña como Papa o callarse.

Yo dudo que él sea el Papa, como creo que te he dicho, pero cuanto opino lo hago en silencio, a mis amigos, a los cercanos, a los que no se quedan con ideas de autoridad, o difundidas, sino con mis opiniones. Y les advierto tan solo: cuidado con quien va vestido de oveja (recuerda lo del palio, esta vez con lana pura).

Pero lo que importa es el Señor, si se complace o no con nuestra labor. Por eso, en atención a dos pasajes que me he encontrado en los profetas, respecto a los hombres revestidos del orden sagrado, mejor guardar silencio. No sobre las opiniones o cosas que digan: separar, separar, separar. Que quede lejos una cosa de otra. Y nunca ni de lejos algo que se parezca a que nos ponemos por encima de ellos, a que olvidamos que están investidos de un poder de lo alto. ¡Cuidado, cuidado! El maligno puede usar nuestros oficios bienintencionados.

¿Aún me tienes presente en tus oraciones?

Saludos

Alejandro

Respuesta:

Estimado amigo Alejandro,

Entiendo que te mueve a enviarme este amable mensaje algunos de los algunos editoriales de Panorama, en los que se hacen comentarios sobre el Magisterio papal y las opiniones personales de los papas en cuanto doctores privados. Tal vez me equivoque, pero asumo ser estas las “opiniones” a las que aludes con delicadeza.

Partamos de dos puntos de disidencia.

1) Tu dudas de que Benedicto XVI sea el Papa, lo cual te pondría técnicamente en una postura “sedevacantista”, o al menos en la consideración de adoptarla. Yo estoy completamente seguro de que es el Sumo Pontífice porque el Conclave primero y la Iglesia universal luego lo han aceptado como tal.

2) Tú dices que, aunque dudes de que sea el Papa, no has de publicar tu pensamiento sino ente amigos que considerarán ponderadamente tus opiniones. Yo, que no dudo en absoluto que sea el Papa, creo que hay que decir todo aquello que contribuya a esclarecer la enorme confusión que campea en la Iglesia. Al menos a plantearse los interrogantes.

Coincidimos en la consideración de lo espantoso que es la confusión y el escándalo. Solo que tú crees que esto se puede evitar callando y yo creo que se puede aliviar hablando. Porque la a la situación actual de la Iglesia se ha llegado por callar y se está saliendo solo allí donde se habla, con ponderación, desde nuestra humilde posición de fieles bautizados, pero ejerciendo también los derechos de fieles: derecho a que no nos escamoteen la verdad ni nos priven de los instrumentos de la gracia.

Coincidimos en que ni tú, ni yo ni nadie puede ponerse "por encima del Papa". Y a pesar de que no les temes a los argumentos de autoridad, pareces caer en la trampa de uno de los más frecuentes: la figura del Papa es indiscutible.

Parece bueno volver a los viejos tiempos cristianos, donde no solo se discutía con el Papa como príncipe y como doctor privado y hasta como pecador, recordándole –cuando era necesario- que no debía imitar a Pedro en ese punto particular que ha sido la negación de Cristo, no una sino tres veces. De un Pedro que ha recibido la reprimenda de Cristo: “Apártate de mí, Satanás”. Un Pedro que, según la tradición, llevaba indelebles en el rostro los surcos de sus lágrimas de arrepentimiento.

Todo esto es bueno recordar, prosternados frente al Vicario de Cristo y besando la orla de su hábito blanco.

Estoy seguro de que has leído las cartas de Santa Catalina de Siena a los papas de Avignon. Les habla en términos duros. Ellos consideran su seguridad y su conveniencia política antes que la salvación de las almas.

Sobre papas que han sostenido doctrinas erróneas, vamos nomás al Concilio de Jerusalén y veremos a Pedro, de nuevo, a favor de los judaizantes, amonestado por Pablo (¡un ex perseguidor de la Iglesia!) que con mejor doctrina le reconviene su error. ¿Hablaría Pedro como doctor privado al insistir en la necesidad de la circuncisión de los gentiles? No hay duda, pues de otro modo no habría podido equivocarse.

Veamos ahora que Pedro tenía una gran ventaja: Cristo a sus espaldas. Y los papas subsiguientes están cada vez más lejos de Cristo, cronológicamente hablando. Pero, sin embargo tienen los papas modernos una ventaja: están sentados sobre los hombros de Pedro, y de todos los Pedros que los precedieron. De modo que muchas, muchísimas cuestiones de la Revelación han sido explicitadas y definidas. Buena parte del trabajo doctrinal está hecho. Y Cristo sigue estando, místicamente, a sus espaldas.

A pesar de ello a veces anteponen su pensamiento a aquellas verdades que han sido llamados a custodiar. Pierden la confianza en la eficacia de su potestad de Vicarios de Cristo y la fuerza que los sostiene a la hora de ejercer su función de Pastores Supremos. Temen hablar al mundo como Cristo. Ceden ante el lobby del mundo. O caen fascinados por algunas de sus ideas. Y luego espasmódicamente reaccionan, poniendo en el cadalso las consecuencias de aquellas causas a las que habían levantado altares. ¿No fue Pío IX un liberal convencido hasta que vio ante sus ojos las consecuencias del liberalismo? Su conversión fue total y su reacción consecuente.

Acaso Paulo VI no salió a frenar el desmadre litúrgico con su Mysterium Fidei y el moral con su Humanae Vitae. Su reacción fue parcial, desacompasada, torturada, incompleta. Tenía su cabeza en la doctrina y su corazón en la “opiniones” de doctores modernos.

Juan Pablo II, ¿no llamó al orden a la Iglesia en tantos temas?… y no actuó, acaso, contradiciendo sus propios llamados al orden en tantos otros. Pongamos por caso, la cuestión litúrgica. ¡Y los extremos a los que llevó el “diálogo interreligioso” o la “purificación de la memoria” de 2000, coronamiento de sucesivos actos precedentes en los que parece aceptar los argumentos falaces de los enemigos de la Iglesia para demostrar que el clero moderno no está “cerrado” a las críticas del hombre moderno.

El papa actual, sobre el que depositamos tantas esperanzas, es un hombre del mismo corte intelectual, pero con una experiencia de gobierno que lo inclina a hacer lo que urge más a la Iglesia: reponer la dignidad del culto, restablecer la doctrina de la Fe y la disciplina moral.

Tiene determinación de ser ecuánime con la tradición litúrgica. ¡Enhorabuena! Simultáneamente, sin embargo, pide a la sociedad un “sano laicismo” y condena los horrores morales que esa misma sociedad política laica produce y acepta. Nuevamente se impone la vieja fórmula de monumentos a las causas… cadalsos a las consecuencias. ¿Es esto consecuencia de un cierto modo liberal de concebir la sociedad civil? Pues, resulta evidente, al menos a la luz de lo que la Iglesia ha dicho “siempre” de la sociedad civil “hasta” el CVII que en este punto no se guarda la doctrina sino que se la “redefine”, y se la “actualiza”, dos actos extremadamente peligrosos en materia tan delicada.

Podemos hacer muchas cosas: callar si te place, rezar, sacrificarnos, sufrir. Pero no podemos dejar de ver la contradicción irreductible entre lo que el Magisterio ha sostenido siempre y lo que se sostiene ahora en estos puntos.

Aquí entra a jugar la prudencia: prefieres callar, calla. Lo que no puedes es juzgar que el Papa ya no lo sea. O no lo haya sido. Eso sí es ponerse por sobre el Papa y por sobre la Iglesia. Lo demás es constatar las contradicciones y ejercer el derecho de atenernos a lo seguro en caso de duda. Y también, si la vocación te lo pide, alertar sobre estas confusiones, confesar la Fe.

Estimado amigo, por quien rezo, sí, por cierto: nada más alejado de nosotros que ponernos por sobre o en lugar del Papa o de los obispos. Lo que añoramos es que el Papa y los obispos se pongan en su lugar.

Un cordial abrazo

Marcelo

Imagen de luisosio

¡Que triste tener que decir...!

Que triste (de no ser por el consuelo de las profecías)y sin que se interprete con relación al Papa que hoy intenta (esperemos)volver la Iglesia a sus principios y tradiciones, que la menos escandalosa de las dos posiciones sea la sedevacantista por los anteriores 40 años de peregrinar en el desierto del Vaticano II. Veamos si no: Las legislaturas del mundo rechazan las leyes de Dios y adoptan las del Diablo (promoción del genocidio por homosexualidad, aborto, anticonceptivos, pornografía)sin que siquiera, y desde hace mucho se mencione al Diablo.¿Quién va a creer que tenga partidarios y antileyes si a pesar de estas mismas evidencias ya ni se le meciona? Tan solo en Portugal hace pocos días ¡NO SE DIJO A LA POBLACIÓN QUE HABÍA PENA DE EXCOMUNIÓN PARA QUIENES SE MANIFESTARAN A FAVOR DEL ABORTO! La Iglesia pudo frenar. No lo hizo. Toleró. ¡Sabemos las consecuencias! Un fuerte temblor de 5.6 grados al día siguiente los reprobó. Desde Juan XXIII con quien los comunistas se volvieron intocables los pueblos de Sudamérica han caido uno tras otro en manos de partidos comunistas sin oposición clerical...¿Para qué alargarnos?

Sobre los juicios sobre la "Iglesia".

Apreciado Marcelo: Agradezco mucho el trabajo que te tomaste para responder a mi comentario. Este tema es algo que interesa (o debe interesar) a todos tus lectores. La naturaleza de tu trabajo -que admiro, aprecio y aliento- nos sitúa a todos los que te leemos en cierta tesitura especial; por el solo hecho de hacerlo. De allí que este tema del que te escribí y para el que me respondiste con prodigalidad sea sumamente pertinente; incluso lo calificaría como delicado. Por eso esta respuesta mía. Que todos, pues, entiendan mi interés y la extensión de lo que sigue.

Seguro que muchos letores de PCI -ojalá todos- sienten un verdadero amor por la Iglesia, con todo lo que eso implica y por lo que Ella significa. Es decir: aman a Dios, quieren amarlo, procuran amarlo. En definitiva eso es lo importante, ¿o no? En este punto del que tratamos podemos dar muestras de que eso es lo que nos mueve o de que lo que se busca es otra cosa. Seguramente el enemigo de todos nosotros (el que quiere destruírnos, el que quiere destruír a la Iglesia, el que odia a Dios conociéndolo mejor que nosotros), quiere que nos equivoquemos al escribir sobre la situación presente, o al leer lo que otros escriben; él querría hacer de ese "error" un material a su favor.

El punto en cuestión es el del hablar sobre los errores ajenos, el de juzgar, el de decir algo de otros y calificarlo como acertado o desacertado. De eso se trata, está claro. ¿Debemos hacerlo? (¿Es esa la vocación del alguien?) Tú dices que sí. Yo digo que no. Si lo ponemos sin matices (que los tiene) podemos evadir mejor el peligro o las posibles trampas que aquí se nos tiendan.

Santa Catalina de Siena, a quien admiro profundamente, cuya vida conozco y cuya obra principal he leído, hizo lo que debía: habló seriamente con la autoridad, con el "dulce Cristo en la tierra" -así llamaba al Papa-, y lo instó a regresar a Roma desde Avignon. Pero creo poder asegurar que no tenía un público al que decía que el Papa hacía mal. Ella no hubiera tenido un medio de difusión de sus puntos de vista en materias teológicas, disciplinares o morales. Y si hubiera tenido algo semejante (el libro de ella es instructivo sobre el trato con Dios) no hubiera levantado nunca el dedo acusador. He ahí el peligro. El "acusador de sus hermanos" es Satanás. Él es nuestro enemigo. Ningún sacerdote, obispo, cardenal o Papa lo es, por más enfrentado que esté a nosotros. O por lo menos así lo debemos ver: como posible engañado por el enemigo, como hombre que puede perder su fe, como hombre sujeto a pasiones, como persona cuyo pasado y pensamientos y biografía e intereses desconocemos en buena medida... Hemos de rezar por él, decirle cosas "a él", corregirlo (sería bueno tener siempre presente el pasaje evangélico de la corrección fraterna, en el que el Señor indica que hay que corregir primero a solas: ¿Panorama Católico empieza por ahí siempre?)... Me corrijo: no debemos hacer eso de corregir, según ese pasaje, sino a nuestros hermanos. Hay dos pasajes, quizás más, en que Dios dice que de sus sacerdotes se ocupa él. (Son ambos del Antiguo Testamento, si mal no estoy). En fin: que no tenemos autoridad en ese punto.

Y San Pablo. No se le ocurrió al santo irse por las iglesias diciendo que Pedro se equivocaba en cierto proceder. Nada de eso. Porque Pablo era apóstol elegido de modo especial, y tenía autoridad, y clara "función", subió a Jerusalén y habló con los Apóstoles y los presbíteros. Se llama a eso Concilio de Jerusalén, primer concilio. Bueno: si tú o yo tenemos esa vocación, ese llamado, ese mandato divino, pues a ir a Roma, a intervenir en "el concilio", a hablar con el Papa, o a hablar con quien corresponda en donde se pueda hablar a solas con ese alguien. Se corre el horrible peligro de hacer daño a la Iglesia (aunque solo sea a un alma), de ofender al Señor, al dedicarse a denunciar a personas singulares que tienen un poder recibido de lo alto, una investidura sagrada.

Esa es mi opinión y así quiere ser mi proceder. Yo procuro no crear la sensación de persona que juzga a los de arriba (a "la iglesia"). Ya están bastante mal las cosas como para aumentar en las almas lo que suele producir toda "mala" noticia y toda división.

Si me preguntaras cómo hacer entonces para ayudar realmente a los lectores, a la Iglesia, lo mejor sería pensar en cada caso concreto, para enseñar a distinguir, a discernir: exponiendo cuanto haga falta para evitar el daño que el enemigo persigue. Creo que el Señor nos ayudaría, te ayudaría, a hacerlo siempre de ese modo dulce, amable, suave, compasivo, comprensivo. Sólo Él tiene la autoridad y la luz suficientes como para hacer un látigo y expulsar a los mercaderes del templo. Yo prefiero luchar contra la tentación de hacerlo (que tengo casi a diario).

Con todo aprecio y contando con tus oraciones, me despido.

Alejandro

P.S. Creer que el Papa no es legítimo no es juzgar sus aciertos o desaciertos. Es aceptar como verdad algo que "se sabe" por cierta información allegada (como sé de tantas cosas de las que no tengo evidencia directa). No es ponerse arriba. De hecho sigo "abajo", sigo rezando por él, sigo leyendo y aprendiendo cuanto enseña, sigo atento a cuanto manda o dispone (hasta ahora no me he encontrado en la necesidad de "desobedecer" o rechazar su autoridad) para aceptar y vivir lo que no supusiera una ofensa a Dios (lo Único que me importa).

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