Dialogolatría

Los obispos entrerrianos, encabezados por el cardenal Estanislado Karlic, han reclamado enfáticamente que se encuentre el camino del diálogo.  El cardenal tiene experiencia al respecto. Enabril de 2000, siendo presidente del Episcopado, se reunió con las autoridades de la Masonería y la conclusión del encuentro fue -según la prensa- "un diálogo fructífero que permitiera superar falsas leyendas". Al correr de los años, los frutos le dieron muchísima razón al beneplácito masónico.

Escribe Juan Olmedo Alba Posse

 

Fruto  Los obispos entrerrianos, encabezados por el cardenal Estanislado Karlic, han reclamado enfáticamente que se encuentre el camino del diálogo.  El cardenal tiene experiencia al respecto. Enabril de 2000, siendo presidente del Episcopado, se reunió con las autoridades de la Masonería y la conclusión del encuentro fue -según la prensa- "un diálogo fructífero que permitiera superar falsas leyendas". Al correr de los años, los frutos le dieron muchísima razón al beneplácito masónico. La ley 1420 fue reafirmada, perfeccionando su laicismo la nueva Ley Nacional de Educación: ahora incluso se dicta instrucción sexual, instando a la promiscuidad segura de los jóvenes. Sobre la ley de matrimonio civil  avanza la culminación del matrimonio homosexual. En la persecución religiosa fue destituido el Obispo castrense, por objetar a un ministro escandaloso. Otorgan lugares públicos para las expansiones de los degenerados y  exhiben el obelisco porteño cubierto por un preservativo gigantesco. Promueven el aborto, la homosexualidad y la prostitución. Ocurren profanaciones de templos y exposiciones sacrílegas apoyadas oficialmente. A través del canal “Encuentro” del Ministerio de Educación, destilan el veneno diario contra la cultura católica nacional. Y un sinfín de atropellos… En suma, el completo programa anticatólico del decreto 1086/05, desarrollado a fondo y sin obstáculos.

Talismán   Mientras tanto, conforme a una costumbre arraigada, el Episcopado sigue invocando aldiálogo. Palabra  repetida por todo el mundo como un conjuro mágico, o talismán salvador y único. A punto ya, de transformarse en la principal devoción colectiva que una a doctos e ignorantes, rústicos y refinados, pobres y ricos.

 

Desde luego, el diálogo puede ser una conveniente ocasión para que las personas manifiesten sus pensamientos o afectos con el  uso de la palabra, para entenderse intercambiando ideas mutuamente comprensibles. Pero es algo absolutamente impensable en dos circunstancias. Cuando no se utiliza el mismo idioma y si uno o todos los dialogantes mienten.  En tal sentido, resulta indiscutible -porque está a la vista- que se ha producido un verdadero envilecimiento de las palabras. Particularmente en las discusiones políticas y en las peroratas mediáticas. Es algo que se siente como una bruma pegajosa que impide la visión. No cabe duda que ello se debe a la decantación de muchísimos años –sin freno alguno- ahora corporizada en la figura, los gestos y los dichos de los principales actores del escenario oficial.

 Derecho a mentir    Así las cosas, todo llevaría a clamar y luchar con alma y vida por la Verdad, tras el pregón de sus heraldos. Muy lejos de la palabra ociosa, de la que "se habrá de dar cuenta en el día del juicio". Y por supuesto, sin incurrir de igual a igual con la mentira, en coloquios que hacen el caldo gordo al caos marxista.     

No hace mucho, el descaro de la mendacidad le inspiró decir a cierto comentarista, que se estaba percibiendo algo endemoniado. Lo cual no parece exageración, sino lo contrario… Por de pronto entonces, podría decirse que si está pervertido diabólicamente el significado de las palabras, a nada bueno lleva discutir con semejante ambientación. En lugar de proclamar a los cuatro vientos la Verdad salvadora, invitando a la conversión de los desviados. Además, el diálogo con la mentira vendría a acumular otro pernicioso ingrediente a la tremenda confusión general. Por sumarse al perjuicio del engaño, el escándalo de compartirlo mano a mano con el mentiroso; como reconociéndole derechos a la falacia. Por tal camino y no cambiando las cosas,  habrá que lamentar la insensatez del diálogo.

 

Además, "el diálogo", como

Además, "el diálogo", como hoy se lo considera, esto es "casi como un fin en si mismo", siendo que el fin es "llegar a la verdad", crea una Gran Babel.

Miren estos ejemplos:

1. Nosotros, estamos a favor del campo y aveces recordamos a Don Juan Manuel de Rosas, pero lo mismo hace el "piquetero acaudalado"  Delía.

2. De todos lados citan al tango "Cambalache", el otro día lo hizo la Presidente de la Nación, a pesar que allí se dice: "da lo mismo que sea cura, colchonero o rey de bastos", donde queda claro que primero está el cura. Pero además, el tango sigue: "no hay jerarquía ni escalafón", por ende, este tango no puede ser citado por un "igualitarista", sino que sólo puede hacerlo con derecho quién respete las jerarquías , como es obvio. Un progresista coherente debería detestar ese tango.

3. Estoy empezando a notar también que, si bien menos, todos citan a Castellani, cuando "el cura loco", en su "Catecismo para Adultos", deja bien claro qué puede cambiar y qué no dentro de la Iglesia (ver a los textos papales y del Primer Concilio Vaticano que cita en la contratapa) y, para poner en su lugar al P. Mejía, más de una vez, en aquella recopilación de conferencias, lo relaciona con el Concilio Vaticano II. Si bien fue menos virulento con el Concilio que el Padre Lira, quien le dedicó más tiempo, a él no le gustaba nada. ¡Cuántos textos importantes contra la libertad religiosa y contra el liberalismo! (ver en especial "Esencia del Liberalismo") En este caso, también podemos afirmar, que sólo deberían citar a don Leonardo los que estemos en desacuerdo con los errores (no todo allí es error) del Concilio o, los que haciendo un gran esfuerzo intelectual, que valoramos, lo interpretan a la luz del Primer Concilio Vaticano, como lo hace algún profesor y filósofo cordobés. 

Ahora bien, si Cristo es Camino, VERDAD y Vida, y el dialogo pretende "dialogar", pero no "desentrañar la Verdad al sólo efecto de CONVERTIR EN LA VERDAD", es de elemental sentido común afirmar que: él que no vea en el "diálogo" un éxito demoníaco, sencillamente no cree en el demonio, nota característica del modernista. A su vez, sabemos que el modernismo es herejía. Todo esto nos permite concluir, que: que no es raro que sean justamente los herejes quiénes estén por el diálogo.

El Carlista. 

PD. por el Padre Castellani no se preocupen, que él estaba acostumbrado a estos berenjenales y no creo que haya pretendido que la cosa finalice al dejar este mundo. De hecho, me la juego, que nos mira desde el Cielo, matándose de risa.

denuncio discriminación...

publique un comentario anti peronista y me discriminaron... esta muy mal eso. Veo que este sitio es pro peronistas...

 

Compañero gorila,

 Este sitio no es ni pro ni anti peronista. Su comentario estaba vinculado a una nota que hemos retirado de la principal  por motivos que no tienen que ver ni con la nota ni con Ud. a la espera de autorización autor.

Quédese tranquilo, cuando nos autoricen podrá colgar ahí sus opiniones.

El Dialogo

De esa impotencia radical de las potestades humanas para designar los errores ha nacido el principio de la libertad de discusión, fundamento de las constituciones modernas. Ese principio no supone en la sociedad, como pudiera parecer a primera vista, una imparcialidad incomprensible y culpable entre la verdad y el error; se funda en otras dos suposiciones, de las cuales la una es verdadera y la otra falsa: se funda, por una parte, en que no son infalibles los gobiernos, lo cual es una cosa evidente; se funda, por otra, en la infalibilidad de la discusión, lo cual es falso a todas luces. La infalibilidad no puede resultar de la discusión si no está antes en los que discuten; no puede estar en los que discuten, si no está al mismo tiempo en los que gobiernan; si la infalibilidad es un atributo de la naturaleza humana, está en los primeros y en los segundos; si no está en la naturaleza humana, ni está en los segundos ni está en los primeros, o todos son falibles o son infalibles todos. La cuestión, pues, consiste en averiguar si la naturaleza humana es falible o infalible; la cual se resuelve forzosamente en esta otra, conviene a saber: si la naturaleza del hombre es sana o está caída y enferma.

     En el primer caso, la infalibilidad, atributo esencial del entendimiento sano, es el primero y el más grande de todos sus atributos, de cuyo principio se siguen naturalmente las siguientes consecuencias. Si el entendimiento del hombre es infalible porque es sano, no puede errar porque es infalible; si no puede errar porque es infalible, la verdad está en todos los hombres, ahora se los considere juntos, ahora se los considere aislados; si la verdad está en todos los hombres aislados o juntos, todas sus afirmaciones y todas sus negaciones han de ser forzosamente idénticas; si todas sus afirmaciones y todas sus negaciones son idénticas, la discusión es inconcebible y absurda.

     En el segundo caso, la falibilidad, enfermedad del entendimiento enfermo, es la primera y la mayor de las dolencias humanas; de cuyo principio se siguen las consecuencias siguientes: si el entendimiento del hombre es falible porque está enfermo, no puede estar nunca cierto de la verdad porque es falible; si no puede estar nunca cierto de la verdad porque es falible, esa incertidumbre está de una manera esencial en todos los hombres, ahora se los considere juntos, ahora se los considere aislados; si esa incertidumbre está de una manera esencial en todos los hombres, aislados o juntos, todas sus afirmaciones y todas sus negaciones son una contradicción en los términos, porque han de ser forzosamente inciertas; si todas sus afirmaciones y todas sus negaciones son inciertas, la discusión es absurda e inconcebible.

     Sólo el catolicismo ha dado una solución satisfactoria y legítima, como todas sus soluciones, a este problema temeroso. El catolicismo enseña lo siguiente: «El hombre viene de Dios; el pecado, del hombre; la ignorancia y el error, como el dolor y la muerte, del pecado; la falibilidad, de la ignorancia; de la falibilidad, lo absurdo de las discusiones». Pero añade después: «El hombre fue redimido», lo cual si no significa que por el acto de la redención, y sin ningún esfuerzo suyo, salió de la esclavitud del pecado, significa, a lo menos, que por la redención adquirió la potestad de romper esas cadenas y de convertir la ignorancia, el error, el dolor y la muerte en medios de su santificación con el buen uso de su libertad, ennoblecida y restaurada. Para este fin instituyó Dios su Iglesia inmortal, impecable e infalible. La Iglesia representa la naturaleza humana sin pecado, tal como salió de las manos de Dios, llena de justicia original y de gracia santificante; por eso es infalible, y por eso no está sujeta a la muerte. Dios la ha puesto en la tierra para que el hombre, ayudado de la gracia, que a nadie se niega, pueda hacerse digno de que se le aplique la sangre derramada por Él en el Calvario, sujetándose libremente a sus divinas inspiraciones. Con la fe vencerá su ignorancia; con su paciencia, el dolor, y con su resignación, la muerte; la muerte, el dolor y la ignorancia no existen sino para ser vencidas por la fe, por la resignación y por la paciencia.

     Síguese de aquí que sólo la Iglesia tiene el derecho de afirmar y de negar, y que no hay derecho fuera de ella para afirmar lo que ella niega, para negar lo que ella afirma. El día en que la sociedad, poniendo en olvido sus decisiones doctrinales, ha preguntado qué cosa es la verdad, qué cosa es el error, a la prensa y a la tribuna, a los periodistas y a las asambleas, en ese día el error y la verdad se han confundido en todos los entendimientos, la sociedad ha entrado en la región de las sombras, y ha caído bajo el imperio de las ficciones. Sintiendo, por una parte, en sí misma una necesidad imperiosa de someterse a la verdad y de sustraerse al error, y siéndole imposible, por otra, averiguar qué cosa es el error y qué cosa es la verdad, ha formado un catálogo de verdades convencionales y arbitrarias, y otro de soñados errores, y ha dicho: «Adoraré las primeras y condenaré los segundos», ignorando, tan grande es su ceguedad, que, adorando a las unas y condenando a los otros, ni condena ni adora nada, o que, si condena y si adora algo, se adora y se condena a sí misma.

 

Imagen de Constantino

Carta a los Iscariotes

La dialogolatría mencionada es síntoma de pérdida de la Fe

¿Le debemos seguir pidiendo peras al olmo, quiero decir, sana doctrina a un apóstata o infiel?

Igualmente esta excelente carta merece ser puesta en cada diócesis.

CONSTANTINO

 

Latrías varias

¿dialogolatría?

y yo que pensé que los argentinos sólo adolecían de Diegolatría...

Alberto

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