Carta XV - A Urbano VI

En nombre de Jesucristo crucificado
y de la dulce María

Santísimo y dulcísimo Padre en Cristo dulce Jesús: Yo, Catalina, hija indigna y miserable, os escribo con gran deseo de ver en vos una tal prudencia con una tan dulce luz de verdad, que os sea posible seguir al glorioso San Gregorio… y con tanta prudencia os vea gobernar la Santa Iglesia y vuestras ovejas, que nunca haya necesidad de volver atrás ninguna cosa de las ordenadas o hechas por Vuestra Santidad, ni siquiera una mínima palabra, a fin de que en la presencia de Dios y de los hombres aparezca siempre una firmeza cimentada en la verdad, tal como corresponde al pontífice santo y verdadero. De esto ruego a la inestimable caridad de Dios que vista vuestra alma, porque me parece que la luz y la prudencia nos son de grandísima necesidad, especialmente a la Santidad Vuestra y a cualquier otro que se hallare en vuestro caso… con mayor razón en los tiempos que corren. Como sé que tenéis deseo de encontrarla en vos, por eso os lo recuerdo, manifestándoos el deseo de mi alma.

He sabido, Padre Santísimo, la respuesta que ha dado con su vehemencia el Prefecto, indudablemente, arrebatado de ira y de irreverencia con los embajadores romanos, y que sobre dicha respuesta parece que los jefes y algunos hombres buenos han de tener consejo general y después os han de consultar. Ruégoos, santísimo Padre, que así como habéis comenzado, así perseveréis en encontraros a menudo con ellos y con prudencia tratéis de atarlos con el vínculo del amor. Y también os ruego que ahora, en lo que ellos os digan una vez realizado el consejo, los recibáis con toda la dulzura que os sea posible, mostrándoles lo necesario según el parecer de Vuestra Santidad. Perdonadme, que el amor me hace decir lo que tal vez sea menester callar. Pero sé que debéis conocer bien esta condición de vuestros hijos romanos, que se atraen y retienen con la dulzura, mejor que con la fuerza o aspereza de las palabras… reflexionando también la mucha necesidad, que vos y la Santa Iglesia tenéis, de mantener este pueblo en la obediencia y reverencia a Vuestra Santidad, por estar en Él la cabeza y principio de nuestra fe. Y os ruego humildemente que tratéis siempre con prudencia de prometer lo que os sea enteramente posible cumplir, a fin de que no se siga después daño, vergüenza y confusión. Perdonadme, dulcísimo y santísimo Padre, que os diga estas palabras. Confío en que vuestra humildad y benignidad se contenten de que os las digan, no tomándolas en aversión y desdén porque salgan de boca de una vilísima mujer… porque el humilde no mira quién se lo dice, sino que atiende a la honra de Dios, a la verdad y a su propia salvación.

Confortáos y no temáis por ninguna mala respuesta que este rebelde a Vuestra Santidad haya dado o diere, pues Dios proveerá en esto y en todas las otras cosas, como piloto y sostén de la navecilla de la Santa Iglesia y de Vuestra Santidad. Sedme en un todo varonil, con temor santo de Dios… del todo ejemplar en las palabras, en las costumbres y en todas vuestras acciones. Aparezcan todas límpidas en la presencia de Dios y de los hombres, como toca a la luz puesta sobre el candelabro de la Santa Iglesia, a la que mira y debe mirar el pueblo cristiano todo.

También os ruego que de aquello que León os dijo, nos pongáis vos el remedio… porque de día en día este escándalo crece, no sólo por lo que se le hizo al embajador de Siena, sino por otras cosas que todos los días se ven y que han de provocar la ira en los corazones débiles de los hombres. No tenéis necesidad de esto, sino de personas que sean instrumento de paz y no de guerra. Y aún supongamos que la hagan con buen celo por la justicia… son, en cambio, muchos los que la hacen con tanto desorden y con tal ímpetu de ira, que se salen fuera del orden y de la razón. Y por eso ruego insistentemente a Vuestra Santidad, que condescienda con la flaqueza de los hombres y procure hallarles médico que sepa curar bien sus enfermedades. Y no esperéis tanto que haya de llegar primero la muerte.. porque os aseguro que, si no se pone algún otro remedio, la enfermedad crecerá.

Os recuerdo, finalmente, la ruina de toda Italia por no atender a los malos Rectores, cuyo género de gobierno es tal que se les puede considerar como causa de hallarse hoy despojada la Iglesia de Dios.

 

Esto sé que vos lo conocéis. Vea ahora Vuestra Santidad lo que hay que hacer. Confortáos, confortáos dulcemente, que Dios no desprecia vuestros deseos ni la oración de sus siervos. No os digo más. Permaneced en el santo y dulce amor de Dios. Humildemente os pido vuestra bendición. Jesús dulce, Jesús amor.