Carta XIII - A Urbano VI
En nombre de Jesucristo crucificado
y de la dulce María
Santísimo y dulcísimo padre en Cristo dulce Jesús. Yo Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo en su preciosa sangre… con deseo de ver arrancada de vos toda amargura y pena aflictiva, que afligieran vuestra alma… y quitada la causa de toda pena vuestra… permanezca en vos sólo aquella dulce pena que suaviza y fortifica el alma, porque procede del fuego de la divina caridad: esto es, dolernos y tener amargura sólo de nuestras culpas. Y del deshonor de Dios que se hace en el cuerpo universal de la religión cristiana y en el cuerpo místico de la santa Iglesia: y de la condenación de las almas de los Infieles, las cuales están rescatadas por la sangre de Cristo, lo mismo que nosotros (y de esta sangre, santísimo padre, guardáis las llaves), y se van, estas. almas en las manos de los demonios. Ésta es la pena que nutre el alma por honor de Dios, y la apacienta sobre la mesa de la santísima cruz con el alimento de las almas… y la fortifica, porque ha quitado de sí la debilidad del amor propio, el cual da amargura que aflige y reseca el alma, por haberla privado de la caridad y haberla vuelto insoportable a sí misma. Mas aquél que tiene en sí esta dulce amargura, arroja de sí lo amargo, porque no se procura por sí mismo, sino por Dios, y a la creatura, por Dios, y no por propia utilidad y deleite… y busca a Dios por la infinita bondad suya, que es digno de ser amado por nosotros y porque por deber hemos de amarlo.
¿Y de dónde ha Ilegado el alma a esta dulce perfección? Por la luz: porque ante el ojo del intelecto se puso por objeto la verdad de Cristo crucificado, gustando por afecto de amor la doctrina suya… y por esto se revistió de ella, siguiéndolo en busca sólo el honor de Dios y la salvación de las almas: como hizo aquella Verdad, que por honor del Padre y salvación nuestra corrió a la oprobiosa muerte de la santísima cruz, con verdadera humildad y paciencia, tanto, que no fue oído un grito suyo por murmuraciones: y con mucho soportar devolvió la vida al hijo muerto de la humana generación. Parece, santísimo Padre, que esta Verdad eterna querría hacer de vos otro Él mismo: tanto porque sois su vicario, Cristo en la tierra, como porque en la amargura y en el soportar quiere que reforméis a la dulce Esposa suya y vuestra, que durante tanto tiempo ha estado toda pálida. No porque en sí pueda ella recibir alguna lesión ni ser privada del fuego de la divina caridad… sino en aquéllos que se apacentaban y apacientan en su pecho, que por sus defectos nos la han. mostrado pálida y enferma, y han sorbido su sangre por medio del amor propio de ellos mismos. Ha Ilegado el tiempo en que Él quiere que por vos, su instrumento, soportando las muchas penas y persecuciones, sea ella toda renovada. De esta pena y tribulación saldrá como doncella Purísima, habiéndosele podado toda cosa vieja y renovada en el hombre nuevo.
Deleitémonos pues en esta dulce amargura, de la cual se sigue consuelo de mucha dulzura. Sedme un árbol de amor, injertado en el Árbol de la vida, Cristo dulce Jesús. Nazca de este Árbol la flor de concebir en vuestro afecto las virtudes y el fruto, dando a luz el hambre del honor de Dios y salvación de vuestras ovejas. Y este fruto en su principio parece amargo, al tomarlo con la boca del santo deseo… mas como el alma ha deliberado en si querer soportar hasta la muerte por Cristo crucificado y por amor de las virtudes, se vuelve dulce. Así como algunas veces he visto que la naranja, que en sí parece amarga y fuerte, quitándole lo que tiene adentro, y poniéndola en remojo, el agua le quita la amargura… luego se rellena con cosas reconfortantes, por fuera se cubre de oro. ¿Y adónde se ha ido aquella amargura que al principio, con fatiga, daba en la boca del hombre? Al agua y al fuego. Así, santísimo Padre, el alma que concibe amor a la virtud, al principio cree sentir amargura, porque es todavía imperfecta… mas es preciso poner el remedio de la sangre de Cristo crucificado, cuya sangre da un agua de Gracia que arranca toda amargura de la propia sensualidad: digo amargura aflictiva, como se ha dicho. Y porque no hay sangre sin fuego, puesto que fue derramada con fuego de amor, puede decirse (y ésta es la verdad) que el fuego y el agua quitan la amargura, al vaciarse de aquello que antes contenía: esto es el amor propio de si mismo… luego la Ilena de un consuelo de fortaleza con verdadera perseverancia, y con una paciencia amasada con miel de profunda humildad, cerrada en el conocimiento de sí mismo… porque en el tiempo de la amargura, el alma mejor se conoce y mejor reconoce la bondad de su Creador. Lleno y cerrado este fruto, aparece el oro por fuera, que contiene lo que hay adentro. Es éste el oro de la pureza, con el brillo de la encendida caridad, que sale afuera, manifestándose en la utilidad del prójimo con verdadera paciencia, soportando constantemente con mansedumbre cordial… gustando sólo aqueIla dulce amargura, que debemos tener, de dolernos por la ofensa hecha a Dios y el daño de las almas. Así, pues, tan dulcemente, santísimo Padre, produciremos fruto sin perversa amargura… y de esto obtendremos que se quite la amargura que hoy tenemos en nuestros corazones y en nuestras mentes, por el caso ocurrido a causa de los malvados e inicuos hombres amadores de sí mismos, los cuales os dan, y también a vuestros hijos, dolores por la ofensa que hacen a Dios. Espero en la bondad del dulce Creador nuestro, que nos quitará la causa de esta pena, dando la luz, y confundiendo a aquéllos que son su causa. Y V. S. y nosotros maduraremos los frutos de las virtudes en la memoria de la sangre de Cristo crucificado, con verdadera humildad, como se ha dicho… conociendo nuestro no ser, y que el ser, y toda gracia dada al ser, nos viene de Él. Así cumpliréis en vos la voluntad de Dios, y el deseo del alma mía. Reconfortaos, dulsícimo Padre, con verdadera humildad, sin temor alguno… que por Cristo crucificado podréis toda cosa… en quien ponemos, y en quien debe confirmarse continuamente, nuestra esperanza. No digo más. Perdonadme mi gran presunción. Humildemente os pido vuestra bendición. Permaneced en la dulce y santa dilección de Dios. Jesús dulce, Jesús amor.












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