Carta XII - A Urbano VI

Santísimo y dulcísimo Padre en Cristo dulce Jesús. Yo Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo en su preciosa sangre… con deseo de veros revestido de la armadura fuerte de la ardentísima caridad, para que los golpes que os son lanzados por los inicuos hombres del mundo amadores de sí mismos, no os puedan perjudicar… puesto que ningún golpe es tan terrible que pueda ofender al alma revestida de tal armadura. Porque Dios es suma y eterna fortaleza… no puede ser ofendido ni herido por nosotros, por ninguna iniquidad nuestra… esto es, que en sí no puede recibir ninguna lesión: por lo cual nuestro mal no le hace daño, y nuestro bien no le aprovecha… sólo a nosotros dañará el mal, y el bien aprovechará, a aquéllos que son obradores, del bien, mediante la divina Gracia. Así pues, Dios es, suma y eterna fortaleza: y quien está en caridad está en Dios, y Dios en Él… pues Dios es caridad. Por tanto el alma revestida de esta armadura, por estar en Dios, como se ha dicho, no hay cosa alguna, ni fatiga ni tribulación, que la pueda vencer… antes bien en las fatigas se fortifica… probándose en ella la verdad de la paciencia: y los golpes de los inicuos miserables amadores de sí mismos no ofenderán: el afecto de nuestra alma no derribarán, ni a la esposa de la Santa Iglesia… porque ésta no puede venir a menos pues está fundada sobre la viva piedra Cristo dulce Jesús. ¿A quién dañarán estos golpes? A los mismos, santísimo y dulcísimo Padre, que los lanzan. éstos, como saetas envenenadas, volverán a ellos: de vos herirán solamente la corteza, y ninguna otra cosa… no dándoos amargura y daño por el escándalo y herejía que han sembrado en el cuerpo místico de la santa Iglesia1 . Dilataos en la dilección dulce de la caridad sin vacilación alguna… conformaos y confortaos con vuestro jefe dulce Jesús, el cual siempre desde el principio del mundo hasta lo último ha querido y querrá que ninguna cosa grande pudiera realizarse sin mucho soportar. Sin temor, pues, alguno, lanzaos entre estas espinas con la vestidura fuerte de la caridad. Ay de mí, ay de mí, no retardéis los pasos por estas fatigas: no temáis en modo alguno por la vida de vuestro cuerpo, esto es, de temor de perderla: que Dios es quien está de vuestra parte. Y si fuera necesario dar la vida, ha de dársela de buen grado.

¡Ay de mí, desventurada alma mía, causa de todos estos males! He oído decir que los demonios encarnados han elegido, no a Cristo en la tierra, sino hecho nacer el Anticristo2 contra vos que sois aquel Cristo en la tierra… lo cual confieso, y no niego, que sois vicario de Cristo, que tenéis las llaves de las bodegas de la santa Iglesia, donde está la sangre del inmaculado Cordero… y que sois su ministro, a pesar de quien quiera decir lo contrario y para confusión de la mentira, la cual Dios confundirá con la dulce verdad suya… y en ésta os ha liberado, a vos y a vuestra dulce Esposa. ¡Adelante, pues, santísimo Padre! Sin temor éntrese en esta batalla, porque en la batalla nos es necesaria el arma de la vestidura, que es una armadura de la divina caridad. Por ello os dije que deseaba veros revestido de esta dulce y real vestidura, para que estéis más seguro y animado a soportar por gloria y alabanza del nombre de Dios y salvación de las almas. Escondeos en el costado de Cristo crucificado, que es una caverna...… empapaos en la sangre dulcisíma suya. Y yo, como esclava rescatada por la sangre de Cristo, y todos aquéllos que están prontos a dar la vida por la verdad, los cuales Dios me ha dado para amarlos con singular amor, y tener cuidado de su salvación, estamos todos prontos a obedecer a Vuestra Santidad, y a soportar hasta la muerte… ayudándoos con las armas de la oración santa, y con sembrar y anunciar la verdad en cualquier lugar que plega a la voluntad dulce de Dios, y a la Santidad Vuestra. No digo más sobre esta materia.

Proveeos de buenos y virtuosos pastores… y plega a vos tener a vuestro lado los siervos de Dios. La esperanza, y la fe vuestra no se funde en la ayuda humana, que Ilega a faltar… mas sólo en la ayuda divina, la cual nunca nos será quitada, mientras esperemos en tal ayuda: antes bien, seremos proveídos tanto por Dios, cuanto esperemos en El. Por tanto esperemos en Él con todo el corazón, con todo el afecto, con todas nuestras fuerzas. Permaneced en la santa y dulce dilección de Dios. Os ruego, Santísimo Padre, cuanto sé y puedo, que además de la esperanza que habéis puesto y pondréis en vuestro Creador, hagáis buena guardia de vuestra persona, porque debemos hacerlo, para no tentar a Dios, en cuanto nos sea posible: no dejando empero aquello que tenéis que hacer… mas en todo quiero que hagáis esto… que uséis de toda cautela hacia vuestra persona. Porque sé que los malvados hombres, amadores del mundo y de sí mismos, no duermen, sino que con malicia y astucia tratan de quitaros la vida. Mas la dulce e inestimable bondad de Dios se adelanta, y se adelantará, a su malicia… proveerá a las necesidades de su esposa. Mas no faltéis en hacer, de vuestra parte, aquello que podéis. Perdonad, perdonad, Padre, mi presunción… mas el dolor y el amor me excusen, y la conciencia que me reprendería si esto no os dijera. Y no quedará en paz hasta el son de la voz viva, y la presencia ante Vuestra Santidad porque tengo deseos de dar la sangre y la vida, y destilar la médula de mis huesos por la santa Iglesia, aunque digna no fuere de ello. Ruego a la infinita bondad de Dios, que a mí, y a los otros que quieren darla, nos haga dignos de ello ahora, que es el tiempo en que las flores de los santos deseos deben abrirse, y demostrar quien sea amador de sí mismo o de la verdad. No digo más. Que si siguiere mi deseo, no descansaría. Humildemente os pido vuestra dulce bendición. También os pido me hagáis saber en verdad vuestra voluntad, para obrar con obediencia aquello que sea en honor de Dios y voluntad vuestra, vicario de Cristo crucificado: en toda cosa obedecer hasta la muerte, cuando Dios nos mande su gracia. Permaneced en la santa y dulce dilección de Dios. Jesús dulce, Jesús amor.

1 Falta alguna palabra: debe decir "no dándoos sino amargura, y daño". (Tommaseo).

2 Así llamaba San Bernardo al antipapa Anacleto, no en sentido propio, sino en cuanto era aquel adverso a Cristo, del cual es vicario el jefe de la Iglesia… adverso a Cristo que es maestro de Caridad. El ser Catalina severa a un mismo tiempo, para con los enemigos del papa y para con los Cardenales poco dignos partidarios de éste, demuestra no solo la autenticidad de éstas cartas, sino la probidad autorizada y la cordura de quién las dictaba. (Tommaseo).