Carta X - A Urbano VI

En nombre de Jesucristo crucificado
y de la dulce María

Santísimo y carísimo Padre en el dulce Jesucristo: Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo en su preciosa sangre, con deseo de veros cimentado en verdadera y perfecta caridad, a fin de que, como pastor bueno, expongáis la vida por vuestras ovejuelas. Y verdaderamente, santísimo Padre, que sólo el que está fundado en caridad puede disponerse a morir por amor de Dios y por la salvación de las almas… porque se halla exento del amor propio.

El que descansa, en el amor propio, no se decide a dar la vida… y no sólo la vida, mas ni una pequeña pena parece siquiera soportar, pues teme por sí mismo, es decir, teme perder la vida corporal y las propias consolaciones. De donde todo lo que hace lo hace imperfecto y corrompido, porque corrompido está el principal afecto con que obra. Y en cualquier estado es escasa su virtud, sea súbdito o pastor. Pero el pastor cimentado en verdadera caridad, no procede así, sino que toda acción de las suyas es buena y perfecta, porque su afecto está unido y cimentado en la perfección de la caridad. éste no teme ni al demonio ni a las creaturas, sino sólo a su Creador… y no le empecen detracciones del mundo, ni oprobios, ni burlas, ni descortesías, ni escándalos, ni murmuraciones de sus súbditos, los que suelen Ilegar a escandalizarse y a murmurar cuando son reprendidos por su prelado, mas como hombre esforzado, revestido de fortaleza y caridad, nada le da cuidado.

Tampoco se le entibia el fuego del santo deseo, ni aparta de la margarita de la justicia, que en su pecho luminoso brilla unida a la misericordia. Porque si hubiese justicia sin misericordia, sería con las tinieblas de la crueldad, y más bien sería injusticia que justicia… y, a su vez, misericordia sin justicia causaría en el súbdito el efecto del ungüento sobre la llaga, que requiere ser sajada primero con fuego: porque si allí se pone sólo ungüento, sin sajarla, no cura, sino que, por lo contrario, corrompe. Mas unida la una a la otra, dan vida al prelado en que resplandecen, y devuelven la salud al súbdito, si ya no fuese éste miembro del demonio, que de ninguna manera quisiere corregirse.

Aunque, si mil veces el súbdito no se corrigiese, no debe dejar por eso el prelado de corregir… y no será menor su virtud, porque aquel inicuo no recibael fruto. Esto hace la pura y genuina caridad, que no se cuida de sí misma por sí sino de sí misma por Dios, y a Dios busca para gloria y alabanza de su nombre, en cuanto ve que sí es digno de ser amadopor su infinita bondad… y no busca al prójimo por sí sino por Dios, deseando prestarle al prójimo aquella utilidad que a Dios no le puede prestar. Pues ve y conoce que él es nuestro Dios y no tiene necesidad de nosotros… y por eso estudia con gran solicitud cómo prestar utilidad al prójimo y especialmente a los súbditos que le están encomendados. Y no se abstiene de perseguir la salud del alma y del cuerpo porque encuentre ingratitud en aquéllos, ni por amenazas ni por halagos de los hombres… pero en verdad, revestido del traje nupcial, sigue la doctrina del humilde e inmaculado Cordero, dulce y buen pastor… el cual corrió por nuestra salvación, como un enamorado, a la oprobiosa muerte de la santísima cruz. Todo esto hace el amor inefable que el alma concibe teniendo por objeto a Cristo crucificado.

Santísimo Padre: Dios os ha puesto como pastor sobre las ovejuelas suyas de toda la religión cristiana… os ha puesto como despensero para administrar la sangre de Cristo crucificado, de quien sois vicario… y os ha puesto a ello en tiempos en que abunda la iniquidad de los súbditos más de lo que antes abundaba, desde épocas muy anteriores, sea en el cuerpo de la Santa Iglesia, sea en el cuerpo universal de la religión cristiana. Y es por eso para vos de grandísima necesidad el hallaros cimentado en caridad perfecta, con la margarita de Ia justicia, según el modo que se ha dicho, a fin de que no os cuidéis del mundo, ni de sus habituales misterios de iniquidad, ni de ninguna de sus infamias… sino que, como verdadero caballero y justo pastor, virilmente corrijáis, desarraigando el vicio, plantando en su lugar la virtud y disponiéndoos a exponer la vida, si necesario fuese. iOh dulcísimo Padre!, el mundo ya no puede más: tanto abundan los vicios, y singularmente en aquellos que han sido puestos en el jardín de la Santa Iglesia para ser flores olorosas que despidan de sí aroma de virtud… pues vemos que estos mismos abundan en míseros y criminales vicios, hasta el punto de que con ellos apestan al mundo entero.

¡Ay de mí! ¡Dónde está la pureza del corazón y la honestidad perfecta, capaces de enseñar a los incontinentes la templanza? Y lo que ocurre es todo lo contrario… porque muchas veces los templados y los puros se aficionan al desenfreno por el ejemplo de sus inmundicias. ¡Ay de mí! ¿dónde está la largueza de la caridad y el cuidado de las almas y el repartir a los pobres, remediando las necesidades de la Iglesia? Bien sabéis que hacen todo lo contrario. iOh desdichada de mí! Con dolor lo digo: crían los hijos con la substancia que por la sangre de Cristo reciben, no avergonzándose de ser unos tahures, ni de jugar con aquellas sacratísimas manos ungidas por vos, vicario de Cristo… y callo yo otras torpezas que cometen. iAy de mí! ¿Dónde está la profunda humildad con que habrían de confundir la soberbia de su propia sensualidad, con la que por codicia se hacen las simonías, comprando los beneficios con dádivas o con halagos o con dinero, con profanos y vanos adornos, no como clérigos, sino peor que si fueran seglares?

iAy de mí!, dulce Padre mío, poned remedio a eso, y dad algún refrigerio a los ansiosos deseos de los siervos de Dios, que de dolor mueren sin poder morir y con grandes deseos esperan que vos, como verdadero pastor, no solamente con la palabra, sino también con el afecto, briIlando en vos la margarita, de la justicia unida con la misericordia, y sin ningún temor servil, pongáis mano en corregir de verdad a los que se sustentan a los pechos de esta dulce Esposa, los cuales han sido establecidos ministros de la sangre a la verdad.

Santísimo Padre, no soy yo capaz de ver cómo puede hacerse bien esto si vos no reformáis de nuevo el jardín de vuestra Esposa, con buenas y virtuosas plantas, procurando elegir un conjunto de hombres muy santos, en los que encontráis virtud y que no teman la muerte. Y no miréis la grandeza, sino que sean pastores que con solicitud gobiernen sus ovejuelas, y un conjunto de buenos Cardenales que os sirvan de columnas y os ayuden, con el favor divino, a sostener el peso de las muchas fatigas.

iQué dichosa fuera mi alma si viera yo devolver a la Esposa de Cristo lo que es suyo, y alimentarse a sus pechos personas que, dejándose de intereses, atendiesen únicamente a la alabanza y gloria del nombre de Dios, y a sustentarse, en la mesa de la Cruz, con el alimento del alma! No dudo que después los súbditos seglares se corregirían, porque no podría ser que no se corrigiesen, constreñidos por la doctrina santa y por la honesta vida de aquellos. No hay, pues, que dormir más, sino varonilmente y sin negligencia, para gloria y alabanza del nombre de Dios, hacer lo que pudiereis, hasta la muerte.

Después, os ruego, y con apremio, por amor de Cristo crucificado y de aquella sangre de la que habéis sido instituido ministro, que no tardéis en recibir en vuestra misericordia a las ovejas que se hayan quedado fuera del rebaño (por mis pecados, creo yo) y que con vuestra benignidad y santidad ablandéis su dureza y les concedáis ese bien de volverlas al redil… y que si las tales no lo piden en verdadera y perfecta humildad, supla vuestra santidad su. imperfección. Recibid. del enfermo lo que os puede dar. iAy de mí, ay de mí! tened misericordia de tantas almas que perecen. Y no paséis cuidado por el escándalo sobrevenido en esta ciudad, en. la que ciertamente los demonios infernales se han esforzado por impedir la paz y la quietud. de las almas y de los cuerpos… pero la divina bondad ha puestoel remedio y del grande mal no ha resultado mal muy grande… hanse pacificado vuestros hijos y hasta os piden el óleo de la misericordia. Y aun suponiendo, santísimo Padre, que os pareciera que no la piden con aquellos modos agradables y con aquel cordial disgusto de la culpa cometida, como debieran y como querría Vuestra Santidad, aun así, iay de mí!, no los dejéis por eso, porque serán después mejores hijos que los otros. iAy de mi!, Padre mío, que yo no quisiera estar aquí más tiempo. Haced de mí después lo que quisiereis. Pero concededme esta gracia y esta misericordia, a mí, miserable entre las miseras, que clamo a vos, Padre mio, no me neguéis las migajas que para vuestros hijos estoy pidiendo, para que, hecha la paz, levantáis el estandarte de la santisima cruz… porque bien sabéis  que han venido los infieles a convidaros. Espero en la dulce bondad de Dios que os llene de su. encendida caridad y os da a conocer el daño de las almas y cuán obligado estáis a amarlas… de tal manera creceréis en hambre y solicitud de sacarlas de entre las. manos del demonio, procurárais remediar el cuerpo místico de la Santa Iglesia y el. universal cuerpo de la religión cristiana, y señaladamente trataréis de reconciliar a vuestros hijos, reduciéndolos con benignidad y con aquella vara de la justicia. que sean capaces de soportar. Estoy segura de que, no habiendo caridad, nada se haría… y por eso os dije que deseaba veros cimentado en verdadera y perfecta caridad. No es que yo crea que vos no estáis en la caridad… pero como siempre podemos crecer en su perfección, mientras seamos peregrinos y caminantes en esta vida, por eso os dije que deseaba en vos la perfección de la caridad, nutriéndola continuamente con el fuego del santo deseo y pariéndola, como buen pastor, a vuestros súbditos. Y así os ruego lo hagáis… y yo estaré y trabajaré hasta la muerte con la oración, y con cuanto pudiere, por la honra de Dios, por vuestra paz y por la de vuestros hijos.

No os digo más. Permaneced en el santo y dulce amor de Dios. Perdonad, Padre Santísimo, mi presunción, pero el amor y el dolor me excusen de ella ante Vuestra Santidad. Humildemente os pido vuestra bendición Jesús dulce, Jesús amor.