Carta VIII - A Gregorio XI

En nombre de Jesucristo crucificado

y de la dulce María

Santísimo y reverendísimo padre en Cristo dulce Jesús: Yo, Catalina, vuestra. indigna hija, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo en su preciosa sangre, con deseo de veros recibir, de vuestros súbditos e hijos, verdadera y perfecta paz, volviendo al yugo de la santa obediencia… de suerte que podéis vivir en paz y quietud del alma y el cuerpo, y Dios, por su bondad inestimable y su caridad infinita, me da gracia para que yo vea por que medios habréis de lograr la pacificación del alma con Dios, en la guerra que por sus faltas han emprendido contra su inefable bondad y contra Vuestra Santidad. Y no dudo de que, haciéndose esta paz, quedará pacificada toda Italia, el uno con el otro. iOh, cuán feliz se sentirá mi alma viendo yo, por medio de vuestra santidad y benignidad, abrazarse los unos a los otros con unión de amor!

Sabed, santo Padre, que no de otro modo se juntó Dios al hombre, sino con el vínculo del amor… y el amor le retuvo sujeto y clavado a la cruz, porque el hombre, creado por amor, de ningún modo se atraía tan bien como por amor. Con el amor del Verbo, del Unigénito Hijo de Dios, se destierra la guerra que movió el hombre rebelándose contra Dios y sometiéndose al señorío del demonio. Y así de este modo veo, santísimo Padre, que desterraréis la. contienda y el señorío establecidos por el demonio en la ciudad del alma de vuestros hijos. Pues el demonio no se expele con el demonio, pero si lo arrojareis con la virtud de la humildad y de la benignidad vuestra. No soportará el demonio esa humildad, porque no es capaz de soportarla, sino, todo lo contrario, quedará vencido por ella. Con el amor y el hambre que tendréis de la honra de Dios y de la salvación de las almas, aprendiendo del desangrado y consumado Cordero, cuyas veces hacéis, expulsaréis la guerra y el odio de sus corazones y amontonaréis, carbones de encendido fuego, padre, sobre las cabezas de vuestros hijos rebeldes, verdaderos demonios encarnados. Con este dulce y suave modo quedará sojuzgado el demonio y la. soberbia del hombre, que de ninguna, manera se alcanzará tanto bien como por la humildad, y aventaréis la guerra sufriendo con paciencia, sobrellevando y soportando los defectos de vuestros hijos, pero sin abandonar la reprensión que debe aplicarse según las posibilidades de cada uno. De esta suerte, con la misericordia y bondad y santa justicia, consumirse en dulce fuego de amor el odio de sus almas, como se consume el agua en el horno. Preceda, padre, la benignidad… que sabéis, que toda criatura racional se obliga más con el amor y dulzura que con cualquier otra cosa, y especialmente los italianos de acá… y no me ocurre otro modo para que los granjeéis sino éste… haciéndolo así lograréis de ellos todo cuanto quisiereis. Esto es lo que os ruego por amor de Cristo crucificado, para bien y utilidad de la santa Iglesia.

Van a Vuestra Santidad los embajadores de Siena, los cuales se dejan vencer del amor como los que más, y así os suplico que con amor tratéis de conquistarlos aceptando en algo la excusa del yerro cometido, pues se duelen de él, y les parece hallarse en tales extremos, que no saben que hacerse. Pluguiera a Vuestra Santidad, dulce padre mío, que si vieseis algún modo, que os agradare, de encaminarlos hacia vos y de que no siguiesen en guerra unidos con sus confederados, lo aplicarais: os lo ruego. Sostenedlos por amor de Cristo crucificado… porque creo que si así lo hiciéreis, será gran bien para la santa Iglesia y menor motivo de daño.

Os ruego también que pongáis la mira en castigar las faltas de los pastores y ministros de la Iglesia cuando hacen lo que no se debe hacer. Procurad que sean buenos, que vivan virtuosa y justamente… esto se debe cuidar por la honra de Dios, por vuestra obligación y por la salvación de ellos, y luego porque los seglares, en esto, os miran mucho a las manos, por haber visto que de no castigarse los defectos han resultado muchos inconvenientes. Espero en la suma y eterna bondad de Dios y en vuestra Santidad que así lo haréis y también toda otra cosa buena y lo que fuere necesario obrar en lo que respecta, a tales cuestiones.

No digo más. Perdonad mi presunción. Vuestra bendición os pido humildemente. Os encomiendo los citados embajadores sienenses. Quedad en el santo y dulce amor de Dios. Jesús dulce, Jesús amor.