Carta VII - A Gregorio XI

En nombre de Jesucristo crucificado
y de la dulce María

Santísimo y dulcísimo padre. Vuestra indigna y miserable hija Catalina en Cristo dulce Jesús se os encomienda en su preciosa sangre… con deseo de veros hombre viril, sin temor alguno o amor carnal impropio de vos mismo o de criatura alguna unida a vos en la carne… considerando y viendo yo, en la dulce presencia de Dios, que no hay cosa alguna que pueda impedir tanto vuestro santo y buen deseo, o ser materia, de impedimento al honor de Dios y la exaltación y reforma de la santa Iglesia, como ésta. Por ello desea el alma con inestimable amor, que Dios por su infinita misericordia os arranque toda pasión

y tibieza de corazón y os reforme como hombre nuevo, esto es con reforma de encendido y ardentísimo deseo: que de otro modo, no podríais cumplir la voluntad de Dios y el deseo de sus siervos. Ay de mí, ay de mí, padre mío dulcísimo, perdonad mi presunción, de aquello que os he dicho y digo: obligada, estoy a decirlo por la dulce primera Verdad. Su voluntad, padre, es ésta, y así os lo exige. Exige que hagáis justicia ante la abundancia de las muchas iniquidades que se cometen por parte de aquéllos que se nutren y apacientan en el jardín de la santa Iglesia… diciendo que el animal no debe nutrirse con el pan de los hombres. Puesto que Aquéllos dio la autoridad y vos la habíais tomado… debéis usar de vuestra virtud y potencia: y si no queréis usarla, mejor sería renunciar a lo que habéis tomado: más honor de Dios y salvación del alma vuestra resultaría de ello que de esto otro.

La otra cosa, es que su voluntad es ésta, y así os lo exige… quiere que hagáis las paces con toda la Toscana con la cual lucháis… sacando de todos aquellos inicuos hijos vuestros que se os han rebelado, aquello que pueda ser sacado, obteniendo cuanto fuere posible sin guerra, mas con escarmiento, según debe hacer el padre con el hijo cuando lo ha ofendido. También os exige la dulce bondad de Dios que deis plena autoridad a quienes os pidan que obréis en las cosas del santo pasaje… que esto es lo que os parece imposible y es posible para la dulce bondad de Dios, que ha ordenado y quiere que así sea. Mirad, por lo que amáis vuestra, vida, que en ello no cometáis negligencia: ni os burléis de las operaciones del Espíritu Santo, que se os exigen, pues lo podéis hacer. Si queréis justicia, podéis hacerla. Podréis tener paz si arrancáis las perversas pompas y delicias del mundo conservando sólo el honor de Dios y lo que se debe a la santa Iglesia. Autoridad de darla a quienes os la piden, también tenéis. Por tanto, ya que no sois pobre, sino rico, puesto que Ileváis en la mano las Llaves del cielo, y a quien vos abrís se le abre y a quien vos cerráis se le cierra, al no hacerlo recibiríais reprensión de Dios. Yo, si estuviera en vos, temería, que el divino juicio cayese sobre mí. Y por ello os ruego dulcísimamente de parte de Cristo crucificado, que seáis obediente a la voluntad de Dios, pues sé que no queréis ni deseáis otra cosa sino hacer su voluntad para que no caiga sobre vos aquella dura reprensión: "Maldito seas tú, que no usaste del tiempo y de la fuerza que te fue concedida!" Creo, padre, que, por la bondad de Dios y hasta tomando esperanza en vuestra santidad, no obraréis de manera que esto pueda caer sobre vos.

No digo más. Perdonadme, perdonadme: que el gran amor que tengo por vuestra salvación, y el gran dolor cuando veo lo contrario, me lo hacen decir. De buen grado lo hubiera dicho a vuestra persona para descargar plenamente mi conciencia. Cuando plega a vuestra santidad que vaya hacia vos, iré de buen grado. Haced que no me queje de vos a Cristo crucificado… que de otra cosa no puedo reclamarme. Pues no la hay mayor en el mundo. Permaneced en la Santa y dulce dilección de Dios… humildemente os pido vuestra bendición. Jesús dulce, Jesús amor.