Carta V - A Gregorio XI, Hallándose la Santa en Aviñón

En nombre de Jesucristo crucificado

SANTÍSIMO y reverendísimo dulce Padre en Cristo dulce Jesús: Vuestra indigna y miserable hija Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, escribe a Vuestra Santidad en su preciosa sangre, con deseo de veros fuerte y perseverante en vuestro bueno y santo propósito, tanto y de tal modo que no haya ningún viento contrario que os lo pueda estorbar… ni demonio ni creatura. Los cuales parece que quisieran venir, como dice nuestro Salvador en su santo Evangelio, con pieles de oveja, aparentando ser corderos, y son lobos rapaces. Dice nuestro Salvador que de éstos debemos cuidarnos. Paréceme, dulce Padre, que ya comienzan a venir hacia vos con cartas, y además de las cartas os anuncian su venida, afirmando que estarán a la puerta cuando vos menos lo sepáis. Este tal habla como humilde, diciendo: "Si se abrieren, entraré y conversaremos juntos". Pero se pone un traje de humildad, a fin de que se le crea. Gloriosa virtud por cierto ésta, con la cual hasta la misma soberbia se reviste.

Éste ha hecho en la carta dirigida a Vuestra Santidad -según lo que yo he comprendido- como hace el demonio en el alma, cuando muchas veces, con color de virtud y de compasión, le infiltra su veneno. Y especialmente con siervos de Dios usa de estas artes, pues ve que con el solo vicio no los podría engañar. Así me parece que hace este demonio encarnado, el cual os ha escrito con color de compasión y en forma inocente, esto es, aparentando que la carta proviene de hombre santo y justo, y no viene sino de hombres inicuos y consejeros del demonio, destructores del bien común de la congregación cristiana y de la reforma de la Santa Iglesia, amadores de sí mismos, que buscan solamente sus particulares provechos. Mas pronto, Padre, podréis aclarar, si esa carta viene o no de aquel hombre justo. Y hasta paréceme, según eI honor de Dios, que lo debéis averiguar.

Por lo que yo puedo ver o comprender, a éste no lo considero ni me lo represento al son de sus palabras como siervo de Dios, pues la carta me parece hecha con fingimiento. Ni tampoco me parece que el que la hizo conociese bien su arte. Deberíase, más bien, llevárselo a una escuela, pues hasta creo que haya sabido menos que un niño.

Por lo que yo puedo ver o, comprender, a éste no lo considero ni me lo represento al son de sus palabras como siervo de Dios, pues la carta me parece hecha con fingimiento. Ni tampoco me parece que el que la hizo conociese bien su arte. Deberíase, más bien, Ilevárselo a una escuela, pues hasta creo que haya sabido menos que un niño.

Mirad, Santísimo Padre, que Él os ha puesto delante aquella parte que sabe más débil en el hombre, y singularmente en aquéllos, por amor carnal, muy suaves y compasivos y tiernos para con su cuerpo… puesto estos tales aman más la vida que todos los demás. Y por ello os la ha puesto desde la primera palabra. Mas yo espero que, por la bondad de Dios, miraréis más a su honra y a la salvación de vuestras ovejas, que a vos mismo, como buen pastor que debe exponer la vida por sus ovejas.

Paréceme, asimismo, que este hombre venenoso, por una parte os recomienda vuestra salida, diciendo que es santa y buena… y por otra parte os dice que el veneno ya os está preparado, y si no me equivoco, os aconseja que enviéis hombres de confianza que vayan delante de vos, y que encontrarán el veneno en las mesas, esto es, supongo quiere decir en las botellas, el cual se adereza para que os lo sirvan templadamente, para que mate en un día, en un mes o en un año. Lo que yo digo a eso es que veneno se halla tanto en las mesas de Aviñón o de las demás ciudades, como en las de Roma… y tanto puede hallárselo templadamente, para el mes o el año, como para más largo tiempo, según le agrade al comprador, y en cualquier sitio se lo encontrará y por eso le parecería bien que vos evitaseis y suspendieseis, entretanto, vuestra partida… y demuestra esperar que, en el intermedio, venga el divino juicio sobre estos hombres inicuos, los cuales, según Él dice, parece buscan vuestra muerte. Mas si fuese sabio, la esperaría antes para sí mismo, porque Él es sembrador del peor veneno que haya sido sembrado de largo tiempo acá en la Iglesia Santa, por cuanto quiere impedir que hagáis lo que Dios os reclama y vos debéis hacer. ¿Y sabéis de qué modo se sembraría el veneno? No yendo vos, sino enviando a vuestros mensajeros según lo que el buen hombre os aconseja, con lo cual se suscitaría escándalo y rebelión temporal y espiritual, pues hallarían que vos dais a la mentira el lugar correspondiente a la verdad.

Porque habiendo vos anunciado y determinado vuestra venida, y sucediendo lo contrario, esto es, que no Ilegáis, se produciría demasiado grande escándalo, turbación y error en los corazones de todos. Así que Él dice muy bien la verdad… hace la profecia de Caifás cuando aseguraba: "Es necesario que muera un hombre, a fin de que el pueblo no perezca". No sabia Él lo que decía, pero sí el Espíritu Santo que hablaba la verdad por su boca, aunque el demonio se lo habia hecho proferir a aquél con otra intención. Así éste quiere ser ahora otro Caifás. Él profetiza que si vos lo mandáis, encontrarán el veneno. Y verdaderamente sería así… que si fuesen tantos vuestros pecados como para que vos permanecierais y ellos fueran, vuestros confidentes encontrarían el veneno en los vasos de los corazones y en las bocas de todos. Y no se tardaría tampoco un día, porque pasaríamos el mes y el año antes de que fuese posible digerirlo.

Mucho me maravilIo de las palabras de este, hombre, esto es, que elogie primero la obra buena, santa y espiritual, y luego pretenda que por temor corporal se deje la misma obra. No es costumbre de los siervos de Dios que por algún daño corporal o temporal, y aunque la vida se perdiese, quieran abandonar el ejercicio y la acción espiritual, porque si hubiesen procedido así, ninguno habría Ilegado nunca a buen término. Porque la perseverancia del santo y buen deseo en las buenas acciones es la que se corona, y en vez de confusión, merece gloria.

Por ello os dije, Padre Reverendo, que deseaba veros firme y estable en vuestro buen propósito (porque después de eso seguirá la paz de vuestros rebeldes hijos y la reforma de la Santa Iglesia), y también en cumplir el deseo de los siervos de Dios, que lo tienen de ver alzar el estandarte de la santísima cruz sobre los infieles. Entonces podréis administrar la sangre del Cordero a los pobrecillos infieles… pues sois el bodeguero de esta sangre y el que tiene las llaves de ella.

¡Ay de mí!, Padre, os ruego por el amor de Cristo crucificado que bien pronto consagréis a esto vuestro poder… porque sin vuestro poder no es posible que se haga. No os aconsejo, sin embargo, dulce Padre, que abandonéis a los que son vuestros hijos naturales y se sustentan a los pechos de la esposa de Cristo, por los hijos bastardos, que no han sido aún legitimados en el santo bautismo… mas espero por la bondad de Dios que, yendo los hijos legítimos con vuestra autoridad, y con la virtud divina del cuchillo de la paIabra santa y con la virtud y fuerza humana, aquéllos volverán al seno de la Santa Iglesia y vos los legitimáreis. Esto parece que sea honra de Dios, utilidad vuestra, honor y exaltación de la dulce Esposa de Jesucristo… y no seguir el simple consejo de aquel hombre justo, el cual os quiere dar a entender que sería mejor para vos, y para los otros ministros de la Iglesia de Dios, habitar entre los moros infieles, que entre la gente de Roma o de Italia.

A mi me agrada el buen apetito que Él tiene de la salvación de los infieles, pero no que quiera quitar el padre a sus hijos legítimos y el pastor a las ovejuelas congregadas en el redil. Y me parece que quiere hacer con vos como hace la madre con su chiquillo cuando lo quiere destetar y quitar la leche, que se pone amargo acibar en el pecho a fin de que aquél guste primero la amargura que la leche… de modo que por temor de lo amargo abandone lo dulce, pues el chiquillo se engaña mejor con la amargura que con otra cosa. Así quiere hacer éste con vos, poniéndoos delante la amargura del veneno y de la grande persecución, para engañar la puerilidad del amor tierno y sensitivo, a fin de que por miedo dejéis la leche… leche de la Gracia que seguiría a vuestro dulce advenimiento. Y os ruego, de parte de Cristo crucificado, que no seáis chiquillo temeroso, sino hombre varonil. Abrid la boca, y tragáos lo amargo por lo dulce. No convendría a Vuestra Santidad abandonar la leche a causa del acibar. Espero en la infinita e inestimable bondad de Dios que, si queréis, os dará su gracia, a vos y a nosotros… y que seréis hombre firme y estable, y no os moveréis por viento alguno, ni por engaño del demonio, ni por consejo de demonio encarnado, sino que seguiréis la voluntad de Dios y vuestro buen deseo y el consejo de los siervos de Jesucristo crucificado.

No digo más. Concluyo con que la carta enviada a vos no proviene de aquel siervo de Dios que os han nombrado, ni que haya sido escrita desde muy lejos: más bien creo que ella venga de cerca y de siervos del demonio, que poco temen a Dios. Que si yo Ilegase a creer que proviene de Él, no lo reputaría por siervo de Dios, si otra cosa yo no viese. Perdonadme, Padre, el hablar tan presuntuosamente. Con toda humildad os suplico me perdonéis y me deis vuestra bendición. Permaneced en el santo y dulce amor de Dios. Ruego a su infinita bondad me conceda su gracia para que pronto, por su honra, os vea poner el pie fuera del umbral, con paz, reposo y quietud de alma y de cuerpo. Ruégoos, dulce Padre, que cuando plazca a Vuestra Santidad me señaléis audiencia, porque antes de partir quisiera entrevistarme con vos. El tiempo es breve… por tanto, si así os agrada, querría que fuese muy pronto. Jesús dulce, Jesús amor.