Carta IX - A Gregorio XI

En nombre de Jesucristo crucificado
y de la dulce María

Santísimo y dulcísimo padre en Cristo Jesús. Yo vuestra indigna y miserable hija Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, escribo a vuestra Santidad en la preciosa sangre suya… con deseo, que largo tiempo he deseado, de veros cual portero viril y sin ningún temor. Portero sois de las bodegas de Dios, esto es de la sangre del Unigénito Hijo suyo, cuyas veces hacéis en la tierra: y por otras manos no se puede tener la sangre de Cristo, sino por las vuestras. Nutrís y apacentáis a los fieles cristianos: sóis aquella madre que en los senos de la divina caridad nos nutre… puesto que no nos dáis sangre sin fuego, ni fuego sin sangre. Que la sangre fue derramada con fuego de amor. ¡Oh gobernador nuestro!, digo que largo tiempo deseo veros hombre viril. y sin temor alguno… aprendiendo del dulce y enamorado Verbo que virilmente corre a la oprobiosa muerte de la santísima cruz, para cumplir la voluntad del padre y nuestra salvación. Este Verbo dulce nos alcanza la paz… pues fue mediador entre Dios y nosotros. No deja este dulce y enamorado Verbo, por nuestra ingratitud ni por injuria, ni ofensa, ni vituperio, de correr a la oprobiosa muerte de la cruz, como enamorado de la salvación nuestra: puesto que de otro modo no podríamos alcanzar los efectos de la paz. ¡Oh padre santisimo nuestro, yo os ruego, por el amor de Cristo crucificado, que sigáis sus huellas! iAy de mí… paz, paz, por el amor de Dios! No miréis la miseria e ingratitud e ignorancia nuestra, ni la persecución que os hacen vuestros rebeldes hijos. lAy de mí: venza vuestra benignidad y paciencia su malicia y soberbia! Tened misericordia de tantas almas y cuerpos como perecen. ¡Oh pastor y portero de la sangre del Cordero!, no os retenga ni pena ni vergüenza ni vituperio que os pareciere recibir, ni temor servil, ni los perversos consejeros del demonio, que no aconsejan otra cosa que guerras y miserias. Todo esto, santísimo Padre, no os retraiga de correr a la oprobiosa muerte de la cruz… siguiendo a Cristo como Vicario suyo, esto es, soportando penas, oprobio, tormento y villanias, Ilevad la cruz del santo deseo: digo, del honor de Dios, y de la salvación de vuestros hijos. Tened, tened hambre, y con el ojo del intelecto vuestro, erguíos sobre la cruz del deseo… y contemplad cuántos males se siguen de esta perversa guerra, y cuánto es el bien que se sigue de la paz. ¡Ay de mí, padre mío!, desventurada alma mía, que mis iniquidades son causa de tanto mal. Y parece que el demonio haya tomado señorío del mundo, no por sí mismo que nada puede, sino en cuanto nosotros se lo hemos dado. A cualquier parte que me vuelva, veo que cada uno le entrega la llave del libre albedrío por medio de su perversa, voluntad… seglares, religiosos, clérigos, con soberbia, corriendo hacia las delicias, estado y riquezas del mundo, con mucha inmundicia y miseria. Mas sobre todas las otras cosas que veo que son muy abominables a Dios, están las flores, plantadas en el cuerpo místico de la santa Iglesia, que deberían ser flores odoríferas y su vida espejo de virtudes, gustadores y amadores del honor de Dios y de la salvación de las almas: y en cambio arrojan hedor de toda miseria… y son amadores de sí mismos, uniendo sus defectos con los de los otros, y singularmente en la persecución que se hace a la dulce esposa de Cristo y a vuestra Santidad. Ay de mí, caídos estamos en el bando de la muerte… y hemos hecho guerra a Dios. Oh padre mío, habéis sido, puesto entre nosotros como mediador para hacer esta paz. No veo que pueda hacérsela si no cargáis la cruz del santo deseo, como se ha dicho. Tenemos guerra con Dios… y los rebeldes hijos la tienen con Dios y vuestra Santidad: Dios quiere y reclama que arranquéis, según vuestro poder, el señorío de las manos de los demonios. Poned mano para quitar el hedor de los ministros de la santa Iglesia… arrancad las flores hediondas, plantad flores odoriferas: hombres virtuosos que teman a Dios. Luego os ruego que plega a vuestra santidad el condescender en dar la paz, y en recibirla por cualquier manera que se pueda, conservando siempre la dulce Iglesia, y vuestra conciencia. Quiere Dios que atendáis al alma y a las cosas espirituales más que a las cosas temporales. Obrad virilmente: que Dios está de vuestra parte. Ocupáos en ello sin ningún temor… y por más que veáis fatigas y tribulaciones, no temáis: confortaos con Cristo dulce Jesús. Que entre las espinas nace la rosa, y entre muchas persecuciones brota la reforma de la santa Iglesia, la luz que hace quitar la tiniebla a los cristianos y la vida de los infieles, y la elevación de la santa cruz. Vos, como instrumento y medio nuestro1, con solicitud, y no con negligencia, y sin temor alguno, obrad lo que podáis. De este modo seréis verdadero ministro: cumpliréis la voluntad de Dios, y el deseo de los siervos suyos, que mueren de dolor y no pueden morir, viendo tanta ofensa a su Creador y tanto envilecer la sangre del Hijo de Dios. No puedo más. Perdonad, padre santísimo, mi presunción: excúseme ante vos el amor y el dolor. No digo más. Dad la vida por Cristo crucificado: arrancad los vicios y plantad las virtudes: fortificáos y no temáis. Permaneced en la santidad y dulce dilección de Dios. Gran deseo tengo de encontrarme ante vuestra Santidad. De muchas cosas tendríamos que razonar. No fui por muchas ocupaciones buenas y útiles para la Iglesia que fueron necesarias. Paz, paz, por el amor de Cristo crucificado y no más guerra. Que otro remedio no hay. Os recomiendo a Annibaldo, vuestro fiel servidor.

Escrita en nuestro monasterio nuevo, el cual me concedisteis, titulado Santa María de los Ángeles. Pido humildemente vuestra bendición. Y vuestros hijos negligentes, maestro Juan y fray Reimundo, se encomiendan a vuestra Santidad. Jesucristo crucificado sea con vos. Jesús dulce, Jesús amor.

1 Los modernos, como con muchas otras lo han hecho, han envilecido esta palabra que originariamente Ileva consigo la idea de construcción, de edificadón. Príncipes y prelados deberían ser instrumento, en el antiguo sentido, Y no volver instrumentos a los demás en el sentido moderno. Es así que medio vale aquí por título de nobleza… expresa más que mediador. (Tommaseo)