Carta IV - A Gregorio XI

En nombre de Jesucristo crucificado y de la dulce María

REVERENDO Padre en Cristo dulce Jesús: Yo, Catalina, vuestra indigna hija, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo en su preciosa Sangre, con deseo de veros hombre varonil y sin ningún servil temor… aprendiéndolo del dulce y bueno Jesús, cuyo Vicario sóis. Que tal fue su inestimable amor hacia nosotros, que corrió a la oprobiosa muerte de la cruz, sin cuidarse de aflicciones, oprobios, villanías y vituperios… sino que los soportaba todos y no los temía en absoluto… tan voraz era el deseo que tenía de la honra del Padre y de nuestra salvación. Pues el amor le había hecho olvidarse en un todo de sí, en cuanto hombre. Así quiero, Padre, que lo hagáis también vos. Olvidáos vos mismo de todo amor propio, y no os améis por vos mismo, ni a la criatura por vos, sino a vos y al prójimo amad por Dios, y a Dios por Dios en cuanto es Él digno de ser amado, y en cuanto es sumo y eterno bien. Proponéos por fin el Cordero inmolado, pues la sangre de este Cordero os dará ánimo para cualquier bataIla. En la sangre perderéis todo temor… Ilegaréis a ser y seréis pastor bueno, que expondréis la vida por vuestras ovejas.

¡Vamos, Padre, no os detengáis más! Encendéis en grandísimo deseo, esperando el socorro de la divina Providencia. Pues me parece que la divina Bondad viene disponiendo a los grandes lobos y haciéndolos volver corderos. Y por eso me tendréis en seguida allí, para ponéroslos humillados en vuestro regazo. Estoy cierta de que vos los recibiréis como padre, no obstante sus injurias y persecuciones… aprendiendo de la dulce Verdad primera que dice que el buen pastor, cuando ha encontrado la ovejuela perdida, se la echa sobre los hombros y la devuelve al redil. Así lo haréis vos también, Padre. Y cuando hayáis encontrado a vuestra oveja perdida, la pondriais sobre los hombros del amor y la devolveréis al redil de la Santa Iglesia. E inmediatamente después, quiere y os ordena nuestro dulce Salvador que levantáis el estandarte de la Santa Cruz contra los infieles y se les mueva guerra y se caiga sobre ellos. La gente que tenéis contratada para venir acá, retenedla y haced de modo que no venga, pues más bien ocasionaría perjuicios que ventajas.

Me preguntáis, dulce Padre mío, acerca de vuestro regreso… y yo os respondo y os digo de parte de Cristo crucificado que vengáis lo más pronto posible. Si podéis venir, hacedlo para antes de septiembre… y si no podéis antes, no lo retardéis más que hasta septiembre. Y no miréis a ninguna contradicción que tengáis… mas, como hombre varonil y sin temor alguno, venid. Y cuidad, pues tan cara nos es vuestra vida, no vengáis con aparato de gentes, sino con la cruz en la mano, como manso cordero. Haciéndolo así cumpliréis la voluntad de Dios… pero viniendo de otro modo, la traspasaréis y no la cumpliríais. Gozaos, Padre, y exultad… venid, venid. No digo más. Quedad en el santo y dulce amor de Dios. Jesús dulce. Jesús amor. Perdonadme, Padre.

Humildemente os pido vuestra dulce bendición.