Carta III - A Gregorio XI
En nombre de Jesucristo crucificado
y de la dulce María
Santísimo y reverendísimo padre en el dulce Jesucristo: Vuestra indigna hija Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, escribe a Vuestra Santidad en su preciosa sangre, con deseo de veros alcanzar la paz, pacificado vos y vuestros hijos con vos. La cual Diosos reclama y quiere que por ella hagáis todo lo posible. ¡Ay de mí!, no parece querer que nosotros atendamos tanto al gobierno y a los bienes temporales, que no se eche de ver cuánta es la destrucción de las almas y el vituperio de Dios, que a causa de la guerra continúan… sino parece querer que abráis el ojo del entendimiento sobre la belleza del alma y sobre la sangre de su Hijo, con la que lavó la faz de nuestra alma, y de la que sois administrador. Invitáos, pues, al hambre de este alimento de las almas. Porque quien tiene hambre de la honra de Dios y de la salvación de sus ovejas, por recobrarlas y arrancarlas de manos de los demonios, deja perder, no sólo sus bienes, sino también la vida corporal. Sin embargo podríais, Santo Padre, decir: "En conciencia yo estoy obligado a conservar y recuperar los bienes de la Santa Iglesia". iAy de mi! confieso que tal es la verdad… pero aún así paréceme que debe custodiarse mejor aquello que más caro sea. El tesoro de la Iglesia es la sangre de Cristo, dada en precio por el alma, pues el tesoro de la sangre no se ha pagado a causa de los bienes temporales, sino para la salvación del linaje humano. Así, pues, supongamos que estéis obligado a conquistar y conservar el tesoro y el dominio de las ciudades, perdidos por la Iglesia… pero mayormente lo estéis a recobrar tantas ovejuelas que son en la Iglesia un tesoro… y no es que en sí misma pueda empobrecerse, porque la sangre de Cristo no puede disminuir, pero pierde, sí, un ornamento de gloria que recibe de los virtuosos, obedientes y sumisos a ella. Es mejor, por tanto, dejar perderse el oro de las cosas temporales y no el oro de las espirituales. Haced, pues, lo que podáis… y hecho lo posible, quedáis excusado ante Dios y ante los hombres del mundo. Mejor los reduciréis con la vara de la benignidad, del amor y de la paz, que con la vara de la guerra, y así veréis recobrado lo vuestro, espiritual y temporalmente.
Estrechándose mi alma entre sí misma y su Dios, con grande hambre de nuestra salvación y de la reforma de la Santa Iglesia y del bien de todo el mundo, no parece que Dios manifieste otro remedio, ni veo yo otro en Él sino el de la paz. ¡Paz, entonces, paz, por el amor de Cristo crucificado! Y no toméis en cuenta la ignorancia, ceguera y soberbia de vuestros hijos. Con la paz desterraréis la guerra y el rencor del corazón y la discordia… y los uniréis. Con la virtud, pues, arrojaréis al demonio.
Abrid, abrid mucho el ojo del entendimiento, con hambre y deseo de la salvación de las almas, para considerar dos males: uno, el mal de la grandeza, dominio y riquezas temporales, que os parece estar obligado a reconquistar… y otro, el mal de ver perderse la Gracia en las almas y la obediencia que todos deben guardar a Vuestra Santidad. Y asi veréis que mucho más obligado os halláis a la reconquista de las almas. De este modo, pues, luego que el ojo del entendimiento haya visto y discernido cual es el menor de ambos males, vos, Santísimo Padre, que estáis en medio de entrambos, debéis elegir el menor… y eligiendo el menor por huir el mayor, evitaréis el uno y el otro, y ambos se tornarán en bienes, esto es, que habrdéis recuperado a vuestros hijos en la paz y habréis recibido lo vuestro. iMea culpa!, que no digo todo esto por enseñaros,sino impulsada de la dulce Verdad primera y del deseo que tengo, dulce Padre mío, de veros pacificado y en sosiego de cuerpo y alma. Porque con estas guerras y malaventura, no veo que podéis gozar una hora de bien. Destrúyese el de los pobrecillos por los soldados, devoradores de la carne y de los hombres. Y veo impiden el santo deseo que tenéis de la reforma de vuestra Esposa. Reformarla, digo, con buenos pastores y rectores. Y vos sabéis que con la guerra difícilmente lo podáis Ilevar a cabo, pues, pareciéndoos tener necesidad de príncipes y señores, parecerá también que la necesidad os obligue a elegir pastores a su arbitrio y no al vuestro. Y es pésima razón que, por cualquier necesidad que se presente, se elijan en la Iglesia pastores, o cualquier otra cosa, que no sean virtuosos, o sean personas que se busquen a sí por sí mismas, en vez de buscarse a sí por Dios procurando la gloria y la alabanza de su nombre. Ni deben ser hinchados por soberbia, ni cerdos por imnundicia, ni hojas que rueden al viento de las propias riquezas y vanidades del mundo. iAy de mí, que así no sea, por el amor de Jesucristo y por la salvación de vuestra alma!
Quitad, por tanto, la causa de la guerra, en cuanto os sea posible, a fin de que no Ileguéis a este inconveniente de elegirlos según la voluntad de los hombres, y no según la voluntad de Dios y vuestro deseo. Vos tenéis necesidad del socorro de Cristo crucificado… en Él poned, entonces, el afecto y el deseo, y no en el hombre o en auxilio humano… en el dulce Jesucristo cuyasveces hacéis, pues parece querer que la Iglesia retorne a su primero y dulce estado. iOh, qué dichosa se sentirá vuestra alma, Y la mía, cuando yo os vea iniciador de tanto bien, y que en vuestras manos lo que Dios permite por fuerza, se hace por amor! Éste será el modo de hacerlo en paz, y con pastores verdaderos y virtuosos y humildes siervos de Dios, porque los encontráreis, si a Vuestra Santidad place el buscarlos. Pues dos son las cosas por las cuales la Iglesia pierde y ha perdido los bienes temporales, y son la guerra y la falta de virtudes. Porque el que no tiene virtud, siempre está en guerra con su Creador. Asi que la guerra, causa de guerra es.
Ahora digo que, de querer recobrar lo que se ha perdido, no hay otro remedio sino lo contrario de aquello con que se ha perdido, esto es, reconquistarlo con paz y con virtud, como se ha dicho. De este modo cumpliréis el otro santo deseo vuestro y de los siervos de Dios, y mío también, mísera entre míseros… esto es, el de reconquistar las pobrecillas almas de los infieles que no participan de la sangre del inmolado y consumado Cordero. Ved, por consiguiente, santísimo Padre, cuánto es el bien que se impide y cuánto el mal que se sigue o que se hace. Espero en la bondad de Dios y en Vuestra Santidad, que conforme a vuestro poder os ingeniaréis en aplicar el dicho remedio de la santa paz. Ésta es la voluntad de Dios. Y os digo, de parte del dulce Jesús, que en esto y en las otras cosas que tenéis que hacer toméis consejo de los verdaderos… siervos de Dios, porque os aconsejarán en la verdad. Y gozáos en ellos, porque de ellos habéis menester. Y por eso será bien y de gran necesidad que los tengáis a vuestro lado, poniéndolos como columnas en el curso místico de la Santa Iglesia.
Creo que F.J. de P., portador de esta carta, es un verdadero y dulce siervo de Dios, el cual os encomiendo… y ruego plegue a Vuestra Santidad que a Él y a los demás queráis tener siempre cerca. No digo más. Quedad en el santo y dulce amor de Dios. Perdonad mi presunción. Humildemente os suplico vuestra bendición. Jesús dulce, Jesús amor.












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