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Los Fines de la Misa y Novus Ordo

Muchas personas han intervenido en la ]]>discución sobre la Misa Tradicional y el Novus Ordo]]> que se publicó hace algunos días. Entre los que sostienen la posición de "igualdad" de ambos ritos (o formas del rito, según Benedicto XVI) consideran inconsistente la referencia a Abel y Caín y la diversa suerte que sus sacrificios corrieron ante Dios. Dios aceptó el de Abel, rechazó el de Caín. ¿Por qué? El relato bíblico dice que uno le fue grato y el otro no. 

En la liturgia tradicional hay una referencia a Abel (lo mismo que a otros personajes que representan la continuidad del sacerdocio), como Abraham y Melquisedec. 

(Unde et memores...) Por tanto, Señor, nosotros, tus siervos, y tu pueblo santo, en memoria de la sagrada Pasión del mismo Cristo, tu Hijo, Señor nuestro, como de su  Resurrección de entre los muertos, y también de su gloriosa Ascensión a los cielos, ofrecemos a tu excelsa Majestad de tus propios dones y dádivas, la  Hostia pura, la Hostia santa, la Hostia inmaculada, el Pan santo de vida eterna, y el Cáliz de perpetua salud.

Sobre los cuales dígnate mirar con rostro propicio y sereno, y aceptar como te dignaste aceptar los dones de tu siervo, el justo Abel, y el sacrificio de nuestro patriarca Abraham, y el que te ofreció tu sumo sacerdote Melquisedec: sacrificio santo, Hostia inmaculada.

Olvido del sentido de la liturgia y de su origen divino

La "cultura" (o más bien, incultura) del Novus Ordo tiende a olvidar -cuando no despreciar- los fines de la Misa, que es la alabanza a Dios en primer lugar, la cual se debe tributar no solo desde una posición de humildad y súplica, sino, consecuentemente, siguiendo lo mandado por el Señor mismo, Quien enseñó a sus elegidos en el Antiguo Testamento primero y a sus Apóstoles luego los ritos del Culto o Sagrada Liturgia (Divina liturgia dicen los orientales).

Magisterio de Pío XII

"Así, si consideramos a Dios como autor de la antigua Ley, vemos que también proclama preceptos rituales y determina cuidadosamente las normas que el pueblo debe observar al tributarle el legítimo culto. Por eso estableció diversos sacrificios y designó las ceremonias con que se debían ejecutar; determinó claramente lo que se refería al Arca de la Alianza, al Templo y a los días festivos; señaló la tribu sacerdotal y al sumo sacerdote; indicó y describió las vestiduras que habían de usar por los ministros sagrados y todo lo demás relacionado con el culto divino". S.S. Pío XII, ]]>Encíclica Mediator Dei,]]> nº 9.

De allí estos ritos fueron transmitidos de generación en generación según la Ley de Moisés, hasta que por la muerte y resurrección de Cristo se inauguró el Único y perpetuo sacrificio verdaderamente grato a Dios hasta el fin de los tiempos.

Los textos bíblicos que parece "condenan" los ritos ofrecidos por los israelistas siguiendo la tradición de sus patriarcas, no se dirigen a contrariar lo mandado por Dios para ese tiempo de espera del Salvador, lo que supondría una contradicción, sino a la carnalidad de los oferentes, por un lado, y a la imposibilidad de que tales ritos, sacrificios de animales, pudieran satisfacer la deuda debida a Dios. Por eso el profeta Amós dice palabras que suenan desconcertantes:

"Yo aborrezco y desecho vuestras fiestas,

y no me agradan vuestras asambleas solemnes

Cuando me presentéis holocaustos y oblaciones

no los gustaré ni miraré vuestros sacrificios de animales cebados.

¡Aparta de Mí el ruido de tus cantos!

no quiero escuchar las melodías de tu salterio". (Cap 5, 21 a 23).

Y un eco de la carnalidad de estos sacrificios se lee en Jeremías:

"Añadid vuestros holocaustos a vuestros sacrificios para comer carne". (Cap 7, 21)

Pero el Santo Sacrificio fue instituido por Cristo mismo y por El enseñado a sus Apóstoles para que se repita según sus enseñanzas, atesoradas por la Iglesia en la Sagrada Tradición apostólica. Lo recuerda en el mismo documento magisterial Pío XII: 

"Por eso la sociedad fundada por el Divino Redentor no tiene otro fin, ni con su doctrina y su gobierno, ni con el Sacrificio y los Sacramentos instituidos por Él, ni finalmente con el ministerio que le ha confiado, con sus oraciones y su sangre, sino crecer y dilatarse cada vez más; y esto sucede cuando Cristo está edificado y dilatado en las almas de los mortales, y cuando, a su vez, las almas de los mortales están edificadas y dilatadas en Cristo; de manera que en este destierro terrenal se amplíe el templo donde la Divina Majestad recibe el culto grato y legítimo". Idem nº 12. Y también:

"La acción litúrgica tiene principio con la misma fundación de la Iglesia. En efecto, los primeros cristianos perseveraban todos en oír las instrucciones de los Apóstoles y en la comunicación de la fracción del pan y en la oración. Dondequiera que los Pastores pueden reunir un núcleo de fieles, erigen un altar, sobre el que ofrecen el Sacrificio; y en torno a él se disponen otros ritos acomodados a la salvación de los hombres y a la glorificación de Dios". Idem, nº 14.

Los fines de la Misa, centro del Culto Divino

Parece prudente recordar  fines de la Misa. Y el contraste que hay entre las oraciones y gestos que realiza el sacerdote en uno y otro caso, a saber, en el Ordo Missae tradicional y en el Novus Ordo. Tomamos este breve pasaje del ]]>Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae]]>, de los Cardenales Bacci y Ottaviani presentado a Paulo VI advirtiéndole sobre láas omisiones y ambigüedades del rito reformado.

"1) FIN ÚLTIMO. El fin último del sacrificio de la Misa es la alabanza que debe tributarse a la Santísima Trinidad, según la explícita intención de Jesucristo en el mismo misterio de su Encarnación: "Al entrar al mundo dice: 'No quisiste hostia ni ofrenda: en cambio a mí me preparaste un cuerpo' " (Heb. 10, 5; cfr. Ps. 39, 7-9). 

Por cierto, este fin buscado ha desaparecido completamente en el Novus Ordo: desapareció ciertamente del Ofertorio (1), pues la plegaria "Recibe, oh Trinidad Santa" ha sido eliminada; desapareció de la conclusión de la Misa, ya no se dirá más "Seate agradable, oh Trinidad Santa"; también fue suprimida del Prefacio, ya que el Prefacio de la Santísima Trinidad, que hasta ahora se recitaba oportunísimamente todos los domingos, ahora en el Novus Ordo sólo se dirá en la fiesta de la Santísima Trinidad, y por lo tanto solamente una vez al año. 

2) FIN ORDINARIO. El fin ordinario del Sacrificio es el propiciatorio. En cambio, en el Novus Ordo, este fin se aparta de su verdadera senda, pues ya no se pone más el acento en la remisión de los pecados, sea de los vivos, sea de los difuntos, sino en la nutrición y santificación de los presentes (nº 54). Por cierto, Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la última Cena y se puso a Sí mismo en estado de víctima para unirnos a Él, a ese estado victimal; pero este fin antecede a la misma manducación y tiene un pleno valor redentor antecedente, que se deriva de la inmolación cruenta de Cristo; de allí que el pueblo asistente a Misa no esté obligado de suyo a recibir la comunión sacramental. 

3) FIN INMANENTE. Cualquiera sea la naturaleza del sacrificio, pertenece a la esencia de la finalidad de la Misa el que sea agradable a Dios, aceptable y aceptado por Él. Por lo tanto, en la condición de los hombres que estaban inficionados por la mancha original, ningún sacrificio hubiera sido aceptable a Dios; el único sacrificio aceptado ahora con derecho por Dios es el Sacrificio de Cristo. Por el contrario, en el Novus Ordo la naturaleza misma de la oblación es deformada en un mero intercambio de dones entre Dios y el hombre: el hombre ofrece el pan que Dios transmuta en "pan de vida"; el hombre lleva el vino que Dios transmuta en "bebida espiritual": "Bendito eres, Señor Dios del universo, porque de tu largueza recibimos el pan (o: el vino) que te ofrecemos, fruto de la tierra (o: de la vid) y de la obra de las manos de los hombres, del cual se hará para nosotros el pan de vida (o: la bebida espiritual)". 

Superfluo es advertir cuán totalmente vagas e indefinidas son estas dos fórmulas "pan de vida" y "bebida espiritual", que, de por sí, pueden significar cualquier cosa. Hallamos aquí el mismo equívoco capital que examinamos en la definición de la Misa: allí Cristo se hace presente entre los suyos únicamente de un modo espiritual; aquí se dan el pan y el vino, que son cambiados "espiritualmente" (pero no substancialmente!).

Igualmente, en la preparación de las ofrendas se descubre idéntico juego de equívocos, pues se suprimen las dos maravillosas plegarias de la antigua Misa. La oración: "Oh, Dios, que admirablemente formaste la dignidad de la naturaleza humana y que más admirablemente aún la reformaste" recordaba a la vez la primitiva condición de inocencia del hombre y su presente condición de restauración, en la que fue redimido por la Sangre de Cristo. Era, por lo tanto, una verdadera, sabia y rápida recapitulación de toda la Economía del Sacrificio, desde Adán hasta la historia presente. En la otra plegaria, la oblación propiciatoria del cáliz para que subiera "con olor de suavidad" a la vista de la Divina Majestad, cuya clemencia se imploraba, repetía con suma sabiduría esta Economía de la salvación. Mientras que suprimida esta continua elevación hacia Dios por medio de la plegaria eucarística, no queda ya ninguna distinción entre sacrificio divino y humano

Eliminado el eje cardinal, se inventan vacilantes estructuras; echados a pique los verdaderos fines de la Misa, se mendigan fines ficticios. De aquí que aparecen los gestos que en la nueva Misa deberían expresar la unión entre el sacerdote y los fieles, o entre los mismos fieles; aparecen las oblaciones por los pobres y por la Iglesia que ocupan el lugar de la Hostia que debe ser inmolada. Todo esto pronto caerá en el ridículo, hasta que el sentido primigenio de la oblación de la Única Hostia caiga poco a poco completamente en el olvido; así también las reuniones que se hacen para celebrar la inmolación de la Hostia se convertirán en conventículos de filántropos y en banquetes de beneficencia".

Bacci-Ottaviani: ]]>Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae]]>

Conclusión

Para ser grato a Dios, el Sacrificio debe realizarse con arreglo a lo instituido por El esencialmente y transmitido por los Apóstoles. Los aspectos accidentales del rito pueden estar sujetos a cambio, normalmente a perfeccionamiento, pero en esencia no es posible contravenir el sentido último, el fin último del culto, convietiéndolo en una suerte de asamblea fraternal librada a la espontaneidad del celebrante o de los asistentes. Y esto es lo que queda flotando en el Novus Ordo, incluso en su versión más arreglada a lo que promulgó el papa Paulo VI, sin contar con la tolerancia de toda clase de invenciones producto de la dinámica del cambio que esta reforma introdujo. 

Para no extender solo mencionamos aquí la anormalidad de que el Ordo Missae Tradicional haya sido en la práctica prohibido y quienes desean celebrarlo, perseguidos. Así como la falacia sobre la accidentalidad del uso de una lengua sagrada. Ningún culto tradicional se realiza en una lengua que no sea sagrada, apartada del uso coloquial, para mantener la univocidad de los conceptos. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, en todos los ritos católicos, por más confusiones que en la materia se siembran para borrar de los fieles el sentido sobrenatural de las ceremonias sagradas.

Nota: textos de la Misa tradicional suprimidos en el Novus Ordo
(La oración que se llama Ofertorio. Esta oración recuerda las disposiciones que deben animar a los fieles, unidos al sacerdote, en el oblación del Santo Sacrificio).
(Suscipe Sancte Pater): Recibe, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, esta hostia inmaculada, que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, Dios mío, vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias; y por todos los circunstantes; y también por todos los fieles cristianos, vivos y difuntos; a fin de que a mí y a ellos aproveche para la salvación y vida eterna. Amén.
Deus qui: ¡Oh Dios, que maravillosamente creaste en dignidad la naturaleza humana y con mayores maravillas la reformaste! Concédenos, por el misterio de esta agua y vino, que participemos de la divinidad de Aquel, que se dignó participar de nuestra humanidad, Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro: El cual vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

(El sacerdote ofrece el cáliz, diciendo):
Offerimus Tibi: Ofrecémoste, Señor, el cáliz de salvación, implorando tu clemencia, para que con suave fragancia suba ante el acatamiento de tu divina Majestad por nuestra salvación y la de todo el mundo. Amén.
El sacerdote se inclina profundamente:

Con espíritu de humildad y corazón contrito seamos recibidos por Ti, Señor; y de tal manera sea ofrecido hoy nuestro sacrificio en tu presencia, que Te sea grato, Señor Dios.

Ven, Dios santificador, omnipotente y eterno, y bendice este sacrificio preparado a tu santo nombre.