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La experiencia de la Fragilidad

Hoy, por novena vez en lo que va de su breve pontificado, el papa Francisco suspendió actividades por razones de salud. Iba a visitar el Hospital Gemelli que celebraba su 50º aniversario. Para mitigar la desazón de la ausencia, envió a los organizadores de la celebración un vídeo en el que relata que viene sufriendo desde temprano en la mañana un dolor fuerte de cabeza que se complicó luego con episodios de nausea.

Esta comunicación ha sido doblemente útil: como gesto de cortesía hacia los que esperaban su llegada y para el pueblo católico en general a fin de saber, de fuente directa, la causa de esta suspensión.

El mensaje, tal como lo refiere la prensa especializada, hace referencia a la “fragilidad”. “Ho desiderato molto l’incontro ma non siamo padroni della nostra vita e dobbiamo accettare le fragilità».

Es probablemente, uno de los mensajes más católicos que Francisco ha enviado a los fieles: “… no somos los dueños de nuestra vida y debemos aceptar la fragilidad". La invitación a dedicar su pensamiento a Dios.

Malachi Martin, en su novela Vaticano, traza un resumen detallado, con información “de adentro”, con experiencias vividas por él mismo u oídas de los protagonistas, de los principales acontecimientos de la Iglesia en el siglo XX. Para ser más preciso, desde finales del reinado de Pío XII hasta el albor de Juan Pablo II, aunque en la ficción el elegido sea un personaje que en la realidad no ha existido, al menos como papa. Recomiendo su lectura y relectura, sobre todo como propedeutica a la confusa situación de estos tiempos.

Pero hay detalles que el buen padre Martin no deja pasar, movido probablemente por su corazón sacerdotal misericordioso. Entre ellos, me han impresionado los retratos de Juan XXIII y de Paulo VI, a quienes pinta muy críticamente como causantes de la crisis actual. Mas llegado el momento, de críticos se vuelven plenos de conmiseración a la hora de las enfermedades, cuando  comienzan a arrostrar una muerte cercana. Sobre todo del papa Roncalli, cuyo diagóstico fue fulminante.

En cierto momento se confronta el resultado de lo que uno ha hecho, comparado con lo que pretendía hacer… Uno no es dueño de su vida, la fragilidad del cuerpo y la precariedad de las decisiones se ponen en evidencia con un rostro implacable.

Ambos papas comienzan a repensar aquello de lo que han estado convencidos buena parte de sus vidas: el “concilio – nuevo pentecostés del amor” que ilusionó tanto a quien convocara el Vaticano II. La democratización, la voz del “pueblo de Dios” como segura “voz de Dios”, el “humanismo integral”, etc., todas las ilusiones de Paulo VI. Ante la certidumbre o intuición del final, y la certeza de los resultados, ambos papas reconsideraron hasta qué punto se habrían equivocado, según la novela.

En la realidad, Juan XXIII no tuvo tiempo de rectificar, y Paulo VI apenas se atrevió a poner un ancla doctrinal a los desvaríos sobre puntos morales y dogmáticos fundamentales. En él fue más visible, por ser público, el lamento por la infiltración satánica en la Iglesia. De ambos queremos pensar que han tenido la lucidez del arrepentimiento en el lecho de muerte.

Francisco -por novena vez mostrando fragilidad y asumiendo que no sea un paso de comedia calculado como hicieron otros en la historia para desconcertar a sus enemigos- asume públicamente que “no somos los dueños de nuestra vida”, lo que tiene trascendencia en la política eclesiástica.  El asceta del poder reconoce fragilidad, lo que en los dichos de un hombre de mando, conlleva unas connotaciones bien graves.

El propio Malachi Martin describe en Vaticano el mecanismo del Cónclave, que se activa mucho antes de la muerte del papa, ante algunas señales, precisamente, de fragilidad. Se lanzan las rondas de consultas discretas. Se perfila en nuevo papado. Largo o breve, autoritario o paternalista, de transición o de reformas profundas…

Francisco no es un papa de reformas de largo aliento por su edad y su estado de salud, que sin ser calamitoso hasta donde se sabe, tampoco es perfecto. Por eso la velocidad a la que lleva adelante las reformas -antes consignas que cambios verdaderos- en la estructura administrativa o en las costrumbres del clero. Parece buscar principalmente que la Iglesia consolide su amistad con los poderes más propiamente de este mundo.

Se me ha ocurrido pensar muchas veces que tal vez la intención que mueve a Francisco sea lograr un pacto con aquellos que él cree pueden avasallar a la Iglesia, porque en su modo de ver las cosas, sin esta alianza la Iglesia sería destruida.  Una mirada muy política y demasiado humana, si fuera el caso, pero más propia en un papa que el deseo contrario, es decir, el de destrucción de la institución que se le ha confiado.

Ni Juan XXIII ni Paulo VI, y tampoco seguramente Juan Pablo II han querido dañar a la Iglesia, a pesar de los desastres de sus pontificados. El primero resquebrajó la solidez monolítica de la doctrina y el gobierno de la Iglesia. El segundo alentó una reforma litúrgica y un ecumenismo que esterilizaron el apostolado y pusieron la Fe de los católicos en un estado agónico. 

Juan Pablo II, por su lado, quizo realizar un giro de 180 grados en toda la línea que perduraba, rompiendo los últimos cables que ataban a la Nave al puerto seguro de la Tradición: cambió todo lo que pudo cambiar. Renegó del pasado, lanzó a la Iglesia a una aventura tras la “mística” del Tercer Milenio (como si esto supusiera algún acontecimiento salvífico novedoso) y entre mea culpas y reuniones ecuménicas abandonó el gobierno de la nave, que llegó a la instancia de la zozobra.

Benedicto tuvo conciencia de esta gravedad y permitió que se abriera un espacio para una restauración tradicionalista, muy condicionada por cierto, pero no renegó de las grandes ilusiones conciliares. Por eso resulta hoy un papa por el que se debe pedir disculpas, según la opinión pública general, interna y externa a la Iglesia.

Francisco llegó para resucitar los ideales del Concilio, pero no ya en sus miras sesentistas sino en sus últimas consecuencias. Es el concilio 4.0. Y va a la velocidad de la informática.

Pero Dios le recuerda, según él mismo admite, que “nadie es dueño de su vida” y comienza a reconocer la experiencia de la fragilidad. Rezamos para que esta admisión sea también el comienzo de un replanteo de sus sueños. Al menos para que revea sus métodos, siendo como es, responsable de la confusión doctrinal y moral de millones de personas. Y si fuera posible, lo que no parece, para que inicie también la revisión de sus propósitos, que parecen estar entre los más calamitosos que la Iglesia haya padecido de parte de un Sumo Pontífice en toda su historia.