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El Increíble odio a la Misa Tradicional

Carta sobre las críticas a la celebración del rito tradicional en Córdoba

Resulta increíble el ataque que un medio laico de la ciudad de Villa María, Córdoba, dirige contra un sacerdote allí incardinado que reza la Misa Tradicional. Ataque extensivo a su obispo, el cual, como dimos cuenta en su momento, es el único que se ha atrevido a hablar pública y claramente contra las desviación del homosexualismo en los últimos tiempos.

Por lo que sabemos, la carta no es de un fiel de la parroquia. Aunque ella habla por sí misma. 

 

En defensa de la misa en latín en nuestra ciudad

En la última edición del Regional (viernes 11 de enero) aparece una nota que me ha llamado muchísimo la atención. Totalmente anónima y aparentemente escrita por “un grupo de laicos católicos”, el texto expone una queja hacia un sacerdote por impartir la misa según el rito tradicional de la Iglesia Católica (es decir, con los rezos en latín). En dicho artículo, también se lo cuestiona al obispo Samuel Jofré porque “reconoció su identificación con el Opus Dei”; como si este dato ya justificase una descalificación automática. Que yo sepa, en toda sociedad democrática que se precie, a las personas se las refuta por sus argumentos o sus acciones, pero nunca por demostrar simpatía o pertenencia a una institución de la Iglesia Católica. Además ¿por qué motivo se cuestiona al Opus Dei? El artículo no responde esta pregunta. Pareciera que el grupo de laicos católicos diera por sentado que dicha institución es una mala palabra.

Pero vayamos al punto esencial de esa acusación. Según este grupo de  laicos católicos, un cura que da la misa según el rito tridentino (es decir, en latín y de espaldas) contradice a la iglesia que, desde el Concilio Vaticano II, logró que los fieles tuviesen una mayor participación dentro de la misma. Vale decir que, según el argumento expuesto en la nota, dicho rito iría en contra de lo masivo. Pero tanto este “problema” como esta “acusación” son falsos. Y si no, veamos.

El Concilio Vaticano II, según sus documentos, ha dado lugar a las lenguas vernáculas, ha modificado la estructura de la liturgia, pero nunca ha eliminado ni los ritos oficialmente reconocidos (como es el caso del rito tridentino) ni ha prohibido que los sacerdotes den la misa en latín. En relación a los ritos, el  texto del Concilio Vaticano II (que este grupo esgrime como carta ganadora) dice lo siguiente: “la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios” (Concilio Vaticano II, Sobre la sagrada Liturgia, 4). En cuanto al uso del latín, expone: “Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular” (Ídem, 36. § 1).

Como se ve claramente y sin forzar los textos, no existe una actitud de eliminación ni de descalificación de los ritos oficialmente reconocidos ni del latín como idioma de la liturgia. Cuando el texto habla de incorporar la lengua vernácula para mayor participación del pueblo, también dice: “Procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde” (Concilio Vaticano II, El sacrosanto misterio de la eucaristía; II, 54). En virtud de lo leído, ¿no deberían estar contentos los “católicos laicos” si un sacerdote insiste en el latín para cantar las alabanzas? ¿No es ese acto un modo de continuar con la tradición milenaria de la Iglesia a la cual ellos dicen pertenecer y querer? Que el latín es la lengua oficial de la Iglesia Católica en el mundo, es un hecho del cual no hay que renegar; más bien al contrario. Porque hasta el decreto dedicado a la formación sacerdotal lo dice claramente: los seminaristas “deben, además adquirir tal conocimiento de la lengua latina que puedan entender y usar las fuentes de muchas ciencias y los documentos de la Iglesia.” (Concilio Vaticano II; V, 13). Y como bien sabemos, la inmensa mayoría de esos documentos están escritos en la lengua del pueblo romano. Por eso, el Papa Juan XXIII, tras el anuncio del Concilio Vaticano II, promulgó un documento (el Veterum Sapientia) en el cual daba las razones por la cual la iglesia toma como propia la lengua latina, lengua que hasta el momento el Papa Francisco promueve también. Porque la iglesia respeta la sana integración y no la eliminación arbitraria. No funciona en la Iglesia lo mismo que en política. La iglesia está en orden a la Verdad. Y la Verdad máxima para un católico es Dios uno y trino. Si a un grupo de personas, por más minoritario que sea, les ayuda la misa en latín para acercarse a Dios según lo estipulado por el Concilio Vaticano II, merece igual respeto que quien la dice y canta en alemán, inglés o en castellano. No es el Concilio Vaticano II quien excluye sino las tergiversaciones que se hacen de sus documentos. No es la Iglesia quien excluye sino la mirada sin horizonte de unas pocas y anónimas personas.

 

Juan Pablo Abraham.

DNI: 28249207