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Blue Bloods, típica serie neocon

Se ve con agrado y hasta con emoción, pero tiene sus trampas

He visto con mucho placer una serie policial llamada Blue Bloods, que lleva ya varias temporadas en los EE.UU.  Su planteo es típicamente neoconservador, pero está hecha con calidad. Y también con sutil trampa ideológica. Conviene comentarla para estar alertas, más allá de las buenas intenciones que eventualmente puedan guiar a algunos de sus responsables.

Aclaro que me baso en los capítulos de la primera temporada, no sé como siguió la cosa luego. Se trata de capítulos unitarios hilados por la historia de una familia católica de origen irlandés, los Reagan (cualquier similitud…), todos ellos vinculados a la institución policial de Nueva York.

Todos los varones han sido marines combatientes (Corea, Vietnam, Golfo, Iraq) y luego todos policías de Nueva York. El abuelo, retirado, llegó a ser Jefe de la policía de la ciudad, lo mismo que es su hijo, Francis, (Tom Selleck), en la actualidad. Representa a un funcionario policial íntegro, que desprecia la polítiquería y se atiene a su función de custodio de la seguridad de la gran ciudad.

Los hijos varones de éste, a su vez son todos policías, Danny (Donnie Wahlberg, a quien vimos en un entrañable personaje secundario en Banda de Hermanos, la miniserie de Spielberg). En este caso es la estrella, y protagoniza al hermano del medio, veterano de Iraq, obsesivo, nervioso y de modos hostiles, pero de corazón grande y generoso. Buen padre de familia, se desencaja cuando hay algún delito aberrante, ni hablar de la muerte de policías o militares. Es el “facho”. Su hermano Joe ha caído en servicio, es el héroe familiar. El menor, James, después de recibirse de abogado en Harvard ha decidido dedicarse a la actividad policial, comenzando como el más humilde novato.

Su hermana Erin, la procuradora, en cambio, es la liberal de la familia. Se atiene más a la letra de las leyes. Ella está divorciada, tiene una sola hija y dedica sus esfuerzos a su carrera. Hay pocos niños, dos de Danny, uno de Erin. Todos se reúnen los domingos a almorzar juntos después de misa, bendicen la mesa y a continuación se pelean por algún tema, la paz siempre por la gestión del padre de familia, a quien todos veneran. Todos veneran asimismo la tradición familiar, los “valores”, y aman ser policías.

Rectitud, absoluto desprecio por las influencias, el dinero y la gloria. Total dedicación al deber. Amigo de sacerdotes y respetuoso de la Iglesia. Se sugiere que ha tenido (siendo viudo desde hace años) alguna aventura con una periodista, de la que se distancia cuando ve que pretende utilizarlo para conseguir primicias.

Danny ya está casado al comenzar la serie, pero James convive con su novia… Que es recibida en la casa sin ningún remilgo, todo lo contrario. Parece que la moral de los Reagan se ciñe a algunos preceptos, pero no es muy estricta en otros. Pecadores sí, corruptos no.

Ser buen policía y buen padre (no se admite la infidelidad, pero sí el amor libre). No se ha planteado el tema del aborto, hasta donde yo conozco. No parece haber problemas con los anticonceptivos ni con “rehacer sus vidas”, aún cuando estén casados por Iglesia. Alguna vez aparece una escuela católica plagada de estudiantes viciosos en todo sentido. Lo único que importa a los Reagan que participan en la investigación es la droga y –obviamente- el crimen en el que queda involucrada una persona. Y finalmente, una profesora que seduce a un estudiante, por ser menor… El obispo tiende a ocultar las cosas. El Jefe de Policía le habla como católico, recomendándole no guardar la basura bajo la alfombra. Ya hemos tenido mucho de esto, dice.

Este es el tono general.

Católicos yanquis

Pero pese a lo dicho antes, en forma “concentrada”, al ver la serie, esta familia Reagan se nos vuelve muy simpática. Lo que uno ve y más aprecia a lo largo del los caítulos es la rectitud, honorabilidad. Lo otro queda como nota discordante pero no en primer plano. Nos gustaría que nuestra policía fuera así, y si alguien cruza alguna línea que sea en favor de los buenos y para atrapar a los malos. Patriotismo, orgullo de servir, espíritu de sacrificio.

Si el haber elegido a una familia irlandesa católica para identificar a los policías neoyorquinos es lo más natural, porque los irlandeses han integrado las fuerzas policiales de esta ciudad por décadas, o si se pretende dar un modelo, un paradigma de rectitud sui generis asociándolo con la Iglesia Católica, no lo sabría decir. Lo que se decir, sí, es que he sabido de otras series policiales donde los protagonistas principales o secundarios son notoriamente católicos y esto me da que pensar.

El Mentalista, simpatiquísima policial-detectivesca donde la jefa de la unidad de investigación es la católica Teresa Lisbon, o Bones, engendro entre obsceno y cómico, en el cual se presenta a un agente del FBI, noble, recto, alocado y de costumbres extremadamente liberales, como un católico muy celoso del buen nombre de la Iglesia.

En la primera de ambas, el tono es poco procaz, casi excepcionalmente, auque se da por sentado que todas las perversiones legales son respetables. Detrás de la persecución de un “asesino serial” y otros casos que alargan la historia, se produce una tensión no resuelta entre el catolicismo atávico de Lisbon, y el agonosticismo del Patrick Jane, el “mentalista”, que es un personaje encantador, copia actualizada de Sherlock Holmes pero sin sus rarezas y excentricidades.

La segunda parece un curso de obscenidades y promiscuidad.

Demasiados católicos, por lo que yo pude ver, para tan pocas series, para que sea mera casualidad. Hace poco el vicepresidente de los EE.UU. , el “católico”  Joe Biden,    agradeció a la comunidad judía vinculada a los medios y al entretenimiento (es decir, a los patrones de todas estas series]]>) que hayan hecho tanto para que la figura de los homosexuales fuera aceptada por el público norteamericano con naturalidad]]>. Una confesión importantísima para comprender la influencia que estas series tienen y el programa ideológico que se juega detrás de lo que parece solo un negocio.

¿Hay una campaña para replantear un paradigma de católico? Alguien dirá que no es necesario, porque eso ya está instalado. Y sin embargo, el católico yanqui militante en política se asocia más a los ideales liberales social-demócratas. Parece que se busca encontrar un perfil de católico más conservador, más “facho” en cuestiones de seguridad y justicia, de reacciones viscerales pero que al final del capítulo acepta todos los vicios en nombre de la libertad personal, porque America is a free country.

Blue Bloods

Sangre azules, título que alude a los uniformes policiales y a la vez a un cierto sentido de aristocracia es quizás la más conservadora y a la vez la más peligrosa de estas series que yo haya podido ver. ¡Cómo no conmoverse con gestos de nobleza: un jefe de policía que va a ver a su lecho de muerte a un mafioso cuya mujer y nieto murieron en un tiroteo comandado por él cuando era teniente de policiía. Fue un accidente, pero en 30 años no tuvo el coraje de pedirle perdón (el mafioso es un anciano de aspecto despreciable, también católico y también irlandes). Naturalmente el enfermo lo echa, pero el jefe de policía no ha venido solo, trae consigo a un sacerdote para ofrecerle la confesión. Y el moribundo la acepta.

Como este, hay muchos episodios donde se nota la marca católica. En la comprensión, el perdón, la caridad. Todo ello en medio de una natural aceptación de la promiscuidad sexual, las relaciones libres y sobre todo, una cierta igualación naturalista de todas las religiones, aunque yo prefiera, por mandato ancestral, al catolicismo.

No puedo sacar muchas conclusiones sino más bien manifestar mis sospechas de que ante el fenómeno incontenible del crecimiento del catolicismo yanqui, los medios y la industria del espectáculo ha lanzado una campaña de integración bajo las reglas sagradas de la democracia liberal, bajo cuya tutela todo es aceptable siempre y cuando no cuestione el liberalismo, al menos en sus principios, tal vez sí en algunas de sus consecuencias.

Es lo que hay, la propuesta neoconservadora. No es el camino, aunque nos pueda resultar agradable de ver.