Segunda Verdad: Tenemos Alma (continuación)

Segunda Verdad: Tenemos Alma

El hombre, criatura de Dios, posee un alma inteligente, espiritual, libre e inmortal

55. P -¿Tenéis otras pruebas de la eternidad del infierno?

R Sí; la razón nos provee de varias otras pruebas decisivas de la eternidad del infierno.

1ª La creencia de todos los pueblos la afirma.
2ª La sabiduría de Dios la pide como vindicación por la violación de sus leyes.
3ª La justicia divina la reclama para castigar al hombre que muere culpable de una falta grave.
4ª Finalmente, la soberanía de Dios la demanda para tener la última palabra en la lucha sacrílega del hombre contra su Creador y su soberano Señor.

1ª La creencia de todos los pueblos la afirma.- En todos los tiempos, desde el principio del mundo hasta nuestros días, todos los pueblos han creído en la existencia de un infierno eterno. Hemos hecho notar esta creencia al hablar de la inmortalidad, del alma. -¡Cosa asombrosa. El dogma del infierno eterno, que subleva todas las pasiones contra él y causa horror a la naturaleza humana, es el único que los hombres no han discutido. Consultad los poetas, los filósofos, los escritores de la antigíedad, y todos, sin excepción, hablan del infierno eterno.

Hesíodo y Homero lo pintan a los habitantes de Grecia; Virgilio y Ovidio lo describen en la Roma idólatra. -¿Quién no recuerda los suplicios de Prometeo, dé Tántalo, de Sísifo, de Ixión y de las Dainaides? Sócrates, citado por Platón, habla de las al mas incurables que son, precipitadas al negro Tártaro de donde no saldrán jamás.

Un pagano, gran despreciador de los dioses, el impío Lucrecio, trató de destruir esta creencia, "porque, decía él, no hay reposo y es imposible dormir tranquilo, si se está obligado a temer después de esta vida, suplicios eternos". Sus esfuerzos fueron inútiles. La creencia en el infierno eterno fue siempre el dogma fundamental de la religión de todos los pueblos.

Celso, filósofo pagano, enemigo acérrimo del Cristianismo, lo confirma en el segundo siglo de la Iglesia. "Tienen razón los cristianos, dice él, en pensar que los malos sufrirán suplicios eternos. Por lo demás, este sentimiento les es común con todos los pueblos de la tierra".

Leed la historia de todas las razas: egipcios, caldeos, persas, indios, chinos, japoneses, galos, germanos, etc., y veréis que todos creían en un infierno eterno, como en la existencia de Dios.

Cuando Colón descubrió las Indias Occidentales, comprobó que los habitantes del Nuevo Mundo tenían la misma creencia. Un viejo jefe le amenaza con el infierno, diciéndole: "Sábete que al salir de la vida hay dos senderos, uno fulgurante de luz y otro sumido en las tinieblas; el hombre de bien toma el primero, mientras que el malvado echa a andar por el sendero tenebroso hacia el lugar de los suplicios eternos".

-¿Cuál es el origen de esta creencia de todos los pueblos? No pueden ser los sentidos, ni las preocupaciones, ni las pasiones, porque una pena eterna es una pena espantosa que aterra el espíritu y lo desola, tortura el corazón y lo desgarra. Esta creencia no puede tener su origen sino en la razón, que reconoce la necesidad de un infierno, eterno para impedir el mal o castigarlo; o bien este dogma se remonta hasta Dios mismo: forma parte de la revelación primitiva, que es la base de la religión y de la moral del género humano. Pero, tanto en un caso como en otro, esta creencia no puede ser sino la expresión de la verdad.

2ª La sabiduría de Dios pide la eternidad de las penas como sanción preventiva. - Todo legislador sabio debe dar a sus leves una sanción eficaz, y la única sanción eficaz para las leyes de Dios es la eternidad de las penas. Porque, para que surta el efecto deseado, es menester que toda sanción pueda neutralizar las seducciones del vicio y determinar al hombre a que observe la ley divina, aún con pérdida de su fortuna y de su vida. Ahora bien, la sola esperanza de escapar un día de la justicia de Dios haría ineficaz toda sanción temporal. Todo lo que tiene término no es, nada para el hombre que se siente inmortal. Lo que constituye la eficacia de la sanción no es el infierno, es su eternidad. Lo prueba el hecho de que los malvados aceptan sin dificultad que haya castigo después de esta vida, con tal que no sea eterno.

Un infierno que no es eterno es un purgatorio cualquiera. Y el pensamiento del purgatorio, -¿refrena, acaso, a los malvados? Ese pensamiento apenas inquieta a los justos, porque el purgatorio tiene término. Cierto alemán se avenía a pasar dos millones de años en purgatorio por gozar el placer de una venganza. Es, pues, la eternidad lo que constituye la eficacia de la sanción. Sin la eternidad de las penas, Dios no sería más que un legislador imprudente, incapaz de hacer observar sus leyes, o de castigar a los conculcadores de las mismas.

3ª La Justicia de Dios requiere la eternidad del infierno, como pena vindicativa para castigar el mal. - Es un principio admitido por todos, que debe existir proporción entre la culpa y, la pena, entre el crimen y el castigo... Ahora bien, a no ser por la eternidad del infierno, no habría proporción entre la culpa y la pena... Y, en verdad, la gravedad de la culpa se deduce de la dignidad de la persona ofendida. El pecado, ofendiendo a una majestad infinita, reviste, por lo mismo, una malicia infinita, haciéndolo merecedor de un castigo infinito.

Pero como el hombre es limitado y finito en su ser, no puede ser susceptible de una pena infinita en intensidad, pero puede ser castigado con una pena infinita en duración, es decir, eterna. Es justo, por consiguiente, que sea condenado al fuego eterno, a fin de que el castigo guarde proporción con la culpa.

4ª La soberanía de Dios pide la eternidad de las penas.- Si el infierno debiera tener término, cada uno de nosotros podría hablar a Dios de esta suerte: -Yo sé que Vos me podéis castigar, pero también sé que, tarde o temprano, os veréis obligado a perdonarme o a aniquilarme. Me río, pues, de Vos y de vuestras leyes; me río también del infierno, al que me vais a condenar, porque sé que algún día saldré de allí. - -¿Se concibe que una criatura pueda con razón hablar así de su Criador? Dios es el Señor del hombre, y su soberanía no puede ser impunemente despreciada. El hombre, pecando mortalmente, declara guerra a Dios: -¿quién será el vencedor? Necesariamente debe ser Dios, quien pronuncie la última palabra mediante la eternidad de las, penas. Luego la soberanía de Dios exige que el infierno, sea eterno.

Conclusión. -0 el infierno eterno existe, o Dios no existe-, porque Dios no es Dios, si no es sabio, justo y Señor soberano. Pero como quiera que sea imposible, a menos de estar loco, negar la existencia de Dios, así también fuera menester estar loco para negar la existencia de un infierno eterno. La existencia del infierno es un dogma de la razón y un artículo de fe.

Con el dogma del infierno acontece lo que con el dogma te la existencia de Dios: el impío puede negarlo con palabras, su corazón puede desear que no exista, pero su razón le obliga a admitirlo. La misma rabia con que el incrédulo niega este dogma prueba a las claras que no puede arrancarlo de su espíritu: nadie lucha contra lo que no existe; nadie se enfurece contra quimeras.

Es tan difícil no creer en el infierno, que el propio Voltaire no pudo eximirse de esta creencia. A uno de sus discípulos, que se jactaba de haber dado con un argumento contra la eternidad de las penas, le contestó: "Os felicito por vuestra suerte; yo bien lejos estoy de eso". Voltaire tembló en su lecho de muerte, agitado por el pensamiento del infierno, y la muerte de ese impío ha hecho decir: "El infierno existe".

J. J. Rousseau, sofista mil veces más peligroso que Voltaire, no se atrevió a contradecir la tradición universal, y se contentó con volver la cabeza para no ver el abismo: "No me preguntéis si los tormentos de los malvados son eternos; lo ignoro". No tuvo la audacia de negarlo. -¡Tanta autoridad y fuerza hay en esas tradiciones primitivas que Platón conoció, que Homero y Virgilio cantaron y que se encuentran en todos los pueblos del Viejo y del Nuevo Mundo; tan imposible es derribar un dogma admitido en todas partes, a despecho de los sentidos, a despecho de las pasiones unidas desde tantos siglos para combatirlo!

56. P. -¿Qué valor tienen las suposiciones ideadas por los incrédulos para suprimir la eternidad del infierno?

R. Contra la eternidad del infierno no se pueden hacer más que las tres siguientes hipótesis:

1ª o el pecador repara sus faltas y se rehabilita;
2ª o Dios le perdona sin que se arrepienta;
3ª o Dios le aniquila.

Estas suposiciones son contrarias a los diversos atributos de Dios y están condenadas por la sana razón.

1ª Para explicar lo que sucederá más allá del sepulcro, diestros incrédulos modernos proponen teorías absurdas. Juan Reynaud (Tierra y Cielo), Luis Figuier (El mañana de la muerte) y Flammarión (Pluralidad de los mundos habitados) renuevan el viejo error de la metempsicosis, y suponen que las almas emigran a los astros para purificarse y perfeccionarse cada vez más.

Todas estas teorías no pasan de ser afirmaciones gratuitas, ilusiones y quimeras que hacen retroceder la dificultad sin resolverla. -¡Si es posible rehabilitarse después de esta vida, no hay sobre la tierra sanción de la ley divina. -¿Para qué inquietarse en esta vida? -¡Ya nos convertiremos en los astros! Y si, después de varias peregrinaciones sucesivas, el hombre sigue siendo perverso, -¿será condenado a errar eternamente de astro en astro, de planeta en planeta?... Pero, en este caso, el hombre no llegaría jamás a su meta, lo que es contrario al sentido común.

Por lo demás, si después de la muerte existiera un segundo período de prueba, nada impediría que hubiera un tercero, un cuarto, y así sucesivamente. -¿Adónde llegaríamos? Llegaríamos a esto: que el malvado podría pisotear indefinidamente las leyes de Dios y burlarse de su justicia... Esto no puede ser: la muerte es el fin de la prueba, la eternidad será su término.

2ª -¿Puede Dios perdonar al pecador en la vida futura?No; esto es imposible. El perdón no se impone; se otorga y no se concede sino al arrepentimiento. Ahora bien, el réprobo no puede arrepentirse, porque la muerte ha fijado su voluntad en el mal, para toda la eternidad. Ya no es libre. El infierno es para él un centro de atracción irresistible, y es tan imposible para el desgraciado elevarse a Dios por un movimiento bueno, como lo es para la piedra elevarse a los aires por sí misma. Las agujas de un reloj cuyo movimiento se detiene, marcarán, siempre la misma hora; un alma detenida, por la muerte en el mal, seguirá marcando lo mismo por toda la eternidad.

Además, el perdón concedido por Dios en la vida futura destruiría toda la eficacia de la sanción de la ley divina. -¿Qué podría detener al hombre en el momento de la tentación, si abrigara alguna esperanza de obtener su perdón en la eternidad? -¡Cuántos perversos se entregarían gustosos a la práctica del mal, si el infierno, no fuera eterno! Y si el temor de las penas eternas no sujeta a todos en el sendero del deber, la idea de castigos temporales no ejercería sobre ellos ninguna influencia.

3ª -¿Puede Dios aniquilar al culpable? No; Dios no puede aniquilarlo sin ir contra sus atributos divinos, y. esto por diversos motivos:

1ª El aniquilamiento es opuesto a todo el plan de la creación. Dios ha creado al hombre por amor, y le ha creado libre e inmortal; pero quiere que el hombre le glorifique por toda la eternidad. Dios no puede, por mucho que el hombre haya abusado de su libertad, cambiar su plan divino, porque entonces resultaría esclavo de la malicia del pecador. Dios quiere ser glorificado por su criatura, y no podría ser de otra suerte. Es libre el hombre para elegir su felicidad o su desdicha; pero, de buen o mal grado, la criatura debe rendir homenaje a la sabiduría de Dios, que es su Señor, o celebrando su gloria en el cielo, o proclamando su justicia en el infierno.

2ª Si Dios aniquilara al culpable, su ley carecería de sanción eficaz. Para el pecador el aniquilamiento, lejos de ser, un mal, sería un bien. Eso es, precisamente, lo que él pide: sus deseos son gozar de todos los placeres sensibles, y luego morir todo entero, para escapar de Dios y de su justicia; a esta muerte completa él la llama reposo eterno. El aniquilamiento, pues, no sería una sanción eficaz de la ley moral, puesto que Dios aparecería impotente y sería vencido por el hombre rebelde.

3ª Además, el número y la gravedad de las faltas piden que haya grados en la pena, y le sería imposible a Dios aplicar este principio, si no tuviera otra arma que el aniquilamiento para castigar al hombre culpable. El aniquilamiento no tiene grados: pesa de un modo uniforme, pesa indistintamente sobre todos aquellos a quienes castiga, confundiendo todas las vidas criminales en el mismo demérito. Esta monstruosa igualdad destruiría la justicia. Luego, después de esta vida, el pecador ni puede obtener el perdón ni ser aniquilado; deber sufrir un tormento eterno.

Objeciones: 1-ª -¿No es injusto castigar un pecado de un momento con una eternidad de suplicios?

R. No; porque la pena de un crimen no se mide por la duración del acto criminal, sino por la malicia del mismo. -¿Cuánto tiempo se necesita para matar a un hombre? Basta un instante; y, sin embargo, la justicia humana condena a muerte al asesino; castigo que es una pena, por decirlo así, eterna, puesto que el culpable es eliminado para siempre de la sociedad...

-¿Cuánto tiempo se necesita para provocar un incendio? Un instante. Pues bien, el incendiario es condenado a presidio por tiempo indeterminado, es decir, alejado para siempre de sus conciudadanos y de su familia.

No se mide, pues, la duración de la pena, por la duración de la culpa, sino por la gravedad de la misma.

Hay que considerar también que el crimen de un momento se ha convertido en crimen eterno. La acción del pecado es pasajera, fugitiva; pero sus efectos duran, y la voluntad perversa del pecador es eterna; porque ha de tenerse presente que sólo son condenados aquellos que mueren en pecado, con el afecto persistente hacia el mal. Pero como después de la muerte la voluntad no se muda, quedando eternamente. mala, se comprende que deba ser eternamente castigada. El hombre que se arranca los ojos queda ciego para siempre.

2ª -¿Puede un Dios Infinitamente bueno condenar al hombre a suplicios eternos?

R Sí; porque si Dios es infinitamente bueno, es también infinitamente justo, y su justicia reclama un castigo infinito para un pecado de malicia infinita.

Pregunto, a mi vez: -¿Sería bueno un padre que no impidiera a uno de sus hijos el hacer daño a los otros hermanos? - No, sería cruel e injusto -¿Sería bueno si perdonara a sus hijos malos que se atrevieran a ultrajar y a herir a sus hermanos? - No; sería un acto de debilidad imperdonable. -¿Qué remedio le queda a un buen padre de familia para impedir que los hijos malos se entreguen al crimen? - No le queda otro que el de encerrar a esos malos hijos en una cárcel y tenerlos allí hasta que se conviertan. - -¿Cuánto tiempo debe durar la separación de los malos de la compañía de los buenos? - Hasta que los malos se hayan convertido. -¿Y si siguen siempre malos? - La separación debe ser para siempre... Ahora bien, los malos serán siempre malos, porque el tiempo del arrepentimiento ha pasado para ellos; maldicen a Dios y desean, aniquilarse. -¿Cuándo, pues, habrán de salir de la cárcel? - -¡Jamás! - Sí, nunca: la bondad de Dios exige la eternidad del Infierno. - (Extraído de Gridel).

Por otra parte, cuando el hombre ha cometido un pecado mortal, -¿no ha consentido libremente en el castigo eterno? -¿No ha consentido él, en la hora de la muerte, al no querer arrepentirse de sus culpas?... Nada ha querido saber de Dios en la tierra; -¿no es justo que Dios nada quiera saber de él en la eternidad?...

Finalmente, el infierno eterno es el mayor beneficio de la bondad divina. A veces nos imaginamos que Dios ha creado el infierno sólo para ejercer su justicia; no es exacto. Dios ha creado el infierno para obligarnos a merecer el cielo. Dios, infinitamente bueno, quiere proporcionar al hombre la mayor felicidad posible por los medios más eficaces. La mayor felicidad del hombre es el cielo libremente adquirido por sus méritos. Pues bien, el medio más eficaz de que Dios puede valerse para obligar al hombre a hacer un buen uso de su libertad, es el temor de una infelicidad eterna. El temor del infierno puebla el cielo. "El Infierno, decía Dante, es la obra del eterno amor."

3ª Dios es demasiado bueno para condenarme.

R. Tenéis razón, mil veces razón: Dios es demasiado bueno para condenaros. Por eso mismo no es Dios quien os condena, sois vosotros mismos los que os condenáis.

La prueba de que Dios no os condena, es que lo ha hecho todo por vuestra salvación; es que, a pesar de vuestros crímenes, está pronto a concederos un generoso perdón, el día que le presentéis un corazón contrito y arrepentido. Lo que os condena es vuestra obstinación en el mal, vuestra terquedad en despreciar los mandamientos divinos; sois, pues, vosotros mismos, los que os condenáis por vuestra culpa.

Dios nos deja completamente libres en la elección de nuestra eternidad. Si nos empeñamos en elegir el infierno, tanto peor para nosotros. En el momento de la muerte, Dios da a cada uno lo que cada uno ha elegido libremente durante su vida: o el cielo o el infierno. Dios no puede salvarnos contra nuestra voluntad. Nos ha criado libres, y no quiere destruir nuestra libertad.

A pesar del infierno eterno, la bondad de Dios queda, pues, intacta, como también su justicia; y el dogma de la eternidad de las penas es la última palabra de la razón y de la fe, sobre Dios, sobre el hombre, sobre la moral y sobre la religión: es la sanción necesaria, de nuestra vida presente.'

4-ª Nadie ha vuelto del infierno para testificarnos su existencia.

R. No: nadie ha vuelto del infierno, y si entráis en él tampoco volveréis. Si se pudiera volver, aunque fuera por una sola vez yo os diría: id y, veréis que existe. Pero precisamente porque una vez dentro no se puede salir, es una locura exponerse a una desgracia espantosa, sin fin y sin remedio.

Nadie ha vuelto del infierno,-¿y cómo volver del infierno es eterno? -¿No veis que apeláis a testigos que no podrán venir jamás a daros una respuesta? No están en el infierno para atestiguar su existencia: están en él como forzados, condenados a galeras perpetuas para expiar sus crímenes. Si se entra en el infierno, no se sale de él jamás.

Y fuera de eso, este testimonio del infierno, -¿es acaso necesario? Acabamos de oír la deposición de todo el género humano; hemos escuchado las conclusiones justísimas de la razón... -¿No basta eso para demostrarnos la existencia del infierno? -¡Cuántas verdades conocemos sólo por el testimonio de nuestros semejantes, y cuántas otras hemos aprendido únicamente con la luz de la razón! Decís: dos y dos son cuatro... diez por diez son ciento... -¿Cómo lo sabéis? - El simple raciocinio, me contestáis, basta para darnos esas convicciones. -¡Muy bien! Raciocinad, pues, y llegaréis fácilmente a convenceros de que Dios es justo y de que su justicia requiere que los malvados sean castigados... El castigo de los malvados es el infierno, y el infierno eterno.

Nosotros, los cristianos, tenemos otra contestación que dar: El Hijo de Dios en persona ha venido del otro mundo a certificarnos la exigencia de un infierno eterno: podéis leer en los sagrados Evangelios sus testimonios infalibles...

Además, nuestro Señor Jesucristo es una prueba, viviente de la eternidad del infierno. -¿Por qué se hizo hombre? -¿Por qué murió en una cruz? Un Dios debe proceder por motivos dignos de su infinita grandeza. Si el pecado no merecía una pena infinita, por lo menos en duración, es decir, eterna, no eran necesarios los padecimientos de un Dios. -¿Se requería, acaso, que el Hijo de Dios encarnara y muriera en una cruz, para ahorrar al hombre algunos millones de años de purgatorio?... No, por cierto.

Si la malicia del pecado explica el Calvario, el Calvario, a su vez, explica el infierno. El Calvario nos muestra una Redención infinita. El infierno debe mostrarnos una expiación sin limites. El Calvario es la expiación de un Dios; el infierno es la expiación del hombre, infinita la una y la otra, la una en dignidad, la otra en duración. Así todo se coordina en la religión: el dogma de la eternidad de las penas está perfectamente explicado por el dogma de la Encarnación del Hijo de Dios y de la Redención del mundo.

En resumen:el testimonio de todo el género humano y sus más antiguas tradiciones, el testimonio de la razón, y, especialmente, el testimonio infalible de Dios mismo, se unen para afirmar, con certeza absoluta, que hay un infierno eterno para castigo de los pecadores impenitentes. Si no queremos caer en él, tenemos, que evitar el sendero que a él conduce, en la seguridad de que, una vez dentro del infierno, no saldríamos jamás.

Narración.- Una religiosa enfermera se encontraba junto al lecho en que, enfermo de muerte, yacía un viejo capitán, que no quería convertirse. El enfermo, pide agua; y la religiosa, en su celo por la salvación de esa alma, le dice al servirle la copa:

- Beba usted, capitán, beba hasta hartarse, porque se ya al infierno, y durante toda la eternidad pedirá una gota de agua sin obtenerla...

- Le dicho mil veces que no hay infierno.

- Sí, me lo ha dicho usted, capitán; pero, -¿lo ha demostrado?... Negar el infierno no es destruirlo.

- -¿Lo ha demostrado? -¿Lo ha demostrado?... -repetía en voz baja el enfermo, revolviéndose en el lecho. -¡Vamos! - no... no lo he demostrado... -¿Y si fuera cierto?...

Después de. algunos instantes añadió:

- Dios es demasiado bueno, sí, demasiado bueno para arrojar un hombre al infierno.

- Dios no castiga porque es bueno, sino porque es justo. El simple buen, sentido nos dice que Dios no puede tratar de la misma manera a los que le sirven que a los que conculcan sus santas leyes, a sus fieles servidores que a sus servidores negligentes.

- Por otra parte,agrega la Hermana con mucha tranquilidad, ya verá usted bien pronto, capitán, si el infierno existe...

La religiosa guarda silencio y continúa su oración. Después de algunas horas de reflexión, el enfermo pide un sacerdote. Se decía hablándose a sí mismo: Hay que decidirse por el partido más seguro; no es prudente ir a verlo; cuando se entra, no se sale.

57. P. -¿Cuál es el destino del hombre?

R. El hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios sobre la tierra, y gozarle después en la eternidad.

Llámase destino de un ser, al fin que debe procurar obtener y para el cual Dios le ha dado la existencia.

El hombre tiene un doble fin: el fin próximo, que debe cumplir sobre la tierra; y el fin último, es decir, la meta a que debe llegar después de esta vida, la bienaventuranza eterna.

1ª Dios ha creado al hombre para su gloria. - Todo ser inteligente obra por un fin: obrar sin un fin es absurdo. Dios, sabiduría infinita, no podía crear sin tener un fin, y un fin digno de El. Este fin digno de Dios no es sino Dios mismo. Nada de lo que se halla fuera de El es digno de: su grandeza infinita... -¿Qué saca él de la creación? Dios es el bien infinito y no puede ser ni más perfecto ni más feliz. Pero Dios puede manifestar su bondad, sus perfecciones infinitas, y de esta suerte procurar su gloria. Debemos distinguir en Dios la gloria interior, esencial, y la gloria exterior, accidental. La gloria interior es el conjunto de sus perfecciones infinitas, y no es susceptible de aumento.

Dios se glorifica exteriormente cuando manifiesta sus perfecciones con los bienes que da a sus criaturas, cada una de las cuales es como un espejo en el que se reflejan, con mayor o menor brillo, las perfecciones divinas. Cuando el hombre conoce, estima, alaba y bendice con amor estas perfecciones divinas, que son manifestadas por las criaturas, entonces glorifica a Dios y para recibir este homenaje, esta alabanza, esta gloria exterior Dios ha creado al hombre. Dios podía no haber creado, puesto que la creación nada añade a su gloria interior o esencial; pero creando, Dios debía poner en su obra seres inteligentes y libres: inteligentes para que conocieran sus perfecciones; libres, para darle gloria con homenajes voluntarios.

2ª El hombre procura la gloria de Dios consagrando su vida a conocerle, amarle y servirle. En esto consiste su fin próximo.Dios ha dado al hombre tres facultades principales: una inteligencia para conocer, una voluntad, un corazón para amar y los órganos del cuerpo para obrar. Es justo, pues, que el hombre consagre a la gloria de Dios su inteligencia para conocerle cada vez más; su corazón para amarle intensamente; su cuerpo para servirle con abnegación. El hombre es el servidor de Dios; no debe vivir para sí, pues no se ha dado a sí mismo la vida, no es dueño de él, no se pertenece. El hombre lo ha recibido todo de Dios, ha sido creado para Dios y no tiene otra razón de ser que procurar la gloria de Dios. Como el sol ha sido creado para alumbrar y calentar, el agua para lavar y refrescar, la tierra para sostenernos y nutrirnos, así el hombre ha sido creado para glorificar a Dios. Todo lo que en mis pensamientos, palabras o acciones no sirve para la gloria de Dios, no sirve para nada, y es del todo inútil. Conocer, amar y servir a Dios, tal es, por consiguiente, el fin próximo del hombre.

3ª Sólo Dios es el fin último del hombre.- Dios podía no haberme creado; al lo hizo, fue por pura bondad: primer acto de amor. - Dios podía crearme únicamente para su gloria, sin reservarme ninguna felicidad ni temporal ni eterna. Pero su bondad infinita iba querido unir su gloria y la felicidad del hombre: segundo acto de amor. La felicidad del hombre, tal es el fin secundario de la creación. Luego el hombre ha sido creado para ser feliz.

Sólo en Dios puede el hombre hallar su felicidad. La felicidad gala satisfacción de los deseos del hombre, el reposo de sus facultades en el objeto que -¡as llena y satisface. La inteligencia del hombre tiene sed de verdad, y la verdad infinita es Dios. - La voluntad, el corazón del hombre ama el bien, la belleza; y Dios es el bien y la belleza infinitos. - El cuerpo del hombre ansía la plenitud de la existencia y de la vida, y únicamente en Dios se halla esta plenitud.

La experiencia nos dice que ni la ciencia, ni la gloria, ni la fortuna, ni cosa alguna creada, puede saciar al hombre.El siente deseos de un bien infinito. Por consiguiente, sólo en el conocimiento y posesión, de Dios puede el hombre hallar su felicidad.

En la vida futura,Dios puede ser la felicidad del hombre de dos maneras, según que sea conocido directa o indirectamente.

1-ª Se conoce a Dios indirectamente por medio de sus obras. Contemplando las criaturas de Dios se ven resplandecer en ellas, como en un espejo, las perfecciones divinas. Así es cómo el niño reconoce al padre viendo su retrato más o menos parecido. Conocer así a Dios, amarle con un amor proporcionado a este conocimiento indirecto, es lo que constituye el fin natural del hombre.

2-ª Se conoce a Dios directamente, cuando se le ve en su misma esencia, contemplada cara a cara. Un niño conoce mejor a su padre y le ama mucho más cuando lo ve en persona que cuando sólo ve su retrato. Ver a Dios cara a cara, amarle con un amor correspondiente a esta visión inefable, es lo que constituye el fin sobrenatural del hombre y de los ángeles.

Dios podía contentarse con proponernos un fin puramente natural; pero por un exceso de amor, como veremos más adelante, nos ha elevado a este fin sobrenatural, infinitamente más grande y excelso.