El testimonio actual de los Ochocientos mártires de Otranto, según el cardenal Saraiva

Prefecto de la Congregación vaticana para las Causas de los Santos

OTRANTO, domingo, 26 agosto 2007 (ZENIT.org).- De acuerdo con el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, los mártires de todos los tiempos –como los Ochocientos de Otranto- enseñan a la Iglesia de hoy a «caminar al encuentro del Señor que viene, soportando la tribulación sin apagar jamás la esperanza».

El cardenal Jose Saraiva Martins presidió, con una solemne Eucaristía en Otranto, el inicio de los trece días de preparación de las celebraciones de los beatos Antonio Primaldo y compañeros laicos de esa localidad italiana, fiesta que tuvo lugar el 14 de agosto.

En la ocasión el purpurado recordó en especial el reconocimiento de la historicidad del martirio de los Ochocientos, otorgado por Benedicto XVI el pasado 6 de julio.

El martirio

De acuerdo con los datos históricos de la diócesis italiana, el verano de 1480 una flota turca capitaneada por el pachá Acmet entró en el mar de Otranto para ocupar la ciudad y abrir camino a las tropas otomanas para la conquista del reino de Nápoles.

El asedio de Otranto duró del 28 de julio al 11 de agosto. Los otrantinos ofrecieron fuerte resistencia, pero el lugar fue ocupado y muchísimos ciudadanos asesinados en su huida.

Algunos hallaron refugio en la catedral, pero los turcos también irrumpieron en ella; dieron muerte a los sacerdotes y al propio arzobispo, Stefano Pendinelli –de 84 años-, mientras celebraban la Santa Misa y distribuían la Eucaristía a los fieles.

Tras el asedio de la ciudad y esta matanza, Acmet ordenó que fueran llevados a su presencia todos los hombres de más de 15 años. Eran 813 –popularmente se les llama «los Ochocientos»-. Les conminó a renegar de su fe cristiana y abrazar el mahometismo para salvar su vida. Uno de ellos, Antonio Pezzulla («Primaldo», primero en morir), respondió por todos: «Nosotros creemos en Jesucristo, Hijo de Dios; y por Jesucristo estamos dispuestos a morir».

A los tres días de la ocupación de la ciudad, el 14 de agosto, los Ochocientos fueron encadenados, desnudados y conducidos a la colina de Minerva. Se confortaban unos a otros.

El cuerpo de Antonio Primaldo, primero en sufrir la decapitación, prodigiosamente se puso de pié y permaneció así, inmóvil, hasta el final de la matanza. El milagro impactó a uno de los verdugos, Berlabei, que tiró su cimitarra, se confesó cristiano y tuvo que soportar entonces el suplicio del empalamiento.

Los cuerpos de los mártires permanecieron insepultos e incorruptos trece meses, hasta el 8 de septiembre de 1481, fecha de la liberación de Otranto. Sus reliquias fueron llevadas a la cripta de la catedral.

Los mártires fueron reconocidos como beatos con decreto del Papa Clemente XIV el 14 de diciembre de 1771, documento que validaba el hecho del martirio y el culto hacia los mártires.

Su actualidad

El reconocimiento de la historicidad de este martirio –recientemente, por parte Benedicto XVI- no significa tanto la reafirmación historicista de la matanza, sino «la verdad de la lectura de fe de aquél como la única posible»; no significa sólo «la definición de los perfiles de una tragedia, sino también, y sobre todo, la dinámica de un testimonio», subrayó el cardenal Saraiva en su homilía.

Una lectura de esa histórica página «nos permite ver en ella la filigrana de la presencia del primer protagonista: Jesucristo»; los Ochocientos evidenciaron «la necesidad de conservar su autenticidad interior, tan fuertemente comprometida, por la confianza en Él», señaló.

«Nuestro vivo deseo -admitió el purpurado- es acoger en su vida la fuerte afirmación de uno de los secretos más importantes para la vida de todo cristiano: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lucas 21, 19)».

Recalca el prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos que el Papa, reconociendo este martirio en su autenticidad, «relanza la actualidad de este extraordinario patrimonio espiritual a la comunidad de Otranto y a la Iglesia universal».

«Pide, además, que el culto hacia los mártires no pierda su vigor originario -añade-, el mismo que hizo de ese acontecimiento un punto sin retorno para» Otranto, «el que ya en los días sucesivos al martirio hizo florecer en el corazón de los supervivientes el deseo de dirigirse a ellos no con la oración de difuntos, sino con la plegaria reservada a los mártires», «el vigor que alimentó la solicitud de los obispos otrantinos, hasta llegar a monseñor Negro, a esta ulterior -fundamental- etapa hacia la canonización».

Recalca el cardenal Saraiva que «tener el martirio ante los ojos significa para la Iglesia de hoy asumir la actitud adecuada frente el mundo»: la actitud precisamente «de los mártires de todos los tiempos, quienes supieron hallar en la promesa la luz suficiente para caminar al encuentro del Señor que viene, soportando la tribulación, sin apagar jamás la esperanza».

Venerar a los mártires de Otranto significa, citando palabras de Benedicto XVI –en el IV Congreso Eclesial Nacional (italiano) celebrado en Verona-, reconocerles como «testigos del gran “sí” de Dios al hombre», y a la vez como aquellos que, en su máxima fragilidad humana, hicieron visible el gran «sí» de la fe, concluye el cardenal Saraiva.

Las 26 cruces de Nagasaki: 1597 repite milagro de 1480-81

¡Como atraía el martirio a los japoneses conversos!

Victor Hodakizuki, secretario del Gobernador de Osaka no quería morir solo en la cruz, quería con él a toda su familia: "Ningún mayor bien puedo hacerle a mis hijos que ponerlos en el libro de los mártires, decía".

Estos ejemplos habían hecho que Taiko Sama proyectara un escarmiento público para acabar por el terror con las exitosas misiones en Japón. Las 26 cruces de Nagasaki iban a ser su pesadilla... Pasó un día, pasaron dos, y tres... Y los cuerpos seguían "blancos y lindos" según los testigos. Y los cuervos sobrevolaban de día y de noche la Colina de los Mártires tragándose su hambre pero sin tocar los cuerpos, y la gente se espantaba ante esta maravilla.

Habían obtenido la merced de que se les crucificara en viernes, y todos los viernes aparecían luces sobre los cuerpos. Landecho llegó a ver dos cometas de fuego grandes. Diego de Valdés miró "unos rayos grandes de fuego tendidas las puntas hacia abajo, y uno de ellos encima de las cruces".

El "escarmiento" operó al revés de lo planeado, y ni Taiko Sama ni su gobierno encontraron forma de oponerse a las peregrinaciones que paulatinamente iban despojando a las cruces de reliquias. Cabezas enteras fueron llevadas a distintas ciudades de Japón por los fieles.

¡Con que alivio recibió Taiko Sama al elefante que se le obsequiaba a cambio de lo que quedaba de los cuerpos! Fue cinco meses después.

Veintidós franciscanos, tres jesuitas, y el protomartir mexicano San Felipe de Jesús. La Iglesia los recuerda como Pablo Miki y compañeros mártires.

Siglos después, las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki ?centros del catolicismo en Japón? no llevarían el nombre de Taiko Sama. Un odio ancestral contra Cristo mayor que el de todos los paganismos quería un Japón poderoso, rencoroso, para volverlo contra los mismos EE.UU. de no poderlos despojar de la fe.

En Nagasaki, en 1945, miles que sobrevivieron a la explosión pero horriblemente quemados por la radiación nuclear murieron cantando, azorando de nuevo a sus verdugos y al mundo con el espíritu triunfal de los mártires.

luisosio

Enviar un comentario nuevo

  • HTML tags will be transformed to conform to HTML standards.
  • Image links with 'rel="lightbox"' in the <a> tag will appear in a Lightbox when clicked on.

Más información sobre opciones de formato