A Propósito del Circiterismo Episcopal

Un procedimiento común en la argumentación de los innovadores es el circiterismo: consiste en referirse a un término indistinto y confuso como si fuese algo sólido e incuestionable, y extraer o excluir de él el elemento que interesa extraer o excluir.

Escribe Agustín Moreno Wester

“Las palabras más importantes del Concilio son novedad y puesta al día. La palabra novedad nos ha sido dada como una orden, como un programa”.

Paulo VI, Osservatore Romano
del 3 de julio de 1974

Habiendo seguido de cerca la polémica suscitada en estas páginas a propósito del magisterio conciliar sostenida por el editor de PCD y un lector, me propongo reflexionar sobre el “circiterismo”, término que Romano Amerio usa frecuentemente en sus obras sobre las transformaciones de la Iglesia en el siglo XX.

Así lo define el eminente teólogo suizo: “Un procedimiento común en la argumentación de los innovadores es el circiterismo: consiste en referirse a un término indistinto y confuso como si fuese algo sólido e incuestionable, y extraer o excluir de él el elemento que interesa extraer o excluir”.

El tema es amplio y arduo; quisiéramos reflexionar siguiendo al autor sobre algo que nos parece el pan cotidiano del magisterio episcopal y aún con frecuencia del pontificio desde hace al menos varias décadas. No vamos a hacer otra cosa que referir algunos ejemplos tomados y analizados por el propio Amerio. Tres muestras bastarán para demostrar lo que este problema supone:

Auténtico

Una de las palabras- emblema de los innovadores eclesiásticos ha sido “autenticidad”: Entiéndese desde siempre por “auténtico” aquello que no es falso. Es un manuscrito auténticos de Cervantes, significa que no se trata sino de uno escrito de su puño y letra. La Real Academia registra, sin embargo ya la acepción picada de circiterismo: Honrado, fiel a sus orígenes y convicciones. Y da como ejemplo: Es un tío muy auténtico.

“Auténtico” no se aplica ya pues en el uso coloquial para designar “verdadero” principalmente. La palabra evoca otros sentidos más difusos.

Dicho un poco más técnicamente, ya no significa que “es verdadero” de lo que se predica de un sujeto. (este manuscrito es de Cervantes, p. e.) sino cierta pulsión según la cual el sujeto del que se predica “auténtico” actúa con libre espontaneidad, (más auténtico cuanto más espontáneo) sin importar si dicha espontaneidad contradice los juicios de realidad, o transgrede las normas de convivencia, y hasta las mismas de honestidad.

Por ejemplo. será “auténtico” un sacerdote que manifieste públicamente vivir amancebado mientras que no será auténtico quien lo calle. Lo que es peor, dada la deriva ideológica natural de esta terminología imprecisa, será “inauténtico” el sacerdote que guarde sus votos, porque (se presumirá) esconde o reprime algo.

Quien refiera, como el desdichado “Quito Mariani”, sus descarríos morales en un libro, declaraciones y conferencias será honrado como ejemplo de “autenticidad”, nueva modo de “virtud” moral que clásicamente se denomina “cinismo” y no es precisamente una virtud. Contra los objetores de este tipo de “autenticidad” se argumentará la “hipocresía”, especialmente enfocada hacia el pasado.

Sin distinciones, y haciendo caso omiso del sentido de la palabra virtud en la moral clásica y católica, la conducta por la cual no se refrena el impulso o la pasión, más aún, se hace gala de ellos y de sus consecuencias, se considerará mucho más estimable que los principios de la doctrina, execrados como hueros y desechables.

La virtud de religión, la fortaleza, la fidelidad a votos solemne y libremente contraídos, e incluso la hipocresía, esa forma de pleitesía que el vicio rendía a la virtud en tiempos no tan lejanos, serán igualmente abominados. Aunque haya menos demérito en el hipócrita que esconde su pecado que en el “auténtico” que lo erige en principio y norma, subvirtiendo el orden moral y llevando al escándalo a “esos pequeños que creen en Mí”.

Diálogo

Uno de los circiterismos más recurridos desde el CV II ha sido el término “diálogo”, especialmente cuando se aplica a giros tales como “diálogo con el mundo”, “diálogo interreligioso”, diálogo con los “no creyentes”.

Desde los griegos, que dieron origen a una palabra tan venerable, se ha entendido por tal un intercambio de ideas. En sentido más filosófico, este intercambio tiende al descubrimiento de la verdad. También puede ser una forma expositiva de la doctrina.

Si hay algo que los católicos tenemos por cierto es que la Iglesia es la depositaria de la Verdad Revelada, a la que debe atesorar, custodiar y transmitir. Toda forma de diálogo entablada con propósitos apologéticos supone lo antedicho y no puede apartarse de esta convicción bajo riesgo de incurrir en la apostasía.

El apologeta puede –debe- buscar un terreno común con aquel con quien dialoga, es de decir, establecer aquel aspecto de la verdad que la contraparte acepta y luego intercambiar argumentos para demostrar -por la vía demostrativa positiva o por la del absurdo- que no podrían seguirse las conclusiones que pretende de los principios en los que se funda.

Pero de ningún modo el “diálogo” del católico -con quien cuadre- puede partir de la convicción de que la Iglesia carece de la verdad completa y por lo tanto dialoga con otros para completar lo que le falta de ella. Una forma de “enriqucimiento mutuo” (otro clásico del circiterismo). Una convicción de este tipo sería gravemente errónea, es más, herética, además de ineficaz al propósito de propagar la Fe o evangelizar, como se dice actualmente (otro término también aquejado de este mal).

Nuevo

Finalmente, para cerrar esta catálogo mínimo, la palabra “nuevo”, y sus términos familiares “innovar”, “novedad”, “innovador”, etc. son repetidos centenares de veces en los documentos del Concilio (Amerio registra 200 veces “nuevo” mientras que la palabra “infierno” o “comunismo” tienen cero entradas en las Concordantiae de los documentos conciliares). No intentamos siquiera imaginar los millones de veces que ha sido invocado por el clero en los últimos 40 años.

En sentido estricto, teológicamente hablando, “novedad” es palabra relacionada con la heterodoxia. En el preciso lenguaje del magisterio hasta el CV II, se expresaba como “novedad”, “novedoso” o “innovador” aquello que se salía de la doctrina revelada por Nuestro Señor, definida por el Magisterio o recogida por la Tradición.

Sólo hay tres novedades radicales en la historia de la Salvación, dice Amerio: el Pecado Original, la Redención y la Parusía. Dos ya ocurrieron, estamos a la espera de la tercera.

Por la primera, el hombre perdió los privilegios preternaturales de la condición paradisíaca que le fueron donados por la Creación.

Por la segunda, fue elevado a la filiación divina, teniendo a su alcance nuevamente el Cielo abierto por el Sacrificio Redentor de Nuestro Señor, que puso a disposición de toda la humanidad loe medios para la salvación: la Iglesia, los sacramentos, el culto, la Tradición, la autoridad indiscutible de la doctrina definida, encarnada en el Sumo Pontífice que ejerce su ministerio en fiel comunión con todos sus predecesores en lo referente a lo que ha sido creído siempre, por todos y en todo lugar en la Iglesia. La potestad de dispensar los tesoros de la Gracia, amonestar, y castigar a los descarriados, así como de poner en los altares a quienes han alcanzado de un modo bien probado las virtudes heroicas, para que sean modelos e intercesores.

La próxima novedad será parte de lo que la teología llama los “novísimos”: en el orden personal: el juicio particular, inmediato a la muerte. Y en el orden cósmico, la Parusía y el Juicio Final. Toda otra “novedad” no contenida ya en la Revelación es heterodoxa.

Pero el circiterismo de los pastores, la inclinación por la terminología vaga, evocadora de ilusiones, apartada del realismo y la precisión de la doctrina católica, nos tiene acostumbrados a oír sobre un “hombre nuevo” (que no es el renovado por la gracia sino uno devenido de la historia, un “hombre nuevo” natural, no sobrenatural), una “nueva humanidad” creada por las fuerzas ciegas de la evolución, una “nueva época de la Iglesia” (normalmente puesta bajo el influjo del “Espíritu Santo”, vieja herejía condenada e inquietantemente homóloga a la New Age), una “nueva liturgia” (como si el culto pudiera “renovarse” más allá de simples cuestiones de detalle).

Esta novedad o renovación, también llamada en su conjunto “aggiornamento” ha sido, con frecuencia, defendida como un conjunto de retoques de aspectos “accidentales” de la Iglesia. Sostener esto hoy es pueril, a la vista del terremoto que dejó a la Iglesia en ruinas. Pero como si los frutos no bastasen para reconocer la naturaleza del árbol, veamos que tanta “renovación” es pasible de sufrir la Iglesia.

En todo ente puede distinguirse lo sustancial y lo accidental. Pero hay un grado de “accidentalidad” que es indispensable para que ese ente siga siendo el mismo y no se convierta en otro.

Dada la particular naturaleza del Cuerpo Místico de Cristo, su accidentalidad es todavía más difícil de separar de su esencialidad. En materia litúrgica, por ejemplo, en buena medida lo “accidental” suele ser aquello que nos ha preservado la Tradición. No es accidental el uso del latín en la Iglesia romana, o del término “transustanciación”. No es “accidental” el celibato sacerdotal. Mucho menos la materia y la forma sacramental, donde el cambio de los “accidentes” puede volver ineficaz la acción sacramental.

De allí que toda “innovación” sea peligrosa per se. De ahí también que el término “novedad”, en el lenguaje del Magisterio, haya tenido una connotación de heterodoxia. Nada puede ser radicalmente “nuevo” en una sociedad perfecta, cuya cabeza es Cristo mismo, que ha recibido la integridad de la verdad desde su fundación. Nada que se aparte del aforismo nova et vetera (siempre lo mismo, aunque de un modo “renovado” por el insuflar permanente del Espíritu), el cual nos llega ordinariamente por los sacramentos, con toda certeza, sin necesidad de nuevas invocaciones, aplausos, curaciones y éxtasis de dudosa catadura.

Así pues, tanto documentos conciliares, redactados con una notable propensión al uso impreciso, polisémico, ambigüo y circiterista de los términos, y los giros elocutivos propios de su estilo, como los del “espíritu del Concilio”, han impregnado el magisterio posconciliar de un modo realmente abrumador.

Esto postula graves problemas sobre la autenticidad de las enseñanzas de muchos obispos, afectadas por estos desdichadísimos males. Sus palabras, que deberían ser un faro para los fieles, alimento para las almas, deben ser cribadas en el filtro infalible del Magisterio semper idem, fiel a sí mismo en contenido, terminología y precisión.

No está en los fieles más que comprobar los hechos y atenerse a la doctrina segura, de donde se podrá realizar la “hermenéutica de la continuidad” que pide el Santo Padre. Dicha hermenéutica nos obligará en más de un caso, aunque esto parezca raro, a desechar ciertos textos como insensatos o sospechosos de heterodoxia a riesgo de caer nosotros mismos en el absurdo o el error. Y sin asumir cargas que no corresponden a los fieles, poner dichos textos como mínimo entre paréntesis, para proteger nuestra fe, y hasta que la Iglesia misma barra la casa, y separe la trigo de la cizaña.

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